Año III
La Habana
2005

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Convocando ochenta veces
Amado del Pino La Habana


La arrancada del año se me adorna con  fiestas distintas, pero entrañables. Dos personas que mucho admiro cumplen ocho décadas de vida. Se trata de un hombre y de una mujer, él blanco, ella negra, no se conocen entre sí. Resulta que en Unión de Reyes en lo hondo de la provincia de Matanzas nació, el 29 de enero de 1925, Abelardo Estorino, uno de mis maestros en la dramaturgia. Pepe como le dicen en su pueblo y algunos amigos de La Habana es, además de genial artista, un hombre bueno, cordial, atento y discreto. Es un tipo suave, dirían en la calle, una persona chévere.

Ochenta cumple también Dora, la abuela de mi mujer.  En Pinar del Río (¡cómo me gusta!, ¡y qué lindo eres!, repito para Pinar los piropos que han recorrido el mundo en la voz de Celia Cruz, Benny Moré o Tito Gómez) nació Dora Barrios a principios de febrero de aquel 25 del pasado siglo. Ella es una mujer luchadora, diestra en ensartar hojas de tabaco, tanto como Pepe en hilvanar escenas y configurar personajes. Sin dar teque, sin acudir al panfleto, hay que reconocer que esa “casualidad” de ser mujer, negra, pobre y de contra en la provincia que todos llamaban  La Cenicienta “no era jamón” antes de 1959. Así y todo, mi amiga amó,  desamó, habló y hasta cayó con elegancia y fervor en cuestiones sentimentales. Crió familia de bien y todavía ríe con todo el rostro, se arregla con coquetería, habla del futuro y no se queja.

Estorino anda atareado con eso de que se le dedique la Feria del Libro de este año. No es que no le guste la idea, pero supongo que estará raspando solemnidad de donde no hay para enfrentar esos días. Para colmo de bienes que pueden abrumar a nuestro esencial hombre de teatro, para la fecha exacta nos iremos a  Matanzas primero y a Unión después un racimo de teatrólogos, estudiosos, colegas varios. Por allá andará la primera actriz Adria Santana que es como la hija que Pepe no engendró desde una cama, pero sí desde la escena, el magisterio y también el trato cotidiano. Tania me comentaba un día. “Vi a Pepe y a Adria por la calle y me parecían padre e hija; pero también como dos grandes socios, un par de compinches traviesos y alegres”. Parece que la observación formó una rimita y se tradujo en vocación, en seguimiento porque cuando le cuelgo al autor de Morir del cuento, después de hablar de todo, pero sobre “todo” de teatro; Tania suele coger “el bejuco” y siento que el diálogo se torna más emotivo y filial.

Puede que Dora no sepa de la existencia de Estorino, pero puede que sí. Si vio por televisión La casa vieja, seguramente se solidarizó con la muchacha que quieren ahogar en prejuicios de pueblo y mente chiquita. Si la que pusieron fue El robo del cochino  se rió con las ocurrencias de esa criada que como ella misma canta y ríe casi sin cesar;  canta porque le gusta y también para qué negarlo para no llorar. Porque la lágrima da poco cuando lo que se pretende es sembrar, levantarse.
 

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