|
Estaban todos los enanos resguardados en una buena causa
y allí, blandían aceros para hacerse de la buena
voluntad del enano mayor. Que no era mayor ni por la
edad ni por ser el menos enano de todos los enanos, sino
porque era quien tenía el cargo más alto, y hacia lo
alto, como sabemos o deberíamos suponer, tienden todos
los enanos. Claro que estos enanos, de quienes les
hablo, no son como mi amigo William Camacaro que es el
más comprometido, hermoso y leal de todos los enanos que
existan. Estos enanos, como fantasmagorías, son la
encarnación de esas bajezas que se tejen en torno al
poder y sus paisajes (o escenarios, como dirían los
politólogos). Estos enanos podrían ser sobrevivientes
del Circo de Ferdinand, pero nunca serían capaces
de estar en el centro de la arena realizando inauditas
acrobacias. Son sombras, resquemores, fantasmas de
identidades y cuerpos perdidos, hechos de secretos y
ausencias.
Los
enanos que habitan este sonambulismo estadounidense se
desenvuelven entre la indolencia y el miedo, y el único
deseo que pueden padecer: el que los hace fríos y vivos
a la vez, el que les posibilita seguir insertos como las
cuentas de un collar perverso, parecido al que imaginó
Canetti, es el de la cosa, el de la apariencia. En
fin, como sea, son los enanos que tenemos y ellos, y no
nosotros, protagonizan esta crónica.
Forman un equipo por el solo hecho de su
conformación o de su aspecto: son enanos. Del resto, no
tienen entre sí las cualidades que caracterizan un buen
equipo. No actúan hacia una meta común, el gol, en el
caso del fútbol. No están acoplados, no comparten sus
aptitudes en una misma estrategia. No. Desconfían los
unos de los otros, se utilizan, se hacen trampas y
fingen saludarse y considerarse con cierto calor que
podría llamarse humano. Se valoran según las influencias
que cada uno dice poseer. Saben que para estar en el
poder lo primero y único que deben hacer es hablar bien
del jefe, aunque no piensen lo mismo y, en lo que actúan
demuestran con creces que no poseen ni un espíritu ni
una condición revolucionaria. Desconocen la honestidad y
no dan, como diría mi madre, puntada sin dedal.
Son
unos defenestrados del poder aún estando aquí, en la
capital de los EE.UU., es decir, en el centro de todos
los poderes. Pasan por el Pentágono, observan la Casa
Blanca en la lejanía y fingen, como consumidor que se
respete, que no hay una guerra. Ellos no tienen nada que
ver con el infaltable carro-bomba que estalla en una de
las calles de Iraq, cada día, como el desayuno o la
lavada de dientes.
Los
enanos de mi historia dicen rebelarse a este orden de
cosas, profesan cierta terminología revolucionaria, pero
delatan un claro sentimiento autocrático y explotador.
Pretenden someter al resto de los mortales a que sean
más enanos que ellos mismos.
Pronto, probablemente, cuando termine la última
suite inglesa de Bach, despierte y sepa que nada de esto
es cierto. Que el espíritu de William Camacaro, que se
declara en desobediencia civil ante los EE.UU., es lo
único real. Probablemente, pronto, sepa que la
honestidad y la confianza en el mejor destino de
Latinoamérica privan en mis días, más allá de la
burocracia, del consumismo y sus crueles y deformes
alucinaciones. Estos enanos no existen: son
reverberaciones de la IV República. Sin bigotes y sin
teñirse el pelo, sin papeles falsos, deambulan en
territorio liberado, casi sin ser vistos.
|