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Cuando
un buen día ustedes se levanten y lean que el gobierno
de los EE.UU. tiene planes para matar a Zapatero, cuando
a continuación lean que hay información sobre esos
planes en documentos desclasificados, cuando la
vicepresidenta española exhiba fotografías que
demuestren la existencia de un campo de entrenamiento de
paramilitares destinados a entrar en territorio español
con el objetivo de matar a Zapatero, les ruego que lo
juzguen natural. Les ruego que recuerden que existen
millones de personas en Venezuela y en Cuba
acostumbradas a vivir sabiendo que el gobierno de los
EE.UU. quiere matar a su presidente. También pueden
recordar que en Europa lo sabemos, que en Europa hacemos
bromas sobre si los servicios de seguridad de Fidel
Castro estarán entrenando a los de Chávez. Les ruego que
recuerden que no nos extraña que les quieran matar. Y,
lo que es más duro, dramático y seguramente insoportable
si nos paramos a pensarlo, no nos extraña el hecho de
que no nos extrañe.
En el
caso de Zapatero parece, no obstante, poco probable que
el gobierno de EE.UU. le vaya a querer matar. No es el
mal, no es por no ser lo bastante malo por lo que
Zapatero está a salvo sino, cabría pensar, por no ser
aún lo bastante bueno. Se llevó, por ejemplo, las tropas
de Iraq pero a continuación las ha puesto en Afganistán.
Aunque, la verdad, no tengo especiales deseos de hacer
hoy aquí una crítica de Zapatero. Lo que me interesa es
el sentido de las palabras. Lo que me interesa es pensar
que si Zapatero se hubiera llevado las tropas y después
hubiera decidido acabar con el alto nivel de
analfabetismo funcional que hay en España, y si para
ello hubiera nacionalizado alguna empresa, y si hubiera
resuelto que la riqueza no debe estar en manos de unos
pocos sino ser producida lo más justamente posible, y
ser así distribuida, y si hubiera dicho Zapatero: “no es
justo que el dinero acumulado con violencia directa o
indirecta pueda comprar salud, pueda comprar opinión,
pueda comprar mejores colegios”. Si hubiera dicho eso y
hubiera intentado ponerlo en práctica, entonces,
convendrán conmigo, sería más probable que el gobierno
de los EE.UU. le quisiera matar.
Convendrán que lo que suele querer evitar el gobierno de
los EE.UU. está más cerca del bien, de aquello que, al
parecer, todos llamamos el bien, bastante más cerca del
bien que del mal. Esto en lo que convenimos no es, por
otra parte, novedad ninguna. Una buena parte de la
opinión pública lo sabe. Numerosos pueblos del mundo lo
saben. Saben que si alguien mata a Chávez el baño de
sangre que a continuación se produciría no sería un
efecto colateral sino que quienes mataran a Chávez lo
harían porque desean ese baño de sangre.
Una
buena parte del mundo sabe, en efecto, que las palabras
están adulteradas y se pregunta qué pueden hacer los
intelectuales, los periodistas, los escritores, los
artistas ante esta adulteración, esta inversión de los
sentidos, este envenenamiento que lentamente nos aturde.
Responder en común a esa pregunta fue uno de los
objetivos del Encuentro de Caracas. Y de ese encuentro,
junto al llamamiento final y las relatorías de las
mesas, junto a los proyectos posibles, surgieron dos
modos de actuar a los que llamaré: un deber de
insistencia y un incierto deber de exactitud.
El
primero es más fácil: insistir en lo que ya se sabe,
recordar, para que las palabras no pierdan su sentido,
los hechos evidentes. Recordar, por ejemplo, que
Pinochet no fue bueno pero, que sepamos, ningún gobierno
de los EE.UU. lo quiso matar. Que Videla no fue bueno
pero, que sepamos, ningún gobierno de los EE.UU. lo
quiso matar. Que el apartheid no fue algo bueno ni digno
del género humano. Pero, que sepamos, los gobiernos de
los EE.UU. no quisieron borrarlo de la Tierra. Que
mueren cada mes sindicalistas asesinados en Colombia
pero, para evitar los asesinatos, la Unión Europea no ha
suspendido sus relaciones con Colombia. Recordar que el
SIDA diezma las poblaciones, pero los gobiernos
occidentales no han amenazado a las empresas que ponen
sus medicamentos a precios inaccesibles. Recordar
siempre la crueldad y el horror de la contra
nicaragüense, recordar que esa crueldad fue pagada y
alimentada por un gobierno de los EE.UU. Recordar que
Jacobo Arbenz, Patricio Lumumba, Ernesto Che Guevara o
Salvador Allende, fueron depuestos por la fuerza de sus
cargos legítimos o de su vida con la colaboración de los
gobiernos de los EE.UU.
En
cuanto a la exactitud, es acaso una cualidad más lenta
del lenguaje y es también un territorio. Muchas personas
honestas, cuando se trata de hablar de revoluciones,
necesitan y exigen ese territorio. Y porque quieren ser
exactas procuran recordar que no es el bien a secas, que
no es la limpia claridad de la mañana la que amanece
siempre en las revoluciones. Para esas personas honestas
que necesitan recordar los errores e insuficiencias de
cada revolución, para ellas nuestro incierto deber de
exactitud.
Ha
escrito Jorge Riechmann: “El lado bueno/ es donde están
aquellos que nunca han sofocado/ la duda sobre si se
hallan del buen lado/ o del malo”. Es muy posible que
tenga razón. Es muy posible que, quienes nos apoyemos
en la Revolución cubana y en la revolución bolivariana,
haya que pedirnos que dudemos. Pero con el incierto
deber de exactitud que tal vez asumimos en el encuentro
de Caracas, decimos: carece del más mínimo sentido
pretender que alguien a quien se apunta, amenaza y
agrede no se equivoque.
Decirlo así, decirlo cada día, no significa que nadie, y
menos que una revolución, vaya a legitimar las
equivocaciones. Significa solo, para ser exactos, que
allí donde la humanidad se propone ser justa, no olvida
a nadie, no acepta la ley del sálvese quien pueda, allí,
precisamente, debería poder hacerlo en medio de una
cierta tranquilidad. Significa, seguramente, que nunca
seremos capaces de comprender el valor de lo que la
humanidad revolucionaria ha hecho y sigue haciendo bien
pese a estar siendo agredida y amenazada. Significa que
a esas personas honestas, a esos intelectuales honestos
que necesitan ─quizá
necesitamos─
recordar los errores e insuficiencias de cada revolución
nos ha llegado el tiempo de exigir y de luchar,
precisamente, para que las revoluciones tengan un poco
de tranquilidad. |