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La arrancada del año
se me adorna con fiestas distintas, pero entrañables.
Dos personas que mucho admiro cumplen ocho décadas de
vida. Se trata de un hombre y de una mujer, él blanco,
ella negra, no se conocen entre sí. Resulta que en Unión
de Reyes —en
lo hondo de la provincia de Matanzas—
nació, el 29 de enero de 1925, Abelardo Estorino, uno de
mis maestros en la dramaturgia. Pepe
—como
le dicen en su pueblo y algunos amigos de La Habana—
es, además de genial artista, un hombre bueno, cordial,
atento y discreto. Es un tipo suave, dirían en la calle,
una persona chévere.
Ochenta cumple
también Dora, la abuela de mi mujer. En Pinar del Río
(¡cómo me gusta!, ¡y qué lindo eres!, repito para Pinar
los piropos que han recorrido el mundo en la voz de
Celia Cruz, Benny Moré o Tito Gómez) nació Dora Barrios
a principios de febrero de aquel 25 del pasado siglo.
Ella es una mujer luchadora, diestra en ensartar hojas
de tabaco, tanto como Pepe en hilvanar escenas y
configurar personajes. Sin dar teque, sin acudir al
panfleto, hay que reconocer que esa “casualidad” de ser
mujer, negra, pobre y de contra en la provincia que
todos llamaban La Cenicienta “no era jamón” antes de
1959. Así y todo, mi amiga amó, desamó, habló y hasta
cayó con elegancia y fervor en cuestiones sentimentales.
Crió familia de bien y todavía ríe con todo el rostro,
se arregla con coquetería, habla del futuro y no se
queja.
Estorino anda
atareado con eso de que se le dedique la Feria del Libro
de este año. No es que no le guste la idea, pero supongo
que estará raspando solemnidad de donde no hay para
enfrentar esos días. Para colmo de bienes que pueden
abrumar a nuestro esencial hombre de teatro, para la
fecha exacta nos iremos a Matanzas primero y a Unión
después un racimo de teatrólogos, estudiosos, colegas
varios. Por allá andará la primera actriz Adria Santana
que es como la hija que Pepe no engendró desde una cama,
pero sí desde la escena, el magisterio y también el
trato cotidiano. Tania me comentaba un día. “Vi a Pepe y
a Adria por la calle y me parecían padre e hija; pero
también como dos grandes socios, un par de compinches
traviesos y alegres”. Parece que la observación formó
una rimita y se tradujo en vocación, en seguimiento
porque cuando le cuelgo al autor de Morir del cuento,
después de hablar de todo, pero sobre “todo” de teatro;
Tania suele coger “el bejuco” y siento que el diálogo se
torna más emotivo y filial.
Puede que Dora no
sepa de la existencia de Estorino, pero puede que sí. Si
vio por televisión La casa vieja, seguramente se
solidarizó con la muchacha que quieren ahogar en
prejuicios de pueblo y mente chiquita. Si la que
pusieron fue El robo del cochino se rió con las
ocurrencias de esa criada que
—como
ella misma—
canta y ríe casi sin cesar; canta porque le gusta y
también —para
qué negarlo—
para no llorar. Porque la lágrima da poco cuando lo que
se pretende es sembrar, levantarse.
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