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Parece ser que
vivimos en el mejor de los mundos posibles y la justicia
liberal forma parte de una civilización de progreso
donde el mercado iguala desigualdades en forma de deseos
a través de expandir el consumo sin ninguna exclusión
previa. Nadie por sexo, clase, etnia o religión puede
ser expulsado del mercado deliberadamente. Nada más
democrático que todos participen de un mismo espacio
común en igualdad de condiciones. Igualmente, la
explotación se torna legítima si se fundamenta en las
cualidades y méritos personales y no en privilegios y
honores adquiridos fuera del mercado. John Rawls, uno de
los defensores de esta tesis, sostiene que: A las
desigualdades sociales y económicas habrán de ser
conformadas tal que a la vez que: a) se espere
razonablemente que sean ventajosas para todos, b) se
vinculen a empleos y cargos asequibles a todos. Es justo
saber que la desigualdad social es ventajosa para
quienes la sufren en condición de explotados y el poder
se ejerce para evitar romper tal ventaja. Pero, si
además, dicho argumento encuentra apoyo en la
sociobiología más avanzada las dudas del incrédulo se
tienden a disipar. Ser egoísta o altruista, solidario o
individualista se convierte en una cuestión relativa a
la proporción de genes pululantes en el organismo. Ser
empresario, emular a Rockefeller y transformarse en un
as de las finanzas o formar parte de una cadena de
montaje y ser un semiesclavo en la maquila termina
siendo problema de ADN.
Los genes y el
mercado ponen a cada uno en su lugar. Es un alivio para
cualquier mortal saber que su desarrollo social,
económico, político y amoroso de un mortal depende de su
composición genética, ya no tiene problemas éticos ni
morales. Su lugar estaba predestinado y el oráculo de
los genes se cumple. No hay alternativa. El mercado es
omnímodo. Ni Edipo Rey. Ni Saturno devorando sus hijos.
Por más que lo intenten, la profecía se cumple. Así,
será un gesto noble albergar ideas altruistas pero mejor
poseer valores egoístas. Es beneficioso para el
progreso, la riqueza de las naciones y el
individualismo. Vicios privados son virtudes públicas.
Es más rentable embaucar deliberada y conscientemente
puesto que ello forma parte de una selección natural en
un mundo competitivo cuyo centro es el dinero. Como
señala Richard Dawkins, padre de la sociobiología, el
altruismo no expresa la condición humana, es inestable y
nos lleva al fracaso. Solo el egoísmo es fuente de
progreso, engrandece el sistema social y protege la
civilización de su extinción. Con estos principios la
democracia se transforma en una acción individual que se
resuelve en el mercado. Su definición se vuelve espúrea.
Nada queda de la democracia como una práctica plural de
construcción de ciudadanía política. Es decir, un
ejercicio social de control del poder. Un mandar
obedeciendo desde el bien común y el compromiso ético.
Su articulación en el mercado elimina todos estos
factores de la definición, haciendo de la democracia un
producto de consumo. Por ello, en una economía de
mercado, la democracia no existe, es un reclamo
publicitario. La democracia puesta en el mercado,
fundada en la teoría liberal de la justicia y en la
sociobiología, se convierte en una explicación ad-hoc
para justificar la explotación. Para los acólitos del
liberalismo y la economía de mercado, la democracia se
hace carne, hay tanta como la que necesitamos. Al ser
una mercancía se usa en función de nuestros gustos,
valores y necesidades. Democracia para todas las
ocasiones. Nada más democrático que la democracia. Es
una definición tautológica como el mercado. Algunos
ejemplos de esta concepción individual de la democracia
puesta en el mercado.
1) Los padres pueden
optar por el tipo de educación que plazca para sus
hijos. El mercado de la democracia debe garantizar la
diversidad de mercancías: 1) ¿pública o privada, laica o
religiosa? 2) Cualquier persona en función de sus medios
puede viajar a cualquier rincón del planeta, es cuestión
de voluntad. 3) Se puede comprar lo que apetece, cuando
y donde se quiera. 4) Es posible disfrutar de vacaciones
en la playa, en la montaña o en la ciudad. 5) Se pueden
realizar cursos de postgrado en Europa, Estados Unidos o
América Latina. 6) Se puede aprender alemán, francés,
italiano, cirílico, japonés o maya, si se está con
ánimo. 7) Nadie impide a nadie ir al cine, el teatro o
la opera, menos aún si decide el género de comedia,
drama, ciencia ficción o terror. 8) También se puede ir
a un restaurante y comer o cenar a la carta. Los
ejemplos pueden ser interminables. Tanta democracia de
mercado me agobia, aunque permite, al saber Habermas,
experimentarla comunicativamente, algo inolvidable.
Estoy seguro de que si tiene dinero le gustará vivirlo.
Una sensación de libertad personal se adueña en forma de
democracia de mercado y repite la experiencia de forma
compulsiva. Un sarcasmo en manos de quienes han sabido
imponer el principio de mercado, explotación y
desigualdad como definición de democracia.
Para los defensores
de la democracia de mercado las diferencias sociales, la
explotación y el dominio, no son un obstáculo para un
orden social donde prevalece la justicia con igualdad de
oportunidades. Por esta razón se extrañan de la
difamación que sufren, una vez que el mercado de la
democracia brinda a quienes tienen genes altruistas la
posibilidad de contribuir con su esfuerzo en las
maquilas, la economía sumergida y con los contratos
basura y la rejuvenecida esclavitud infantil a la
riqueza de los países en los que viven. Ser un pobre en
un país rico no es lo mismo que serlo en uno pobre. En
eso consiste la democracia de mercado.
Pero claro, las
clases dominadas no son democráticas, no asumen el
mercado y además no quieren aprender. Se vuelven
violentas, y altaneras. No saben que hacer con el
dinero, lo gastan en alcohol, no se dejan dominar, son
bestias. Sus más claros exponentes les pegan a sus
mujeres, un mal ejemplo para sus hijos. No saben
convivir en democracia, es lo más triste. No comprenden
el mundo. Prefieren vivir en la indigencia y en la
precariedad. No tienen gusto. Habitan en sitios sin luz
ni agua potable. Son promiscuos en sus relaciones
sexuales. Viajan en autobús, compran ropa de mala
calidad. Se les ve en parques públicos y comiendo en
chiringuitos de mala muerte. Sin iniciativa personal no
saben disfrutar de la democracia de mercado. Aunque, con
programas específicos, será posible cambiar sus hábitos.
Podrán ir al supermercado de visita y sentirse
auténticos demócratas.
Tomado de
La Jornada
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