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Doctor Roa, ¿cómo
definiría usted a la generación de 1930?
La generación del 30
―bautizada así, cuando muchos de sus integrantes se
habían ya defecado cínicamente en sus ideales y amasaban
millones de pesos a su costa― es, por esencia, una
generación orgánicamente escindida desde que surge a la
vida política. Está compuesta, en rigor, por tres
hornadas: la que aflora en 1923, que simbolizo en Mella
y Rubén Martínez Villena, la que irrumpe entre 1927 y
1930 que personifico en Rafael Trejo, Antonio Guiteras y
Pablo de la Torriente Brau, y la que se empina,
incorporándose a la lucha revolucionaria en 1933, y que
sigue personificada por esos tres ejemplares
combatientes. En esas tres hornadas, los genuinos
revolucionarios constituyen minoría; la mayoría
está cundida por oportunistas, farsantes, politiqueros,
mediocres, reaccionarios, ambiciosos y tránsfugas.
Incluso hubo un delator, que fue fusilado el 3 de
septiembre de 1933. La minoría revolucionaria de esas
hornadas, que toma posición definida en las batallas de
clase contra el imperialismo y sus servidores, es la que
le infundió su tónica y fisonomía
a la generación del 30, y le da lugar en nuestro proceso
de liberación nacional y social. La condenación
histórica del resto de sus componentes es corolario de
su también definida posición de clase en favor del
imperialismo y sus servidores. Fuera de ese contexto
social, no cabe hablar de esa generación ni de ninguna
otra.
Es indudable que la
minoría revolucionaria de la generación del 30 quiso más
de lo que pudo: planteó el problema de Cuba a la altura
del tiempo, pero no supo resolverlo. La situación
concreta en que le tocó actuar estaba suficientemente
madura para el salto cualitativo, pero faltó la
vanguardia, la unidad de pensamiento y acción, la
claridad en los objetivos, el aprovechamiento dialéctico
de las circunstancias y factores operantes y, sobre
todo, independencia de enfoque y perspectiva. El impulso
revolucionario no tuvo cauce ni dirección, congruente
con su ulterior desarrollo y, por eso, se despilfarró en
una lucha desconcertada que propicia la revancha del
imperialismo y las fuerzas a su servicio, especialmente
las gavillas uniformadas de Batista, el ABC, partido
político fascistizante, y el Partido Revolucionario
Cubano (Auténtico), aluvión amorfo de pueblo
políticamente subdesarrollado que puso su esperanza en
Grau San Martín, el Mesías de la desconflautación. La
Convención Constituyente de 1940 representa el
compromiso entre dos impotencias intrínsecamente
similares: la contrarrevolución y la pseudorrevolución.
Guiteras fue quien vio más claro, más hondo y más lejos.
Aún Machado en el poder, empuñó el fusil en San Luis con
la firme convicción de que era ese el camino
revolucionario y Batista tronchó arteramente su vida
cuando se aprestaba a desatar la insurrección popular.
De ahí su integración como símbolo vivo y actuante en la
batalla subsiguiente hasta hoy.
Unos cuantos
militantes de la generación del 30 dejamos constancia de
nuestra actitud de protesta contra aquel compromiso de
la Constituyente intentando organizar un nuevo partido
revolucionario y la fundación de Baraguá,
quincenario de combate dirigido por José Antonio
Portuondo y en el que colaboró el poeta español Juan
Ramón Jiménez y publicó su “Oda a Madrid” Gastón
Baquero, quien no demoraría, traicionando a su raza, en
“convertirse” al fascismo y ofrecer el insólito
espectáculo de un negro requeté.
Dicho sea de paso, la
gesta impar del pueblo español ensanchó y profundizó la
conciencia revolucionaria del pueblo cubano, puso a
muchos izquierdistas de boquilla en tres y dos, coadyuvó
a reconquistar la plaza pública secuestrada por la
dictadura militar de Batista, zarandeada en las
enormes y enardecidas movilizaciones de solidaridad con
los corajudos defensores de Madrid, capital simbólica a
la sazón de todos los revolucionarios del mundo. Se
rompió el fuego con los homenajes rendidos a Federico
García Lorca y Pablo de la Torriente Brau.
En el largo,
enmarañado y turbio proceso que va desde 1940 hasta el
taimado golpe militar del 10 de marzo de 1952, mantuve
consecuente con lo que juzgué mi deber revolucionario,
la difícil posición del francotirador hostilizado por
tirios y troyanos.
¿No pertenecía a
ningún partido?
El único partido del
que he sido miembro es el actual Partido Comunista de
Cuba. Huelga añadir que ese es también el más alto honor
de mi vida revolucionaria.
¿Diría usted que
en los mejores de su generación “estaba viva” la
tradición mambisa, o se consideraba como “pasado”?
Aunque no faltaban
los mancos y miopes ―dogmáticos o sectarios
constitutivamente incapaces de entender la dialéctica de
la historia― que establecían un artificial hiato entre
la lucha contra la dominación española y la que se libra
contra la dominación imperialista, los mejores de la
generación ―es decir, los que habían abarcado en su
comprensión teórica el conjunto del proceso― vivían,
como propia, la tradición mambisa. Se consideraban sus
legítimos legatarios. En eso Mella fue precursor. Basta
leer sus Glosas al pensamiento de José Martí. Fue
la misma posición que mantuvimos en América Libre,
revista antimperialista dirigida por Rubén Martínez
Villena.
¿Cuál es, a su
juicio, el primer gesto que señala la presencia de la
generación del 30 en la vida pública?
Ese primer gesto fue,
desde el punto de vista obrero, la huelga general de
1930, organizada por el primer Partido Comunista y,
desde el punto de vista estudiantil, la tángana del 30
de septiembre de 1930.
¿De dónde les
venía a ustedes su conciencia antimperialista?
El proceso de
formación de nuestra conciencia antimperialista se
nutrió de varias fuentes: la revelación de la realidad
semicolonial en los hechos inmediatos y en el
conocimiento de la historia republicana, jalonada
sombríamente por la Enmienda Platt, la penetración
económica y financiera y las intervenciones yanquis
directas o indirectas en Cuba y en América Latina, el
redescubrimiento de Martí a partir de las “glosas” de
Mella, el bloqueo norteamericano a la Revolución
Mexicana, las lecturas de Ingenieros, Sanguily, Varona,
Mariátegui, Marx y Lenin, y, singularmente, la epopeya
de Sandino en Nicaragua. La primera vez que conocí un
calabozo de la policía fue precisamente por haber
suscrito, recién llegado a la Universidad, un manifiesto
contra la invasión imperialista en la patria de Darío.
¿En qué se sentía
usted
―ustedes― de otra generación? Es decir, ¿en qué se
sentía distinto a sus padres, de sus mayores?
Es indudable que
muchos componentes de nuestra generación se sentirían
vagamente primero, nítidamente después, distintos a los
de las anteriores generaciones. No solo teníamos una
concepción del mundo diferente y enfocábamos los
problemas de Cuba desde una perspectiva diversa, sino
que disentíamos también en la tabla de valores, en los
gustos personales y en las actitudes privadas.
Poseíamos, en suma, una sensibilidad y una pupila
propias.
¿Y en cuánto
a esos gustos
personales, a sus actitudes privadas? ¿Prefería usted el
jazz al danzón o al son? ¿Usaba siempre cuello y
corbata, o salía, a veces a la calle en mangas de
camisa?
Puedo
darle algunos
ejemplos ilustrativos: preferíamos la guagua al tranvía,
la aspirina a la lavativa, el son y el jazz al danzón,
la pelambre libre al sombrero de pajilla, la camisa
remangada al saco embutido, la radio a la victrola, el
cine al teatro y deambular por el Malecón a las cursis
fiestas hogareñas.
....
¿Cree usted que en
1925 podía
hablarse en Cuba de un estudiantado revolucionario? ¿Y
en 1927?
En 1925, no cabe
hablar propiamente en Cuba de un estudiantado
revolucionario, sino de estudiantes revolucionarios. Ya
en 1927 puede hablarse de una vanguardia revolucionaria
en agraz: sus principales exponentes fueron el
Directorio Estudiantil Universitario contra la prórroga
de poderes y los numerosos estudiantes expulsados de la
Universidad por seguir su línea beligerante. De aquella
miríada de jóvenes combativos surgió Eduardo Chibás.
El manifiesto
sobre la situación del país, que ustedes redactaron el
30 de marzo de
1927, ¿por qué lo
entregaron a Varona y no, digamos, a Eusebio Hernández?
Ese manifiesto, en
que se censuraba violentamente el intento de prórroga de
poderes urdido por Machado, lo depositamos en las manos
de Enrique José Varona, no solo por lo que este
representaba en la historia política y cultural de Cuba,
sino, asimismo, por la valerosa actitud que mantenía
ante los atropellos, crímenes y robos de Machado y por
su lúcida percepción de las señales de los tiempos.
Eusebio Hernández, gran figura de nuestra gesta
emancipadora y espíritu sobremanera progresista, estaba
hacía rato fuera de la circulación: vivía recluido en su
casa, al margen de la tormenta que se avecinaba.
¿Qué eficacia
política tuvo ese gesto?
La eficacia de ese
gesto estriba en que constituye una muestra de respeto y
admiración de los jóvenes combatientes a quien a sus
ochenta arios permanecía erguido y vigilante y una
expresión de repudio a la servil adulación a Machado de
los politicastros de levita y de algunas “eminentes”
figuras del profesorado y de la intelectualidad.
¿Usted diría que
el 30 de septiembre, con el Directorio en la calle, con
la muerte de Trejo, se inicia realmente la lucha
estudiantil contra Machado?
Sin duda, el 30 de
septiembre de 1930, en que cae Rafael Trejo mortalmente
herido para levantarse en brazos de todo un pueblo y
convertirse en bandera, se inicia realmente la lucha
estudiantil sin cuartel contra la tiranía machadista. La
insurgencia de 1927 es el ensayo general de esa
sublevación, que muy pronto incendiaría la Isla de punta
a punta.
¿Por qué abandonó
usted el Directorio por el Ala Izquierda Estudiantil?
¿No era el Directorio suficientemente revolucionario?
Fui fundador del
Directorio Estudiantil Universitario en las vísperas del
30 de septiembre y lo abandoné para constituir el Ala
Izquierda en diciembre de ese propio año, con Pablo de
la Torriente Brau y otros compañeros, por ya extravasar
nuestra concepción de los problemas cubanos la órbita
política e ideológica en que se movía ese organismo.
Aunque en el manifiesto distribuido en la manifestación
del 30 de septiembre ―redactado por mí― se alude a la
situación de dependencia política y económica
de Cuba al
imperialismo yanqui,
en la práctica el Directorio se contraía a enmarcar sus
objetivos dentro de la concepción democrático-burguesa,
propugnando un “cambio de régimen” que sólo afectaba a
sus formas y no a su contenido. En su firme y denodado
empeño de derrocar por la violencia el machadato, el
Directorio, que aglutinó hasta la aparición del ABC, la
mayoría del pueblo cubano, cumplió un papel
revolucionario, que radicalizándose a medida que se
profundizaba la contienda y la participación cada vez
más decisiva de la clase obrera y del campesinado,
vertebrados en la Confederación Nacional Obrera de Cuba
y en el Sindicato Nacional de Obreros de la Industria
Azucarera y bajo la directa influencia de la dirección
comunista de entonces, alcanza su máximo nivel en su
actitud antimediacionista y en el manifiesto-programa
que lanza a la caída de Machado, de moderado matiz
nacional-revolucionario. Pero ahí se congeló su aliento
transformador. Y yo era ya un antimperialista marxista y
el Directorio se quedaba más acá de nuestra “filiación y
fe”. Eso explica la escisión y, casi simultáneamente, la
constitución del Ala Izquierda, que aspiraba a ser la
vanguardia revolucionaria de los estudiantes medios y
pobres. Su importante aporte al desarrollo y extensión
de la conciencia antimperialista en el estudiantado no
puede desconocerse. Ni tampoco su generosa contribución
de sangre a la causa revolucionaria.
¿Podría decir en
tres palabras qué diferenciaba a
Alma Máter de Línea?
Alma Máter
denunció
incansablemente los crímenes del machadato y mantuvo
vivo el fuego de la rebeldía popular. Pero sus
posiciones ideológicas y políticas eran, por lo común,
más bien oposicionistas que revolucionarias,
contrastando a veces con las del Directorio, no obstante
ser su órgano de propaganda. Línea, órgano del
Ala Izquierda, pasó también por diversas vicisitudes.
Aunque respondía a una línea ideológica y política
coherente, sin embargo, a veces semejaba un periódico
sublunar por su distanciamiento de la vida real y de sus
inapelables requerimientos; otras, pregonaba consignas
utópicas de la dirección comunista, que si luchó con
heroísmo y abnegación admirables acelerando el ritmo
revolucionario del movimiento obrero y campesino, en lo
que a la conducción del movimiento estudiantil se
refiere no bogó con idéntica fortuna. Una vez
aprehendidos los responsables de Línea, Pablo de
la Torriente Brau y yo, por cuenta propia, o sea por la
libreta, botamos casi todo el material ya parado,
rescribimos el periódico y le pusimos como divisa en la
primera página el título de mi artículo: “Tiene la
palabra el camarada máuser”. Era lo que se imponía, en
verdad, en aquella coyuntura, en que otras
organizaciones y partidos llamaban al pueblo a la
insurrección armada.
..........
¿Podría usted
retratar o definir con una frase a hombres tan distintos
como:
Mella
Martínez Villena
Pablo de la
Torrente Brau
Trejo
Guiteras
Aureliano Sánchez
Armigo
Carlos Prío
Socarrás?
Julio Antonio Mella
fue el primer atleta olímpico del movimiento comunista
de Cuba.
Rubén Martínez
Villena era una semilla en un surco de fuego.
Pablo de la Torriente
Brau murió en España pluma en ristre y rifle al hombro
peleando por la Revolución Cubana: no en balde fue el
más impetuoso, noble, arrestado y talentudo mozo de
nuestra generación.
Clara inteligencia
denotaba la ancha frente de Rafael Trejo, pureza de
espíritu su cándida jovialidad, carácter entero su
enérgico mentón; fina sensibilidad su quijotesco sentido
de la vida: murió en pie con la sonrisa en los labios.
Temerario,
indoblegable, austero, lúcido, apasionado, generoso,
taladrante, Antonio Guiteras nació para morir
combatiendo de cara al enemigo.
Aureliano Sánchez
Arango es el más consumado histrión de la generación del
30.
Carlos Prío es un
caco que jamás trascendió la categoría de caca.
¿Quién diría usted
que es:
el “héroe olvidado”
de su generación
el mayor talento
frustrado
el más imaginativo
el más completo
“hombre de acción”
el mayor farsante
el tipo más
simpático?
El “héroe olvidado”
de nuestra generación es, sin duda, Gabriel Barceló. Fue
uno de los conductores' de la insurgencia estudiantil de
1927. Expulsado diez años de la Universidad y compelido
a salir del país, rompió con su clase y se abrazó a la
causa de los pobres y oprimidos. Inteligencia clara,
visión política certera, pluma diestra, palabra
demoledora, valor sin tasa, acometividad inaudita,
lealtad irreductible a los principios. Sufrió
persecuciones, cárceles y destierros. Se batió más de
una vez, a tiro limpio, con los matones de la tiranía.
Mantuvo en el movimiento estudiantil y en el Partido
Comunista de entonces posiciones intransigentemente
revolucionarias. Sobremanera frágil de cuerpo, el hambre
y el frío del último exilio le deterioraron la salud y
retornó ya herido de muerte. Expiró unos días después
que Rubén Martínez Villena. Una muchedumbre enfebrecida
de estudiantes y obreros escoltó su cadáver entre
banderas rojas y canciones. ¿Quién recuerda ya sus
dichos y hechos? Carlos Rafael Rodríguez quiso reparar
esta injusticia sugiriendo su nombre para una fábrica,
una escuela o una granja.
El mayor talento
frustrado de nuestra generación es Pablo de la Torriente
Brau, pero bien entendido: frustrado por la muerte.
Justamente se extinguió cuando su talento empezaba a
desplegarse en vuelo arrebatado hacia cumbres
insospechadas. Escribió torrencialmente y de
innumerables cosas, sin otro esfuerzo que teclear la
maquinita. Escribía naturalmente, como sudaba o
respiraba. Su imaginación era un bosque incendiado y su
sensibilidad más vibrante que un sismógrafo. Pero fue
tan plena su vida y tan hermosa su muerte que hablar de
su “talento frustrado” es pura retórica.
El talento puramente
literario más exuberante, pulposo y encaracolado de esta
generación es José Lezama Lima, quien ―dato casi
desconocido― participó, jadeante y resuelto, en la
manifestación del 30 de septiembre.
El más completo
“hombre de acción” fue Antonio Guiteras. Más que
palabras, basta y sobra con recordar que vivió y murió
en la primera línea de batalla, oponiendo la violencia
revolucionaria a la violencia contrarrevolucionaria.
Inspiraba pavura a sus enemigos.
El mayor farsante de
la generación del 30 es Aureliano Sánchez Arango. ¿Puede
alguien dudado...?
¿... y el tipo más
simpático?
No me queda otra
alternativa que reconocerlo: el tipo más simpático soy
yo.
Usted mismo,
¿cuándo descubrió que era un intelectual
revolucionario o simplemente un revolucionario?
Descubrí que era
revolucionario el día que me sentí disconforme con el
mundo estante y anhelé uno más justo y bello: Mella
contribuyó decisivamente y acaso también el sedimento
inconsciente de mi progenie mambí. A la sombra iluminada
de mi abuelo, Ramón Roa, hice yo mi primera vela de
armas.
¿Cómo descubrió a
Marx, a Lenin? ¿Se los prestaron, los compró? ¿En qué
ediciones? ¿Los discutía con algún amigo?
Como ya dije, el
primer libro de Lenin que leí fue El capitalismo de
Estado y el impuesto en especie: lo tomé de la
biblioteca de un tío mío. Me impresionó vivamente y
después busqué El Estado y la revolución, El
imperialismo, etapa superior del capitalismo, El
extremismo de izquierda, enfermedad infantil del
comunismo. En el presidio intenté leer
Materialismo y empirocriticismo, pero se me
atragantó. Lo pude deglutir muchos años después. Entré
en Marx por el Manifiesto comunista y aquella
clarinada me estremeció como el reventar de la primavera
y, a continuación, leí la Crítica a la economía
política. Después, quedándome a medias, intenté leer
el primer tomo de El capital; más
adelante, lo vencí con menos fatiga que La montaña
mágica. Pero desde un principio leí y releí, con
renovado goce y provecho, El 18 Brumario, Crítica al
Programa de Gotha, La revolución española, Crítica a la
filosofía del estado de Hegel, La sagrada familia
y La ideología alemana, y ahora los he
repasado con mayor fruto,
completando el periplo con los Manuscritos del joven
Marx. También leí, por supuesto, el Anti Dühring,
El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado,
La violencia y Las guerras campesinas en
Alemania, de Federico Engels. Esos libros los
publicaban y difundía en español una editorial soviética
y se adquirían por dos o tres pesetas, con la
consiguiente precaución, en librerías segundonas. En
aquel tiempo discutía esas lecturas con algunos amigos
mayores, como el poeta José Zacarías Tallet, el escritor
José Antonio Fernández de Castro y el crítico
cinematográfico José Manuel Valdés Rodríguez, y las
comentaba con algunos compañeros de curso, entre ellos
Raúl Maestri, el primer réprobo de nuestra generación.
Recuerdo que en las postrimerías del machadato, le metí
una carta pública, desenmascarándolo, que lo espantó
como si fuese una cucaracha de albañal. A propósito, un
día me aparecí en el Diario de la Marina y ante
la redacción atónita le descargué una pistola de agua
llena de orina. No se murió del susto de chiripa.
¿A Martínez
Villena, cuándo lo conoció?
En 1926 ingresé en la
Liga Antimperialista y en la Universidad Popular “José
Martí”: había conocido a Rubén un poco antes y al punto
me reclutó. Lo frecuentaba en su oficina y en su casa y,
más tarde, en la Quinta de Dependientes, donde se
restablecía de una congestión pulmonar con un policía a
la puerta. Varios días después de su reclusión en la
Quinta, se había incoado el primer proceso anticomunista
y entre los mandados a detener estaban, además de Rubén
y de algunos estudiantes y líderes obreros, Alejo
Carpentier, Martín Casanovas, José Antonio Fernández de
Castro, Alfonso Bernal, Sarah Pascual, Gustavo
Aldereguía, José Zacarías Tallet, los apristas peruanos
Luis F. Bustamante, Esteban Pavletich y Serafín del Mar
y los comunistas venezolanos Salvador de la Plaza y
Gustavo Machado. Y, aunque yo estaba entre los
procesados, como mi cara y mi domicilio eran
desconocidos por los esbirros podía permitirme el lujo
de visitar a Rubén y esconderme aliado de mi propia
casa, cuya azotea lindaba con la de la Quinta Estación
de Policía.
¿Se era marxista
en Cuba, por esa época, de una forma distinta de como
sería diez, veinte años después? ¿En qué consistía la
diferencia; en un problema de fondo o en una cuestión de
“estilo”?
Esa pregunta se las
trae, pero voy a satisfacer su curiosidad luciferina de
preguntón que intenta ponerme a bailar la suiza,
hostigándome sin miramientos.
Hacia 1930 se era y
no se era en Cuba marxista como se sería diez, veinte
años después. El marxismo no era una doctrina
eclesiástica y, por tanto, vive en perpetua mutación y
enriqueciéndose sin sufrir alteración sustancial en
tanto sus concepciones se apliquen dialécticamente.
Más que un problema de fondo o de estilo, es
problema de método. Entonces se concibió y aplicó a
usanza de la época, con todas sus implicaciones teóricas
y prácticas. Hoy, el marxismo, bajo la égida de Fidel
Castro, se concibe y aplica con un ímpetu creador y una
independencia de criterio que jamás antes tuvo, sin que
se altere su sustancia, se soslaye su carácter
internacionalista, ni se detenga su expansión. De eso le
viene su frescura, su vitalidad, su audacia, su flrmeza,
su autoctonía y su universalidad a la Revolución Cubana.
Por eso, ahora se es y no se es marxista como se era
diez años, veinte años atrás.
Siendo intelectual
marxista, ¿qué admiraba en ideólogos como Ingenieros y,
especialmente, como Ortega y Gasset?
Verá. Leí El
hombre mediocre, de José Ingenieros, antes de
sentirme o ser marxista. Y, asimismo, sus demás libros:
La simulación en la lucha por la vida, Hacia una
moral sin dogmas, La evolución de las ideas políticas en
Argentina, La Universidad del porvenir y Los
tiempos nuevos.
Fue éste el que
encendió mi curiosidad y simpatía por la Revolución
Rusa. Pero no sólo eso. Si hoy su obra “científica" y
"filosófica" es en gran parte pura paja, sobrevive, en
cambio, intacta, su actitud inquisitiva ante la ciencia
y la filosofía y, sobre todo, aquella lealtad suya a los
principios que le llevaron incluso a arrostrar la
injuria, la soledad y la pobreza.
Le agradecía entonces
y aún le agradezco su supersticiosa fe en los jóvenes,
"levadura moral de los pueblos". La admiración que sentí
y todavía siento por el hombre que, en el orto de una
vida mimada, prefirió el ostracismo en su propia patria
a traicionar sus ideas o deshonrar su conciencia, la
compartí con Mella y Martínez Villena y con la porción
más sensible y aguerrida de la juventud latinoamericana.
A José Ortega y
Gasset siempre lo admiré y admiro como escritor egregio;
pero también siempre discrepé de sus ideas troncales y,
especialmente, de su conducta política fulastre. Me
pareció al antípoda de Sócrates. Por eso, lo he releído
después con el oído. Creo que deslindé, rigurosamente,
mi admiración por el escritor de mis disentimientos
políticos y filosóficos en dos artículos que publiqué a
raíz de su muerte.
Estimo que se puede
ser marxista y admirar a un escritor no marxista. ¿No
admiraba Marx a Aristóteles, Epicuro, Demócrito,
Heráclito, Heine, Schiller, Shakespeare, Diderot y
Balzac? ¿Y Lenin no se deleitaba con Tolstoi? Si Marx
propugnó la transformación del mundo, éste no empieza ni
acaba con él. Nadie tuvo más clara conciencia de eso que
-el genial tudesco.
¿Cuál
cree
usted que haya sido
el problema nacional que más "descuidó” que menos
analizó, el intelectual revolucionario de la época? ¿El
del movimiento obrero, el del campesinado, el de la
educación política de las masas...?
El problema nacional
que más "descuidó" o menos analizó el intelectual
revolucionario de la época fue el que planteaba, en un
país semicolonial y subdesarrollado, la situación del
movimiento campesino. En cambio, el Partido Comunista de
entonces trabajó intensamente en la movilización del
campesinado para acciones concretas ligadas a sus
intereses y necesidades. Sirva de ejemplo la gran huelga
azucarera de 1932. Pero reflexionó muy poco sobre el
problema.
Bueno, pero
ustedes, los intelectuales revolucionarios de su
generación, ¿conocían realmente a los obreros y
campesinos?
Algunos como Martínez
Villena, sí; y más a los obreros que a los campesinos.
No sólo dirigió la lucha de aquéllos; convivió también
con ellos en el sindicato, en el escondite y en la
conspiración. Su nombre les era familiar en toda la
Isla. Mi ligazón con la clase obrera fue, al principio,
en la Universidad Popular 'José Martí" y en los
sindicatos en que "discurseaba", y, después, en las
cárceles.
A propósito,
parece que esa experiencia de presidio lo transformó a
usted en más de un aspecto: en su “Diario” usted afirma
que "antes” se conmovía hasta con la puesta de sol que
La amada inmóvil, de Nervo, casi le arrancaba lágrimas;
mientras que "ahora” lo disgustaba. "Ya no soy un
sentimental” dice. ¿Cuándo dejó usted de ser "un
sentimental"?
La experiencia de
presidio, sin duda, me endureció el espíritu y el cuerpo
para los trajines y gajes del revolucionario; pero no me
entumeció. Dejaron de conmoverme las puestas del sol;
pero las seguí contemplando. Ni a fuerza de palos,
derramaría un conato de lágrimas por La amada
inmóvil. Pero al dejar de ser un "sentimental" se me
acendraron los sentimientos y gané en sensibilidad lo
que perdí en retórica.
Pero, por lo
visto, lo que "antes” y "después” y siempre le ha
irritado son cosas como el "Grupo Minorista” y la
Revista de Avance, ¿no es cierto?
Más que "irritación",
se trataba de insatisfacción. Claro que ésta se tradujo,
más de una vez, en ríspida polémica con algunos de los
miembros del "Grupo Minorista". Aunque yo carecía de
flus para codearme con gente ya "consagrada", sostuve
excelentes relaciones de amistad con Emilio Roig -su
animador infatigable y anfitrión sabatino de plácidas
sobremesas- y, asimismo, con Rubén, Tallet, Fernández de
Castro, Carpentier, Regino Pedroso, Juan Marinello,
Andrés Núñez alano, Enrique Serpa, Carlos Enríquez,
Eduardo Abela y Juan José Sicre. Nunca crucé una palabra
con Alberto Lamar Schweyer. A Mañach lo veía "de lejos".
Y a Félix Lizaso, por incoloro, ni de cerca.
En la Revista de
Avance, encontré efusiva acogida para mis engendros.
Entonces conocí y traté a Mañach, Lizaso, Francisco
Ichaso y Martín Casanovas. Mañach e Ichaso comían mierda
a granel cavilando sobre "lo esencial castellano". Puede
corroborarlo Marinello. Lizaso hablaba poco y en sordina
y concentraba su tiempo en glosar a Don Segundo
Sombra, preparar con Fernández de Castro la
antología La poesía moderna en Cuba -más de otros
que de ambos- y recoger las cartas de Martí. Ichaso era
más paquete que Paco. Escribía con fluidez y buen gusto.
Pero ya desde entonces asomaba en su hocico, sangriento
el puerco letrado que sería después. Con Mañach, que era
un prosista de ley, sostuve tremendas broncas literarias
y políticas. Cuando publicó su obra teatral Tiempo
muerto, le dije en una reseña bibliográfica que su
verdadero título era Tiempo perdido.
Emilito más que
escritor era escribano (sólo míster Herminio Portel Vilá
le gana en desaprensión literaria), pero lo salva, por
útil, su cuantiosa obra patriótica, antimperialista y
anticlerical, de recopilación y divulgación de
documentos, hechos y juicios indispensables para la
reconstrucción de la historia de Cuba y de sus
relaciones con los Estados Unidos.
Fernández de Castro
era un tipo siempre cargado de inquietudes, libros,
picardías y bondades. Escritor desaliñado y vivaz; pero
paciente investigador, perspicaz periodista y tan se
colaba por el ojo de una aguja que hizo un suplemento
literario "vanguardista" en el Diario de la Marina,
en el que desfilaron Maiakowski y Alejandro Block,
Picas so y Diego Rivera, Cocteau y Proust, Langston
Hughes y Joyce, amén de los jóvenes plumíferos criollos
de "avanzada" como Félix Pita Rodríguez, Emilio Ballagas,
Nicolás Guillén y Eugenio Florit, alma de ferretero con
élan poético. De otro capitoste del grupo que
hace poco hizo lo mismo conmigo, le rindo el tributo de
ignorado. Pero a quienes admiré y admiro profundamente
es a Rubén, a Tallet y a Regino Pedroso, que pronto
cumplirá ciento cincuenta años de vida. Fue amigo de
Arango y Parreño, de Félix Varela, José Antonio Saco y
Domingo del Monte. En su adolescencia dio un recital, a
dos voces, con Gertrudis Gómez de Avellaneda. Tallet
lleva airosamente a cuestas sus versos y sus años. A
algunos "nuevos" de hoy, no sólo les puede regalar
gracia poética, sino también, les da punto y raya en más
de cuatro cosas. Rubén Martínez Villena continúa siendo
el arquetipo del intelectual revolucionario.
En la lucha
ideológica, usted repartió muchos golpes entre 1931 Y
1935... ¿Cuál cree que haya sido el más justo, es decir,
cuál volvería a dar hoy con la misma violencia y la
misma satisfacción?
El más justo, el que
volvería a dar hoy con pareja violencia y satisfacción,
es el que por tres bandas le propiné a Mañach.
¿y cuál preferiría
no haber dado, de cuál le gustaría disculparse?
No me disculpo ni me
arrepiento hoy de ninguno de esos golpes: los di a
conciencia y a conciencia los reitero.
De los viejos
intelectuales cubanos de la época -Sanguily, Varona,
Eusebio Hernández- ¿a quién admiraba más?
Repartí mi
admiración, en iguales dosis, entre Sanguily y Varona:
la explicación es obvia.
Y entre los
latinoamericanos: ¿Ingenieros, Vasconcelos, Mariátegui?..
Entre los
latinoamericanos de la época admiré más a Mariátegui que
a Ingenieros: estaba mucho más cerca de nosotros que
éste y lo veíamos como un heraldo de nuestras luchas,
tanto políticas como literarias. Y Vasconcelos lo apeé
del altarito de mis devociones apenas terminaba de
leerlo: en 1928 se pasó a la otra orilla, abjurando
descocadamente de cuanto lo había ennoblecido y
exaltado.
De los europeos: ¿Rolland?
¿Barbusse?
Entre los
intelectuales europeos de ese tiempo, me interesó
literariamente más Romain Rolland que Henri Barbusse y
políticamente más éste que aquél. Pero también
admirábamos a los rusos Gladkov, Samiatin, Block y
Maiakowski, a los norteamericanos Sherwood Anderson,
Theodore Dreiser y John Dos Passos; al noruego Knut
Hamsun, al inglés James Joyce, a los españoles Unamuno y
García Lorca -a quien conocí cuando estuvo en Cuba- y al
hindú Rabindranath Tagore.
Bueno, volviendo a
Cuba y a los 30, ¿qué pensó usted, qué sintió, qué hizo
cuando se enteró de que Machado había huido del país?
El proceso de la
caída de Machado lo viví como activo participante en la
huelga general que aceleró el ineluctable derrumbe.
Cuando estaba aún en
el país, y, a la vez que preparaba su fuga se cocinaba
su sustitución por el jefe del Ejército, ocupé la
Universidad con los estudiantes Manuel Guillot -hoy en
su puesto de siempre- y Jorge Quintana, un gordo
fanfarrón y acomodaticio que se pasó a la gusanera.
Inmediatamente después asaltamos la emisora "La Voz del
Aire" y espeté una arenga denunciando la estratagema en
marcha e incitando al pueblo a apoderarse
de las calles e imponer sus
fueros. La resultante traspuso mis cálculos: la
muchedumbre se lanzó a la calle prendiéndoles fuego a
las casas de los machadistas más conspicuos y
ajusticiando a cuanto esbirro, porrista o apapipio se
topase. La maniobra fue destruida y Machado fue
reemplazado por un gobierno ad hoc confeccionado
en la embajada yanqui con la anuencia de la mayoría de
los jefes militares, del ABC y de los viejos y nuevos
caudillos. Cuando me enteré que Machado había espantado
la mula, dije millón y medio de "malas palabras" y me
apercibí a enfilarle los cañones al gobierno sietemesino
que había parido el embajador Welles.
¿Cuál diría usted
que es el momento preciso en que fracasa la revolución
de 1933?
Ese momento es, a mi
juicio, la sangrienta derrota de la huelga general de
1935. Pero esa derrota está potencialmente contenida en
el proceso anterior y posterior a la caída de Machado.
¿En qué medida el
33 supone el 68 y el 95, en qué medida los desborda? Y
el 33, ¿en qué medida está en el 59? ¿Hay una verdadera
continuidad en estas revoluciones?
El 33 supone el 1868
Y el 1895 en la medida en que el movimiento popular se
planteó la reconquista de la soberanía y
autodeterminación de Cuba, uncidas desde 1902 a la
dominación yanqui, y lo desborda en la medida que
propugna cambios de estructura y superestructura que,
por razones de época, no se formularon ni podían
formularse en 1868 y en 1895, con excepción de Mar u,
cuyo genio político posvió su época. El 33 está en el 59
en la medida en que sus objetivos frustrados se
alcanzaron plena y efectivamente en el proceso
subsecuente al triunfo de la insurrección armada,
organizada y dirigida por Fidel Castro. Es a éste a
quien cupo la honra de culminar, al frente del pueblo
cubano, la lucha revolucionaria de cien años que estamos
conmemorando, y hacer marchar a nuestro país en la
vanguardia antimperialista, socialista y comunista del
mundo subdesarrollado. Por ser esas revoluciones una
sola, con múltiples etapas, Fidel Castro pudo decir,
refiriéndose a los próceres del pasado, y alumbrando el
largo, abnegado y heroico camino: "nosotros entonces
habríamos sido como ellos; ellos hoy habrían sido como
nosotros".
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