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Aquí pudiera empezar la historia, aquí, cuando el hombre
asume que el habitáculo del patio, el que construí hace
más de cinco años, es un barracón, y que yo soy su amo.
Podría describir cómo mira hacia mí y sonríe, y me
llama:
—Venga amo, respire el olor de los jazmines.
Entonces me acerco y me inclino confiado ante la flor.
De este modo me ahorraría referir lo más amargo: el
sometimiento. Pero como este, pese a ser el más
desagradable, es el pasaje más importante, habrá que
contarlo.
Si digo que todo surgió repentinamente, mentiría. Nada
comienza repentinamente. Todo tiene su acumulación, su
punto negro acopiando materia, todo es heredad de
siglos. Como mismo heredé una casa gigantesca en las
afueras de la ciudad, que primero fue de mi tatarabuelo
y luego de mi tío, también heredé la ruina de mi padre,
sus manías, su inutilidad, su repulsión por lo cíclico y
vegetativo. Que yo haya decidido tener un esclavo, tal
vez sea la culpa de algún remoto antecesor, transmitida
oralmente en sutiles diálogos, tesis humana que viajó de
generación en generación hasta llegar a mi padre y luego
a mí: palabras que entraron como oxígeno en la sangre,
fértiles pero invisibles. La razón esencial, la
tangible, quizás yo mismo la ignore. Digamos que existen
hechos que despiertan estas heredades, digamos que hay
señales puestas por azar en el camino. Una campana de
bronce, labrada en la boca que se abre para expulsar su
clamor; un viejo címbano fulgente que sirviera para
despertar esclavos e implicarlos en la sumisión
cotidiana, fue la primera señal; la segunda fue mi
jardín. Tal vez haya sido al revés: antes que la
campana, existió el jardín, pero la campana fue el
pretexto, el detonante. El área de mi jardín es inmensa,
cerca de doscientos metros cuadrados, y todas las
semanas había que despojarla de yerbas. Este deber me
correspondía tan inevitablemente como a mi esposa
cocinar, fregar, lavar. Al principio, más que agradable,
cortar yerbas fue un juego, como cuando de niños nos
satisface realizar trabajos de adultos, o como cuando,
hartos de oficinas y atmósferas urbanas, nos invade el
gozo solidario y temporal de ayudar a los labriegos. Al
cabo de repetir la misma maniobra más de cincuenta veces
y saber que debería ser así por el resto de mi vida, me
sentí desamparado ante la invasión orbital de la
cotidianidad. Para renunciar a tan revolvente obligación
tenía tres opciones:
a) Destruir el jardín.
b) Dejar crecer la yerba indefinidamente.
c) Pagar los servicios a otra persona.
Ninguna de las tres opciones procedía porque amaba mi
jardín y no tenía dinero suficiente. Pero hallé una
cuarta posibilidad. Antes debí observar la campana,
imaginarme batiendo el badajo, severo, indolente, sin
considerar todavía razonable mi proyecto. ¿Quién en su
sano juicio se hubiera atrevido? Entonces tampoco
advertí detalles de orden práctico, cuando aquello, no
era hombre que reparase en tales pormenores. Soy músico,
gran parte de mi vida la he dedicado a tocar piano, y
aunque haya compuesto algunas sonatas y actuado en
numerosos escenarios, a estas alturas estoy convencido
de mi intrascendencia. Me gano el sustento acompañando
cantantes de Piano-Bar, y el conflicto de mi vida
siempre ha sido cómo saborear las pocas horas que sobran
después de las arduas veladas de trabajo, cómo resarcir
el sacrificio de interpretar tantas veces los mismos
arreglos, de actuar como si me agradara estar allí,
madrugando, hundiendo una y otra vez los dedos en los
mismos acordes, como un timonel en medio de una tormenta
que los demás, a expensas mías, disfrutan. Cuando llego
a mi hogar, empalagado de mecánicas ejecuciones, suelo
sumirme en un estado de ocio físico, entonces, sentado
frente a mi piano, improviso melodías hasta que me
duermo. Unas veces mi frente ha dado la última nota
sobre el teclado; otras, he logrado internarme en una
soñolencia incompleta y mis dedos han recorrido,
emancipados, melodías que luego al amanecer no he podido
recordar. De día, como esas mañanas que suceden a las
noches embriagadoras, el recuerdo escurridizo me
impulsa, aún sin reponerme del agotamiento, a continuar
mis amoríos musicales. Me fastidia que este placer,
quebradizo por demás, sea violentado por tareas tan
banales como arreglar un tomacorriente, pintar la casa,
orientar la antena del televisor, componer los herrajes
del inodoro, o, el peor de todos, podar el jardín. Tales
obligaciones me apartan del paraíso íntimo, haciéndome
retornar a mi estado consciente, a mi valor de uso
doméstico. Ningún hombre envidiaría a otro que observa,
que oye, que degusta, que olfatea, que siente, pero que
tan solo puede mover el dedo índice de la mano
izquierda. Yo sí. Lo envidiaría aún si careciera de
movimiento total. Alguien que solo puede mover el dedo
índice de la mano izquierda, deviene animal pensante con
una especie de cola que, tal como haría un perro, puede
agitar efusivamente para expresar alegría, o recoger,
para expresar temor. Sin embargo, siendo el hombre un
ser racional, habiendo inventado complejas máquinas, el
solo movimiento de un dedo puede servir para impartir
una conferencia. Yo, en tal situación, preferiría
limitar mi lenguaje a responder sí o no con mi cola. De
ahí que mi existencia inefable fuera llegar al compendio
de mí mismo: visión, olfato, oídos, tacto, razón; dejar
que el mundo transcurra alrededor de mi inmovilidad,
alimentándome, sirviéndome, tolerando mi presencia
insignificante. Sentarme frente al piano, improvisar una
melodía, es un acto formal que realizo para imprimirle
respeto a mi ocio. Puedo crear música acostado sobre la
cama o sentado en una silla, pero ello implicaría
parecer un vago y no un artista. A menudo, el trabajo
intelectual, para redimirse, requiere una dosis de
actividad corpórea. Si cortara mi jardín acostado boca
arriba, la absurda postura agregaría un esfuerzo
adicional a mi labor y tan solo me haría parecer más
imbécil, pero no un vago. El trabajo físico siempre es
victorioso.
En mi jardín se daba el romerillo, el caldo santo, el
cundiamor, la atípola, la prodigiosa, la quita
maldición, y otros pastos que con una leve llovizna
germinaban poderosos y horribles. Uno de los pocos
humanos que llegó a odiar la lluvia fui yo; sabía que la
gota más inocente alimentaba el yerbazal, lo hacía
crecer burlón, satánico. Era un odio incompleto porque,
igual que detestaba las yerbas, amaba mis rosales, mis
orquídeas, mis marpacíficos, mis crotos. El agua
beneficiaba a todas las plantas por igual, a las
sublimes y a las infames, y por ello no desataba mi odio
en su totalidad, obligándome a engullir una parte y
destilarla hacia mis reflexiones. Con el tiempo he
llegado a creer que aborrecía más podar el yerbazal que
el yerbazal en sí. Para hacerlo, por ejemplo, empleaba
un machete, herramienta rudimentaria que antes de ser
usada debía amolarse con suma habilidad, limarse por un
costado, luego por el otro, especie de preámbulo
artesanal que enmascaraba la rudeza del siguiente paso.
Es cierto que pude elegir un apero más fraternal. El
azadón, que tolera una postura más erguida y arranca las
yerbas casi de raíz, me habría ahorrado muchas energías
y quién sabe si con ello también habría anulado mis
inclinaciones esclavistas. Sin embargo, sabiendo que
sería provisorio, que no emanciparía mi holganza,
soslayé intencionalmente este remedo objetal, lo dejé
seguir sin considerarlo, como ciertas ideas que uno
mismo hace furtivas a fuerza de menospreciarlas. Tal vez
este soslayo haya sido otro de los tantos cómplices del
secreto designio que le aguardaba a mi víctima. Quise
padecer a propósito, como decía Santa Teresa en su
Vida: “Solo los padecimientos pueden, en lo
adelante, hacerme soportable la vida. Padecer, este es
mi anhelo más ardiente. ¡Cuántas veces, de lo íntimo de
mi alma, levanto este grito a Dios: Señor una cosa os
pido: padecer o morir!” Quise sentir la
mortificación que, primordial y fecundante, me condujera
a la verdad, a la autoaceptación definitiva.
Perfeccionar el ejercicio de corte consumió tiempo de
estudio y afán empírico. Consistía en golpear, encorvado
y en cuclillas, hacia delante, dejando que el acero
amputara el tallo maligno, luego retrocederlo para
volver a golpear como si los brazos batieran un
macrohuevo. De esta manera rasuraba la yerba a la altura
de una pulgada. En ocasiones, el acero encontraba alguna
piedra en su camino y cimbraba en el puño. Uno sentía en
carne propia la muda congoja del fierro mellado. El
chapeo era difícil no por el cansancio del brazo, ni
siquiera por la ampolla que con el tiempo curtía la
carne en la base del dedo índice, no; el chapeo se
volvía insoportable cuando la tierra saltaba hacia los
ojos, cuando las piernas temblaban y las vértebras
dolían, cuando las hormigas burlando el calzado
fronterizo llegaban a los pies y mordían con saña,
cuando el sol, su fragor ecuatorial, absorbía los
líquidos corporales. Podar mi jardín fue una tarea que
siempre creí dejar a medias y que, sin embargo, siempre
terminé. Quizás tal capricho de concluir, venciendo el
agotamiento, era mi mayor contrariedad. Probar mi tesón
en acto tan primitivo me desconcertaba. Ahora, cuando
observo a mi esclavo trabajando en las tareas que
diariamente le impongo, noto que, pese a hacerlas bajo
amenaza, intenta concluirlas lo mejor que pueden sus
energías. Muchas veces lo he sorprendido haciendo tareas
adicionales, como si un arcano deber superara su índole
cautiva, como si llevara en sí la estirpe del primer
hombre condenado a labrar la tierra para procurarse el
alimento. Del mismo modo que de los mortales aprende el
creador, los amos aprendemos de los esclavos. Ellos son
útiles para observarnos en una etapa inferior de
vasallaje, de manera que, libres de faenas extenuantes,
ocupemos el tiempo reflexionando sobre nuestra soledad.
Si bien la lírica brotó inicialmente del sometido, de su
nostalgia por la pérdida de bienes, fueron los artistas
de la clase conquistadora, quienes haciendo uso de este
hallazgo en sus ratos de ocio, la irguieron hasta su más
alta expresión. Anacreonte, indolente, tal vez rapiñando
el destello larvado y doloroso de un súbdito, escribió:
“Héroes, preciso es daros/ eterna despedida: que de
dulces amores/ canta solo mi lira”. Tal plenitud,
extendiendo su mano sobre la bandeja de uvas y bajo la
esplendorosa lámpara de aceite, solo podía alcanzarla el
griego dominante. Sabiendo esto, creí que, al tener un
esclavo, dispondría del tiempo indispensable para mis
composiciones y no sospeché que el proceso de
sometimiento se tornaría más atractivo que los acordes.
Cuando imaginé a la campana tañendo con exigente prisa,
aclamando a los cautivos, lo hice de manera romántica,
incorporando al hecho un lirismo pueril. Imaginaba a los
esclavos acudir sumisos con la cabeza baja, y a mí
señalando hacia los cañaverales como única forma de
imponer el mando. Entonces, como ya he dicho, carecía yo
de sentido práctico, y no advertí lo difícil que es
aherrojar a un hombre y obligarlo a servir
gratuitamente. No imaginé que cada concesión libertaria,
por mínima que fuera, implicaría un riesgo altísimo, que
cada herramienta doméstica puesta a su alcance, se
tornaría en arma homicida. Solo después de un minucioso
análisis valoré el empleo del látigo, el grillete, el
cepo, en fin, de todos los enseres necesarios para
someter. Otros aspectos de similar naturaleza debí
solucionar. Por ejemplo, me llevó horas de vigilia
elegir a mi esclavo, caracterizarlo, definir raza,
talla, origen social, somatotipo. Los primeros esclavos
de la humanidad fueron prisioneros de guerra o deudores
que pagaban con su cautividad y la de su familia, y
podían ser lo mismo hebreos, tracios, etíopes, nubios,
que tibetanos. En Esparta, quien no podía ser guerrero,
anatómicamente apto para cargar los arreos del combate,
era ilota, igual que los habitantes vencidos de Laconia
y Mesenia. En la India, el sudra, cuya servidumbre
estaba consagrada por la Ley de Manú, código de
ordenamiento social, es la casta que desciende de la
raza aborigen del Indostán —drávida y munda—, reprimida
por nobles(vaicias, chatrias, brahamanes) de origen
ario. Los últimos esclavos de América fueron lustrosos
negros bantúes, mandingas, carabalíes, traídos del
África; y los primeros habían sido indígenas: siboneyes,
taínos, araucanos. Después de tales desvelos, concluí
que la raza del esclavo puede ser cualquiera, y por ello
mi elección no concedería privilegio a una por encima de
otra. El ser humano que yo sometiera, si bien debía ser
una especie de castigado, de hombre que mereciera su
suerte, también debía ser, por sobre todo,
verdaderamente útil, capaz de soportar las duras
condiciones que yo impusiera. Se podría suponer que me
ensañaría con alguno de los tantos criminales que andan
deshaciendo el mundo: con un ratero, un estafador, un
violador, un asesino, un proxeneta, un narcotraficante.
Pero no fue así. Si algo me diferencia de mis
semejantes, es que mis enemigos son seres que desprecio
por razones abstractas, por sutilezas corporales y de
comportamiento, no por severos motivos. El gerente del
Piano-Bar podría despedirme y no inspirarme ningún
resentimiento; en cambio, un hombre que lustre sus
zapatos con la manga del pantalón, o que descongestione
su nariz en un aguamanil, sí. Por ello fue agobiante
incluir a mis numerosos enemigos en una lista y
reducirla después de rigurosos criterios a tres
candidatos. El primero era uno de los cantantes del
Piano-Bar que constantemente se quejaba de mis
ejecuciones y se burlaba de mis tachas corporales; el
segundo, un pianista que jamás me saludaba; y el
tercero, un barman quien, a diferencia de los
otros, era un ser bondadoso. Deseché al cantante de
inicio, era un joven impetuoso de quien en realidad solo
me desagradaba el entrecejo abundante y áspero como el
testuz de un oso. El barman y el pianista
estuvieron lidiando en la balanza de mi decisión durante
varias noches. Del barman me repugnaba su
formalidad: limpiaba el mostrador con parsimonia, era
casado, amaba el béisbol, saludaba siempre en el mismo
tono: “¿Qué hay? ¿Cómo anda eso? ¿Y la familia?”, y
preguntaba lo mismo a todos los clientes con invariable
pastosidad: “¿Qué desea el señor?” El pianista era un
fracasado arrogante y consciente, por ello tenía
endurecida la palabra y cada comentario suyo era un
venablo certero contra alguien. Lo mismo emprendía sus
ataques contra el personal de servicio, contra los
cantantes, que contra el gerente. Una vez comentó que
cuando tocaba yo, el piano sonaba igual que una tuba. Su
ofensa me dolió porque pretendía humillarme y porque al
decir mi nombre hizo una mueca torcida que no solo
provocó risas adulatorias hacia él, sino un irrespeto
hacia mí, que todavía hoy perdura. Si mi elección
hubiera estado alimentada por el rencor, por los
conceptos insensatos de la enemistad, el candidato más
firme habría sido mi colega; sin embargo, quise que
fuera lo más justa y humana posible. El pianista era un
hombre envenenado, pero con talento; jamás sería buen
esclavo, hubiera preferido morir antes que servirme.
Otro hecho influyó a favor suyo, la verruga que, como
guisante no ingerido, colgaba encima de su labio
superior y que tanto me exasperaba contemplar, fue
borrada quirúrgicamente. El barman, por su parte,
era fuerte y rutinario, especie de caballo salvaje, cuya
voluntad podría domarse con sabiduría. De todos los
candidatos era, curiosamente, el más robusto: ejemplar
de raza blanca, más alto que yo; pesaría, lo menos,
doscientas libras. Raptarlo tornábase operación
compleja, pero no imposible. Por entonces, Penélope, mi
esposa, había discutido conmigo.
— ¿Quieres que me vaya, Ricardo? —había preguntado como
otras veces.
Hice silencio. Se vistió, recogió algunas cosas, demoró
con la esperanza de que me interpusiera entre ella y la
puerta, y suplicara “no por favor, yo te amo, más que a
mí mismo, si te vas, me partes el corazón, quédate,
quédate, quédate”. Penélope salió a la calle, debió
caminar lentamente esperando que yo la alcanzara, debió
derramar lágrimas, detenerse, mirar hacia atrás, debió
luchar consigo misma para no revocar su propia decisión.
Ahora, en casa de su madre, sueña con la diaria
esperanza de que vaya a buscarla, pero entre mis planes
inmediatos no está ir.
Con todos lo avíos de sometimiento listos, provoqué que
el barman cayera en mi celada. Él tenía un auto,
un viejo Chevrolet que, en sus manos cuidadosas, se
había convertido en joya rodante, objeto acaparador de
elogios. Agradecí que, una noche ciclónica en que se
hacía imposible valerse del transporte público, me
llevara hasta mi casa. Lo esperé afuera del Piano-Bar.
Me hice ver mientras me cubría del agua con un cartón.
Extendí mi mano y la agité. Entonces, compadecido por la
torrencial lluvia que caía sobre mí, el barman
frenó y yo monté chorreando frases de gratitud. No hubo
testigos. Intenté iniciar infructuosamente el diálogo en
varias oportunidades:
—Hubo poca clientela —dije mientras silbaba el barman,
apretaba el play de la reproductora con su
carnoso, cuasi maderable dedo índice.
—El cantante estaba nefasto, no había manera que entrara
en tiempo —dije mientras el barman, afinada voz
gangosa, tarareaba la pop-music, all that she
wants is another baby eh, eh, eh, y corría la mano
por el timón gozando la curvatura.
—El gerente estaba cargante —dije.
Saqué la caja de cigarros, le ofrecí uno. Fumó en
silencio torciendo el volante en dirección izquierda.
—Gracias a Dios que me viste. Hubiera pescado una
pulmonía esperando un taxi —dije.
El camino se acortaba. Reservé el señuelo para el final.
Me entretuve admirando los fuertes antebrazos de mi
futuro esclavo. Los imaginé sudados, sucios de tierra,
de hollín. Imaginé su cabeza cubierta por el gorro de
cocinero, su cuerpo doblándose ante mí. Comenzamos a
hablar de béisbol cuando se detuvo en el último
semáforo, entonces le hice saber que tenía grabadas las
mejores jugadas de la temporada anterior y el jonrón que
decidió el juego final. Este comentario, minuciosamente
ensayado, lo animó. Enarcó ambas cejas, mencionó
averages, nombres, récord. Prometí prestarle la
película. Disertó sobre la tendencia ofensiva del
béisbol moderno, sobre el fallido pensamiento táctico de
los pícher, sobre la apatía de ciertos peloteros, que ya
no robaban bases como antes ni tocaban bola ni hacían
squeeze plays.
—Ahora se cuidan el físico —comentaba manoteando sobre
el timón—. Los cácheres no bloquean el home, los
corredores apenas se riegan en las bases, los
fildeadores le temen a la cerca. Muy aburrida la pelota,
muy aburrida.
Cuando llegamos a mi casa, todavía exprimía el tema. En
busca de mi promesa, abandonó el auto y me acompañó. Nos
mojamos en el corto trayecto y entramos sacudiéndonos
las gotas con tremolación canina. Mientras el visitante
ingería humeante café, fui a buscar el cassette
de las mejores jugadas. Tardaba en hallarlo, de hecho
era imposible que sucediera. Odio los deportes, jamás
grabaría algo semejante a lo prometido.
—Las cajas de los cassettes —dije— están
cambiadas.
Revolví las gavetas, pasé de un cuarto a otro.
—¿Dónde se habrá metido? —comenté y puse un vídeo
operático.
El barman se aburría.
—Quizás me lo puedas llevar mañana —dijo.
—No, si ayer mismo lo estuve viendo —dije—. Tiene que
andar por aquí. Yo no sigo la pelota, pero las jugadas
defensivas me gustan mucho.
Después de veinte minutos de búsqueda, el barman
se durmió profundamente en la ancha butaca de la sala:
tal fue el efecto del sedante que le vertí en el café.
Lo encadené y lo arrastré hasta el cuarto del patio, el
que a partir de aquel momento sería su barracón. Conduje
su automóvil hasta el otro lado de la ciudad y allí lo
dejé. A la mañana siguiente, al verme, me miró sin
miedo, seguro de que su situación sería transitoria. La
sonrisa ingenua, la tranquilidad de sus ademanes, me
indujeron a pensar que me creía un bromista sofisticado
que de un momento a otro echaría una carcajada y lo
desataría. Claro, este síntoma se disipó al recibir los
primeros latigazos. Lo flagelé hasta verlo manar sangre
por todo el cuerpo. Desgarré su camisa a golpes.
Entonces gemía, daba alaridos, se revolcaba en la paja
humedeciéndola de sangre y sudor. Durante tres días
seguidos lo castigué sin clemencia, sin explicaciones.
Abría el grueso candado del barracón y lo despertaba con
certeros azotes. Por las tardes solía llevarle un poco
de agua y algo de alimento. Tampoco entonces conversaba
con él.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó varias veces sin
conseguir una sola frase mía.
Las palizas eran a deshoras, lo mismo en la noche antes
de irme al trabajo, en la madrugada cuando regresaba
medio ebrio, que levemente en las mañanas cuando me
despertaba a orinar. No siempre utilicé el látigo, solía
alternar las palizas con un garrote. Este último
garantizaba dolorida punición. Aunque menos purpurante,
sin dejar en su inmediatez el rastro escarlata del
látigo, sino el tardío hematoma, un solo garrotazo podía
limitar, en momentos de insubordinación, las
posibilidades ofensivas. Mi propósito era que mi esclavo
temiera, que, arrebujado en su sanguinolenta anatomía,
temblara y suplicara “¡No más, no más!”, que llorara. Al
cuarto día la primera meta fue alcanzada. Me temía.
Entré a su barracón aquella mañana con un desayuno
abundante: jarra de leche, sandwich de pollo,
jugo de mango, tostadas, mantequilla, queso, café. El
barman se arrinconó, permaneció con las manos en la
cabeza y las rodillas a la altura del mentón. Puse la
bandeja en el piso y ordené:
—Come, miserable.
Se acercó dubitativo y cogió tímidamente una tostada. Le
temblaba la mano y apenas atinaba a llevarse alimento a
la boca. Poco a poco, ante mi presencia, fue consumiendo
el desayuno. Las lágrimas comenzaron a rodar por su
rostro. Después que hubo terminado, eructó sin abrir la
boca, dejando que el efluvio se diluyera en su pecho.
Sin mirarme a los ojos, preguntó una vez más:
— ¿Qué quieres de mí?
Levanté el látigo y fustigué sus dedos. Gimió de dolor.
—Eres mi esclavo —dije— Harás cuanto yo ordene y me
llamarás amo.
Su iniciación fue en el jardín. Pese a que hubiera
bastado el látigo para sofocar cualquier intento de
sedición, ceder un instrumento tan agresivo como el
machete era una osadía, por ello mi esclavo debió
prescindir de él y escardar con sus manos el gigantesco
yerbazal. Aquella mañana de labor forzosa fue tensa para
mí. Mis planes parecían desmoronarse. Los dolores de las
frecuentes palizas habían cebado pereza en mi esclavo.
El hombre, antes fuerte y sano, ahora parecía una bestia
renga desplazándose con dificultad. Después de
propinarle varios latigazos y comprobar que estaba dando
lo mejor de sí, determiné zafarle los grilletes de las
muñecas. El escarde devino una operación menos
agobiante. Lo vi quejarse al tropezar con el bledo
espinoso, entonces lo pateó con saña equina; lo vi
maldecir las fuertes raíces de las cañuelas, la taimada
complexión de la cebolleta, alabar la tersura de la
verdolaga. Lo escuché reconocer por su nombre a la
albahaca, el abrojo manso, el peregún. En algún momento
solicitó agua y se la negué rehuyendo algún truco.
Convenía que se agotara, que anduviera maquinalmente
arrastrando los grilletes. Después de un breve descanso,
lavó mi ropa, preparó el almuerzo y arregló una
persiana. A pesar de su pobre rendimiento, aquel día,
antes de regresarlo al barracón, le obsequié una ración
adicional de pan.
Según Aristóteles, la esclavitud es algo inherente a la
naturaleza humana; como mismo sensible, se nace esclavo.
Yo pienso igual. Todos somos esclavos de alguien,
algunos como el mío, burdamente, otros de una manera
sutil, encubiertos en un contrato o en un salario.
También creo la índole esclavista afín a todos. Nos
agrada la servidumbre de los demás a cambio de nuestra
holganza, nos agrada tener súbditos. La naturaleza dual
del ser humano, la intersexualidad profunda por cuya
causa integramos en variada proporción lo femenino y lo
masculino, cualidad de víctima y de victimario, de
sometido y de tirano, no solo se manifiesta eróticamente
sino en todos nuestros actos individuales. Cuando
visitamos un restaurante o un hotel, jugamos al
esclavismo. El camarero nos dice señor, el botones nos
carga las maletas, la lavandera nos lava, el chef
nos cocina. Es decir, por un momento, incluso los más
evolucionados y austeros, disponemos de una servidumbre
disciplinada. En los tiempos que corren, y desde que
Adam Smith demostrara la inconsistencia económica de la
esclavitud, el dinero es el látigo. La modernidad solo
ha dado a ciertos esclavos la posibilidad de elegir su
faena. A mí, por ejemplo, me permite tocar piano por las
noches para un hato de borrachos sordos. Así como cada
cual elige su esclavitud, cada cual, viéndolo como su
estado normal, se habitúa a ella. Por ello esperaba que
mi esclavo se identificara con su destino, que con el
tiempo fuera innecesaria la violencia. Después de varios
meses noté ciertos progresos. Mi esclavo, sin asomo de
pudor, me llamaba amo. Si antes a despecho de ser
azotado se quejaba de hacer labores propias de un ama de
casa, ya no. Ahora se le oía cantar mientras realizaba
tales menesteres, llegó a preferirlos por encima de
cualquier otro. Su mansedumbre ofrecía tanta seguridad
que decidí ser menos hostil y no solo le permití usar
cuchillos de cocina, tenedores, martillos, pinzas, sino
que mejoré su habitación, le sustituí el lecho de paja
por una cama y le instalé un excusado con agua
corriente. También dejé de encadenarlo a la pared
durante la noche. Mi esclavo lo agradeció besándome las
manos, hincando rodillas. Siempre había estimado una
grosera sublimación del miedo hablar sobre esclavos
fieles. Creí la docilidad cumbre de la esclavitud. Craso
error. La máxima ambición del amo es la fidelidad del
súbdito. Los primeros signos de fidelidad que vi en el
mío, los confundí con adulación. Cuando me sustituyeron
en el Piano-Bar por otro pianista que a la vez cantaba
magníficamente, llegué tan deprimido a mi hogar que
lejos de propinar los azotes de rutina a mi cautivo, me
eché sobre la cama a lamentar en silencio mi mala
suerte. No fue hasta la media noche que entré en su
barracón con el propósito de obligarlo a preparar algo
de comida. Ese día él también estaba enfermo. Las llagas
de los tobillos donde perennemente llevaba los grilletes
estaban infectadas y una incipiente fiebre le provocaba
espasmos. Temeroso de quedar sin mi esclavo en un mes
tan lluvioso como abril, le liberé los pies de todo
herraje y decidí curarlo. Mientras le sanaba la
purulenta carne de los tobillos, conversé con él. Se
sentía tan estimulado, que sus ojos brillaban de júbilo.
Yo, que desde hacía más de un año había ensayado con él
los improperios más humillantes, ahora le comentaba mis
temores, mis complejos, como si conversara con un viejo
amigo. Conmovido por mi angustia, por primera vez palmeó
mi hombro en señal de consuelo. Luego, aún débil, se
levantó del sofá donde aliviaba sus dolores y preparó
una excelente comida que después le permití consumir en
mi propia mesa. Antes de encerrarlo en su habitáculo,
nos dimos las manos con franca efusividad. Aquella
noche, mientras yo sané sus heridas carnales, el antiguo
barman alivió el desamparo de mi espíritu y
comprendí que un hombre armado de bondad, esclavo o no,
nunca es derrotado por los rencores. Más tarde,
afortunadamente, volvieron a llamarme del Piano-Bar
porque el presunto sustituto, había declinado
reemplazarme al recibir una mejor oferta. Desde
entonces, contra viento y marea, he permanecido allí y,
excepto aquella noche terrible, la relación amo-esclavo
ha vuelto a la normalidad, es decir, mi esclavo siguió
comiendo en su barracón y yo seguí azotándolo
regularmente. Confieso que cada día estoy más cerca de
su fidelidad absoluta. Cada día, gracias a mi condición
de amo, comprendo mejor la existencia humana. Hoy,
sentado en el portal, viendo mi jardín florecido, parece
increíble que yo, un humilde pianista, haya extraído tal
encanto de la naturaleza. Soy tan feliz como nunca
sospeché. Mientras respiro hondo, dejando que un trozo
de aire perfumado entre en mis pulmones, mi esclavo, que
me sabe satisfecho, vira el rostro hacia mí y sonríe.
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