|
Cualquier
hombre o mujer que se respete, debe hacerse la siguiente
pregunta: ¿cuál será el juicio de la historia acerca de
él? Por supuesto, eludiremos aquí disquisiciones
justificativas o pedestres, e iremos al centro focal de
la cuestión si se pretende ser justo consigo mismo y con
sus semejantes. A nuestro modo de ver, Raúl Roa García
(La Habana 18 abril 1907— 6 julio 1982) encarnó la
polémica interrogante para exponer una valoración de
conjunto en cuanto a su actuar, acorde con los
postulados filosóficos que abrazó desde temprana edad.
Para comenzar, nos parece necesario enmarcar el núcleo
interpretativo en donde reside, a nuestro entender, el
quid de su impronta, y que no es más que la relación
dialéctica de su ética humana y social, la cual
evoluciona a medida que la radicalización de las ideas
revolucionarias se erosionan más, o que el medio en
torno al cual él se vincula sufre los vaivenes de un
sistema de valores muy voluble por la realidad que
imperaba en Cuba.
No
cabe dudas de que para los revolucionarios cubanos de la
generación del `30, el punto de partida que los marca es
la opción compartida de que lo primordial consiste en
demostrar una lealtad de principios y un actuar
incorrupto sin hacer concesiones de ningún tipo. Es como
si los signara una búsqueda del criterio de la rectitud,
tratando por todos los medios de que su praxis social
cotidiana les permitiera ser igual a sus compatriotas y,
también, diferentes y múltiples en cuanto a la
realización de acciones de bien común. Sobre ese
particular y uno de sus máximos exponentes de la
generación del 30, Raúl Roa García, trata este trabajo
hurgando así en lo posible en aspectos positivos y
negativos —por qué no— de un hombre que no solo forma
parte de la vida política y social de nuestro país, sino
que él es historia también.
No
son pocos los personajes públicos de Cuba que, de una
forma u otra, han incidido en la política y en el sector
académico. No obstante, la figura de Raúl Roa es una de
ellas y traza un excelente camino de complejidades en lo
que todo se amplía por una gama de elementos imposibles
de obviar al tratar de estudiarlo. Entonces, de nuevo
nos surgen numerosas interrogantes y dudas que se
despiertan al leer sus obras o lo que se ha dicho de él,
y si bien su ubicación en el contexto intelectual está
clara, la abrumadora resonancia de su quehacer puede
hacernos confundir en cuanto a la línea investigativa.
Nos acercamos así a un pretexto cartesiano de la cultura
y sin pretender emitir juicios definitorios
—por
demás imposibles en nuestro caso— acercamos a la
comprensión de la realidad cubana en los años 30, época
en la que Roa emerge con una gran dosis de idealismo
revolucionario y una certidumbre marxista cuyos
resultados se verán muchos años después. En sus obras,
en décadas tan agudas como las del `40 y el `50 del
siglo XX, el carácter no es introspectivo y la
descripción de sus sueños revalorizan un decir sin
concesiones en la difícil relación entre política y
cultura. Cabe señalar que la cultura de nuestro país se
asentó en sólidos pilares
—José
Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz y
Caballero, José Martí, etc.— y Roa de un modo verosímil
y mediante su propio lenguaje, nombra lo inmediato con
exactitud, desnuda las posturas retóricas y entreguistas
de muchos testaferros, y crea a través de las palabras
—y de la acción— una expresión certera de compromiso, de
diálogo inspirador, de unificación entre lo más digno
del pensamiento latinoamericano y cubano, y su época.
Por supuesto, Raúl Roa muestra siempre su severa opinión
del siglo XX, y contrasta con su prosa y verbo la
formalidad expresiva que conducía a la insignificancia y
a coquetear con las tendencias más inapropiadas. Por eso
su lenguaje es agreste, pero cargado de belleza,
impulsado por conjeturas de certidumbres y sentenciosos
fraseos que desahoga toda la altivez de su cubanía. En
Roa es distinguible la intensidad y manera aguda de ser,
que tiene de común denominador la raigambre de hombre de
la talla de Céspedes, Agramonte, Martí y Mella. De
suerte que su desarrollo responde a la concordancia
entre lo histórico y lo cultural del país, y al
necesario balance personal que aparece en sus obras.
Detengámonos un momento en el desenvolvimiento público y
social de Raúl Roa. En la célebre entrevista que
Ambrosio Fornet le hiciera y que apareció en la revista
Cuba, en octubre de 1968, con el sugerente título de
Tiene la palabra el camarada Roa, este señala: "El
proceso de formación de nuestra conciencia
antimperialista se nutrió de varias fuentes: la
revelación de la realidad semicolonial en los hechos
inmediatos en el conocimiento de la historia
republicana, jalonada sombríamente por la Enmienda Platt,
la penetración económica y financiera y las
intervenciones yanquis directas e indirectas en Cuba y
en América Latina, el redescubrimiento de Marti a partir
de las "glosas" de Mella, el bloqueo norteamericano a la
revolución mexicana, las lecturas de Ingenieros,
Sanguily, Varona, Mariátegui, Marx y Lenin, y,
singularmente, la epopeya de Sandino en Nicaragua. La
primera vez que conocí un calabozo de la policía fue
precisamente por haber suscrito, recién llegado a la
Universidad, un manifiesto contra la invasión
imperialista en la patria de Darío"
(1).
Y es que esos sueños y desvaríos, plagados de hondura y
trascendencia, son los que marcan el sello distintivo
del pensar y el actuar de Raúl Roa, en plena conjugación
dialéctica denotando que su enfoque y estilo invitan a
compartir sus simpatías y sus análisis sobre el
escenario cubano y latinoamericano.
¿Qué verdad nos da Roa? La de un acercamiento ontológico
donde la verdad es descubrimiento, al estilo de lo
apuntado por Heidegger, pero consideramos que de alguna
manera nos propuso también entender otra posibilidad,
vale decir que entender el pensamiento que lo antecedió
como un estigma necesario para la comprensión cabal del
problema cubano y latinoamericano. De tal manera que sus
obras son enunciadoras y, sobre todo, describen,
imaginan, interpretan las problemáticas de la identidad
profunda en la que resulta imprescindible deslindar
todos los matices con vistas a construir un proyecto
socialista. En ese terreno, por demás conflictivo y
pantanoso, Roa halla dónde ubicarse y ubicarnos, tal y
como lo muestra cada artículo aparecido en la prensa de
la época o en conferencias impartidas. Su propósito está
admirablemente definido, él trata de explorar
enfrentando así el origen de los dramas existenciales;
se lanza contra la secuencia de lo irracional por medio
de la ironía. Solo esa ironía, mordaz contra lo
lacayuno, se revela como un instrumento de la lucidez,
no reduciéndola a una categoría crítica malsana. Quizás
esa ironía suya haya sido su principal arma retórica
empleada por el espíritu crítico que lo impulsó. Pero es
la crítica, no la ironía, la que en definitiva sustenta
el proyecto que lo invade, el cual se empeña en hacerle
mantener su vigencia. Por eso, con gran tino, Francisco
Martínez Heredia señalo: "El pensamiento del joven
Roa permaneció, como parte de una riquísima herencia
yaciente para la imprescindible tarea de reconstruir y
volver a interpretar el pensamiento cubano de este siglo
[ el XX ]"
(2).
Es decir, su originalidad está en haber aprehendido lo
mejor de sus antecesores para que le brotara así la
tarea urgente de reinterpretarse y dar su enfoque
sólido, documentado de reflexión y, en cierta forma,
como un alegato de cuestiones esenciales como son
libertad, independencia, identidad.
El
fracaso de la Revolución del 30, divinizado por la
burguesía cubana es una cruda realidad, que solo en 1959
encontró el cauce conclusivo hecho de ideales y de
imaginación. Raúl Roa, entonces, conocedor de la
historia se suma enérgico, queriéndonos decir que es el
mismo joven de 1930 y que le es imprescindible unirse al
volcán ígneo que arrastra al pueblo hacia la libertad.
Así, como un profundo conocedor de nuestros padres
fundadores, y de hombres como Bolívar y Andrés Bello,
pone empeño en desvelar para su pueblo el pensamiento
humanista y revolucionario ateniéndose a lo que política
e ideológicamente le parece correcto y libre, y sin
rubor dice a toda voz las verdades que otros han tratado
de silenciar.
Avizoramos así su postura ética, muy diferente al
criterio de un Wittegenstein trascendental, quien más o
menos quiso decirnos que la ética no pertenece a este
mundo. Y es que Raúl Roa entendió la esencia de una
eticidad diferente, solo lograda en 1959, y que como
dijera Cintio Vitier, era "Una eticidad concreta y
práctica fundada en los valores del trabajo y en los
principios del antiimperialismo, el anticolonialismo, el
antirracismo y la solidaridad comunitaria e
internacionalista, contenidos todos en el ideal
martiano..."
(3).
Por consiguiente, Roa tiene su visión de lo nacional y
lo latinoamericano bien definida, porque su ética estaba
en plena concordancia con su política
—que
era la de la Revolución victoriosa. Es innegable que esa
relación se torna a veces a veces tensionante, pero en
el caso de Roa coligió muy bien que, pese a ser la
política un campo de acción con sus propias leyes y
supone ante todo un sentido de realidad, y que la ética
se mueve en el plano del deber y el sentido, no
obstante, entre ambos hay un correlato pues la tensión
práctica se interrelaciona sincrónicamente. Por ello,
Raúl Roa asumió como suya esta Revolución, porque la vio
como la continuación de las de 1868 y 1895 y, desde
luego, de la frustrada en 1930. Los criterios
fundamentales de su ética política estaban
correspondidos a través de una reflexión más concreta de
los propios de la actividad política, y ese consenso da
un valor ético principal en la política cubana de
entonces para acá. 1959 fue la culminación de un largo
proceso, truncado en múltiples ocasiones por el
atropello y el vandalismo de los regímenes de turno
aupados por los Estados Unidos, y que solo a partir de
esa fecha se logró alcanzar las aspiraciones libertarias
e independentistas, quiso que se institucionalizara en
un gobierno con un ordenamiento jurídico que responde al
poder real del pueblo, garantizado los derechos civiles
y políticos, y, especialmente, un proyecto humanista y
socialista. La valoración de estos fines facilitó a Raúl
Roa el adueñarse de un interés inusitado y fervoroso
sobre el destino nacional y la imbricación del mismo en
América Latina, constituyendo para él un culto a la
identidad plena del hombre. Y es que la Revolución
conducida por Fidel Castro inauguró, en la América y el
mundo, una nueva concepción revolucionaria de
interpretación de la cultura y de la política
contemporánea, que parte del quehacer de nuestros
próceres y del enlace de estos con lo autóctono, vale
decir, con lo que emana de adentro de nuestro pueblo.
Raúl Roa apuesta, como debe hacerse, hacia los
principios y fundamentos de una culturología. Por tanto,
se los plantea a partir de premisas teóricas y con
vistas a ello realizó un estudio o decantación
sistemática de la cultura, respondiendo a los requisitos
de la ciencia moderna de la investigación de la cultura
como formación íntegra. No en balde en su obra temprana
Historia de las doctrinas sociales, llegó a
decir: "Las ciencias de la cultura se refieren a todo lo
que el hombre crea y tiene por sí mismo significado"
(4).
Sobre ese punto de vista él se afincó, para colegir que
el proceso iniciado en 1959 era el camino que nos lleva
a la asimilación de nuestra historia, a verla tal cual
es, a ver su significado e importancia, a la manera en
que trasciende
—terrenalmente—,
y a la generalización a la que puede influir.
Precisamente, él es consciente de esta importancia
cuando ante la burda maniobra norteamericana con el
contubernio de los gobiernos latinoamericanos tratando
de ahogar a la nueva Revolución, denominó a la
Organización de Estados Americanos, ministerio de
colonias yanquis por su conducta servil.
La
figura de Raúl Roa fue emergiendo en la vida cubana como
una invitación a la sabiduría, que nos hizo ver su
propia filosofía de la vida como un reencuentro consigo
mismo y con la historia, cuyo sustrato está en el saber
dirigirse hacia lo genuino. Por eso su visión cubana y
latinoamericana le otorga un rasgo de notoriedad, pues
legó para su pueblo el hecho de tratarnos de conocernos
a nosotros mismos y de que tomáramos conciencia también
de la necesidad de luchar por nuestra libertad en este
realismo mágico que es el mundo latinoamericano.
Notas:
(1) Ambrosio Fornet, "Tiene la palabra el
Camarada Roa", en Raúl Roa: La Revolución del 30 se
fue a bolina. La Habana, Editorial de Ciencias
Sociales, 1976. Pp. 379 – 380.
(2) Francisco Martínez Heredia: El
corrimiento hacia el rojo. La Habana, Editorial
Letras Cubanas, 2001, P. 183.
(3) Cf. Cintio Vitier: Ese sol del
mundo moral. Para una historia de la eticidad
cubana. México, Siglo XXI editores, P. 190.
(4) Cf. Raúl Roa: Historia de las
doctrinas sociales. La Habana. Centro Cultural Pablo
de la Torriente Brau, 2001. P.19.
Tomado de
Adelante. |