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El presente trabajo obedece a lo que, en opinión de su
autor, es una necesidad de la investigación sobre las
relaciones internacionales de Cuba durante el proceso
revolucionario iniciado en 1959. Mientras fuera de
nuestro país se escriben decenas y decenas de artículos
y libros sobre la política exterior cubana, la mayoría
de ellos mal orientados o malintencionados y muchos mal
informados, en Cuba hemos hecho muy poco. La actividad
de Raúl Roa García como Ministro de Relaciones
Exteriores no escapa esta generalización. Su labor en
este sentido, entre 1959 y 1976, ha sido ampliamente
conocida y divulgada. El Cro. Carlos Rafael Rodríguez,
en el prólogo a la colección de discursos de Roa,
publicada por la Editorial de Ciencias Sociales en 1986,
caracterizó esa labor en los siguientes términos:
“A lo largo de los años, ante el pueblo de Cuba, la
figura de Raúl Roa fue emergiendo con esa estampa
singular con que ahora se le recuerda. Fue para los
obreros, para los hombres del campo, para los jóvenes
estudiantes, símbolo vivo de aquel duelo de nuestro país
con su poderoso vecino amenazante. Sus frases insólitas
se repetían como una consigna, y en medio de aquel
combate perpetuo fue surgiendo de los redaños del pueblo
el título con que pasó a la historia de Cuba: el
Canciller de la Dignidad”. (Raúl Roa Canciller de la Dignidad,
1986, Pág. 17)
Lamentablemente, esta actividad pública no ha sido
objeto de una investigación más acabada y mucho menos lo
ha sido un aspecto que reviste importancia para el
estudio integral de la trayectoria de Roa: la lucha por
crear, bajo su dirección, un Ministerio de Relaciones
Exteriores revolucionario, que deviniera en instrumento
efectivo de la nueva diplomacia que Cuba llevó adelante
en la palestra internacional a partir de 1959.
Al dar a conocer esta ponencia, que presenté
inicialmente en un seminario organizado por el
Movimiento por la Paz y la Soberanía de
los Pueblos en 1992, no pretendo, ni mucho menos,
hacer una apreciación exhaustiva, ni un aporte
definitivo. Mis propósitos son otros, más modestos. Mis
propias falencias y las dificultades objetivas en cuanto
a la carencia y dispersión de fuentes originales, orales
o escritas, harían totalmente presuntuoso de mi parte
aspirar a otra cosa que no fuera una primera
aproximación a lo que pudiéramos definir como la acción
dentro del Ministerio de El Viejo, como
cariñosamente le decíamos a sus espaldas los que muy
jóvenes nos incorporamos al MINREX por vocación más
revolucionaria que profesional. Este es, pues, un
trabajo que aspira a plantear más interrogantes que a
resolverlas. Su objetivo no es otro que el de servir de
estímulo a mejores y más profundos empeños de
investigadores más acuciosos sobre este ámbito
específico de la política exterior de la Cuba
Revolucionaria.
Pudiera llamar la atención la selección del período. La
hipótesis en que se centra este trabajo es que Roa fue
quien sentó las bases para la transformación del antiguo
Ministerio de Estado en un organismo revolucionario y al
mismo tiempo moderno y que este esfuerzo se produjo en
lo sustancial en los primeros años de su presencia en el
MINREX, pero sobre todo a partir de mediados de 1962. Se
trata, por otra parte, de una decisión práctica
determinada por la existencia de fuentes escritas que
permitan recoger palabras y acciones concretas.
Finalmente, el autor de este trabajo, a la sazón
estudiante universitario de diplomacia que, junto a
otros compañeros, simultaneaba estudio, trabajo y
fusil -como toda la juventud cubana de aquel
período-, vivió intensamente aquellos años, siendo a la
vez un novel sujeto y objeto de esta trascendental tarea
antes de cumplir 21 años, considerada entonces la edad
en que se alcanzaba la mayoría de edad.
Desafortunadamente, muchas de las intervenciones de Roa
en asambleas y reuniones del organismo no fueron
recogidas en su momento, o si lo fueron, se encuentran
extraviadas en los archivos. Para ese período
específico, existen en la Biblioteca del MINREX tres
Memorias Anuales del Ministerio, editadas entre 1964
y 1966 que corresponden a los años 1963-1965, el
Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores que
se editó mensualmente de octubre de 1962 hasta
septiembre de 1964 sin interrupción, no reapareciendo
sino hasta 1968, y el Prontuario Diplomático,
editado por el propio Ministro en 1963. Existen 4
discursos de Roa a los trabajadores del Ministerio sobre
asuntos internos del organismo, uno en la Plenaria de
Organizaciones de Masa en octubre de 1961, otros dos en
la Asamblea General Plenaria de Trabajadores que él
mismo promovió en diciembre de 1963 y el cuarto en
diciembre de ese mismo año, en el cual presentó un
balance del trabajo realizado. Estas cuatro piezas
oratorias recogen en lo esencial la visión de Roa sobre
como debía ser un Ministerio de vanguardia.
Cuando en junio de 1959 Roa asumió la jefatura de la
Cancillería cubana, ésta ostentaba el nombre de
Ministerio de Estado. Su accionar obedecía
lógicamente a los intereses de la clase dominante de un
país que no era ni independiente ni soberano. El
Ministerio cubano de exteriores no solo llevaba el
apellido de su casa matriz en Washington, lo que
denotaba su “progenie colonial”, si no que su
estructura, funcionamiento y personal reflejaban la
realidad de una política exterior que era el “calco
más o menos disimulado de la política exterior de
Estados Unidos, según el grado de presión que el
movimiento popular ejerciera sobre el gobierno de turno.”
(Memoria 1964, Pág. 1) Baste señalar que contaba
solamente con dos Departamentos de Política Regional
(uno para América Latina y el otro para el resto del
mundo) y uno de Organismos Internacionales.
El propio Ministro en 1961 se refirió a la institución
pre-revolucionaria en los siguientes términos:
“Fue en verdad una herencia nefanda la que este
Ministerio recibió. No solo en cuanto a su bajo nivel de
organización administrativa, diplomática y política, que
estaba por debajo del nivel del mar. En este Ministerio
pululaban, además, los bípedos incompetentes,
acomodaticios y botelleros, y los bípedos plumes
igualmente incompetentes, acomodaticios y botelleros.
Los bípedos plumes constituían una auténtica
aristocracia de bajo fondo. Los viejos funcionarios
competentes y laboriosos, la mayor parte de los cuales
han sido retirados de la circulación, estaban orgánica,
psicológica y políticamente incapacitados para adaptarse
al ritmo del desarrollo revolucionario. Muchos de los
tránsfugas y desertores provienen de sus filas, aunque
provienen de las filas ‘nuevas’ con vieja mentalidad.
Sólo han permanecido en el nuevo Ministerio aquellos que
pudieron hacer compatibles sus años con el espíritu de
los nuevos tiempos”. (Plenaria 1961, Pág.
59). Entre estos últimos vale destacar los nombres de
algunos como Enrique Camejo Argudín, Américo Cruz y
Celia Girona, que laboraron honesta y dedicadamente
dentro del MINREX hasta fecha reciente (los dos primeros
ya fallecidos).
Antes de la Revolución, Cuba tenía relaciones con 49
países, en 40 de los cuales existía teóricamente abierta
una Misión diplomática. Y digo teóricamente porque
muchos de los Jefes de Misión acreditados casi siempre
se encontraban ausentes de su puesto. El entonces
Embajador en Japón, por ejemplo, exigía que su salario
íntegro, incluyendo los gastos de representación, se le
depositaran regularmente en un banco de San Francisco,
California. La Embajada, que no contaba con residencia,
consistía en una pequeña oficina que atendía un
funcionario consular honorario con el cual este enviado
del régimen de Batista dividía los 500 dólares que se
cobraba ilegalmente por el despacho de cada barco
mercante y los 5 dólares que ambos extorsionaban por
cada caja de tabacos habanos que compraban los
importadores japoneses. Demás está decir que este señor,
que respondía al nombre de José García Montes, sobrino
de un estrecho colaborador del tirano, era más conocido
entre las aeromozas de Japan Air Lines o Pan American
-que le llamaban Pepi, de manera cariñosa- que en
los círculos gubernamentales y diplomáticos de Tokio.
Por cierto, terminó sus días de manera tan ignominiosa
como vivió: sumándose a la brigada mercenaria 2506 que
invadió su Patria al servicio del imperialismo yanqui,
logró huir en una balsa y desapareció en las aguas del
Golfo de México.
De los 49 países con los cuales Cuba mantenía relaciones
diplomáticas formales, 21 pertenecientes al Hemisferio
Occidental, sólo 35 tenían una representación adecuada
en la Habana, encabezada ora por un Embajador, un
Ministro Plenipotenciario o un Encargado de Negocios.
Esto demuestra la exigua importancia que se le daba a
nuestro país en la comunidad internacional antes de
1959. (Memoria 1964, Pág. 34-35)
A la herencia colonial a que ya hicimos referencia había
que añadir que entre el 1ro. de enero y mediados de ese
año, la dirección de la Cancillería había estado en
manos de Roberto Agramonte, cabeza visible del antiguo
Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), bajo cuya
dirección habían ingresado al Servicio Exterior no pocos
elementos que, desde esas filas, se habían opuesto en
mayor o menor medida al régimen de Batista y, por tanto,
estaban avalados por disímiles trayectorias
revolucionarias. Muchos de ellos no pudieron seguir el
paso de la Revolución y en los primeros años abandonaron
el combate sin pena ni gloria. Hay que decir que, al
propio tiempo, integraron los primeros cuadros de la
nueva Cancillería cubana hombres de indudable calidad
moral e integridad política como el propio Roa o Carlos
Lechuga -ambos designados por la mas alta dirección de
la Revolución- o los dirigentes ortodoxos ya
desaparecidos que ofrecieron lo mejor de sí al servicio
de su pueblo como Manuel Bisbé, Raúl Primelles y Mario
Alzugaray.
En estas circunstancias, era necesario actuar con
firmeza pero sin extremismos, y aprovechar los valores
de todos los que sinceramente podrían servir a la
Revolución, independientemente de su procedencia. Salvo
el breve período entre 1960 y 1962 en que el
sectarismo hizo sentir su fuerza en el Ministerio,
neutralizando incluso al propio Roa, envuelto en los
principales combates revolucionarios de la ONU por
aquellos años, la Revolución supo incorporar a su
quehacer diplomático a todo aquél dispuesto a ponerse al
servicio del país honestamente y sin claudicaciones.
Fue precisamente Roa quien propuso, a poco de asumir el
cargo, que la Cancillería cubana cambiara de nombre, lo
que se materializó el 23 de diciembre de 1959 cuando por
decisión del Gobierno Revolucionario dejó de existir el
Ministerio de Estado y nació el Ministerio de
Relaciones Exteriores. Desde entonces, y ya va por
40 años, esa fecha es considerada como la de fundación
del MINREX.
Pero ciertamente, no bastaba con cambiar el nombre. Se
trataba de algo mucho más que eso, de una negación
dialéctica del pasado en la cual sería necesario
revolucionar la estructura, realizar el imprescindible
relevo del personal sin afectar la profesionalidad del
servicio y, sobre todo, producir una transformación
radical de la mentalidad de los que trabajarían en esta
nueva diplomacia, a fin de que su accionar se
correspondiera con la realidad revolucionaria que se iba
gestando en el país. Todo ello en el trasfondo de una
radical reorientación de la política exterior cubana.
Roa estaba consciente de ello como nadie y trabajó
afanosamente por superar las dificultades que se
presentaron en el camino, las que no fueron pocas. En
primer lugar, él personalmente tendría que realizar una
intensa actividad internacional, sobre todo desde 1959
hasta 1962, que lo mantendría en trincheras foráneas
durante buena parte del período. Las conferencias de la
OEA. en Santiago, San José y Punta del Este, en las que
poco a poco se fue perfilando y gestando la maniobra
norteamericana destinada a aislar a Cuba del continente
y preparar políticamente la agresión armada; las
Asambleas Generales de Naciones Unidas de 1959, 1960,
1961 y 1962; la Primera Conferencia de Jefes de Estado y
de Gobierno de los Países No Alineados en Belgrado en
1961; a todas asistió Roa ya fuera como Jefe de la
Delegación cubana o acompañando al Primer Ministro Fidel
Castro o al Presidente Osvaldo Dorticós.
Otra dificultad importante durante el período lo
constituyó la sustancial transformación de las
relaciones diplomáticas de Cuba. Si en 1958 éstas se
extendían a 49 países -21 de ellos de América-, en 1965
la cifra ascendía a 65 -pero sólo 2 en América y el
resto en Asia, África y Europa. En el transcurso de esos
años, 21 estados rompieron o suspendieron sus vínculos
oficiales con nuestro país y Cuba, a su vez, los cortó
con dos: China Nacionalista (Taiwán) y República
Dominicana. Como contrapartida se establecieron
relaciones con 10 países de Asia, 13 de África y 11 de
Europa. (Memoria 1966, Págs. 13-15) Una
reordenación tan radical hubiera afectado la labor de
cualquier Cancillería en condiciones normales, sobre
todo teniendo en cuenta que la ampliación se produjo en
apenas 6 años y en regiones alejadas de aquella en la
que Cuba se encontraba naturalmente insertada y sobre
las cuales la mayoría de los funcionarios de entonces o
de nueva incorporación, bien ignorantes por cierto de la
vida internacional, conocían mucho menos que nada.
La labor de transformación del Ministerio también se vio
influida por los avatares de la vida nacional en esos
años. Al Ministerio fueron confluyendo en diferentes
etapas, hombres y mujeres de las distintas
organizaciones que lucharon contra la dictadura, sin
seguir un criterio selectivo científico, sino más bien
empírico. En su mayoría verdaderos revolucionarios,
tenían en común dos rasgos importantes. Por un lado,
eran personas con un nivel educacional y profesional
superior a la media del país. Por el otro, procedían
generalmente de sectores medios, intelectuales o pequeño
burgueses. Por ello, aunque no podían ser ajenos, ni lo
fueron, a los trascendentales acontecimientos que se
venían produciendo en el país al ritmo vertiginoso de la
Revolución, tuvieron que desarrollar rápidamente su
conciencia política, para eliminar el pesado lastre de “vicios,
supeditaciones, reflejos condicionados y arrastres”,
que la deformaban, como dijera el propio Roa. De ahí que
la mayoría de ellos se incorporara a cuanta tarea
planteara la dirección del país.
Trabajadores del MINREX ingresaron en las Milicias
Nacionales Revolucionarias y participaron por largos
períodos en las tareas de la defensa, también lo
hicieron durante la Campaña de Alfabetización y
asimismo en las primeras Zafras del Pueblo. Todas estas
actividades incidieron en la estabilidad del personal
dentro del organismo y en su tan necesaria superación
técnica, pues casi ninguno tenía una formación
diplomática. Aunque el balance final de estas
actividades era que favorecían el desarrollo de la
conciencia revolucionaria de los que a ellas se
dedicaron en cuerpo y alma, no es menos cierto que se
convertían en una dificultad objetiva en ciertos
aspectos de la transformación del Ministerio.
Por otra parte, también afectaron al organismo elementos
negativos de la vida nacional que lo golpearon en igual
medida que al Partido, a las organizaciones de masa y al
resto de la administración estatal. Me refiero al breve
período en que sobrevivió y se desarrolló la tendencia
al sectarismo. Todas las prácticas perniciosas
que ese fenómeno introdujo en los métodos de dirección
de la Revolución y que el compañero Fidel denunciara en
sus discursos del 13 y del 26 de marzo de 1962, se
hicieron sentir dentro del MINREX, coartando incluso la
labor creadora del propio Roa.
No por gusto la Memoria de 1963, en términos que
dejan entrever el estilo personal del Ministro, hizo
constar que “en los primeros tres años de la
Revolución, los vicios heredados de la gravosa herencia
recibida, el peso muerto de la extracción social de la
casi totalidad del personal y los tropiezos naturales de
la improvisación e inexperiencia, se agudizaron
sobremanera con la estrechez de miras, los malos métodos
de dirección, la incompetencia técnica, la hipertrofia
administrativa y la rumbosa concepción del presupuesto.”
(Memoria 1964, Pág. 1-2)
Si el Ministerio tenía que convertirse en el escudo
diplomático de Cuba, como dijera el Presidente
Osvaldo Dorticós en su intervención ante la Primera
Plenaria de Trabajadores en julio de 1963, era necesario
cambiar radicalmente el Servicio Exterior. La propia
Memoria de 1963 hizo la siguiente apreciación
de las dificultades en este terreno de forma que
también trasluce la pluma de Roa:
“El actual Servicio Exterior, no obstante sus serias
limitaciones y deficiencias, ha representado a Cuba
revolucionaria y socialista y ha cumplido una serie de
tareas específicas que responden a los intereses de la
nueva estructura económica, política y social del país.
“La mutación señalada más arriba, perceptible a simple
vista, se ha llevado a cabo en medio de grandes
dificultades, entre las que deben señalarse las
siguientes: 1) La conducta exterior de Cuba se ha
desenvuelto en rigor, más como un conjunto de reacciones
empíricas a los acontecimientos y necesidades, que como
un conjunto de decisiones derivadas de un esquema
teóricamente elaborado de principios y normas de
política internacional, debido, básicamente, al carácter
absorbente de la lucha contra el imperialismo y las
peculiaridades propias de nuestro proceso
revolucionario. 2) La Revolución heredó un Ministerio de
estructura inadecuada, anacrónica y burocrática, y un
Servicio Exterior que no solamente reflejaba esa
situación, sino que, además, actuaba por reflejo
condicionado de la política exterior de los Estados
Unidos. Añádese a ello que, salvo excepciones, el
personal era de muy exigua competencia técnica y tenía
una contextura ideológica y moral que le impidió
asimilar los profundos cambios operados en la nación; 3)
La dirección del organismo se vio enfrentada a la tarea
de transformar radicalmente la estructura, organización
y actividad del Ministerio y a la de sustituir el viejo
personal por un personal nuevo, sensible al proceso
revolucionario en desarrollo, que en parte resultó
deficiente desde el punto de vista técnico, horro a
veces de la más elemental cultura y, en no pocos casos,
vacilante desde el punto de vista ideológico y, aún más
desde el punto de vista moral, con la consiguiente
proclividad estos últimos al cansancio, al arredro, al
soborno y la deserción. Pero en su conjunto era
superior, a todas luces, al viejo personal. No había,
por lo demás, otra alternativa. La tremenda ignorancia
en que había sumido el capitalismo a la clase obrera
impidió y, aún impide, extraer de su seno los cuadros
diplomáticos.” (Memoria 1964, Pág. 13)
La actividad creadora de Roa en el Ministerio durante
estos años avanzó a través de tres cauces: la
reestructuración del organismo, la transformación de sus
métodos de trabajo y la superación política, profesional
y técnica de su personal. Ninguna de estas tres
vertientes podía separarse de la otra en la práctica;
medidas tomadas en el plano organizativo estaban
encaminadas a influir positivamente en la transformación
de métodos y en la superación y así sucesivamente. Sin
embargo, a los efectos del presente trabajo, conviene
analizarlas por separado por conveniencia metodológica.
Debe tenerse en cuenta que todos los cambios
introducidos en el Ministerio tenían como objetivo
hacerlo instrumento efectivo de la política trazada por
el compañero Fidel y, al mismo tiempo, vincular el
organismo estrechamente a la vida nacional -el MINREX
revolucionario no podía ser una Cancillería tradicional,
preñada de elementos elitistas, en su mayoría
desarraigados de la sociedad a la que representaban.
La reestructuración del Ministerio promovida por Roa se
concluyó en lo sustancial en septiembre de 1962, cuando
vieron la luz dos voluminosos documentos, a los que
llamábamos, por su envergadura, los mamotretos.
Mediante la nueva estructura la actividad central del
Ministerio fue asignada a siete direcciones políticas
regionales y una de organismos internacionales, con lo
que la Cancillería adquirió la forma común a sus
instituciones homólogas de países independientes, forma
que hoy se mantiene prácticamente intacta. Lo importante
aquí no es hacer una descripción de cómo quedó
reorganizado el Ministerio, sino subrayar el método que
siguió Roa para elaborar la nueva estructura y este
consistió en un análisis colectivo a nivel de cada
Dirección. Con ello se materializaba algo que el
Ministro había dicho en 1961 al respecto, cuando afirmó
en la Plenaria de organizaciones de Masa:
“La obra que realizamos no es la obra de un grupo, ni
mucho menos de determinadas personas, es la resultante
de la actividad de todos y, por consiguiente, todos y
cada uno de nosotros tiene derecho a participar en la
obra de creación colectiva.” (Plenaria 1961, Pág. 61)
En 1963,
cuando hacía el balance del trabajo realizado durante el
año, Roa afirmaba:
“Sí importa subrayar que a partir de mediados de
1962, el Ministerio entra en una etapa nueva de
organización, estructura y actividad, fruto del empeño
concertado de la Dirección y de los trabajadores del
organismo, y normada por los dos gruesos manuales en que
cristalizó el análisis, el estudio y la discusión
efectuada a la sazón, a todos los niveles.” (Roa
1964, tomo II, Pág. 579).
Con la reestructuración del Ministerio, por otra parte,
se cumplía con otro principio que había enunciado Roa en
1961 cuando afirmó que
“en un proceso revolucionario no basta con cambiar
los hombres. Es preciso, a la vez, cambiar las
condiciones en que los hombres trabajan, a fin de que el
fruto de su labor coopere en la consecución de los
objetivos particulares y generales que se persiguen”,
para agregar más adelante que “en condiciones viejas,
los hombres nuevos son inoperantes; mandan las
condiciones. Esta es una experiencia vieja, pero siempre
nueva en la historia de las revoluciones”. (Plenaria
1961, Págs. 59-60).
Roa se consideraba un intelectual revolucionario para
quien constituía un deber “contribuir con la
capacidad creadora al conocimiento, la defensa, la
consolidación y el auge de la edificación de la primera
sociedad socialista en América”, como explicara en “los
apuntes, desprovistos de afeites y perifollos” que
escribió en septiembre de 1966 porque, como él mismo
afirmó, “tenía ganas incoercibles de decirlo” y
que, bajo el título Los intelectuales y la Revolución,
aparecieron en 1977 en la tercera edición de Retorno
a la Alborada (Págs. 677-682 del Tomo II).
Quizás nadie estaba en mejores condiciones que Roa para
comprender que en lo que a la política internacional se
refería, existía el peligro, al igual que en otras
ciencias sociales, que la solución de problemas
estuviera determinada exclusivamente por la necesidad
inmediata que caracteriza la actividad operativa de toda
Cancillería y que, como se afirmaba en la Memoria de
1963, la acción exterior de Cuba se siguiera
desenvolviendo “más como un conjunto de reacciones
empíricas a los acontecimientos y necesidades, que como
un conjunto de decisiones derivadas de un esquema
teóricamente elaborado de principios y normas de
política internacional.” (Memoria 1963, Pág.
13).
Fueron éstas, sin duda, las razones que lo impulsaron a
crear el Instituto de Política
Internacional como parte de la estructura del
Ministerio en 1962, encomendándosele la recopilación y
estudio de los principales documentos de la política
exterior de Cuba y el asesoramiento técnico de la
Cancillería, así como la publicación de la Revista de
Política Internacional, que gozó y goza aún de gran
prestigio, a pesar de que no se pudo continuar
publicando desde principios de la década del 70.
La reestructuración del MINREX fue la vertiente que más
rápidamente se vio materializada, pues en lo sustancial
se concluyó con una serie de resoluciones que, con su
forma característica, Roa emitió en rápida sucesión
durante la segunda mitad de 1962. Conviene advertir, sin
embargo, que él mismo estaba consciente de que las
estructuras había que mantenerlas bajo revisión
permanente y así lo hizo. Cualquier examen de la
historia institucional del Ministerio a través de sus
Resoluciones demostraría que no vaciló jamás en eliminar
lo caduco o descartar lo perimido, aún cuando fueran
criaturas de su fértil labor creadora.
Asimismo, cuando se habla de su quehacer institucional
no puede soslayarse que Roa nunca se dejó llevar por el
espejismo de que bastaba con hacer una Resolución para
que los problemas se solventaran. En cierta ocasión
expresó claramente: “Dicho sea de paso, uno de
nuestros achaques es la manía de hacer resoluciones para
todo. Con ellas se pretende, por supuesto, normar las
actividades del Ministerio. Pero la norma es un engorro
burocrático cuando carece de carne de realidad, cuando
se formula y no se cumple.” (Roa 1964, tomo
II, Pág. 588). De este convencimiento surge
precisamente la segunda vertiente del proceso de
transformación del organismo al que Roa le dedicó su
atención en estos años: la de cambiar los métodos de
funcionamiento. Por su estrecha vinculación a la tercera
vertiente, la de superación política, profesional y
técnica del personal, era esta mucho más compleja que la
anterior.
Roa se percató tempranamente de la necesidad de la
planificación dentro del Ministerio, pero, al mismo
tiempo, comprendió que la misma no podía introducirse de
golpe y porrazo sin una experiencia previa. De ahí que
se comenzó por planes trimestrales que abarcaron los
tres últimos meses de 1962 y los seis primeros de 1963,
para continuar ese mismo año con un plan semestral que
devino en plan perspectivo anual en 1964. Para Roa
planificar significaba darle unidad, coherencia y
fluidez al trabajo del organismo y no crear una camisa
de fuerza burocrática que adormeciera el espíritu
creador. La realidad internacional, por cierto, no es
planificable en el sentido clásico, como lo
demostraron los errores que se cometieron en etapas
posteriores en que quisimos trasladar al trabajo
diplomático mecánicamente los conceptos de planificación
centralizada que nos venían de otras tierras,
posiblemente efectivos en otras esferas.
Por otra parte, dentro de la planificación de las
actividades, el Ministro insistió en que se siguiera el
principio de la dirección colegiada, la discusión
colectiva y la responsabilidad individual. Un examen
detallado de los planes de trabajo permite comprobar la
ingente labor a que se dedicaron los trabajadores del
MINREX por aquellos años. Prácticamente no hubo aspecto
de la realidad internacional que no fuera incluido como
problema a estudiar, desde las contradicciones en el
comercio agrícola entre el Mercado Común Europeo y los
Estados Unidos hasta las características étnicas de
ciertas tribus en algún remoto país africano. Como ya se
ha señalado más arriba, sin embargo, el desarrollo de la
planificación en el Ministerio tomó un camino
desacertado en la década de los ‘70. Los planes de
trabajo abandonaron aquella frescura prevaleciente en
época de Roa. Los planes se convirtieron en extensos
documentos con miles de tareas que nadie utilizaba salvo
para hacer los informes trimestrales de cumplimiento,
hasta 1992 en que, bajo la dirección de Alarcón se
revisó el procedimiento, volviendo a las breves
directivas anuales y semestrales que hoy son el
instrumento de trabajo fundamental de la Cancillería.
Estos documentos son ágiles, flexibles y dinámicos,
correspondiéndose así como la cambiante realidad
internacional.
Como el propio Roa lo dijera en la Plenaria de 1963, el
Ministerio debía ser “colmena afanosa y no avispero
de zánganos”, en la cual “la coexistencia
pacífica con la estatua de sal, con el vientre de la
mula, con el oráculo de Delfos, con la siesta de ideas y
con el motor inmóvil de Aristóteles es incompatible”.
(Boletín, Año I No. 1, Julio de 1963). Para
lograr esto, se debía luchar sin cuartel contra vicios y
males que ni eran exclusivos del Ministerio ni son
únicos de aquella época. El burocratismo y el ausentismo
fueron objeto de su crítica mordaz.
En la Plenaria de organizaciones de masa de 1961
advirtió que “lo más importante del burocratismo es
que crea una mentalidad, la llamada ‘mentalidad
burocrática’, por la cual, en lugar de la voluntad
gobierna el trámite”, para agregar inmediatamente a
continuación “no hay peor enemigo de la mentalidad
socialista que la mentalidad burocrática”. (Plenaria
1961, Pág. 27)
En 1963, Roa, al afirmar que “el burocratismo es una
de las peores rémoras del socialismo”, amplió
estos conceptos y planteó todo un análisis sobre este
fenómeno pernicioso que vale la pena citar totalmente,
por su vigencia actual:
“El burocratismo no es sólo el exceso de papeleo, el
seguidismo en los métodos de trabajo, la concepción
mecánica de los problemas: es también y, sobre todo, una
actitud ante el trabajo. La más grave consecuencia del
burocratismo es la sustitución del cerebro por la mesa y
de la voluntad por la silla. En lugar de pensar y
actuar, estereotipo y poltronería.
“El antídoto del burocratismo es la iniciativa creadora,
que supone, parejamente, racionalizar el trabajo,
dinamizarlo, aumentar su calidad, vivificar el tiempo.
Hacer, en fin, que el cerebro prime sobre la mesa y la
voluntad sobre la silla. La iniciativa creadora es el
más eficaz método de lucha contra el burocratismo.
Aplicarlo depende, únicamente, del cerebro y de la
voluntad de ustedes. Y aplicarlo, no sólo como método de
lucha contra el burocratismo, sino en todos los niveles
del trabajo. Hay que desembarazarse de la rutina mental,
de los conceptos entumecidos, de las ideas muertas. Hay
que aportar iniciativas propias en el trabajo, pensar
por cuenta propia, aplicar creadoramente el marxismo
leninismo.” (Roa 1964, tomo II, Pág. 590)
Junto al burocratismo, el ausentismo era otro vicio
bastante expandido en el Ministerio y Roa lo combatió
fuertemente. Ya en la Plenaria de las organizaciones de
masa había advertido que “el ausentismo no es sólo
una modalidad de la vagancia o de la negligencia: es
mucho más grave que eso. Si a veces suele ser
negligencia o vagancia, en realidad siempre es vagancia,
muchas veces esa negligencia o vagancia tienen
concomitancias manifiestas con el
contrarrevolucionarismo y la gusanería.” (Plenaria
1961, Pág. 62).
Hacia 1963 la batalla contra las formas más abiertas de
ausentismo estaba sustancialmente ganada, pero el
Ministro, con su habitual capacidad de observación,
comprobó la existencia de nuevas variantes, que
rápidamente bautizó con los incisivos nombres de
girovagancia y palique ambulatorio. Se
refería, por supuesto, a los que asistían físicamente al
Ministerio, pero se pasaban el día conversando tanto
fuera como en su propio puesto de trabajo. Esta práctica
era, por añadidura, el caldo de cultivo en el cual se
producía otro vicio que provocaba en Roa el más firme
repudio, el de la murmuración y el chisme. Por ello,
siempre combatió estos fenómenos enérgicamente.
En resumen, para Roa los trabajadores del Ministerio
debían ser “asiduos, puntuales, estudiosos,
conscientes, entusiastas, responsables, ahorrativos,
disciplinados y productivos”, lo que les obligaba a
practicar lo que definió con la siguiente frase: “que
se levanten con un quehacer y no se acuesten sin haberlo
realizado”. Por cierto, esta actitud recuerda el
apotegma del Che sobre “el cumplimiento diario del
deber“. Demás está decir que el Ministro siempre
predicó con el ejemplo. No era raro verlo llegar
temprano en la mañana y casi siempre se retiraba mucho
después de que lo habían hecho el resto de los
trabajadores.
Otro aspecto notable en el que Roa insistió para
modificar los métodos y procedimientos del Ministerio lo
constituyó su prédica en torno a la crítica y
autocrítica. Por una parte, el Ministro subrayaba
constantemente la necesidad de ser inconformes con los
logros obtenidos. Como afirmó en el Balance de 1963: “No
es posible progresar cuando se está conforme con lo
obtenido. Estar conforme con lo obtenido es el preámbulo
del estancamiento. El ser sólo tiene sentido cuando
contiene el devenir. Si el trabajo acumulado por el
Ministerio no contuviese los gérmenes de su propia
superación sería para tañir campanas funerales”.
(Roa 1964, tomo II, Pág. 582)
Por otra, Roa instó permanentemente al uso de la critica
y la autocrítica. Ya se señaló su rechazo tajante al
vicio de la murmuración y el chisme. Vale recoger,
además, lo que al respecto dijera en la misma ocasión
anterior:
“Y a propósito de la crítica y la autocrítica. En este
Ministerio no se ha sabido usar, con la frecuencia
debida, de veras y a fondo, el método de la crítica y la
autocrítica en la evaluación del trabajo, como se
desprende, claramente, de los informes elevados por las
Direcciones sobre la ejecución y el cumplimiento de los
Planes Trimestrales.
“No se ha establecido cortapisa alguna al respecto.
Entendemos que sin el empleo efectivo del método crítico
y autocrítico es difícil adquirir conciencia de los
errores y suprimirlos.
“Pero es conveniente aclarar que la crítica nada tiene
que ver con la murmuración, el chisme, el número ocho, o
la falta de respeto en las relaciones de trabajo. Eso es
inadmisible e intolerable. Es fundamental que las
relaciones entre los trabajadores se desenvuelvan en una
atmósfera de fraternidad, cooperación y respeto
recíproco. Todos debemos respetarnos en el cumplimiento
de nuestras funciones y en el trato personal. Quien
tenga algo que alegar contra el comportamiento de un
compañero debe hacerlo en el lugar que corresponda, no a
nivel de jardín, ni a nivel del comedor popular, ni a
nivel de esquina. Lo honrado y lo revolucionario es
plantear las críticas donde deben plantearse. Lo otro es
chismografía, murmuración. Eso es negativo y, además,
supone cobardía. Hay que darle cara a las cuestiones, de
cualquier naturaleza que sean. Así proceden los
revolucionarios. Ningún revolucionario le hurta el
cuerpo a la responsabilidad. Ningún revolucionario
procede solapadamente contra otro. Con esto hay que
terminar de una vez y para siempre.” (Roa 1964, tomo II,
Pág. 595).
En este aspecto, Roa también fue ejemplo. Nunca rehuyó
la crítica, como lo demostró cuando en la Plenaria de
1963 se señalaron deficiencias a la labor del Colegio
del Ministerio, integrado por los dos Viceministro y el
Ministro. En aquella ocasión dijo:
“Estoy, por tanto, criticando nuestra propia
negligencia, es decir, la de los compañeros
viceministros, Pelegrín Torras y Arnol Rodríguez que,
conjuntamente conmigo, integran el Colegio. No obstante
las normas precisas y concretas con que se ha dotado, el
funcionamiento del Colegio dejó mucho que desear durante
algún tiempo. Funcionó al tun tun, o si se prefiere un
lenguaje más adusto, con un empirismo rampante. Ustedes
mismos, en la Plenaria, hicieron la crítica del estilo
de trabajo del Colegio. Y es bueno que sepan que, tanto
los Viceministros como yo aceptamos la crítica, sin
apelar al socorrido subterfugio del Yo Pecador, que
limpia pecho y espalda sin remorder la conciencia.”
(Roa 1964, tomo II, Pág. 588-89).
La actitud crítica y autocrítica de Roa trasunta toda su
labor en el Ministerio. Como dijera durante la Plenaria,
“entre el manojo de rosas y el puñado de ortigas,
hemos optado, deliberadamente, por el puñado de
ortigas.” (Boletín, Año I, No. 10,
julio de 1963).
Roa siempre fue muy exigente consigo mismo y con los
demás y este rasgo de su personalidad se tradujo en el
trabajo que realizó en el Ministerio. Su trato con los
compañeros, además, se caracterizaba por la fraternidad
y el principismo. Sus relaciones personales eran el
espejo de lo que practicaba públicamente. No cabían en
su personalidad ni la simulación ni la doble moral. Por
otra parte, no le faltó nunca su proverbial humor y
precisión al tratar con otros como cuando jocosa pero
respetuosamente calificó al desaparecido compañero
Pelegrín Torras de merengue con púa, como forma
muy descriptiva de calificar la mano fuerte pero dulce
con la cual este último dirigió las labores de la
Plenaria de 1963.
Otro elemento importante dentro de la vertiente
encaminada a la transformación de los métodos y
procedimientos, lo constituyó el esfuerzo dirigido a
hacer del Ministerio un organismo austero. La “rumbosa
concepción del presupuesto”, como se calificara en
la Memoria de 1963 no podía tener cabida en un
organismo revolucionario. Ya desde ese mismo año se
produjo un ahorro de $25,000 de un presupuesto de más de
7 millones de pesos, a pesar de que, como el propio Roa
lo señalara, el MINREX “se vio compelido a satisfacer
necesidades de otros organismos y a pagar adeudos
internacionales que no le corresponde”, como
resultado de lo cual sus gastos resultaron
sobrecargados. La política que se siguió entonces,
orientada por el propio Ministro, fue la de contemplar
el presupuesto con un criterio nacional y no sectorial,
y “ser sensible a las exigencias de la política de
desarrollo económico de la nación, tomando el
camino correcto.” (Roa 1964, tomo II, Pág. 596) Es
bueno señalar que esa tradición se ha mantenido hasta
nuestros días.
De este período data el esfuerzo por establecer normas
de procedimientos que se correspondieran con la alborada
que vivía el país y las relaciones exteriores de nuevo
tipo que Cuba sostendría. Hubo que modificar el arancel
consular, el reglamento para el despacho de buques, las
normas de visado, los procedimientos de pasaporte, las
regulaciones migratorias, en fin el andamiaje completo
de la antigua legislación. Todo ello se hizo con
aciertos y errores, pero con la vista fija en tres
principios: perfeccionar, racionalizar y rectificar.
Uno de los instrumentos más útiles de este esfuerzo lo
constituyó el Prontuario Diplomático, destinado a
poner a disposición de los trabajadores del Ministerio,
sobre todo los destinados al Servicio Exterior, “ un
resumen que permite tener a mano los requerimientos
elementales del oficio”, como explicó el Ministro
en la Introducción (Prontuario 1963, Pág. 5). En
este volumen de 437 páginas los diplomáticos neófitos
podían ilustrarse en temas tan disímiles como qué ropa
usar en una actividad protocolar, cómo comportarse en la
primera entrevista de un nuevo Jefe de Misión con el
Canciller del país anfitrión, qué funciones debía
desempeñar un Consejero o cuál debía ser el texto de una
nota verbal notificando que Cuba rompía relaciones con
el país ante el cual se estaba acreditado.
El Prontuario contaba, además, con un Glosario
en el cual se explicaba, por ejemplo, qué significaban
cada una de las expresiones en latín que podían aparecer
en una nota diplomática, el contenido de los términos
xenofilia y xenofobia o la historia de la OEA. Las
definiciones del Glosario solían ser escuetas,
pero en ocasiones eran extensas y explícitas, como la
descripción de la Organización de Naciones Unidas, que
ocupó 10 páginas. Aunque los Doctores Pelegrín Torras y
Miguel A. D’Estéfano encabezaron el grupo de compañeros
que colaboró en la preparación del Prontuario,
en muchas de sus partes se perfila claramente el estilo
cortante, enjundioso, punzante y desenfadado de Roa.
Es irresistible la tentación de narrar una anécdota
personal que sirve para ilustrar lo anterior. Cuando, en
fecha reciente, la dirección de MINREX decidió hacer una
nueva edición del Prontuario y le encomendó el
trabajo de búsqueda inicial a un grupo de jóvenes de
reciente graduación en el ISRI, una de las compañeras
pidió que se le explicara una expresión que aparecía en
el Glosario del Prontuario de 1963 al explicar el
término reciprocidad. Lamentablemente, fue
imposible hacerle la explicación directamente a ella y
hubo que ponerse en contacto con otro compañero, para
explicárselo a él. Para que se entienda mejor la razón
de este proceder, reproduzco textualmente lo que, no me
cabe dudas, El Viejo escribió sobre la
reciprocidad:
“Reciprocidad. En principio, todo Tratado de
Comercio entre Estados soberanos se funda en la
reciprocidad. Pero hay Tratados comerciales que llevan
el nombre específico de ‘Convenios de Reciprocidad’. Se
llaman así los Tratados por los cuales los Estados
contratantes se conceden rebajas aduaneras, sin
extenderlas a terceras potencias. En la mayoría de los
convenios de este tipo inscritos por las potencias
capitalistas con países insuficientemente desarrollados
la reciprocidad opera exclusivamente en beneficio de
aquéllas. Sirvan de referencia ilustrativa los tratados
de reciprocidad comercial suscritos por los Gobiernos de
Estados Unidos y Cuba en 1903 y 1934. Ambos son
equivalentes al clásico trato del esqueleto”. (Prontuario
1963, Pág. 388)
El Prontuario no solo estaba encaminado a cambiar
el estilo de trabajo y el funcionamiento de la
Cancillería, sustituyendo el viejo Manual de Práctica
Diplomática y Consular del Profesor Figueroa, sino
que se enlazaba estrechamente con la tercera vertiente
del proceso de renovación dirigido por Roa en esta
etapa: el de superación política, profesional y técnica
del personal.
Ya se ha hecho referencia al origen social de la mayor
parte de los trabajadores de la Cancillería. El propio
Ministro, en su Balance de diciembre de 1963, recordando
palabras del Presidente Dorticós unos meses antes,
planteó que en el MINREX “no podía haber tibios ni
indiferentes, que el ideal era que todos los
trabajadores fueran revolucionarios”, para añadir
más adelante:
“En este Ministerio sobran los tibios, los medios
tibios y los medios calientes. En este Ministerio sólo
deben y pueden tener cabida hombres y mujeres
apasionadamente revolucionarios.”
En la misma oportunidad apuntada arriba, Roa hizo una
importante precisión sobre lo que significaba ser
apasionadamente revolucionario que aún hoy es del todo
actual y pertinente:
“Pero no se confunda el resplandor con el fuego. Hay
quienes, por fuera, llamean de pasión revolucionaria, y
por dentro son un mantecado. Al verdadero
revolucionario, la pasión le brota de las entrañas y,
por eso, enciende todas sus actividades. Y, cuando se es
apasionadamente revolucionario por dentro y por fuera,
se está siempre en disposición de superarse, de
afanarse, de trabajar más y mejor cada día. Por eso, el
verdadero revolucionario -hombre o mujer- no paliquea,
ni girovaga, ni despilfarra, ni murmura, ni invierte sus
energías en trivialidades. El verdadero revolucionario
lleva una vida correspondiente a su condición, tiene un
estilo de vida que corresponde a un revolucionario.”
(Roa 1964, tomo II, Págs. 583-584).
Roa era consciente de que la mayoría de los que nos
incorporamos al Ministerio en aquellos años “no
provenimos de la clase obrera y carecemos, por ende, de
las condiciones ínsitas que impelen al proletariado,
como clase, a emanciparse de los prejuicios, resabios y
hábitos que inocula el capitalismo”, pero, al mismo
tiempo, conminaba a la superación de esas rémoras con
estas palabras:
“Si no es lo suficientemente disciplinado, si tiene
propensión a la girovagancia o al palique ambulatorio,
si aún padece los arrastres de su procedencia social, el
verdadero revolucionario se esfuerza por disciplinarse,
y si es de origen pequeño burgués, como muchos de
nosotros, trata cada mañana de yugular las ataduras que
dificultan, deforman o extravían el desarrollo de su
conciencia y estilo de vida”. (Roa 1964, tomo II, Págs. 585 y 584.)
Pero Roa no concebía un trabajador del MINREX que, junto
a la conciencia política madura y lealtad ejemplar que
debían conjugarse en la pasión revolucionaria, no
alcanzara al mismo tiempo una elevada cualificación
técnica y alertaba al respecto que esas cumbres solo se
podían alcanzar “mediante el estudio, el trabajo y el
espíritu de sacrificio”. (Roa 1964, tomo II, Pág.
584).
Sentenciaba el Ministro:
“Ni la conciencia política, ni la competencia técnica
se adquieren sorbiendo el aire. Ni la una ni la otra se
dan en la naturaleza. Se adquieren mediante el esfuerzo
propio, conjugado con la educación y el estudio”.
(Roa 1964, tomo II, Pág. 584)
Conviene recordar como Roa definía en aquella época las
cualidades a que debía aspirar un trabajador del
Ministerio: “Cualificación política, competencia
técnica, lealtad absoluta, firmeza inquebrantable,
conducta austera y diestro manejo de la táctica, el
tacto y el contacto.” (Boletín, Año I, No.
10, julio de 1963, Pág. 37)
En el centro de toda la superación política y
profesional de los trabajadores del MINREX, Roa siempre
situó e insistió en el estudio del marxismo-leninismo.
Pero ya desde entonces, haciendo gala de sus cualidades
docentes de Profesor universitario, alertó sobre los
peligros de un aprendizaje mecánico, dogmático y
esquemático de la teoría creada por Marx y Engels y
enriquecida por Lenin. Vale la pena recordar sus
palabras al respecto en el Balance de 1963:
“Nunca se insistirá demasiado en la necesidad de la
educación política y, aún más, del empleo de métodos de
enseñanza y aprendizaje congruentes con la naturaleza de
la teoría marxista-leninista, que es una teoría que no
sólo se contrae a interpretar el mundo sino que aspira a
transformarlo.
“Nunca se repetirá tampoco demasiado que el acceso y el
dominio del marxismo-leninismo no es fácil. Los que de
ustedes lo hayan estudiado a fondo saben bien que el
marxismo-leninismo es una concepción del mundo, de la
vida y de la historia asaz compleja, multiforme y
fluente. Saber bien que es la resultante dialéctica del
desarrollo filosófico, histórico y cultural precedente y
que su aprehensión y señorío exigen, por tanto, asomarse
más allá de las páginas de los manuales en que suele
estudiarse. Si su conocimiento se agotara en el estudio
de los manuales, el marxismo-leninismo sería una teoría
gris y no verde, una teoría estática y no dinámica, una
teoría coagulada y no fluyente. La teoría
marxista-leninista se nutre en el ser y el devenir de la
revolución y la naturaleza y se enriquece,
continuamente, con los hechos de la historia, los
descubrimientos de la ciencia y el progreso de la
técnica.
“El marxismo, como cuerpo de ideas, no surgió de si
mismo y, por eso, para penetrar y aprehender su esencia,
es necesario estudiar las corrientes de pensamiento que
confluyen en su propio, vasto y creciente caudal. No
debe uno contentarse con que las tres fuentes del
marxismo son la filosofía clásica alemana, la economía
política inglesa y el socialismo francés. Con saber eso
no se ha aprendido, ni se sabe realmente nada de
marxismo. Eso es un simple enunciado verbal. De ahí que
si uno se propone -y es lo que uno debe proponerse-
penetrar y aprehender la esencia del marxismo, sea
ineludible sumergirse en las fuentes del marxismo, y no
una sola vez. Parodiando a Heráclito, en este caso no
sólo no puede uno bañarse dos veces en la misma fuente,
sino debe hacerlo numerosas veces.” (Roa 1964, tomo II,
Pág. 586)
Roa fue el propulsor de todo tipo de iniciativas
destinadas a crear un sistema de superación interna
dentro del Ministerio. Bajo su impulso fundador surgió
la Escuela de Cuadros, la Escuela de Mínimo Técnico y la
Escuela de Superación Obrera. Todas ellas se unieron en
el Centro de Capacitación Profesional, Política y
Cultural, que incluyó, además, el Centro de Práctica
Diplomática y Consular. A este esfuerzo se unió el
Instituto de Política Internacional que, con el concurso
de sus integrantes, profesores de la calidad de Fernando
Álvarez Tabío, Juan B. Moré Benítez, Eloy G. Merino
Brito y René Álvarez Ríos, organizó ciclos de
conferencias sobre derecho y política internacional. El
propio Ministro se ofreció como profesor para iniciar un
estudio sistemático de El Manifiesto Comunista y
otros clásicos, lo que no pudo cuajar debido a sus
múltiples responsabilidades.
La preocupación de Roa por la superación se proyectó
también hacia el porvenir. Mantenía su cargo de Director
de la Escuela de Ciencias Políticas de la Facultad de
Humanidades de la Universidad de la Habana y estaba al
tanto del esfuerzo que se realizaba por formar cuadros
que pudieran constituirse en un reservorio de compañeros
altamente calificados para el desempeño de las funciones
del Servicio Exterior. Tenía ideas muy claras al
respecto y creía firmemente que esta tarea requería, “por
su índole y proyección, jurisdicción política
extrauniversitaria, con la participación del Ministerio
y la cooperación de profesores universitarios, amén de
un programa apropiado, métodos de enseñanza congruentes
y severa selección de los alumnos, cuyo número debe
estar determinado por las necesidades inmediatas y
perspectivas del Servicio Exterior”. (Roa 1964, tomo
II, Págs. 591-592) En estas ideas está plasmada la
simiente de lo que posteriormente germinaría en el
Instituto del Servicio Exterior, fundado por él mismo en
1971 y que desde 1982 lleva orgullosamente su nombre. El
actual Instituto Superior de Relaciones
Internacionales “Raúl Roa García” no ha defraudado a
su progenitor. Este año cumple 29 años de ingente labor
y ya muchos de sus centenares de graduados han
demostrado su capacitación política y profesional en
nuestra diplomacia.
Otra peculiaridad del trabajo de superación realizado en
el Ministerio está vinculado al papel de la mujer dentro
de la Cancillería cubana. Roa fue un entusiasta
partidario de abrirles las puertas a todas aquellas
compañeras que demostraran tener las condiciones idóneas
para ocupar las primeras trincheras de la nueva
diplomacia. Si hoy se cuenta con dos mujeres
Viceministras y varias Directoras y el Servicio Exterior
de Cuba puede ufanarse de ser uno de los más avanzados
en el rubro de incorporar en su seno al sector femenino
de la sociedad, alcanzando ellas las más altas
responsabilidades, no cabe dudas que ello se debe en
gran medida a su primer Ministro de Relaciones
Exteriores.
La transformación del Ministerio en un organismo
revolucionario de vanguardia no estuvo desvinculada,
como no podía estarlo, de la creciente integración de
sus trabajadores a las tareas productivas mediante las
Zafras del Pueblo. Por aquellos años, cerca del Central
Harlem, en Bahía Honda, Pinar del Río, se estableció el
primer campamento cañero del MINREX, al que después
siguieron otros hasta llegar a “La Pelusa” en la
provincia de la Habana en la década del 70. El MINREX no
sólo participó en todas las Zafras del Pueblo, incluida
la de 1970 en Camagüey, sino que atendió una finca del
Cordón de La Habana en El Cano y más recientemente se
incorporó al Movimiento de Microbrigadas. A pesar de ser
un organismo relativamente pequeño, los trabajadores del
Ministerio tienen a su haber la construcción de 5
edificios de apartamentos desde 1972 hasta la fecha.
Siguiendo esa tradición, brigadas del Ministerio se
incorporaron al agro en Provincia Habana, ocupando el
Campamento “Sonrisa de la Victoria” en Güira de Melena.
Solo se mencionan algunas de las actividades que ha
llevado adelante el MINREX en apoyo a la producción, las
cuales, no caben dudas, repercutieron favorablemente en
el fortalecimiento de la conciencia revolucionaria de
sus trabajadores.
Todo este esfuerzo de transformación del Ministerio se
condujo, como él mismo lo subrayara en 1963, sin
descuidar la consecución exitosa del objetivo esencial:
la defensa y promoción de la política exterior de Cuba.
En el haber del organismo se encontraba sin disputa su
logro más saliente, como añadió Roa en dicha
oportunidad: “la forma diligente, responsable y
beligerante con que se ha ejecutado la política exterior
del Gobierno Revolucionario”. (Roa 1964, tomo II,
Pág. 594)
Es sumamente difícil hacer un balance objetivo de
cualquier empeño humano, sobre todo si se participó en
él aún en calidad de modesto combatiente de fila, como
es el caso del autor de este trabajo. Esta tarea se
dificulta, además, porque, como se ha podido comprobar,
el objeto principal de este intento de investigación fue
un hombre que manifestó siempre su disconformidad con lo
obtenido y su espíritu crítico con lo mal hecho, de ahí
el contenido fundamental de sus principales
pronunciamientos en torno al trabajo del Ministerio. Roa
sintió en carne propia que, a pesar de todos los
esfuerzos y resultados, el Ministerio no hubiera llegado
a ser un organismo de Vanguardia en aquellos años. Como
él mismo dijo “en lugar del luminoso reventar de la
primavera” lo que sobrevino fueron “las frías
insinuaciones del otoño…lindante con la modorra invernal”.
(Roa 1964, tomo II, Pág. 581)
Para el Canciller de la Dignidad hacer del
MINREX un Ministerio de Vanguardia era un imperativo
destinado, entre otros, a contribuir a borrar la imagen
estereotipada que entonces se tenía de los trabajadores
del organismo.
Hoy, con el decursar del tiempo en la espalda, quizás se
pueda ver aquel período y el empeño del entonces
Ministro con más perspectiva y balance. Muchos de los
objetivos que no se lograron en aquellos años, se
alcanzaron después, ya fuera bajo la propia conducción
de Roa, o de sus sucesores. Cabría valorar si es que aún
no estaban maduras las condiciones para alcanzar algunas
de las metas más ambiciosas propuestas en ese momento.
No obstante, podría preguntarse también ¿qué le debemos
a aquel esfuerzo de Roa? o, dicho de otra forma ¿cuáles
fueron sus principales aciertos y sus errores, si es que
los hubo?
Ante todo habría que decir que Roa proyectó un organismo
revolucionario que si no llegó a ser formalmente de
Vanguardia hasta unos años después, no fue por falta de
empeño de su parte; y que si efectivamente lo llegó a
ser, como lo fue y es, se debe, en gran medida, a su
prédica constante, a su permanente acicate, a que creó
en la mayoría de los trabajadores del MINREX un profundo
sentimiento de vergüenza revolucionaria. Que sus
concepciones eran correctas en lo esencial lo demuestra
el alto grado de continuidad conque se siguió
manteniendo la estructura básica y los procedimientos
esenciales establecidos por él en aquellos años.
Por otra parte, debemos a Roa haber sentado el
precedente de que el MINREX debía ser un organismo
austero, ligado a nuestro pueblo, que pusiera siempre el
interés nacional por encima del sectorial, fiel ejecutor
de la política exterior trazada por Fidel y portador de
una nueva diplomacia, una diplomacia en mangas de
camisa, como dijera el propio Roa en varias ocasiones.
Hay que decir que estos principios de trabajo han
seguido siendo la divisa esencial en la que se ha
sustentado el trabajo del Ministerio.
Si Roa viviera hoy, probablemente manifestaría de manera
directa e incisiva su inconformidad con los resultados
de su gestión en el Ministerio. Y razones no le
faltarían para ello. A pesar de los esfuerzos que se han
hecho por erradicarla, la tendencia al burocratismo, por
ejemplo, no pudo ser erradicada del todo en su tiempo y
aún persiste a veces hoy, bajo distintas formas. Los
métodos burocráticos han resultado ser una hidra de cien
cabezas que han procreado nuevas variantes, como su hija
natural, la plantilla inflada, no sólo en el MINREX,
sino en otros organismos del Estado. Pero la
responsabilidad de que no se haya triunfado
definitivamente contra este vicio no es únicamente de
Roa, es de todos. Por el contrario, para continuar
combatiéndolo es imprescindible tener en cuenta su
prédica como un alerta permanente sobre la esencia
estereotipada, poltronera y antisocialista del
burocratismo y estar conscientes de cual es su principal
antídoto: la iniciativa creadora y el trabajo eficiente.
Lo mismo puede decirse de la girovagancia y el palique
ambulatorio, consecuencias directas de una actitud
básicamente ausentista ante el trabajo. ¿Se pudieron
arrancar de raíz? La respuesta a esa pregunta habrá que
buscarla en la conciencia de cada cuál, pero creo que
Roa recordaría que hay que mantener la guardia en alto
contra estas deformaciones. Para ello, nada mejor que la
proverbial incisividad de quien mejor diagnosticó el
origen y consecuencias de estas formas de vagancia y
creó la convicción de que eran vicios y no
virtudes.
La lucha de Roa por elevar la capacitación política,
profesional y técnica de los trabajadores del MINREX ha
rendido frutos que están a la vista. Actualmente el
Servicio Exterior de Cuba maneja mejor que en su época
el arte diplomático, el oficio de “la táctica, el
tacto y el contacto”. Hay también un
conocimiento más amplio de los idiomas. El porcentaje de
graduados universitarios es mayor, muchos de ellos con
títulos de la especialidad obtenidos en el Instituto que
Roa fundara y lleva su nombre. Por supuesto, todavía
queda mucho por hacer y persisten deficiencias. Él mismo
no estaría conforme, pero reconocería que el Ministerio
ha avanzado.
El Instituto de Política Internacional y su
Revista homónima fueron dos importantes logros de esa
época. Aún antes de que Roa dejara el Ministerio en
1976, ambos desaparecieron, a pesar de que él trató de
revivir al primero cuando creó la Comisión de Altos
Estudios Políticos (CAEP), de efímera existencia en
la década del 70. Hace algún tiempo el Doctor Miguel A.
D’Estéfano en un Seminario organizado por el Profesor
Salvador Vilaseca en el ISRI, propuso la creación de un
Centro de Estudios similar al IPI que llevara el nombre
de Roa, con el objetivo de conducir investigaciones
sobre la política exterior de Cuba y las relaciones
internacionales. Con visión de futuro, debe pensarse en
la posibilidad de recrear la antigua Revista de
Política Internacional que tanto prestigio adquirió
como vehículo para la transmisión de las posiciones
cubanas en la materia.
Aún teniendo en cuenta las difíciles circunstancias por
las que atraviesa el país, no se deben olvidar estos dos
legados de Roa. La historia de la política exterior de
Cuba, el Movimiento de Países No Alineados, los
problemas de la seguridad internacional y el desarme, la
Organización de Naciones Unidas, la teoría de las
relaciones internacionales y de la política exterior
aguardan todavía ser investigados en Cuba desde el punto
de vista científico y marxista no solo para beneficio de
las nuevas generaciones, sino para que el mundo conozca
qué pensamos los cubanos de esos temas y qué aportes
hemos hecho y podemos hacer a la teoría en estas ramas
del saber. Con ese objetivo en mente sería recomendable
acoger la propuesta del Profesor D’Estéfano, pues nunca
como ahora ha sido más necesario para Cuba propiciar,
en nuestro seno, el estudio y la divulgación de ese
campo de las ciencias sociales que se denomina política
internacional y que incluye dos niveles de análisis, el
del sistema internacional y el de la política exterior.
Finalmente, no sería conveniente terminar este trabajo
sin dejar constancia de lo que es el resultado principal
de la actividad interna de Roa en el Minrex entre 1959 y
1965. Fue ese un período pleno de afán creador y
entusiasmo vivificador dirigido a la formación y
estructuración de una Cancillería revolucionaria, que
comenzó a dar los primeros pasos como instrumento
efectivo de la proyección internacional de Cuba. Fue
aquella una etapa fundacional en la que el Ministerio,
bajo la dirección de su Canciller de la Dignidad,
acumuló “los gérmenes de su progreso ulterior”.
Puede decirse, por tanto, recordando una frase del Roa
intelectual, que la semilla que él sembró no quedó en el
frío mármol de una Cancillería elitista, sino en el
fértil surco de fuego compuesto por un grupo de mujeres
y hombres imperfectos pero revolucionarios, imbuidos por
él en una vocación de servicios a su pueblo.
Ciudad de La Habana, mayo de 1996.
CENTENARIO DE LA CAÍDA EN COMBATE DE ANTONIO MACEO
REFERENCIAS:
1.- Cuba. Ministerio de Relaciones
Exteriores, Memoria Anual al Consejo de Ministros
1963, La Habana: Cooperativa Periodística Luz-Hilo,
1964.
2.- Cuba. Ministerio de Relaciones
Exteriores, Memoria Anual al Consejo de Ministros
1964, La Habana: Mimeografiado, 1965.
3.- Cuba. Ministerio de Relaciones
Exteriores, Memoria Anual al Consejo de Ministros
1965, La Habana: Mimeografiado, 1966.
4.- Cuba. Ministerio de Relaciones
Exteriores, Prontuario Diplomático, La Habana:
Cooperativa Periodística Luz-Hilo, 1964.
5.- Cuba. Ministerio de Relaciones
Exteriores, Boletín del Ministerio de Relaciones
Exteriores, Años I y II, Números 1 a 24, La Habana:
Cooperativa Periodística Luz-Hilo, 1962-1964.
6.- Roa, Raúl, Retorno a la
Alborada, 2 tomos, 1ra. Edición, Santa
Clara: Universidad Central de las Villas, 1964.
7.- Roa, Raúl, Retorno a la
Alborada, 2 tomos, 3ra. Edición, La
Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1977.
9.- Plenaria de Organizaciones de
Masa del Ministerio de Relaciones Exteriores, La
Habana: Mimeografiado, 1961.
10.- Raúl Roa Canciller de la
Dignidad, La Habana: Editorial de Ciencias Sociales,
1986.
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