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Roa visto por Victor Manuel |
Cuando
apenas era un muchacho retozón escuchaba con esmero las
anécdotas sobre la Revolución del 30 que narraba un
veterano combatiente. Sí, aquella esperanza de la
primera mitad del siglo pasado que de un bandazo “se fue
a bolina”.
En la
retentiva de aquel abuelo lúcido, la figura y el genio
de un joven sobresaliente emergían perennes. Se trataba
de Raúl Roa García. El viejo contaba sobre el hombre y
sobre sus afiladas páginas.
En los
años posteriores, yo buscaría con afán y leería con
deleite, las compilaciones de ensayos y testimonios del
canciller de la dignidad.
Con la
lectura de Retorno a la Alborada, En Pie, La
Revolución del 30, El fuego de la semilla…—enciclopédicos
y gruesos volúmenes— disfruté a un Roa cronista de su
tiempo, genuino periodista de amplia cultura y locuaz
capacidad expresiva, tribuno y diplomático que puso y
expuso su vida al servicio de Cuba.
Al igual
que su abuelo Ramón Roa —hombre del 68—, Raúl fue, en el
sentido épico y ético de nuestra cultura, un mambí de
pluma y machete.
Hay
oficios mayores. El periodismo representó para él una de
esas grandes pasiones humanas. La profusión de sus
textos y la profunda vocación revolucionaria vertida en
ellos, nunca hicieron mella en la belleza de estilo, ni
en la autenticidad de sus ensayos y comentarios.
Aunque
en ocasiones se empeñó en afirmar que no era un
“escritor” y alegaba: “Mi estilo se parece a mí como yo
a él”, sus condiciones de literato excepcional
trascienden en el tiempo. Nos legó —sin proponérselo—
una obra que podemos calificar de única. Así lo es por
el amplio dominio del lenguaje culto y popular; por las
expresiones que en forma de látigo utilizó para
desenmascarar a los enemigos de la isla y exaltar —al
mismo tiempo— lo mejor de nuestra cultura e identidad
nacionales.
En Roa,
tema, estilo y contenido trasuntaban evidente
criollismo, sabrosa cubanía.
LA
URGENCIA DE PEGAR PALABRAS
La
siempre recordada profesora Vicentina Antuña, en la
noche de ceremonia de investidura de Roa como profesor
de Mérito de la Universidad de La Habana, sentenció con
admiración: “A la trayectoria histórica de Raúl Roa, se
halla indisolublemente vinculada su fecunda obra de
creación literaria, que abarca los dominios de la prosa
en el periodismo y el ensayo, en la biografía y en la
crítica literaria, en la oratoria política y académica.
Obra multifacética de un escritor revolucionario, es por
su impulso vital y por su brioso contenido, historia y
testimonio apasionante de la época tremendamente
conmovida por transformaciones radicales que nos ha
tocado vivir. Genuina voz del Alma Mater”.
Vicentina fue clara y amorosa —como siempre. Así
concluyó sus palabras sobrecogidas de emoción. Roa, en
aquel momento de nutridos e infinitos aplausos irrumpió
de repente hacia el podio y corroboró, con sentida
modestia, los juicios de la doctora Antuña:
“No solo
constituye un honor desmedido este que me concede con
legítima autenticidad, la Universidad de La Habana; ha
desordenado a la par, por su espontáneo arranque y
unánime acogida, el ritmo vegetativo de mi
miocardio inocente”.
Y
conmovido en medio del inusitado espectáculo preguntó de
súbito:
“¿Y qué
decir de las palabras desbordadas de mi querida,
antañona y juvenil compañera, Vicentina Antuña, mujer de
lúcido entendimiento, sensibilidad acendrada, saber
cimentado y convicciones indoblegables, sino que brotan
de los manantiales puros de su generosidad?”
Junto a
este memorable y simpático pasaje de reconocimiento a la
labor de Roa como profesor e intelectual, otro hito
harto elocuente de sus dotes literarias está en el
cuento breve “Impotencia”.
Poco
divulgado, con fecha 1931 y narrado en primera persona,
el protagonista: un chaleco-sweater que él no quería
mandar a lavar después de un mes de uso continuo en
prisión dice: “Aunque hoy no es 10 de octubre, he
amanecido con los ojos profusamente embanderados de
lagañas. Y sobre todo con unas urgencias terribles de
pegar palabras, no obstante que mi suprema aspiración
literaria es escribir sin ellas”.
LA
CULTURA AL PUEBLO
Que Roa
llegó a ser una brillante personalidad de la cultura
cubana y de nuestra política nacional e internacional,
es cosa sabida. Pero él tenía algo especial: su obra es
pura e indisoluble muestra de unidad entre el pueblo y
la cultura.
Muy
escasos contemporáneos de él lograron combinar al
unísono el talento creador como escritor, polemista,
periodista y diplomático, con la gracia, estilo popular,
quijotesco que lo inmortaliza.
Defendió
a capa y espada —“como en sus lecturas de mosqueteros”—
aquel ideal de Julio A. Mella: “En lo que a Cuba se
refiere, es necesario primero una revolución social para
hacer una revolución universitaria”.
El
canciller de la dignidad fustigó y pulverizó los
seductores cantos pregonados por los agoreros de la
seudocultura neocolonial. Aquellas voces aleladas que
soñaban vivir y pensar de espalda a la tierra que los
vio nacer. En una suerte de calco y copia de
Norteamérica.
Vinculado activamente al movimiento revolucionario y a
la Liga Antiimperialista de Cuba, que organizara Mella
en la década de 1920, participó intensamente, en 1927,
en la Universidad Popular “José Martí, que en esa etapa
dirigió Rubén.
Roa
llega como un discípulo eminente del filósofo Enrique
José Varona, y era ya un lector apasionado y profundo
del Apóstol José Martí, Mella y Rubén tendrían a un
inestimable compañero.
Fue un talismán de su generación. Una de las más
influyentes personalidades cubanas del siglo XX. El
escriba y revolucionario cuya voz y ni pluma podrán
acallarse por los siglos de los siglos. “Amén”, estaría
diciendo él ahora, muerto de carcajadas y en tono más
que burlón, si leyera estas líneas.
REFERENCIA:
Enrique de la Osa. Visión y Pasión de Raúl Roa.
Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1987.
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