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Rubén Rodríguez Martínez (Matanzas, 1959) es de esos
artistas que rinden culto al dibujo como si cada línea
fuera soporte y fin en sí mismo. Pero no es un dibujante
ortodoxo. Cada trazo, cada composición nos deja una
impresión de libertad insospechada, de amarras desatadas
por alguien que domina, más allá del oficio, el tono y
la proyección que con este debe manifestarse en el
espacio de la representación visual.
Nos llega la más reciente impronta de su arte en la
trama de la Galería Habana, institución que inaugura con
su presencia una nueva de trabajo en la promoción de las
artes visuales contemporáneas de nuestro país.
La
exposición se titula Proverbios e iniciaciones.
Mas no hay que fiarse de esa presentación, pues aunque
el creador haya inscrito textos en sus obras, y nos
quiera sorprender con títulos de aliento poético o de
prosaica apropiación de la realidad lexical que le es
cercana, es puro dibujo lo que rezuman sus obras. No
dibujo por el dibujo, sino por el placer y el saber de
dibujar lo que viaja entre su memoria y el brazo.
El
tránsito al que nos referimos está marcado por el Eros
de la provocación y el éxtasis, por los arranques y
desperdicios del amor. Si fuera preciso ubicar su
abordaje temático, tendríamos que referirnos a
experiencias visuales como las de Antonio Eligio
Fernández (Tonel), Tomás Esson y Manolo Vidal. Pero
mientras Tonel desborda humor postmoderno, Esson se
sumerge en la escatología y el grotesco y Vidal pasea su
fina ironía por las superficies de sus obras, Rubén
apela a la síntesis, o mejor aún, a la elipsis. No hay
representación, sino alusión; no hay espectáculo, sino
suposición.
A
fin de cuentas triunfa el dibujo de un artista que se
vale de él como arma principal para un desempeño
riguroso y fecundo. |