Año III
La Habana
Semana 19 - 25
MARZO
de 2005

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Desde una estética de la resistencia.
Fuera de lugar

 Abel Sierra Madero
La Habana
 

En un texto publicado hace unos meses en La Gaceta de Cuba, el amigo Orlando Hernández comentaba su falta de entusiasmo hacia el arte contemporáneo. Su exégesis, acuciosa y descarnada, apuntaba a problemáticas  medulares que están desvirtuando la verdadera función social del arte. Entre las cosas que le disgustan, Hernández subrayaba el conformismo y maleabilidad de muchos artistas frente a los dictados y expectativas de la curaduría, la crítica y el mercado; “cuya seductora invasión ha logrado penetrar sus conciencias, modificar sus motivaciones reales (…) incluso confundir el rumbo natural de su sensibilidad”[1] y que promueve la estandarización cultural, el desprecio a las identidades locales y nacionales. Según este autor, el reconocimiento social, la fama y el dinero parecen haberse instaurado como valores más seguros.

 La producción artística de muchos creadores contemporáneos demuestra una postura pasiva y acrítica ante categorías y conceptos, sin someterlas a una revisión que ponga al descubierto su procedencia histórico-cultural y han preferido posturas excesivamente constructivistas  por las que el  arte queda reducido al simple reflejo discursivo y mecánico.   

El arte contemporáneo se ha vuelto cada vez más ininteligible, y se ha convertido en una producción intelectual elitista y excluyente, deslumbrada por modas y booms temáticos que lo conducen al mimetismo estético,  donde afloran dentro de la tan manida posmodernidad, una miríada de expresiones artísticas articuladas en torno al prefijo neo (neoexpresionista, neoabstraccionista, neorrealista y neoconceptual, agazapados en el pensamiento posestructuralista de autores como Roland Barthes, Jacques Derrida, Jean Baudrillard y Michel Foucault.

Es cierto que la obra de arte es un producto cultural  y que requiere algo más de lo que el simple ojo del observador puede percibir. Necesita de una teoría artística, un marco conceptual que interprete lo que ve el ojo; sin embargo, se tiene que basar en un discurso que permita el diálogo entre el  artista y el espectador, entre lo que el artista quiere trasmitir y lo que el espectador observa. 

Explicaba Hernández en el texto al que aludía al inicio que —en los últimos años—  lo habían seducido mucho más la labor artística de pintores y creadores autodidactas, mal llamados por la crítica, ingenuos, primitivos e intuitivos para referirse a creadores no formados en marcos académicos. Ninguno de los calificativos empleados hasta el momento atrapa la esencia de esta otra estética despojada de la metatranca, la teoría sobre el arte, de los vicios  y exigencias del  mercado.

 Esa es la premisa fundamental de Fuera de lugar, de Lázaro Hernández Cano, un creador que esculpe sin “compromisos”, con el impulso empírico y vital del verdadero artista, donde más que la ausencia de formación artística, se destaca su estética libre y desenfadada, desprovista de ataduras y de esquemas estancos.

 Fuera de lugar da continuidad a exposiciones como Estados de Ánimo, realizada en Suiza en el año 2000 y Volver en Berlín, tres años más tarde. Cano ha permanecido durante el último año intentando repensar o resignificar la imagen y los valores del Otro en sus múltiples dimensiones. Tales motivaciones se cristalizan ahora en esta muestra constituida por siete piezas de diferente factura. Álamo, Almendro, Caoba, Majagua, Laurel  conforman  la obra de este escultor  que hoy exhibe una línea de trabajo tan personalizada como original, desde una estética de la resistencia, y que abre al público un espacio  de crítica y reflexión.

[1] Orlando Hernández. “¿Por qué ha dejado de entusiasmarme el arte contemporáneo?”. En: La Gaceta de Cuba

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