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Otra vez se
discute en Ginebra, como cada año, sobre derechos
humanos. Son los representantes de 61 países que se
supone valoren y acuerden sobre las cosas que debemos
tener o que se nos quiere dar en materia de libertades y
derechos. Para eso se supone que nos concertamos y nos
asociamos en el mundo y no para justificar y bendecir
que se nos quiera quitar lo poco que ya hemos
alcanzado.
Pero es este
sinsentido lo que ha sucedido y sucede cada año con
Cuba, y seguramente en alguna medida con otros países,
en esa Comisión que cada año discute en Ginebra.
Lo que le quieren
quitar a Cuba es lo mismo que no quieren que tengan
otros, en América Latina y en el resto de los países
periféricos del mundo.
Que no haya una sola
persona que tenga que acostarse un día sin comer, aunque
no se coma bien todos los días ni se tenga acceso a los
disfrutes de la gastronomía.
Que no haya enfermo
que quede sin atención médica, y medios de prevención,
aunque sea insuficiente el equipamiento, afecte la falta
de recursos, y la escasez de medicamento obligue a
incómodas racionalizaciones.
Que no haya quien
carezca de un techo bajo el cual abrigarse y un lugar
para dormir, aunque sea frecuente que dos o más familias
tengan que compartir el espacio de una, y que el
deterioro de la vivienda llegue a ser apreciable, en
tanto la capacidad de construcción no pueda alcanzar a
la demanda que crece.
Que no haya familia
que no pueda educar a sus hijos, desde la enseñanza
primaria hasta la universitaria, sin que se vean en la
disyuntiva de tener que interrumpir sus estudios para
incorporarse al mercado laboral, para contribuir, aunque
sea precariamente, a la subsistencia familiar.
Que no exista
ciudadano o ciudadana en edad laboral sin la posibilidad
de un empleo remunerado, aunque los salarios sólo
alcancen para asegurar niveles de vida muy austeros.
Que ni una sola
familia, por humildes que sean sus condiciones de vida,
esté privada de un funeral digno para sus seres
queridos, sin que un negocio de la muerte los lleve a
endeudarse por años.
Que nadie tenga que
vivir en la zozobra de unas finanzas domésticas que
nunca alcanzan, sin saber si podrán pagar los gastos de
salud, la educación de los hijos, la vivienda, el pan de
cada día o el funeral de la abuela.
Podría hacer mayor el
inventario pero no hace falta. Nada más que intento
pasar revista al balance entre lo que se nos quiere
quitar y lo que se nos quiere dar, porque la resolución
que año tras año los representantes del más encumbrado
y abusivo de los poderes imperiales de la historia
humana hacen votar contra Cuba, presume de dar algo que
les falta a los cubanos y oculta la verdadera
intención. La de quitarle a los cubanos lo que han
logrado ya conseguir. No solo sin su ayuda, sino a pesar
de los obstáculos y agresiones a que los han sometidos
durante casi medio siglo.
Causa mucho dolor, e
incluso vergüenza, ver en Ginebra a representantes de
países que tienen que padecer incluso el flagelo del
hambre en grandes proporciones, plegarse a las presiones
de Estados Unidos para condenar al sistema cubano.
Países que, en sentido opuesto, votan año tras año en la
Asamblea General de Naciones Unidas por el levantamiento
del bloqueo norteamericano a Cuba y, sin embargo, en
Ginebra no alcanzan a resistir las presiones humillantes
de las que se les hace objeto y terminan dando su voto
a la infamante escaramuza hegemónica armada por el
imperio.
Como si no se viera
que es lo que se le quiere quitar a Cuba, y no se quiere
que otros tengan, y nada que en Cuba falte, lo que
esconde la tinta de esas resoluciones. Subrayo, lo que
no se quiere que otros tengan, porque en el fondo esa
condena de año tras año no va dirigida contra Cuba
solamente. Yo diría que ni principalmente contra Cuba.
Va dirigida a un concierto de países sometidos a un
estado de dependencia para cuyos pueblos el imperio ha
decretado hace mucho que no hay oportunidades de
justicia, seguridades, equidad y paz. Por eso es
particularmente triste ver que los representantes de
muchos de esos países acaben alineándose en contra de
sus propios intereses, y no solo contra Cuba.
Tampoco quiero decir
que en Cuba no falten cosas, en el plano material o en
el institucional. Pero lo que no puede aceptarse
siquiera es la discusión a partir de la agenda de quien
quiere privarte de todo. Especialmente cuando es, en el
fondo, contra esa agenda, contra lo que votamos
abrumadoramente cada año en la Asamblea General, sin que
el imperio quiera siquiera darse por enterado.
En Cuba no pueden
exhibir crimen político, torturas, desaparecidos, un
nivel de violaciones en las cuales nuestros acusadores
incurren, y ya ni siquiera pueden disimular. Y no
tienen otro argumento que centrar la atención en una
casuística, muy polémica por cierto, de restricciones a
la formación de una oposición organizada. Lo
desproporcionado de esta agenda evidencia que lo primero
que nos quieren quitar es la soberanía. Y, por supuesto,
se trata también de algo que no se quisiera que otros
tengan. De hecho, aquí se trata de algo que quisieran
que más nadie tenga, ni siquiera sus principales
aliados. La visión de la soberanía que solo admite un
soberano, como demuestra la ruta que va de Kosovo a
Iraq.
Esta es una discusión
que no se limita a Ginebra y al caso de Cuba. Ginebra
tiene que cambiar. La agenda de la discusión de los
derechos humanos tiene que cambiar, porque en los
últimos años está creciendo el mapa de las resistencias
y lo que hace hoy la Comisión de Ginebra se vuelve
anacrónico.
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