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Recuerdos de la
niñez
Federico de Córdova
Nuestro amigo tendría
ya unos 12, 13 ó 14 años, hacía bellos
"papalotes" y "coroneles". Estos últimos eran más
preciados, pero no producían el goce de una "cubanita" o
"barrilito". Cerca de nuestras casas comprábamos en un
puesto de chinos el güin, y en una quincalla el papel
de china, el hilo y la goma para confeccionarlos. El
rabo era fácil, desperdicios de retazos servían... Ahora
en el rabo se ponía la trabilla si quería enganchar el
papalote empinado del otro supuesto contrincante, o una
mitad de navajita (de afeitar) si quería cortar la pita
tensa con que se empinaba el papalote del enemigo y
echado a bolina, seguido de la expresión de la víctima:
"¡me cago en tu madre, me jodieron el 'papalote'!"
Muy cerca también, a
menos de quinientos metros, se levantaba la Loma del
Timón. Allí, por cierto, se conservaban trincheras
cavadas cuando la guerra de independencia, y allí —no en
las trincheras sino en el promontorio— solían los
muchachos empinar sus "papalotes".
Por cierto que era conveniente realizar este deporte con
algún amigo mayor y fuerte por si acaso al echar a
bolina otro "papalote" había que fajarse. Nosotros, por
entonces, dejábamos la caracterización de niños
"góticos" para convivir con los "muchachos de la calle"
y los llamados pillos, que no eran otros que los
pendencieros y agalludos.
Estudiantes en la
Universidad
José Antonio Portuondo
Recuerdo, entre
tantos, la inauguración de la biblioteca de la
Asociación (de estudiantes de Derecho) durante la cual
se develó un relieve con la cabeza de Julio Antonio
Mella, el célebre perfil fotografiado por Tina Modotti.
Roa habló en aquella oportunidad y fue, sobre todo para
los novatos, un deslumbramiento. Yo acababa de salir de
un colegio religioso de provincia y me
impresionó la afirmación de Roa de que, para los jóvenes
cubanos, la imitación de Mella era más provechosa y
urgente que la imitación de Cristo. Después oí muchas de
sus intervenciones relampagueantes, con motivo de la
visita a la Asociación de Estudiantes de Derecho del
entonces rector de la Universidad Nacional Autónoma de
México, Luis Chico Goerne, quien, como habría de
recordar Roa más tarde, se "achicó", lamentablemente;
sus palabras el día en que Alfonso Hernández Catá llevó
a los estudiantes cubanos el saludo de los estudiantes
españoles que luchaban por la República que había de
triunfar al año siguiente. Pero sobre todo recuerdo
vivamente nuestras conversaciones en pequeños grupos de
asiduos a la biblioteca de la Asociación y durante la
campaña para elegir la nueva directiva, en que resultó
electo Rafael Trejo.
El oro de la
memoria
Loló de la Torriente
Juventud llena de
ilusiones sembrada y florecida en esa realidad que se
llama pueblo, cuyo carácter dio cultura y esplendor a
la vida de Raúl. En los medios intelectuales, en las
aulas universitarias, su presencia fue grata cuando
todavía su pluma permanecía paciente en el deleite de
las buenas lecturas. En las tertulias de los
"minoristas" entró de rondón cuando apenas estrenaba
pantalón largo y en uno y otro lado Raúl fue acogido
como la "mascota" de poetas, escritores, periodistas y
grupos rebeldes a la mediocridad oficial. No faltó el
protegido de Palacio que lo flechara severamente por
"majadero", pero Raúl estaba reconocido como honesto y
talentoso y las flechas no logran alcanzarlo. A él no
hay hierro que lo queme y a los pinchazos de los
cazadores decadentes o de los oportunistas maneja la
masa ironía, intercala la bronca palabra que imparte al
lenguaje su expresión cabal y como si todo fuera poco,
pone en marcha aquel su estilo dinámico denunciante de
la corrupción, el soborno y la guataquería. Comprendido
y admirado su temperamento, Raúl gana gran prestigio y
es profundamente respetado. ¿Por qué exigirle
conformismo al joven que veía hondo en la atmósfera
borrascosa de la época?
En las
cárceles machadistas
Pablo de la
Torriente Brau
Y, sobre todo, Raúl
Roa, enfermo desde mañana antes de declarar la huelga
(de hambre), convertido en una línea horizontal rodeada
de pellejo y llena de un pelo tumultuoso en la cabeza
que demostró tener el espíritu más firme que pudiera
imaginarse. Raúl Roa es un hombre.
Raúl Roa, el
delicado
Fina García Marruz
Yo voy a recordar al
Roa delicado, el que quizás se conoce menos, el que
incluso ignoran algunos que le admiran virtudes y
defectos —porque hay defectos admirables— excusando con
sonrisas de innecesaria indulgencia sus inesperadas
"salidas", capaces de confundir a todo un cuerpo de
traductores, como en las memorables sesiones de la ONU
cuando su atropellado torrente verbal dejaba con las
manos impotentes en alto a los que en la estrecha cabina
se esforzaban por traducir a un idioma conocido el
lenguaje de la centella y del fuego graneado...
El
profesor
Julio Le Riverend
Recuerdo los debates
de sus clases de Historia de las doctrinas sociales. Su
autoridad, pues no la tenía simplemente por el cargo de
profesor sino ganada desde la década de los años 20, no
abrumaba, iluminaba. La clase debatida, tanto más en
aquellos tiempos de controversias nada bonancibles, era
una lección aprendida por todos. Más de una vez, su
verdadera función —la mayor de cualquier maestro que lo
sea de veras— consistía en un apretado y pródigo resumen
de lo dicho por unos y por otros, coronado por una
fulgurante sabiduría. Allí estaba la carga de muchos
años de lectura, de reflexión, de juicio y de
aprehensión inmediata del conocimiento.
El
Yunque
Fernando Ortiz
Las lecciones de Raúl
Roa pueden ser trascendentes para la formación de la
juventud cubana. Como una labor de forja en el yunque:
ritmo de martilleo, soplo de fragua, ardor que ablanda y
moldea.
Un
episodio único
en su género
Félix Pita Astudillo
Fue un episodio único
en su género, y muy probablemente único también en la
historia de la Organización de Naciones Unidas. Muchos
otoños más tarde, después de aquellos días cambiantes y
húmedos de 1973, los "habituales" de la ONU
—diplomáticos, periodistas, funcionarios e intérpretes
lo recordaban vívidamente, como son evocados los
momentos estelares que impresionan de manera indeleble
la memoria de los testigos presenciales.
El protagonista,
gladiador por excelencia, no era otro que el Ministro de
Relaciones Exteriores de Cuba, Raúl Roa García. El
ámbito inmediato: la imponente bóveda del areópago de la
Asamblea General de la ONU, ocupada en aquellos días con
los movidos debates del Período de Sesiones. El
contexto político, que conmovía a Latinoamérica y al
mundo, estaba teñido de brava sangre chilena, después de
la salvaje asonada "pinochetista", ocurrida unos pocos
días antes en las calles de Santiago.
En uno de los turnos
de esa tarde hablaba Roa para presentar los puntos de
vista de Cuba sobre la situación internacional. En su
estilo característico, con su prosa de siempre, lapidó
a los asesinos del querido presidente Allende, a la
soldadesca fascista que masacraba en esos instantes a
centenares y miles de patriotas chilenos, por
instrucciones del gobierno norteamericano.
Recuerdo claramente
cómo su medular denuncia arrancó aplausos a un auditorio
que leía o escuchaba por entonces las espeluznantes
noticias del baño de sangre que tenía lugar en Chile.
Al final de la tarde,
el apóstata que se encontraba al frente de la misión
diplomática de la Junta fascista chilena, se atrevió a
replicar al ilustre cubano. La sucia alimaña,
defendiendo el plato de lentejas por el cual había
cambiado de casaca, la emprendió contra la Revolución
cubana, al punto de utilizar groseras afirmaciones sobre
la persona del Comandante en Jefe Fidel Castro.
Midió mal el roedor.
Se equivocó de medio a medio con su nauseabunda
catilinaria. Olvidó por una fracción de segundo que
aquel hombre sentado en el escaño de Cuba, todo nervio y
pasión revolucionaria, era nada menos que Raúl Roa
García, combatiente de toda una vida, guerrero imbatible
de prosapia mambisa.
Su lenguaje de fuego
restalló como una fusta cáustica, rompiendo el
repugnante discurso del personajillo fascista.
Cuando las cabezas de
los presentes se voltearon, la huesa de Raúl Roa
caminaba con sus bien calzadas botas de las siete
leguas, para romper la crisma —literalmente— al
insolente "juntero".
—M...! Hijo de p...,
tú no hablas más aquí, c..., gritaba Roa a voz en
cuello, blandiendo los puños cerrados, mientras
avanzaba por el corredor. Puedo asegurar que todos los
cubanos presentes, pensamos de golpe: allá va él,
agigantado, crecido como impresionante marea, cargando
al machete, sentando como nunca a la Patria entrañable,
para dar buena cuenta del energúmeno.
La sesión quedó
paralizada, como si el tiempo hubiese sido detenido por
un momento. El miserable se guareció, lívido y
atemorizado, detrás del rostrum desde el que
venía hablando. El Presidente de la Asamblea, el
prestigioso escritor ecuatoriano Leopoldo Benítez y dos
diplomáticos criollos, consiguieron atajar al bravo
cubano a escasos dos metros del estrado en que se
escondía el pinochetista.
Tres o cuatro
representantes de satrapías latinoamericanas quisieron
protestar, notoriamente los consuetudinarios libadores
que mantenía allí la dictadura de Somoza. Roa se volvió
hacia ellos, y espetó: "¡Aquí hay que hablar como los
hombres, no como los m...!".
(..)
Los pueblos del
hemisferio lo insertaron para siempre en su historia, en
su cultura, y aun en sus tonadas populares. Su pueblo
cubano, que lo admiró y lo admirará de por vida, tuvo la
intuición genial de designado con la misma descripción
laudatoria que la épica clásica de Grecia reservaba para
sus mejores hijos: por ello, ciertamente, está inscrito
en la Historia grande de su Patria como El Canciller de
la Dignidad.
Raúl Roa: el
verbo
se llama acción
Miguel Cossío Woodward
Su "Presidio Modelo",
redactado entre agosto de 1931 y enero de 1933, nos
ofrece una visión muy íntima de aquel preso indomable,
capaz de proponer a sus compañeros hasta el sacrificio
de una excepcional comida —gesto aparentemente romántico
e inútil— con tal de demostrar una vez más su rechazo a
la tiranía machadista. En ese diario se descubre, como
la pulpa exquisita bajo la cáscara dura, la fina
sensibilidad del escritor que ahora mismo se podría
repetir: "En realidad soy, o mejor dicho fui un ingenuo
muchacho que se le ocurrió nada menos que descolgar una
estrella del cielo para ponerla en su cuarto de bombillo
eléctrico".
En el entorno de la
Revolución del 30, Roa fue compañero y amigo entrañable
de un grupo de hombres extraordinarios que dejaron su
impronta de fuego en la vida política y cultural de
nuestro país. Desde muy temprano admiró a Julio Antonio
Mella, y compartió escaramuzas, ideales, prisiones y
rebeldías con Pablo de la Torriente Brau a quien
también remitió una jugosa correspondencia desde su
exilio en los Estados Unidos tras el fracaso de la
huelga general de 1935. Es curioso observar ciertos
rasgos comunes en los estilos literarios de Roa y Pablo
de la Torriente, demostrativos de la misma acendrada
cubanía, y que se manifiestan con particular fuerza en
el uso acertado de los giros del lenguaje popular, así
como en la chispa para describir situaciones y
personajes por circunspectos que sean. Roa ha mantenido
esa línea de humor criollo dentro de un discurso de
elevado rango y ha sido capaz de lapidar a individuos
como Carlos Prío Socarrás, a quien definió como "un caco
que jamás trascendió la categoría de caca", o al funesto
dictador de Chile, "ese Pinocho de Pinochet".
Para nuestra
suerte, no todo se fue a bolina
Eduardo López Morales
Acaso donde más
tajante y alucinador es en su polémica con Ramón
Vasconcelos: "Escaramuza en las vísperas": En realidad,
quien quiera tener una visión acertada de los procesos
de las décadas del 20 y del 30 y sus repercusiones
posteriores, está obligado a penetrar en estas palabras
que van surgiendo a borbotones impetuosos con la fuerza
de un participante crítico y autocrítico que se dispone
a pasar balance a los errores y aciertos de su
generación. He ahí su indispensabilidad para nosotros,
los jóvenes, que podemos acercamos con confianza al
estudio de una época sin temer que las visiones
edulcorantes nos vengan a dar gato por liebre. Puedo
decir que he sentido como propia la indignación de Roa
ante una "república" malversada desde sus inicios y
cimientos bajo el signo de la corrupción y las miserias
del subdesarrollo. Esa república de "generales y
doctores", como bien la caracterizara Loveira, que urgía
"una carga para matar bribones", tarea proclamada por
Rubén Martínez Villena y que se impuso un grupo de
jóvenes al frente de su pueblo. Es cierto que las
traiciones y la falta de visión lo impidieron, pero
también lo era el hecho de que se trataba de un proceso
irreversible que tarde o temprano se cumpliría. "El
pueblo cubano entró de nuevo en revolución el 30 de
septiembre de 1930 y aún no ha salido de ella". Y esto
lo decía Roa hace ya veinte años, cuando muchos se
habían cambiado las casacas y otros exprimían una teoría
obliterada por la escolástica vergonzante.
Un
pedazo
irrepetible de Cuba
Cintio Vitier
Con él se nos fue un
pedazo irrepetible de Cuba: un estilo, un garbo, un
desenfado, una velocidad, una temperatura, una luz, un
gesto, una salida, un pudor, un sabor de la vida y de la
frase, un sentir como nos tiene el clarín trinando el
ala, típicos de los años 30 y que en él fueron
arquetipos. Para conocerlo de veras no bastará nunca
leerlo, no serán suficientes su obra y su ejemplo.
Dichosos nosotros, sus amigos, que todavía conservamos
el penumbroso fulgor de su persona, que todavía podemos
repasar, en la cámara oscura y lenta y entrañable del
recuerdo, esa instantánea viva en la que él cruza
apretadamente las piernas, se retrepa en su sitio,
prueba un sorbo de café, prende un cigarrillo engarzado
en sus dedos acrobáticos y rodeado de humo prosigue su
andanada intraducible como lo es siempre la poesía.
Recuerdo del más
joven
Orlando Oramas León
De muchacho me
gustaba seguirlo a través de sus discursos. En esa época
no me atrevía a abrir los dos tomos de Retorno a la
alborada que sobresalían entre los libros de mi
padre. Me parecían muy voluminosos. Y aunque no recuerdo
cuándo supe de él que era periodista, un día al oírlo
hablar en la Plaza Agramonte, decidí que mi tesis de
diploma sería sobre Raúl Roa. Presentí entonces que me
iba a acercar a uno de los más grandes escritores y
periodistas de Cuba. |