Año III
La Habana
Semana 8 - 14
ENERO
de 2005

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

Los cuentos de Roa
Yuris Nórido La Habana

 

Juan David, que era un mago, retrata a Roa con un cigarro entre los dedos. Y qué dedos los de Roa, según Juan David. Parecen tentáculos de pulpo, más bien patas de araña, pencas de palma real, extraña planta carnívora… Los dedos se mueven, llamando la atención, hasta el punto de que lo primero que uno ve, cuando se encuentra con la caricatura, es esa arbitraria danza, esos dedos cada uno por su lado, sin orden ni concierto, desgarbada flor.

Después encuentra la frente amplia, las entradas; después los espejuelos, la nariz rotunda que se desliza, la sonrisa. Y unos ojos pícaros que irradian satisfacción.

Raúl Roa, según David, está encantado de la vida.

La primera vez que estuve frente a una imagen de Roa, allí estaba la firma de Juan David. Estaba en la primaria y encontré una revista llena de caricaturas de prominentes personalidades de la intelectualidad cubana. Pero yo, que no conocía a ninguna, pensé que eran personajes de historieta.

Imaginé que Roa sería una especie de detective muy inteligente, siempre resolviendo los casos como si fueran juegos de niños. Por ahí estaba también Carpentier, que me pareció una especie de doctor Watson. Como me gustaba inventar historias, dibujé como pude una en la libreta de Matemáticas, algo de un tesoro escondido por piratas, con asesinato por el medio: Roa, asistido por Capentier (al menos los nombres los sabía, estaba al pie de las caricaturas) descubría a los malos y repartía el dinero a los niños de mi escuela.

Le enseñé la historieta a mi mamá, cosa que no le hizo mucha gracia. Pero a mi papá sí, y después de explicarme sencillamente quién era quien, se puso a hacer cuentos del Roa de verdad, del que había sido Canciller y se había convertido en una especie de personaje popular, por sus ocurrencias, por sus actuaciones en la ONU, por su lengua afilada y su dignidad.

Corrían y corren por esos caminos muchas anécdotas de Roa. Crecí escuchándolas de cuando en cuando. Algunas se repetían, con más o menos variaciones. Mi papá me contó que una vez se apareció en una reunión internacional con un pasador de corbata en forma de burro y cuando un diplomático extranjero le dijo irónico “muy bonito el pasador, señor Ministro”, él respondió: no es un pasador, es un espejo.

Me pareció tan buena la respuesta, que cada vez que venía el caso le contaba la historia a mis amigos (y se las sigo contando), sin saber a ciencia cierta si era auténtica o pura invención. Se lo comento un día a mi papá y me responde: a mí me lo contaron así; si es mentira, merecería ser verdad, pues Roa era capaz de eso y mucho más.

Otros cuentos me hicieron mi abuelo, un profesor de Historia del preuniversitario y una amiga de la Universidad… Y los recuerdos de la infancia marcan cuando imaginaba las historias no veía al Roa de carne y hueso de las fotografías y los documentales, sino al inventado por Juan David.

Lo convertí, en definitiva, en una especie de héroe de tiras cómicas. Héroe singular, poderoso, que puede resolver grandes entuertos con la misma tranquilidad, con la misma sonrisa y los mismos dedos infinitos con que se fuma el cigarro en la caricatura de Juan David, el mago.  
 

SUBIR

 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2005
 IE-800X600