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En un
texto publicado hace unos meses en La Gaceta de Cuba,
el amigo Orlando Hernández comentaba su falta de
entusiasmo hacia el arte contemporáneo. Su exégesis,
acuciosa y descarnada, apuntaba a problemáticas
medulares que están desvirtuando la verdadera función
social del arte. Entre las cosas que le disgustan,
Hernández subrayaba el conformismo y maleabilidad de
muchos artistas frente a los dictados y expectativas de
la curaduría, la crítica y el mercado; “cuya seductora
invasión ha logrado penetrar sus conciencias, modificar
sus motivaciones reales (…) incluso confundir el rumbo
natural de su sensibilidad”
y que promueve la estandarización cultural, el desprecio
a las identidades locales y nacionales. Según este
autor, el reconocimiento social, la fama y el dinero
parecen haberse instaurado como valores más seguros.
La
producción artística de muchos creadores contemporáneos
demuestra una postura pasiva y acrítica ante categorías
y conceptos, sin someterlas a una revisión que ponga al
descubierto su procedencia histórico-cultural y han
preferido posturas excesivamente constructivistas por
las que el arte queda reducido al simple reflejo
discursivo y mecánico.
El
arte contemporáneo se ha vuelto cada vez más
ininteligible, y se ha convertido en una producción
intelectual elitista y excluyente, deslumbrada por modas
y booms temáticos que lo conducen al mimetismo
estético, donde afloran dentro de la tan
manida posmodernidad,
una miríada de expresiones artísticas articuladas en
torno al prefijo neo (neoexpresionista,
neoabstraccionista, neorrealista y neoconceptual,
agazapados en el pensamiento posestructuralista de
autores como Roland Barthes, Jacques Derrida, Jean
Baudrillard y Michel Foucault.
Es cierto que la obra
de arte es un producto cultural y que requiere algo más
de lo que el simple ojo del observador puede percibir.
Necesita de una teoría artística, un marco conceptual
que interprete lo que ve el ojo; sin embargo, se tiene
que basar en un discurso que permita el diálogo entre
el artista y el espectador, entre lo que el artista
quiere trasmitir y lo que el espectador observa.
Explicaba Hernández en el texto al que aludía al inicio
que —en los últimos años— lo habían seducido mucho más
la labor artística de pintores y creadores autodidactas,
mal llamados por la crítica, ingenuos, primitivos e
intuitivos para referirse a creadores no formados en
marcos académicos. Ninguno de los calificativos
empleados hasta el momento atrapa la esencia de esta
otra estética despojada de la metatranca, la
teoría sobre el arte, de los vicios y exigencias del
mercado.
Esa
es la
premisa fundamental de Fuera de lugar, de
Lázaro Hernández Cano, un creador que esculpe sin
“compromisos”, con el impulso empírico y vital del
verdadero artista, donde más que la ausencia de
formación artística, se destaca su estética libre y
desenfadada, desprovista de ataduras y de esquemas
estancos.
Fuera
de lugar da continuidad a exposiciones
como Estados de Ánimo, realizada en Suiza
en el año 2000 y Volver
en Berlín, tres años más tarde. Cano ha
permanecido durante el último año intentando
repensar o
resignificar la imagen y los valores del Otro en sus
múltiples dimensiones. Tales motivaciones se cristalizan
ahora en esta muestra
constituida por siete piezas de diferente factura.
Álamo, Almendro, Caoba, Majagua, Laurel conforman la
obra de este escultor que hoy exhibe una línea de
trabajo tan personalizada como original, desde una
estética de la resistencia, y que abre al público un
espacio de crítica y reflexión.
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