Año III
La Habana
Semana 8 - 14
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¿Existe la democracia de mercado?
Marcos Roitman  México


Parece ser que vivimos en el mejor de los mundos posibles y la justicia liberal forma parte de una civilización de progreso donde el mercado iguala desigualdades en forma de deseos a través de expandir el consumo sin ninguna exclusión previa. Nadie por sexo, clase, etnia o religión puede ser expulsado del mercado deliberadamente. Nada más democrático que todos participen de un mismo espacio común en igualdad de condiciones. Igualmente, la explotación se torna legítima si se fundamenta en las cualidades y méritos personales y no en privilegios y honores adquiridos fuera del mercado. John Rawls, uno de los defensores de esta tesis, sostiene que: A las desigualdades sociales y económicas habrán de ser conformadas tal que a la vez que: a) se espere razonablemente que sean ventajosas para todos, b) se vinculen a empleos y cargos asequibles a todos. Es justo saber que la desigualdad social es ventajosa para quienes la sufren en condición de explotados y el poder se ejerce para evitar romper tal ventaja. Pero, si además, dicho argumento encuentra apoyo en la sociobiología más avanzada las dudas del incrédulo se tienden a disipar. Ser egoísta o altruista, solidario o individualista se convierte en una cuestión relativa a la proporción de genes pululantes en el organismo. Ser empresario, emular a Rockefeller y transformarse en un as de las finanzas o formar parte de una cadena de montaje y ser un semiesclavo en la maquila termina siendo problema de ADN.

Los genes y el mercado ponen a cada uno en su lugar. Es un alivio para cualquier mortal saber que su desarrollo social, económico, político y amoroso de un mortal depende de su composición genética, ya no tiene problemas éticos ni morales. Su lugar estaba predestinado y el oráculo de los genes se cumple. No hay alternativa. El mercado es omnímodo. Ni Edipo Rey. Ni Saturno devorando sus hijos. Por más que lo intenten, la profecía se cumple. Así, será un gesto noble albergar ideas altruistas pero mejor poseer valores egoístas. Es beneficioso para el progreso, la riqueza de las naciones y el individualismo. Vicios privados son virtudes públicas. Es más rentable embaucar deliberada y conscientemente puesto que ello forma parte de una selección natural en un mundo competitivo cuyo centro es el dinero. Como señala Richard Dawkins, padre de la sociobiología, el altruismo no expresa la condición humana, es inestable y nos lleva al fracaso. Solo el egoísmo es fuente de progreso, engrandece el sistema social y protege la civilización de su extinción. Con estos principios la democracia se transforma en una acción individual que se resuelve en el mercado. Su definición se vuelve espúrea. Nada queda de la democracia como una práctica plural de construcción de ciudadanía política. Es decir, un ejercicio social de control del poder. Un mandar obedeciendo desde el bien común y el compromiso ético. Su articulación en el mercado elimina todos estos factores de la definición, haciendo de la democracia un producto de consumo. Por ello, en una economía de mercado, la democracia no existe, es un reclamo publicitario. La democracia puesta en el mercado, fundada en la teoría liberal de la justicia y en la sociobiología, se convierte en una explicación ad-hoc para justificar la explotación. Para los acólitos del liberalismo y la economía de mercado, la democracia se hace carne, hay tanta como la que necesitamos. Al ser una mercancía se usa en función de nuestros gustos, valores y necesidades. Democracia para todas las ocasiones. Nada más democrático que la democracia. Es una definición tautológica como el mercado. Algunos ejemplos de esta concepción individual de la democracia puesta en el mercado.

1) Los padres pueden optar por el tipo de educación que plazca para sus hijos. El mercado de la democracia debe garantizar la diversidad de mercancías: 1) ¿pública o privada, laica o religiosa? 2) Cualquier persona en función de sus medios puede viajar a cualquier rincón del planeta, es cuestión de voluntad. 3) Se puede comprar lo que apetece, cuando y donde se quiera. 4) Es posible disfrutar de vacaciones en la playa, en la montaña o en la ciudad. 5) Se pueden realizar cursos de postgrado en Europa, Estados Unidos o América Latina. 6) Se puede aprender alemán, francés, italiano, cirílico, japonés o maya, si se está con ánimo. 7) Nadie impide a nadie ir al cine, el teatro o la opera, menos aún si decide el género de comedia, drama, ciencia ficción o terror. 8) También se puede ir a un restaurante y comer o cenar a la carta. Los ejemplos pueden ser interminables. Tanta democracia de mercado me agobia, aunque permite, al saber Habermas, experimentarla comunicativamente, algo inolvidable. Estoy seguro de que si tiene dinero le gustará vivirlo. Una sensación de libertad personal se adueña en forma de democracia de mercado y repite la experiencia de forma compulsiva. Un sarcasmo en manos de quienes han sabido imponer el principio de mercado, explotación y desigualdad como definición de democracia.

Para los defensores de la democracia de mercado las diferencias sociales, la explotación y el dominio, no son un obstáculo para un orden social donde prevalece la justicia con igualdad de oportunidades. Por esta razón se extrañan de la difamación que sufren, una vez que el mercado de la democracia brinda a quienes tienen genes altruistas la posibilidad de contribuir con su esfuerzo en las maquilas, la economía sumergida y con los contratos basura y la rejuvenecida esclavitud infantil a la riqueza de los países en los que viven. Ser un pobre en un país rico no es lo mismo que serlo en uno pobre. En eso consiste la democracia de mercado.

Pero claro, las clases dominadas no son democráticas, no asumen el mercado y además no quieren aprender. Se vuelven violentas, y altaneras. No saben que hacer con el dinero, lo gastan en alcohol, no se dejan dominar, son bestias. Sus más claros exponentes les pegan a sus mujeres, un mal ejemplo para sus hijos. No saben convivir en democracia, es lo más triste. No comprenden el mundo. Prefieren vivir en la indigencia y en la precariedad. No tienen gusto. Habitan en sitios sin luz ni agua potable. Son promiscuos en sus relaciones sexuales. Viajan en autobús, compran ropa de mala calidad. Se les ve en parques públicos y comiendo en chiringuitos de mala muerte. Sin iniciativa personal no saben disfrutar de la democracia de mercado. Aunque, con programas específicos, será posible cambiar sus hábitos. Podrán ir al supermercado de visita y sentirse auténticos demócratas.

Tomado de La Jornada

 

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