Año III
La Habana
Semana 19 - 25
MARZO
de 2005

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Las certezas de Lázaro
Yunieski Betancourt Dipotet La Habana
Fotos:
Abel Sierra


“La afición a la madera, me viene desde pequeño, cuando miraba a mi padre en sus afanes de carpintero” me reveló Lázaro Hernández Cano, joven escultor autodidacta, en su apartamento, sito en un edificio cercano a la Fundación Fernando Ortiz. Conversábamos en su cuarto, entre algunas de las esculturas de su última exposición. Su representante, Abel Sierra, un viejo amigo de la Universidad, había propiciado el encuentro.  

Esencia
Técnica mixta. Madera y cuerno.

Según me contó, no hubo una tradición familiar que irrevocable lo condujera a la creación artística. En los primeros años de la década del 90, en plena crisis económica, comenzó a recoger maderos en la calle, y ocupó su tiempo moldeándolos, con el entusiasmo de quien halla placer en lo que hace. 

“Los materiales siempre han sido difíciles de conseguir” me explicó, antes de referir sus andanzas por La Habana, husmeando en solares y rincones yermos en busca de maderas, más fáciles de hallar luego de cada ciclón. “Así encontré las mejores” me dijo. Esa precariedad en los materiales le ha llevado a trabajar maderas, que por su dureza evitan la mayoría de los escultores.   

Transición
1.76 m. Técnica mixta. Madera y acero

Refiere que sus primeras esculturas surgieron de la improvisación. “Ahora, casi siempre tengo una idea definida de lo que quiero lograr; aunque, a menudo, el resultado difiere del plan, porque una curva inesperada, o un veteado caprichoso pueden inspirarme en otro sentido”, continuó explicándome, mientras abría las manos, con la expresión de quien revive esos momentos de sorpresa. Lo cierto es que llevar adelante su afición no le ha sido fácil. Pese a ello, al repasar sus años de trabajo no hallé inactividad. Las exposiciones, duramente ganadas, dan fe. El recorrido comienza en una Exposición colectiva en el Teatro Estudio de Cuba en 1997, seguida por una sesión de fotos con Alberto Gutiérrez  “Korda”, en el Malecón habanero; hasta aquella a horcajadas entre dos años, 1999 y 2000 en St. Gallen, Suiza, nombrada Estados de Ánimo. Dos años después expone en Valencia, España. En el 2003 viaja a Berlín, al Buchandlung TuchholkistraBe Mite, No. 32, y presenta Volver; y finalmente, en el 2004, Fuera de lugar, en la Casa Memorial Salvador Allende, en el Vedado capitalino.  

Falocracia
90 cm. Madera. Álamo.

Todas han sido hitos importantes en su carrera. Pero nuestra conversación me reveló que Volver ocupa un lugar especial. Su experiencia alemana giró en torno a la Fundación que patrocinó su viaje, y que promueve, con pocos recursos, a artistas de todo el mundo que la crítica coincide en llamar no ortodoxos, y son ubicados fuera del mainstream de sus respectivas artes. En el cada vez más académico y exclusivo coto de las artes plásticas cubanas, Lázaro es alguien ubicado en las márgenes, justo la cualidad que lo condujo a Berlín. “Esa ciudad es dura para los extranjeros” me confesó, pero ese descubrimiento no pudo enturbiar la alegría de la exposición. Decidido a aprovechar su estadía berlinesa, e imbuido de las experiencias performáticas de los 90, acometió la talla de algunas esculturas en las ceras frente al Salón, ante los paseantes alemanes, presas, sin duda, de la fascinación de ver su duro trabajo. Confieso que esa imagen me impactó: un extranjero, bajo el cielo plomizo de Berlín, sudando por el tremendo esfuerzo de transfigurar las maderas, trabajando en un lugar donde nadie esperaría hallarlo. Me descubrí en la certeza de que eso era lo que me había chocado en él, cuando lo vi, habiendo sabido por mi amigo que era habanero. No lo parece. Pensé de pronto que la habitual perspicacia de Abel debió captar esa alienación física, complementada en la artística, para conformar y titular su última exposición.  

Meditaciones
67x 42 cm. Madera. Almendro.

Lázaro es consciente que muchos no saben a qué atenerse con su obra. “No me importa ser llamado primitivo o ingenuo, cuando esculpo no pienso en las clasificaciones”. Quizás por eso no tiene reparos en conjugar lo estético con lo utilitario. Me mostró cómo en algunas de sus obras podían insertarse vasos, quinqués y floreros. “Me interesa que lo que hago sea parte de la vida cotidiana. Esculpo por placer y para vivir”, me explicó, antes de revelarme que parte de su tiempo lo absorben tallas por encargo, algunas solicitadas por practicantes de cultos sincréticos: “Satisfacer las necesidades confesas de otro, suele ser difícil”.  

Es ese satisfacer necesidades el que nutre su día a día. Su propuesta, materializada en las obras que contemplé, lo avala. Este escultor, conocido por el público amante de la plástica, continúa trabajando, basándose, no en la retórica académica de la pertenencia a una generación artística, o la búsqueda de la obra maestra increada, sino en el placer simple de esculpir.  

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