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Pienso que entre
los escritores contemporáneos que más han influido en
mis libros se encuentran, principalmente, Julio Cortázar
y Alejo Carpentier. Esto es, un narrador que pudiéramos
llamar nocturno, atraído por lo onírico, por lo surreal,
y otro interesado en las problemáticas propias de la
historia y de la identidad cultural. Estas diferencias
quedan bien representadas en el poema dramático Los
reyes, donde Cortázar reconstruye el mito del
laberinto. Sólo que en mi caso me parece advertir un
deseo de acercarme a la vez a Minotauro y a Teseo. Así,
si mi juicio fuera cierto, mi escritura ocuparía el
espacio que existe entre estos dos puntos de tensión. Un
buen ejemplo sería mi última novela, donde visto la
"monstruosidad" bisexual de Enriqueta Faber con el recto
uniforme de un cirujano militar de la Grande Armée. Al
reflexionar sobre esta suerte de paradoja, veo que
recurre una y otra vez en mi obra: la niña-mariposa de
"Estatuas sepultadas", el hombre-niño de "Tute de
reyes", el mendigo-orisha de "El escudo de hojas secas",
la corrupta santidad de Felipe II y la malvada inocencia
de Antón Babtista, en El mar de las lentejas, o
bien en el rostro desfigurado del protagonista de "La
tierra y el cielo", que se debate entre el mito y la
historia, así como en la agonía del insurrecto de "Desde
el manglar", cuya conciencia esta atrapada entre el
deber militar y la culpa. Claro, también está el Caribe
de La isla que se repite, donde inadvertidamente
quizá intenté reconciliar a Minotauro con Teseo.
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