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Juan David, que era
un mago, retrata a Roa con un cigarro entre los dedos. Y
qué dedos los de Roa, según Juan David. Parecen
tentáculos de pulpo, más bien patas de araña, pencas de
palma real, extraña planta carnívora… Los dedos se
mueven, llamando la atención, hasta el punto de que lo
primero que uno ve, cuando se encuentra con la
caricatura, es esa arbitraria danza, esos dedos cada uno
por su lado, sin orden ni concierto, desgarbada flor.
Después encuentra la
frente amplia, las entradas; después los espejuelos, la
nariz rotunda que se desliza, la sonrisa. Y unos ojos
pícaros que irradian satisfacción.
Raúl Roa, según
David, está encantado de la vida.
La primera vez que
estuve frente a una imagen de Roa, allí estaba la firma
de Juan David. Estaba en la primaria y encontré una
revista llena de caricaturas de prominentes
personalidades de la intelectualidad cubana. Pero yo,
que no conocía a ninguna, pensé que eran personajes de
historieta.
Imaginé que Roa sería
una especie de detective muy inteligente, siempre
resolviendo los casos como si fueran juegos de niños.
Por ahí estaba también Carpentier, que me pareció una
especie de doctor Watson. Como me gustaba inventar
historias, dibujé como pude una en la libreta de
Matemáticas, algo de un tesoro escondido por piratas,
con asesinato por el medio: Roa, asistido por Capentier
(al menos los nombres los sabía, estaba al pie de las
caricaturas) descubría a los malos y repartía el dinero
a los niños de mi escuela.
Le enseñé la
historieta a mi mamá, cosa que no le hizo mucha gracia.
Pero a mi papá sí, y después de explicarme sencillamente
quién era quien, se puso a hacer cuentos del Roa de
verdad, del que había sido Canciller y se había
convertido en una especie de personaje popular, por sus
ocurrencias, por sus actuaciones en la ONU, por su
lengua afilada y su dignidad.
Corrían y corren por
esos caminos muchas anécdotas de Roa. Crecí
escuchándolas de cuando en cuando. Algunas se repetían,
con más o menos variaciones. Mi papá me contó que una
vez se apareció en una reunión internacional con un
pasador de corbata en forma de burro y cuando un
diplomático extranjero le dijo irónico “muy bonito el
pasador, señor Ministro”, él respondió: no es un
pasador, es un espejo.
Me pareció tan buena
la respuesta, que cada vez que venía el caso le contaba
la historia a mis amigos (y se las sigo contando), sin
saber a ciencia cierta si era auténtica o pura
invención. Se lo comento un día a mi papá y me responde:
a mí me lo contaron así; si es mentira, merecería ser
verdad, pues Roa era capaz de eso y mucho más.
Otros cuentos me
hicieron mi abuelo, un profesor de Historia del
preuniversitario y una amiga de la Universidad… Y
―los
recuerdos de la infancia marcan―
cuando imaginaba las historias no veía al Roa de carne y
hueso de las fotografías y los documentales, sino al
inventado por Juan David.
Lo convertí, en
definitiva, en una especie de héroe de tiras cómicas.
Héroe singular, poderoso, que puede resolver grandes
entuertos con la misma tranquilidad, con la misma
sonrisa y los mismos dedos infinitos con que se fuma el
cigarro en la caricatura de Juan David, el mago.
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