Año III
La Habana
Semana 8 - 14
ENERO
de 2005

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Hondura ética de Raúl Roa
Jorge Santos Caballero Camagüey

 

Cualquier hombre o mujer que se respete, debe hacerse la siguiente pregunta: ¿cuál será el juicio de la historia acerca de él? Por supuesto, eludiremos aquí disquisiciones justificativas o pedestres, e iremos al centro focal de la cuestión si se pretende ser justo consigo mismo y con sus semejantes. A nuestro modo de ver, Raúl Roa García (La Habana 18 abril 1907— 6 julio 1982) encarnó la polémica interrogante para exponer una valoración de conjunto en cuanto a su actuar, acorde con los postulados filosóficos que abrazó desde temprana edad.

Para comenzar, nos parece necesario enmarcar el núcleo interpretativo en donde reside, a nuestro entender, el quid de su impronta, y que no es más que la relación dialéctica de su ética humana y social, la cual evoluciona a medida que la radicalización de las ideas revolucionarias se erosionan más, o que el medio en torno al cual él se vincula sufre los vaivenes de un sistema de valores muy voluble por la realidad que imperaba en Cuba.

No cabe dudas de que para los revolucionarios cubanos de la generación del `30, el punto de partida que los marca es la opción compartida de que lo primordial consiste en demostrar una lealtad de principios y un actuar incorrupto sin hacer concesiones de ningún tipo. Es como si los signara una búsqueda del criterio de la rectitud, tratando por todos los medios de que su praxis social cotidiana les permitiera ser igual a sus compatriotas y, también, diferentes y múltiples en cuanto a la realización de acciones de bien común. Sobre ese particular y uno de sus máximos exponentes de la generación del 30, Raúl Roa García, trata este trabajo hurgando así en lo posible en aspectos positivos y negativos —por qué no— de un hombre que no solo forma parte de la vida política y social de nuestro país, sino que él es historia también.

No son pocos los personajes públicos de Cuba que, de una forma u otra, han incidido en la política y en el sector académico. No obstante, la figura de Raúl Roa es una de ellas y traza un excelente camino de complejidades en lo que todo se amplía por una gama de elementos imposibles de obviar al tratar de estudiarlo. Entonces, de nuevo nos surgen numerosas interrogantes y dudas que se despiertan al leer sus obras o lo que se ha dicho de él, y si bien su ubicación en el contexto intelectual está clara, la abrumadora resonancia de su quehacer puede hacernos confundir en cuanto a la línea investigativa.

Nos acercamos así a un pretexto cartesiano de la cultura y sin pretender emitir juicios definitorios por demás imposibles en nuestro caso— acercamos a la comprensión de la realidad cubana en los años 30, época en la que Roa emerge con una gran dosis de idealismo revolucionario y una certidumbre marxista cuyos resultados se verán muchos años después. En sus obras, en décadas tan agudas como las del `40 y el `50 del siglo XX, el carácter no es introspectivo y la descripción de sus sueños revalorizan un decir sin concesiones en la difícil relación entre política y cultura. Cabe señalar que la cultura de nuestro país se asentó en sólidos pilares José Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Martí, etc.— y Roa de un modo verosímil y mediante su propio lenguaje, nombra lo inmediato con exactitud, desnuda las posturas retóricas y entreguistas de muchos testaferros, y crea a través de las palabras —y de la acción— una expresión certera de compromiso, de diálogo inspirador, de unificación entre lo más digno del pensamiento latinoamericano y cubano, y su época.

Por supuesto, Raúl Roa muestra siempre su severa opinión del siglo XX, y contrasta con su prosa y verbo la formalidad expresiva que conducía a la insignificancia y a coquetear con las tendencias más inapropiadas. Por eso su lenguaje es agreste, pero cargado de belleza, impulsado por conjeturas de certidumbres y sentenciosos fraseos que desahoga toda la altivez de su cubanía. En Roa es distinguible la intensidad y manera aguda de ser, que tiene de común denominador la raigambre de hombre de la talla de Céspedes, Agramonte, Martí y Mella. De suerte que su desarrollo responde a la concordancia entre lo histórico y lo cultural del país, y al necesario balance personal que aparece en sus obras.

Detengámonos un momento en el desenvolvimiento público y social de Raúl Roa. En la célebre entrevista que Ambrosio Fornet le hiciera y que apareció en la revista Cuba, en octubre de 1968, con el sugerente título de Tiene la palabra el camarada Roa, este señala: "El proceso de formación de nuestra conciencia antimperialista se nutrió de varias fuentes: la revelación de la realidad semicolonial en los hechos inmediatos en el conocimiento de la historia republicana, jalonada sombríamente por la Enmienda Platt, la penetración económica y financiera y las intervenciones yanquis directas e indirectas en Cuba y en América Latina, el redescubrimiento de Marti a partir de las "glosas" de Mella, el bloqueo norteamericano a la revolución mexicana, las lecturas de Ingenieros, Sanguily, Varona, Mariátegui, Marx y Lenin, y, singularmente, la epopeya de Sandino en Nicaragua. La primera vez que conocí un calabozo de la policía fue precisamente por haber suscrito, recién llegado a la Universidad, un manifiesto contra la invasión imperialista en la patria de Darío" (1). Y es que esos sueños y desvaríos, plagados de hondura y trascendencia, son los que marcan el sello distintivo del pensar y el actuar de Raúl Roa, en plena conjugación dialéctica denotando que su enfoque y estilo invitan a compartir sus simpatías y sus análisis sobre el escenario cubano y latinoamericano.

¿Qué verdad nos da Roa? La de un acercamiento ontológico donde la verdad es descubrimiento, al estilo de lo apuntado por Heidegger, pero consideramos que de alguna manera nos propuso también entender otra posibilidad, vale decir que entender el pensamiento que lo antecedió como un estigma necesario para la comprensión cabal del problema cubano y latinoamericano. De tal manera que sus obras son enunciadoras y, sobre todo, describen, imaginan, interpretan las problemáticas de la identidad profunda en la que resulta imprescindible deslindar todos los matices con vistas a construir un proyecto socialista. En ese terreno, por demás conflictivo y pantanoso, Roa halla dónde ubicarse y ubicarnos, tal y como lo muestra cada artículo aparecido en la prensa de la época o en conferencias impartidas. Su propósito está admirablemente definido, él trata de explorar enfrentando así el origen de los dramas existenciales; se lanza contra la secuencia de lo irracional por medio de la ironía. Solo esa ironía, mordaz contra lo lacayuno, se revela como un instrumento de la lucidez, no reduciéndola a una categoría crítica malsana. Quizás esa ironía suya haya sido su principal arma retórica empleada por el espíritu crítico que lo impulsó. Pero es la crítica, no la ironía, la que en definitiva sustenta el proyecto que lo invade, el cual se empeña en hacerle mantener su vigencia. Por eso, con gran tino, Francisco Martínez Heredia señalo: "El pensamiento del joven Roa permaneció, como parte de una riquísima herencia yaciente para la imprescindible tarea de reconstruir y volver a interpretar el pensamiento cubano de este siglo [ el XX ]" (2). Es decir, su originalidad está en haber aprehendido lo mejor de sus antecesores para que le brotara así la tarea urgente de reinterpretarse y dar su enfoque sólido, documentado de reflexión y, en cierta forma, como un alegato de cuestiones esenciales como son libertad, independencia, identidad.

El fracaso de la Revolución del 30, divinizado por la burguesía cubana es una cruda realidad, que solo en 1959 encontró el cauce conclusivo hecho de ideales y de imaginación. Raúl Roa, entonces, conocedor de la historia se suma enérgico, queriéndonos decir que es el mismo joven de 1930 y que le es imprescindible unirse al volcán ígneo que arrastra al pueblo hacia la libertad. Así, como un profundo conocedor de nuestros padres fundadores, y de hombres como Bolívar y Andrés Bello, pone empeño en desvelar para su pueblo el pensamiento humanista y revolucionario ateniéndose a lo que política e ideológicamente le parece correcto y libre, y sin rubor dice a toda voz las verdades que otros han tratado de silenciar.

Avizoramos así su postura ética, muy diferente al criterio de un Wittegenstein trascendental, quien más o menos quiso decirnos que la ética no pertenece a este mundo. Y es que Raúl Roa entendió la esencia de una eticidad diferente, solo lograda en 1959, y que como dijera Cintio Vitier, era "Una eticidad concreta y práctica fundada en los valores del trabajo y en los principios del antiimperialismo, el anticolonialismo, el antirracismo y la solidaridad comunitaria e internacionalista, contenidos todos en el ideal martiano..." (3). Por consiguiente, Roa tiene su visión de lo nacional y lo latinoamericano bien definida, porque su ética estaba en plena concordancia con su política que era la de la Revolución victoriosa. Es innegable que esa relación se torna a veces a veces tensionante, pero en el caso de Roa coligió muy bien que, pese a ser la política un campo de acción con sus propias leyes y supone ante todo un sentido de realidad, y que la ética se mueve en el plano del deber y el sentido, no obstante, entre ambos hay un correlato pues la tensión práctica se interrelaciona sincrónicamente. Por ello, Raúl Roa asumió como suya esta Revolución, porque la vio como la continuación de las de 1868 y 1895 y, desde luego, de la frustrada en 1930. Los criterios fundamentales de su ética política estaban correspondidos a través de una reflexión más concreta de los propios de la actividad política, y ese consenso da un valor ético principal en la política cubana de entonces para acá. 1959 fue la culminación de un largo proceso, truncado en múltiples ocasiones por el atropello y el vandalismo de los regímenes de turno aupados por los Estados Unidos, y que solo a partir de esa fecha se logró alcanzar las aspiraciones libertarias e independentistas, quiso que se institucionalizara en un gobierno con un ordenamiento jurídico que responde al poder real del pueblo, garantizado los derechos civiles y políticos, y, especialmente, un proyecto humanista y socialista. La valoración de estos fines facilitó a Raúl Roa el adueñarse de un interés inusitado y fervoroso sobre el destino nacional y la imbricación del mismo en América Latina, constituyendo para él un culto a la identidad plena del hombre. Y es que la Revolución conducida por Fidel Castro inauguró, en la América y el mundo, una nueva concepción revolucionaria de interpretación de la cultura y de la política contemporánea, que parte del quehacer de nuestros próceres y del enlace de estos con lo autóctono, vale decir, con lo que emana de adentro de nuestro pueblo.

Raúl Roa apuesta, como debe hacerse, hacia los principios y fundamentos de una culturología. Por tanto, se los plantea a partir de premisas teóricas y con vistas a ello realizó un estudio o decantación sistemática de la cultura, respondiendo a los requisitos de la ciencia moderna de la investigación de la cultura como formación íntegra. No en balde en su obra temprana Historia de las doctrinas sociales, llegó a decir: "Las ciencias de la cultura se refieren a todo lo que el hombre crea y tiene por sí mismo significado" (4). Sobre ese punto de vista él se afincó, para colegir que el proceso iniciado en 1959 era el camino que nos lleva a la asimilación de nuestra historia, a verla tal cual es, a ver su significado e importancia, a la manera en que trasciende terrenalmente, y a la generalización a la que puede influir. Precisamente, él es consciente de esta importancia cuando ante la burda maniobra norteamericana con el contubernio de los gobiernos latinoamericanos tratando de ahogar a la nueva Revolución, denominó a la Organización de Estados Americanos, ministerio de colonias yanquis por su conducta servil.

La figura de Raúl Roa fue emergiendo en la vida cubana como una invitación a la sabiduría, que nos hizo ver su propia filosofía de la vida como un reencuentro consigo mismo y con la historia, cuyo sustrato está en el saber dirigirse hacia lo genuino. Por eso su visión cubana y latinoamericana le otorga un rasgo de notoriedad, pues legó para su pueblo el hecho de tratarnos de conocernos a nosotros mismos y de que tomáramos conciencia también de la necesidad de luchar por nuestra libertad en este realismo mágico que es el mundo latinoamericano.

Notas:

(1) Ambrosio Fornet, "Tiene la palabra el Camarada Roa", en Raúl Roa: La Revolución del 30 se fue a bolina. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1976. Pp. 379 – 380.

(2) Francisco Martínez Heredia: El corrimiento hacia el rojo. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, P. 183.

(3) Cf. Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana. México, Siglo XXI editores, P. 190.

(4) Cf. Raúl Roa: Historia de las doctrinas sociales. La Habana. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2001. P.19.
 

Tomado de Adelante.

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