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“La
afición a la madera, me viene desde pequeño, cuando
miraba a mi padre en sus afanes de carpintero”
—me
reveló Lázaro Hernández Cano, joven escultor
autodidacta, en su apartamento, sito en un edificio
cercano a la Fundación Fernando Ortiz. Conversábamos en
su cuarto, entre algunas de las esculturas de su última
exposición. Su representante, Abel Sierra, un viejo
amigo de la Universidad, había propiciado el encuentro.
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Esencia
Técnica mixta. Madera y cuerno. |
Según
me contó, no hubo una tradición familiar que irrevocable
lo condujera a la creación artística. En los primeros
años de la década del 90, en plena crisis económica,
comenzó a recoger maderos en la calle, y ocupó su tiempo
moldeándolos, con el entusiasmo de quien halla placer en
lo que hace.
“Los
materiales siempre han sido difíciles de conseguir”
—me
explicó, antes de referir sus andanzas por La Habana,
husmeando en solares y rincones yermos en busca de
maderas, más fáciles de hallar luego de cada ciclón.
“Así encontré las mejores”
—me
dijo. Esa precariedad en los materiales le ha llevado a
trabajar maderas, que por su dureza evitan la mayoría de
los escultores.
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Transición
1.76 m. Técnica mixta. Madera y acero |
Refiere que sus primeras esculturas surgieron de la
improvisación. “Ahora, casi siempre tengo una idea
definida de lo que quiero lograr; aunque, a menudo, el
resultado difiere del plan, porque una curva inesperada,
o un veteado caprichoso pueden inspirarme en otro
sentido”, —continuó
explicándome, mientras abría las manos, con la expresión
de quien revive esos momentos de sorpresa.
Lo
cierto es que llevar adelante su afición no le ha sido
fácil. Pese a ello, al repasar sus años de trabajo no
hallé inactividad. Las exposiciones, duramente ganadas,
dan fe. El recorrido comienza en una Exposición
colectiva en el Teatro Estudio de Cuba en 1997, seguida
por una sesión de fotos con Alberto Gutiérrez “Korda”,
en el Malecón habanero; hasta aquella a horcajadas entre
dos años, 1999 y 2000 en St. Gallen, Suiza, nombrada
Estados de Ánimo. Dos años después expone en
Valencia, España. En el 2003 viaja a Berlín, al
Buchandlung TuchholkistraBe Mite, No. 32, y presenta
Volver; y finalmente, en el 2004, Fuera de lugar,
en la Casa Memorial Salvador Allende, en el Vedado
capitalino.
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Falocracia
90 cm. Madera. Álamo. |
Todas han sido hitos
importantes en su carrera. Pero nuestra conversación me
reveló que Volver ocupa un lugar especial.
Su
experiencia alemana giró en torno a la Fundación que
patrocinó su viaje, y que promueve, con pocos recursos,
a artistas de todo el mundo que la crítica coincide en
llamar no ortodoxos, y son ubicados fuera del
mainstream de sus respectivas artes.
En el cada vez más
académico y exclusivo coto de las artes plásticas
cubanas, Lázaro es alguien ubicado en las márgenes,
justo la cualidad que lo condujo a Berlín.
“Esa
ciudad es dura para los extranjeros”
—me
confesó, pero ese descubrimiento no pudo enturbiar la
alegría de la exposición.
Decidido a aprovechar su estadía berlinesa, e imbuido de
las experiencias performáticas de los 90, acometió la
talla de algunas esculturas en las ceras frente al
Salón, ante los paseantes alemanes, presas, sin duda, de
la fascinación de ver su duro trabajo. Confieso que esa
imagen me impactó: un extranjero, bajo el cielo plomizo
de Berlín, sudando por el tremendo esfuerzo de
transfigurar las maderas, trabajando en un lugar donde
nadie esperaría hallarlo. Me descubrí en la certeza de
que eso era lo que me había chocado en él, cuando lo vi,
habiendo sabido por mi amigo que era habanero. No lo
parece. Pensé de pronto que la habitual perspicacia de
Abel debió captar esa alienación física, complementada
en la artística, para conformar y titular su última
exposición.
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Meditaciones
67x 42 cm. Madera. Almendro. |
Lázaro
es consciente que muchos no saben a qué atenerse con su
obra. “No me importa ser llamado primitivo o ingenuo,
cuando esculpo no pienso en las clasificaciones”. Quizás
por eso no tiene reparos en conjugar lo estético con lo
utilitario. Me mostró cómo en algunas de sus obras
podían insertarse vasos, quinqués y floreros. “Me
interesa que lo que hago sea parte de la vida cotidiana.
Esculpo por placer y para vivir”, me explicó, antes de
revelarme que parte de su tiempo lo absorben tallas por
encargo, algunas solicitadas por practicantes de cultos
sincréticos: “Satisfacer las necesidades confesas de
otro, suele ser difícil”.
Es ese
satisfacer necesidades el que nutre su día a día. Su
propuesta, materializada en las obras que contemplé, lo
avala. Este escultor, conocido por el público amante de
la plástica, continúa trabajando, basándose, no en la
retórica académica de la pertenencia a una generación
artística, o la búsqueda de la obra maestra increada,
sino en el placer simple de esculpir. |