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Este mes tiene amplia
repercusión para el teatro nacional. El 22 se festeja el
Día del Teatro Cubano, y en esa misma fecha se entrega
oficialmente el Premio Nacional de Teatro y los Premios
Villanueva de la Crítica.
En los primeros días
de enero, un prestigioso jurado otorgó el Premio
Nacional de Teatro a la actriz, pedagoga y directora
Flora Lauten y al director y dramaturgo Eugenio
Hernández Espinosa.
Discípula de Vicente
Revuelta, en Teatro Estudio, y formada también en la
experiencia del entonces recién nacido Teatro Escambray,
Flora no ha cejado de fundar durante su larga carrera.
Bacantes, el espectáculo más reciente de Teatro
Buendía, colectivo que dirige y que creó hace casi
veinte años, expresa la vocación de refundación de su
trayectoria.
Flora en su
peregrinaje por el teatro cubano, en tránsito de
experiencias a otras, siempre extremas, siempre
riesgosas e incomodas, ha sobresalido por su vocación de
rebeldía. Quizás esa potencia, ese empuje que también la
caracteriza, le ha permitido estar en el lugar y momento
justo. Así la encontramos en la memorable puesta en
escena de Vicente Revuelta de La noche de los
asesinos, de Pepe Triana, o el montaje de Contigo
pan y cebolla, de Héctor Quintero, o La Vitrina
y Huelga, de Albio Paz, o dirigiendo Lila la
mariposa con sus alumnos del Instituto Superior de
Arte. Episodios todos que no pueden desprenderse de la
historia más viva del teatro cubano.
Flora ha sido, en
definitiva, para el bien de nuestro teatro, una hereje,
una disidente, como le gustaría decir a Eugenio Barba,
uno de sus maestros y amigos.
Hernández Espinosa,
por su parte, uno de los integrantes del grupo El Puente
―círculo literario y artístico apenas estudiado por la
crítica y la historiografía cultural cubana―, también es
otro de los revolucionarios de la escena nacional.
Con su pieza María
Antonia, una de las más encumbradas de su repertorio
dramático, su autor codifica en términos artísticos el
conflicto del marginal en su propia imposibilidad a
través de una historia de amor, donde se verifica un
discurso de crítica social, de mirada hacia lo otro, de
entrecruzamientos de clases, cultura y religión.
En ese ejercicio de
integración, en el que no solamente se vislumbran
aspectos raciales, clasistas, culturales y de
pertenencias, Eugenio se ha destacado por reflejar ese
complejo mundo en una escritura de un gracejo cubano muy
especial.
Tanteando siempre los
conflictos del hombre cubano actual, sin revestimientos
y decorados, la aprehensión de esos términos como
recursos expresivos, han estado siempre acompañados por
una aguda mirada a los conflictos y problemáticas de esa
realidad en su sentido más profundo.
Con una vastísima
obra en la que se apuntan Calixta comité, Alto
riesgo, Mi socio Manolo, El elegido,
Ochún y las cotorras, Manzano, La
Simona (Premio Casa de las Américas), entre muchas
otras, Eugenio también ha fundado su propio grupo,
Teatro Caribeño, y ha ejercido como director de muchas
de sus obras.
La crítica cubana
también ha cumplido con una parte de lo que le
corresponde durante el pasado año.
Después de analizar
los estrenos ocurridos durante el 2004 y algunos
espectáculos del año precedente que no pudieron ser
analizados en su momento, la sección de Crítica e
Investigación de las Artes Escénicas de la UNEAC decidió
los espectáculos ganadores del Premio Villanueva de la
Crítica, que cada año se le entrega a las obras
relevantes dentro del más reciente paisaje teatral
cubano.
Desglosados por
géneros, y entre los que se suman las obras extranjeras
presentadas en Cuba durante ese período, los premios
ascendieron a la cifra de 16 espectáculos.
Indiscutible y
unánimemente seleccionado fue Vida y muerte de Pier
Paolo Pasolini, bajo la dirección de Carlos Celdrán
por Argos Teatro, y que fue catalogado como Premio
Especial, por considerarse un suceso de gran
trascendencia en el panorama teatral cubano
contemporáneo. Dentro de los montajes de teatro
dramático le siguen Mundo de muertos, del
santiaguero Estudio Macubá, bajo la dirección de Fátima
Patterson; Mamíferos hablando con sus muertos,
texto y dirección de José Milián por Pequeño Teatro de
La Habana; Penumbra en el noveno cuarto,
colectivo de actores bajo la dirección de Osvaldo
Doimeadiós; Marx en el Soho, unipersonal de
Michaelis Cué, a partir del texto de Howard Zinn; y de
Teatro de los elementos bajo la dirección de Daisy
Martínez, Una casa en las afueras.
En la categoría de
teatro para niños, por unanimidad el Premio lo recibió
Romelio y Juliana, dirección de Félix Dardo a
partir de una versión de Blanca Felipe de Romeo y
Julieta; Una manzana fuera de cuento, de
Fidel Galván por el Guiñol de Remedios; y Si yo te
contara, espectáculo de Teatro Retablo, dirigido por
Panait Villalvilla.
El Villanueva de la
danza recayó en La ecuación, de Danza
Contemporánea de Cuba, y Saga Loas, de la
compañía santiaguera Ballet Cutumba.
La sección de crítica
también valora y premia a los espectáculos extranjeros
más sobresalientes presentados en Cuba durante el pasado
año. En este sentido, fueron seleccionados Arquetipas,
de Las Patronas compañía que procedente de México se
presentó durante las jornadas del Mayo Teatral. También
de esa temporada, recibió el Villanueva La chica que
quería ser Dios, del grupo colombiano Matacandelas.
En la categoría de danza obtuvieron el galardón
Diversions, de la Compañía Nacional de Danza de
Gales, La pavana del moro, del ballet de Bordeaux
y el programa del Ballet de Biarritz presentados estos
dos últimos durante el Festival de Ballet de La Habana.
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