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La muerte del
escritor cubano Guillermo Cabrera Infante ha conmovido
al establecimiento cultural. Conocí a Guillermo en sus
años iniciales, en el mísero solar, o conventillo, de la
calle Zulueta, donde vivía, y allí, en animadas
tertulias, se fueron forjando los criterios de una
generación de creadores. Fui su condiscípulo en la
Escuela de Periodismo, estudiamos juntos asignaturas
agobiantes. Comenzamos a leer a los escritores
norteamericanos: me aficioné a Hemingway, él a Faulkner.
Nos intercambiamos libros y escritos principiantes.
Guillermo comenzó a traducir cuentos para la revista
Bohemia y a leer vorazmente. También empezó a
escribir. Leyó a Joyce mucho antes que los demás de su
promoción.
Recuerdo cuando me
tendió su cuento “Un rato de tenmellá”, recién
salido de la máquina de escribir y me sorprendió con la
ausencia de signos de puntuación. Advertí en él los
signos de un talento en ciernes. Alguien le preguntó una
vez por qué no utilizaba más, en sus cuentos, las
experiencias de su estrecho inicio, y él respondió que
la miseria dejaba un sedimento tal de amargura que no
era buena siquiera para la literatura. Era la época en
que leíamos a Caldwell, Dos Passos, Capote, Fitzgerald,
Mailer.
Fundamos la
Cinemateca de Cuba donde logramos la exhibición de un
patrimonio fílmico desconocido hasta entonces en este
lado del Atlántico. Participamos activamente en la
organización inaugural de la sociedad Nuestro Tiempo,
que fue un agrupamiento generacional de los
intelectuales de avanzada en un momento crítico de la
historia cubana, al iniciarse la etapa final de la larga
dictadura batistiana. Comenzó a escribir en la revista
Carteles, con el seudónimo de Caín, y disfrutó
de un cierto reconocimiento social debido a sus agudas
reseñas cinematográficas.
Tras el triunfo de la
Revolución cubana aceptó cargos de dirección cultural y
junto a Carlos Franqui fundó Lunes de Revolución.
Aquel semanario marcó una etapa principal en la
generación de jóvenes escritores que ascendía a la
madurez dentro del proceso revolucionario. Carlos
Franqui y Cabrera Infante, se empeñaron en una lucha por
el control del poder cultural. Ambos estaban marcados
por un amargo anticomunismo, ambos se debatían en un
enfrentamiento con el antiguo Partido Socialista Popular
que accedía a posiciones de dirección. Franqui y Cabrera
Infante pretendieron monopolizar la industria de la
inteligencia y al fracasar en aquél empeño protagónico
comenzaron a rumiar, con mayor intensidad, sus enconadas
aversiones hasta llevarlos a la escisión.
La memoria de
Lunes… ha quedado estigmatizada, pero su haber es
mucho más fructuoso que sus deméritos y merece ser
saneado. Lunes… cumplió en la historia de la
cultura cubana un papel similar al de la revista de
Avance. Ambas llevaron a cabo una intensa
actualización de las corrientes creativas dentro de la
estética contemporánea, ambas pretendieron sacar a Cuba
de su insularidad, ambas estimularon una vigorosa
reacción en el cuerpo pensante de la nación, ambas
contribuyeron a afianzar la identidad cultural de
nuestro país, ambas atacaron los falsos ídolos y la
mediocridad banal imperante hasta entonces en el
panorama cultural, pese a los excesos y yerros cometidos
por aquél semanario.
Desde sus años
tempranos, Guillermo tuvo una gran facilidad para la
acrobacia del lenguaje: paronomasias, retruécanos,
agudezas, uso del hipérbaton, traslaciones idiomáticas.
Su obra literaria está penetrada de ese follaje, a veces
excesivo, en ocasiones confuso e innecesario. Le
deleitaban esos fuegos artificiales idiomáticos y sus
ejercicios de estilo le impidieron un adecuado control
de la sintaxis. Aquella Habana rumbosa de cabarets y
bongoes, de sensualidad desbordante y extravíos quedó
atrapada en sus páginas. Esa Habana, como Yoknapatawpha,
como Macondo, es una construcción virtual que adquiere
carta de legitimidad a través de la literatura. Pudo
elaborar un mundo coherente basado en una urbe libertina
y seductora y con ese montaje de un universo propio tuvo
acceso a la más alta categoría de la imaginación.
Desde muy joven culpó
de su existencia infortunada a la militancia comunista
de su familia, lo cual le obligaba a vivir humildemente
y ello le produjo una aversión a las tendencias de
cambio social. Llegamos a polemizar ásperamente. Su
relieve ulterior estuvo promovido por intereses
políticos comprometidos con la exaltación de su perfil.
Esos laureles se deben también a su extraordinaria
creatividad. Su existencia fue ensombrecida por el
rencor y el odio —pese a que no le faltaron
satisfacciones y recompensas—, lo cual alentó su
hiperbólica obsesión contrarrevolucionaria. La muerte de
Guillermo Cabrera Infante priva a la cultura cubana de
uno de sus más ingeniosos, imaginativos y talentosos
escritores. |