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Era flaco, huesudo,
de manos finas y ágiles, que dibujaban la palabra,
subrayando las andanadas verbales. Hablaba con ritmo
balístico, como escribía. Su conversación era culta,
mas sabrosamente criolla. Detestaba la pose (...) y
se reía de muchos, "oficialmente cultos", al decir
de José Z. Tallet, que se paseaban por predios
académicos y salones culteranos. Transpiraba
simpatía y derramaba a borbotones "la leche de la
bondad humana". Pero, eso sí, nunca fue tan bueno
que pareciera bobo. Andrés Eloy dio en el blanco
cuando lo bautizó como "el alambrito del Caribe",
pues era eléctrico, vibrante, cáustico, mordaz e
hiperbólico. Nunca tuve maestro más brillante ni
conocería grande hombre más sencillo.
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