Año III
La Habana
Semana 19 - 25
MARZO
de 2005

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Enanos al norte
Stefania Mosca EE.UU.
 

Estaban todos los enanos resguardados en una buena causa y allí, blandían aceros para hacerse de la buena voluntad del enano mayor. Que no era mayor ni por la edad ni por ser el menos enano de todos los enanos, sino porque era quien tenía el cargo más alto, y hacia lo alto, como sabemos o deberíamos suponer, tienden todos los enanos.  Claro que estos enanos, de quienes les hablo, no son como mi amigo William Camacaro que es el más comprometido, hermoso y leal de todos los enanos que existan. Estos enanos, como fantasmagorías, son la encarnación de esas bajezas que se tejen en torno al poder y sus paisajes (o escenarios, como dirían los politólogos).  Estos enanos podrían ser sobrevivientes del Circo de Ferdinand, pero nunca serían capaces de estar en el centro de la arena realizando inauditas acrobacias. Son sombras, resquemores, fantasmas de identidades y cuerpos perdidos, hechos de secretos y ausencias.

 Los enanos que habitan este sonambulismo estadounidense se desenvuelven entre la indolencia y el miedo, y el único deseo que pueden padecer: el que los hace fríos y vivos a la vez, el que les posibilita seguir insertos como las cuentas de un collar perverso, parecido al que imaginó Canetti, es el de la cosa, el de la apariencia.   En fin, como sea, son los enanos que tenemos y ellos, y no nosotros, protagonizan esta crónica.

          Forman un equipo por el solo hecho de su conformación o de su aspecto: son enanos.  Del resto, no tienen entre sí las cualidades que caracterizan un buen equipo. No actúan hacia una meta común, el gol, en el caso del fútbol. No están acoplados,  no comparten sus aptitudes en una misma estrategia.  No. Desconfían los unos de los otros, se utilizan, se hacen trampas y fingen saludarse y considerarse con cierto calor que podría llamarse humano. Se valoran según las influencias que cada uno dice poseer. Saben que para estar en el poder lo primero y único que deben hacer es hablar bien del jefe, aunque no piensen lo mismo y, en lo que actúan demuestran con creces que no poseen ni un espíritu ni una condición revolucionaria. Desconocen la honestidad y no dan, como diría mi madre, puntada sin dedal.

Son unos defenestrados del poder aún estando aquí, en la capital de los EE.UU., es decir, en el centro de todos los poderes.  Pasan por el Pentágono, observan la Casa Blanca en la lejanía y fingen, como consumidor que se respete, que no hay una guerra. Ellos no tienen nada que ver con el infaltable carro-bomba que estalla en una de las calles de Iraq, cada día, como el desayuno o la lavada de dientes. 

Los enanos de mi historia dicen rebelarse a este orden de cosas, profesan cierta terminología revolucionaria, pero delatan un claro sentimiento autocrático y explotador. Pretenden someter al resto de los mortales a que sean más enanos que ellos mismos. 

        Pronto, probablemente, cuando termine la última suite inglesa de Bach, despierte y sepa que nada de esto es cierto.  Que el espíritu de William Camacaro, que se declara en desobediencia civil ante los EE.UU., es lo único real. Probablemente, pronto, sepa que la honestidad y la confianza en el mejor destino de Latinoamérica privan en mis días, más allá de la burocracia, del consumismo y sus crueles y deformes alucinaciones. Estos enanos no existen: son reverberaciones de la IV República. Sin bigotes y sin teñirse el pelo, sin papeles falsos, deambulan en territorio liberado, casi sin ser vistos.

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