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El
presidente de EE.UU., George W. Bush, nominará al
subsecretario de Defensa, el ultraconservador Paul
Wolfowitz, para dirigir el Banco Mundial, informaron hoy
fuentes oficiales. El segundo del Pentágono sustituirá a
James Wolfensohn, quien terminará su mandato el próximo
1 de junio tras encabezar durante 10 años a ese
organismo financiero.
Wolfowitz es considerado uno de los principales halcones
de la administración Bush y fue un declarado defensor de
la invasión a Iraq y de una política agresiva de
Washington.
Según un pacto no escrito, la presidencia del Banco
Mundial recae en un norteamericano, mientras el Fondo
Monetario Internacional es encabezado por un europeo.
Ambas instituciones son blanco de críticas de numerosas
organizaciones en el orbe, que las acusan de imponer
políticas neoliberales que afectan a los países
subdesarrollados.
Paul Wolfowitz: Teórico de la violencia, el alma del
Pentágono
Desde hace treinta años, Paul Wolfowitz participa en
casi todos los gabinetes civiles del Pentágono.
Brillante intelectual, discípulo de Leo Strauss,
justifica la guerra para extender la democracia de libre
mercado. Especialista en inventar amenazas imaginarias
para obtener dinero y lanzarse en aventuras bélicas. Ha
creado teorías sobre las “intervenciones preventivas” y
la intimidación a los “competidores emergentes”. No ha
dudado en incursionar en la táctica militar y así ha
impuesto sus conceptos a los oficiales en el terreno.
La especial posición de Paul Wolfowitz en el contexto
público de los EEUU, entre el campo político y el
universitario, le permite situarse al mismo tiempo entre
los allegados a los teóricos del régimen Bush y ocupar
funciones ejecutivas en el Departamento de Defensa.
Hijo de su padre
Paul Wolfowitz es hijo de Jacob Wolfowitz, judío
polaco nacido en Varsovia y cuyos padres emigraron a
Nueva York cuando tenía diez años. Graduado del City
College de Nueva York, Wolfowitz padre hizo un doctorado
en matemáticas en la universidad de Nueva York y se
convirtió así en uno de los mejores expertos de los
EE.UU. en teoría de la estadística. En ese entonces es
un íntimo y colaborador del matemático húngaro Abraham
Wald. Políticamente, Jacob Wolfowitz es un sionista
convencido, comprometido con organizaciones que se
oponen a la represión soviética de las minorías y los
disidentes.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Jacob Wolfowitz cursa
estudios en el ejército de EE.UU., en el departamento de
estadística de la universidad de Columbia. Fue en esa
época que nació Paul, en 1943. En 1957 la familia se
muda a Israel, después que Jacob Wolfowitz aceptó un
puesto en la Universidad Technion. Paul fue también un
estudiante brillante: al estudiar matemáticas en la
Universidad de Cornell, rápidamente se interesa en la
historia y las ciencias políticas, y se convierte en
miembro de la Asociación Telluride, creada en 1910 por
L.L. Nunn para seleccionar a la elite universitaria de
Cornell, como se practica en la mayoría de las
universidades norteamericanas [1].
En este grupo conoce al filósofo Allan Bloom, quien
multiplica los contactos con los estudiantes de
Telluride, entre ellos con el economista Francis
Fukuyama, el candidato a la presidencia Alan Keyes, el
especialista de información e inteligencia (ligado al
espionaje) Abram Shulsky, el experto en sovietología
Stephan Sestanovich y Charles Fairbanks, especialista en
Asia Central.
Una educación “strausiana”
Bajo la influencia de Allan Bloom, Paul Wolfowitz
desarrolla sus conocimientos en ciencias políticas y su
interés por la filosofía de Leo Strauss [2]] , consejero
de Bloom. Si se interesa o escoge la Universidad de
Chicago para efectuar su doctorado, es porque el
filósofo alemán sigue siendo profesor en la misma.
Inclusive si el maestro se aleja de Chicago antes de que
Wolfowitz se gradúe, y a pesar de que el joven no se
considera verdaderamente conservador en esa época,
actualmente se le considera el heredero intelectual de
Leo Strauss. En 2002, Jeane Kirkpatrick declara en una
entrevista que en su opinión “Wolfowitz sigue siendo una
de las grandes figuras strausianas” [3].
Es cierto que el dirigente estadounidense centra su
discurso en el fin de la tiranía y la manera de condenar
el Mal, en la dicotomía dictadura-democracia y en los
poderes casi sobrenaturales que él concibe en los
dictadores, quienes serían capaces, por malicia, de
engañar a las indefensas democracias liberales. Se trata
de una argumentación o retórica elaborada durante los
últimos años de la Guerra Fría, y que será retomará
después con respecto al Irak de Sadam Husein. En la
actualidad, Wolfowitz rechaza en parte el calificativo
de strausiano. En Chicago, encontró un nuevo mentor o
consejero en la persona de Albert Wohlstetter. Este
último estudió matemáticas con Jacob Wolfowtiz -su
padre- en Columbia, siendo además el primer estratega
nuclear del país, miembro de la Rand Corporation y
teórico de la vulnerabilidad de los EE.UU.
Bajo su dirección, Paul Wolfowitz redacta una tesis
sobre las fábricas de desalinización instaladas por
Washington en las fronteras de Israel, Egipto y
Jordania, para impulsar oficialmente la colaboración
entre Tel-Aviv y el mundo árabe. Oficiosamente, uno de
los productos derivados del proceso de desalinización
debía ser el plutonio. Wolfowitz se opone, en dicha
tesis, a la nuclearización del Oriente Medio, tanto del
lado israelí como del árabe, incluso si no es por las
mismas razones: para él, si el Estado hebreo llegara a
entrar en posesión del arma nuclear, provocaría una
carrera armamentista con los países árabes ayudados por
la URSS que en lugar de consolidar su posición la haría
más frágil.
Impedir el control de armamentos
Por sus fuertes conocimientos en relaciones
internacionales, Paul Wolfowitz es enviado a Washington
en el verano de 1969, para trabajar en el Committee to
Maintain a Prudent Defense Policy (Comité para el
Mantenimiento de una Política Defensiva Prudente), a
solicitud de Wohlstetter. Ese organismo, creado por dos
grandes figuras de la Guerra Fría, Dean Acheson y Paul
Nitze, respectivamente secretario de Estado y director
de planificación del Departamento de Estado del
presidente Truman, tiene el objetivo de convencer al
Congreso de la necesidad de instalar un escudo
antimisiles, proyecto que fuera combatido firmemente por
varios representantes estadounidenses, particularmente
Edward M. Kennedy, William Fulbright, Albert Gore Jr,
Charles Percy y Jacob Javits.
Para ayudar a Nitze y Acheson en su lucha, Wolfowitz
encuentra el respaldo y apoyo de Peter Wilson, otro
alumno de Wohlstetter, y de Richard Perle, quien en esa
época es novio de la hija de Wohlstetter. Los tres
jóvenes llevan a cabo una tenaz lucha, redactando
estudios científicos y distribuyendo fichas técnicas a
los miembros del Congreso. Organizan también la
audiencia del senador “pro escudo” Henry M. Scoop
Jackson ante la comisión senatorial encargada de las
cuestiones de armamentos. Fue un trabajo que valió la
pena: al final del verano de 1969, los “halcones”
consiguieron mayoría en el Senado, 51 votos contra 50.
La adopción del proyecto permitirá después a Nixon
emprender las negociaciones con la URSS sobre el Tratado
Antibalístico de Mísiles en posición de fuerza cuyas
discusiones terminan con la firma del acuerdo SALT I
entre las dos potencias nucleares.
Este episodio marca un giro en la política de defensa de
los EE.UU., ya que se trata de la primera victoria de
los “halcones” desde 1941 y el voto del Congreso de la
prolongación del tiempo de reclutamiento en tiempo de
paz. Además, el éxito de Nitze y Acheson permite la
apertura de un debate sobre el escudo antimisiles, el
cual continúa hoy en día 2005.
Sobre todo, fortaleció las convicciones de Paul
Wolfowitz y Richard Perle en materia de desarme: ambos
jóvenes emergen de esa batalla política con una gran
desconfianza hacia cualquier proceso de control del
arsenal estadounidense, convencidos de que tal política
es desfavorable a los EE.UU., tanto desde el punto de
vista estratégico como psicológico. Por otra parte, la
participación en una empresa política tan delicada como
la que les fue confiada por los eminentes teóricos de la
Guerra Fría, les promete un futuro brillante en
Washington.
Mientras que su compañero Perle se compromete
inmediatamente en política y se convierte en asistente
en el Senado de Henry “Scoop” Jackson, Wolfowitz retoma
sus estudios en Chicago, donde termina su doctorado.
Pero, rápidamente, en 1973, vuelve a escuchar el llamado
de Washington: en la Agencia para el Control de
Armamentos y el Desarme se lleva a cabo una verdadera
purga bajo la influencia de Scoop Jackson quien
sospechaba que el antiguo equipo estaba demasiado
dispuesto a negociar con el enemigo soviético.
Fred Iklé, un estratega “halcón” de la Rand Corporation
toma las riendas del departamento. Por recomendación de
Wohlstetter, decide reclutar a Wolfowitz, quien se
convierte con rapidez en su más cercano consejero.
Redacta para él notas sobre el lanzamiento de los
mísiles y su detección, trabaja en las negociaciones
vinculadas con el control de armamentos y sigue a Iklé
en una gira por París y las capitales europeas.
Su acto de más importancia que realizó en el campo de
las armas data de 1974 y 1975: durante dos años, se
enfrasca en la campaña de presión llevada a cabo por los
EE.UU. contra Corea del Sur con el fin de que renuncie
al programa de desarrollo de plutonio. En esa época,
Wolfowitz intenta cuestionar la política exterior de
Henry Kissinger contra la Unión Soviética y, más aún, la
visión estática del mundo industrial capitalista por el
admirador de Metternich. En realidad, lo que desea es
encarnar la alternativa intelectual de Kissinger. Para
eso, trae consigo a algunos jóvenes universitarios, como
por ejemplo a su amigo Francis Fukuyama.
El experto en crear amenazas
Wolfowitz, eficiente en su trabajo y en su misión de
convertir el control de armamentos en una cosa inútil,
que no ata ni desata ni sirve para nada. Más tarde
Wolfowitz es rápidamente reclutado en un equipo que se
ha hecho conocido bajo en nombre de los expertos
“alarmistas”, siempre útiles cuando se trata de inflar,
o sea, crear una amenaza que permita votar el aumento
del presupuesto militar. Por consiguiente, resulta
natural que se le haya invitado a participar en el
famoso “Equipo B”, creado en 1976 por el director de la
CIA de Gerald Ford, George H.W. Bush (padre), con el
propósito de volver a evaluar la amenaza soviética,
pretendidamente subestimada por los expertos ineptos de
la Agencia (CIA) [4].
Este “Equipo B” está presidido por Richard Pipes, padre
de Daniel Pipes. Para hacer su informe, sus miembros
deciden basarse en las declaraciones públicas de los
dirigentes soviéticos y no en las tradicionales fotos
espías de satélite. No causa sorpresa entonces, que su
estimación o informe final que apareció a finales de
1976, asegura que la Unión Soviética podría próximamente
volver a tomar la delantera en la carrera armamentística
mundial con miras a establecer “la hegemonía soviética
global”.
En ese momento, Wolfowitz se da cuenta de que bajo la
cobertura de independencia es posible pasar por encima
del trabajo realizado por las agencias de inteligencia,
procedimiento al que recurrirá en su larga carrera
política. La ventaja de ser experto en la materia viene
principalmente de la reputación de ser ante todo
“independiente”. A Wolfowitz no le perjudica el ascenso
al poder de Jimmy Carter. Es necesario precisar que dos
de sus más cercanos aliados políticos, el senador Henry
Jackson y Richard Perle, son demócratas. Wolfowitz
obtiene un puesto en el Pentágono de responsable de los
“programas regionales”.
En realidad, se encarga de evaluar los problemas que
pudiera enfrentar el Pentágono en el futuro. El
secretario de Defensa, Harold Brown, le pide que examine
particularmente las amenazas que pesan sobre el ejército
de los EE.UU. en el Tercer Mundo. Wolfowitz se centra en
la región del Golfo Arábigo Pérsico, creando un programa
de investigación, el Limited Contigency Study. En esa
época, el primer choque (o embargo) petrolero alertó a
los EE.UU. de la importancia estratégica del control de
las regiones ricas en recursos energéticos,
particularmente Arabia Saudita.
1976: la primera “amenaza” iraquí de Paul Wolfowitz
En el marco de su nueva función, Paul Wolfowitz asiste a
un seminario de Geoffrey Kemp, joven profesor de la
Fletcher School of Law and Diplomacy quien afirma que
los EE.UU. se centran demasiado en Europa y no toman muy
en serio las consecuencias de una posible penetración
soviética en el Golfo. Wolfowitz lo recluta
inmediatamente dentro del Limited Contigency Study, al
igual que a Dennis Ross, un joven especialista en la
Unión Soviética y futuro negociador en el Oriente Medio
del gobierno de Clinton.
Este equipo de investigadores, cuyos locales se
encuentran en el Pentágono, sólo se interesa en una
posible toma de control de los campos petroleros por
parte de la URSS. Prevé también que esta operación de
control sobre el oro negro pueda ser realizada por una
potencia regional de la zona del Golfo, al estudiar, por
ejemplo, la posibilidad de un ataque Iraquí a Arabia
Saudita.
Es muy improbable que se produzca una operación de ese
tipo, pero ello no le molesta a Wolfowitz: en su opinión
“no se deben basar exclusivamente en la probabilidad de
un acontecimiento, sino también en la gravedad de sus
consecuencias”, un método de trabajo particularmente
pertinente si el objetivo no es confirmar una amenaza
sino fabricarla.
Desde el punto de vista militar, las conclusiones del
programa de estudios del joven Wolfowitz son claras: los
EE.UU. deben fortalecer su presencia en la región del
Golfo, particularmente construyendo nuevas bases
militares en la zona. Es necesario desconfiar también
del advenimiento de una potencia regional demasiado
importante, como Iraq o, en esa época, Irán.
Esta recomendación no solo existió como simple papel
documento sino en hechos concretos; tres años después,
la CIA derroca al sha, quien se había vuelto demasiado
exigente, prefiriendo incluso un régimen islámico
contrario a los EE.UU. que estima puede controlar, con
el éxito que ya conocemos [5].
Se trata de una operación que está en ruptura total con
la política implantada por Nixon y Kissinger, es decir,
hacer de Irán un régimen prooccidental fuertemente
armado, que garantice el equilibrio regional. El
derrocamiento del sha provoca, no por casualidad, un
interés renovado en el trabajo de Wolfowitz y sus
amigos: de súbito, el Pentágono intenta establecer bases
en Omán, Kenya o Somalia, alienta a los gobiernos amigos
del Oriente Medio a construir aeropuertos más
importantes e intenta fortalecer su presencia en el
Golfo para permitir un despliegue rápido.
Un año después, las tropas de los EE.UU. y Egipto llevan
a cabo juntas un ejercicio militar que bautizan como
Bright Star, mientras las fuerzas de los EE.UU.
desarrollan, de manera general, tecnologías militares
destinadas a la lucha en zona desértica.
El 20 de enero de 1981, día en que Ronald Reagan toma el
poder, la nueva administración anuncia la creación del
CENTCOM, Centro de Mando Militar de los EE.UU. en el
Oriente Medio.
El período “asiático”
El lugar de Wolfowitz no está asegurado en el nuevo
equipo de la Casa Blanca. Efectivamente, al haber
participado en la administración Carter y ser un
allegado de las personalidades llamadas “demócratas”, su
pedigrí no es lo suficientemente puro para la
administración Reagan, muy cercana a la extrema derecha.
A finales de 1979, advertido por su amigo Fred Iklé del
peligro de permanecer en su puesto hasta que termine la
campaña, Wolfowitz renuncia a principios de 1980 y pasa
a ser profesor asociado de la Johns Hopkins University
School of Advanced International Studies.
Para la Casa Blanca sigue siendo un sospechoso. Richard
Allen, nuevo consejero de Seguridad Nacional, al
principio se niega a que integre el equipo de “Política
exterior” de Ronald Reagan. Será necesaria toda la
persuasión de John Lehman, su amigo y antiguo compañero
de Wolfowitz bajo el mandato de Nixon, para convencerlo
del interés de ese reclutamiento. Luego, en el momento
de su nombramiento, el senador Jesse Helms se niega a
dar su aprobación a quien ve entonces como un peligroso
liberal.
Wolfowitz invita entonces al director del gabinete del
senador, John Carbaugh, para darle garantías de su
neoconservadurismo. Finalmente, logra el puesto de
director de planificación del Departamento de Estado.
Como en el gobierno de Carter, se encarga de elaborar un
enfoque a largo plazo de las evoluciones geopolíticas, y
del papel diplomático que los EE.UU. deben desempeñar.
Se trata de un puesto de responsabilidad, ocupado en el
pasado por George Kennan, el teórico de la Guerra Fría.
Wolfowitz recluta con ese objetivo a un equipo formado
por Scooter Libby, jurista de Filadelfia, el economista
Francis Fukuyama, el conservador afroamericano Alan
Keyes, y también Zalmay Khalilzad, que tiene la ventaja
de venir de la Universidad de Chicago y de ser un
antiguo alumno de Wohlstetter. Algunos de sus reclutas
son demócratas, como Dennis Ross y Stephen Sestanovich,
allegado de Allan Bloom y estudiante en Cornell en la
misma época que Wolfowitz.
Las recomendaciones del nuevo responsable de
planificación del Departamento de Estado rompen con la
política exterior llevada a cabo hasta ese momento por
los EE.UU., y particularmente aquellas bajo el mandato
de Jimmy Carter: Wolfowitz cuestiona la venta de aviones
de control AWACS a Arabia Saudita, reclama que
Washington se distancie de la Organización para la
Liberación de Palestina de Yasser Arafat y se manifiesta
como uno de los más fuertes defensores de Israel dentro
de la administración Reagan.
Sin embargo es el caso de China el que más
enfrentamientos le provoca: la doctrina Kissinger
preconizaba hasta ese momento que China era un país
demasiado poderoso para ser ignorado y era necesario
negociar para que se convierta en un aliado objetivo en
la lucha contra la URSS. Según un modo de argumentación
ya probado, Wolfowitz denuncia esta visión de las cosas.
En su opinión, los EE.UU. han sobrestimado desde hace
mucho tiempo la importancia de China mientras que en
realidad ese país se encuentra más amenazado por Moscú
que los propios EE.UU.
O sea, Pekín necesita de Washington, y no a la inversa.
No hay que hacerle ninguna concesión a China, al
contrario. Ese discurso pone fuera de sí a Alexander
Haig, secretario de Estado en esa época y antiguo asesor
de Henry Kissinger. El rumor corre durante algunos días
de que la salida de Wolfowitz es inminente, lo que en
realidad no sucede.
El 25 de junio de 1982, es Haig quien es sustituido por
George Shultz, lo que consagra la ruptura de la
administración Reagan con la doctrina Nixon-Kissinger y
abre de paso una vía para las ideas que Wolfowitz
defendía. Es promovido al cargo de subsecretario de
Estado para Asia Oriental y el Pacífico. Se trata del
primer empleo serio de campo, sobre el terreno, para el
burócrata universitario del Pentágono.
En el marco de sus nuevas funciones, Wolfowitz se
relaciona con dos figuras clave de la administración
Reagan en Asia que son Richard Armitage, quien
representa al Pentágono, y Gaston Sigur, del National
Security Council (Consejo para la Seguridad Nacional,
NSC). Los tres hombres, que se reúnen todos los lunes,
coordinan juntos la política exterior de Washington en
la región asiática. Uno de los expedientes más espinosos
que trataron fue el de Filipinas, donde organizan la
retirada política del dictador Ferdinando Marcos en
1986, dictador que hasta ese momento había disfrutado
del apoyo de Washington.
El equipo “asiático” de Ronald Reagan se preocupa al ver
que el país se precipita hacia una oposición de
izquierda cada vez más movilizada. La llegada al poder
de los “comunistas” podría provocar la salida de ese
país del área de influencia de los EE.UU., provocando de
paso el cierre de dos bases del US Army instaladas en el
archipiélago, la Clark Air Force Base y la Subic Bay
Naval Station.
Incitan entonces a Marcos a integrar a una parte de la
oposición política en su gobierno. En vano, el viejo
dictador está convencido de que Ronald Reagan nunca lo
abandonará, pues lo ha recibido varias veces en la Casa
Blanca. Se equivoca: los tres responsables de Asia lo
expulsan del poder y ponen fin a la dictadura en
beneficio de la derecha católica y del Opus Dei.
Este episodio no revela que Washington prefiera los
regímenes democráticos. Permite únicamente comprobar que
el Pentágono y el Departamento de Estado están
dispuestos a apoyar la instauración de un régimen
democrático sólo si el mantenimiento de la dictadura
puede provocar que los “comunistas” tomen el control del
país. En este caso, Wolfowitz no escogió esa política en
pro de la democracia, sino contra el comunismo.
De manera sintomática, la gestión de Filipinas es
criticada enseguida por Henry Kissinger, quien cuestiona
el viraje de los EE.UU. con respecto a Marcos, un aliado
fiel de Washington desde hacia mucho tiempo. En su
opinión, tal “abandono” podría provocar la
desestabilización de otros regímenes autoritarios como
Corea del Sur, Tailandia o Indonesia. Wolfowitz, por el
contrario, afirma que los EE.UU. no pueden reprocharle a
la URSS su autoritarismo y al mismo tiempo tolerar en su
campo países antidemocráticos.
Lo que parece proponer aquí el diplomático
estadounidense es un cambio completo en la política
exterior de los EE.UU. sobre la base de la “promoción de
la democracia”. Evidentemente, no pasa nada. Solamente
los regímenes autoritarios inestables serán remplazados,
y no necesariamente por democracias. Como buen garante
de la estabilidad regional, Paul Wolfowitz es nombrado
embajador de los EE.UU. en Indonesia hasta finales del
segundo mandato de Ronald Reagan.
Regreso a Iraq
La llegada al poder de George H. W. Bush (padre)
vuelve a llevar a Wolfowitz a Washington, al mismo
puesto que al inicio de la era Regan, subsecretario de
Defensa, encargado de la política del Pentágono
particularmente para las cuestiones de desarme del Medio
Oriente y el Golfo Pérsico. Reinicia el trabajo
realizado durante el gobierno de Jimmy Carter,
solicitando una evaluación de la capacidad de los EE.UU.
para defender los campos petroleros sauditas. Esta vez
se descarta la posibilidad de una intervención
soviética, para centrarse en las potencias regionales,
en primer lugar Iraq. Hay muchos indicios para creer que
la estrategia de EE.UU. de provocar al régimen de Sadam
Husein para impulsarlo a invadir Kuwait fue creada en
parte por Wolfowitz. El objetivo de una táctica así, es
claro, permitía al ejército de los EE.UU. desplegarse
masivamente en la región, particularmente en Arabia
Saudita, pero también reducir a la nada el poder
acumulado por Bagdad, con la aprobación de Washington,
durante los últimos 15 años.
Varios elementos permiten prever la participación de
Wolfowitz en tal escenario: por un lado, su puesto en el
Pentágono le permitía asociarse a ese tipo de
decisiones; por otro, la necesidad de un despliegue de
tropas estadounidenses en la región constituía una de
sus preocupaciones principales desde hacía mucho tiempo.
Finalmente, Dennis Ross contó un episodio perturbador.
Durante un viaje efectuado a la región en esa época,
Ross se sorprendió al ver a su compañero de ruta, James
Baker, presentarle documentos que daban crédito a la
hipótesis (posteriormente totalmente desmentida) de un
ataque iraquí contra Arabia Saudita. Por otra parte, ya
conocía esos documentos pues se trataba de la
actualización de sus propios trabajos de finales de los
años 70 que le habían sido encomendados por el Limited
Contigency Study de Wolfowitz. Las posiciones del
subsecretario de Defensa son extremadamente claras: no
se debe negociar con Saddam Husein la retirada de las
tropas iraquíes de Kuwait, sino aprovechar la ocasión
para devastar el país. Con Richard Cheney, trabaja en la
elaboración de un plan de ataque, concebido por Henry S.
Rowen, miembro de la Stanford Business School y del
Hoover Institute, como alternativa al plan del general
Colin Powell, entonces, jefe del Estado Mayor Interarmas
y del general Norman Schwarzkopf.
La ventaja de ese plan, que preveía el despliegue de
tropas desde Arabia Saudita hasta los alrededores de
Bagdad, para forzar a Saddam Husein a retirarse de
Kuwait, era asegurar la protección de Israel ante
posibles ataques balísticos. Finalmente será rechazado,
al igual que es rechazada, a finales de la guerra, la
posición defendida por Wolfowitz de avanzar en el
conflicto, una vez que se alcanzaran los objetivos. Esta
vez, el jefe del Estado Mayor Interarmas, Colin Powell,
gana la causa al explicar que los EE.UU. “están matando
a miles de personas”, reporta James Baker en sus
Memorias.
El cese al fuego “prematuro” resulta una enorme
decepción para Wolfowitz quien, en opinión de algunos,
recomendaba enviar el ejército hasta Bagdad. A finales
de los años 90, afirmará que la continuación de los
combates quizás habría favorecido un golpe de Estado y
por consiguiente la caída de Saddam Husein. En todo
caso, extrae una lección política de ese episodio: en el
futuro será mejor controlar el poder militar si desea
alcanzar sus objetivos estratégicos.
Nuevo orden mundial
La caída de la Unión Soviética entre 1989 y 1990, que
debe llevar a un nuevo despliegue de las fuerzas de
EE.UU. en el mundo, provoca la elaboración de una nueva
doctrina para los neoconservadores y Paul Wolfowitz. Los
responsables de Defensa norteamericanos deben justificar
ante el Congreso el mantenimiento de los gastos
militares en un momento en que el enemigo principal se
ha hundido. Wolfowitz y Powell, opuestos sin embargo en
el pasado, desarrollan juntos la idea de la necesidad de
una fuerza mínima de intervención del US Army, para
estar en condiciones de detener cualquier posible
amenaza.
Pero lo esencial de la doctrina Wolfowitz se elabora en
1992, en el marco del Defense Planning Guidance. Ese
documento, fue dirigido por Richard Cheney, entonces
secretario de Defensa, fue redactado en realidad por
Zalmay Khalilzad, asistente de Scooter Libby en el
Pentágono, sobre la base de reuniones en las que
participan, alternativamente, Richard Perle, Andrew
Marshall, Paul Wolfowitz o Albert Wohlstetter.
En el documento que se filtró voluntariamente a la
prensa, el autor habla de un nuevo “orden mundial [...]
sostenido por los EE.UU.”, en el que la única
superpotencia solo establecería alianzas coyunturales,
según los conflictos. La ONU e incluso la OTAN estarían
cada vez más en una posición de no intervención.
De manera más amplia, la doctrina Wolfowitz teoriza
sobre la necesidad de que los EE.UU. bloqueen el
surgimiento de cualquier competidor potencial a la
hegemonía estadounidense, particularmente las “naciones
industrializadas avanzadas” como Alemania y Japón. La
Unión Europea es un blanco particular: “A pesar de que
los EE.UU. apoyan el proyecto de integración europea,
debemos velar para que no surja un sistema de seguridad
puramente europeo que socave la OTAN, y particularmente
su estructura de mando militar integrado”.
Se solicitará a los europeos que incluyan en el Tratado
de Maastricht una cláusula que subordine su política de
defensa a la de la OTAN [6], mientras el informe del
Pentágono aboga por la integración de los nuevos Estados
de Europa Central y del Este en el seno de la Unión
europea, beneficiándolos con un acuerdo militar con los
EE.UU. que los proteja contra un posible ataque ruso
[7].
Después del escándalo provocado por la publicación
prematura del documento, Paul Wolfowitz se aparta por un
tiempo de su redacción, antes de que el apoyo de Dick
Cheney a Khalilzad lo convenza de unírseles. En
realidad, el asistente de Wolfowitz, Scooter Libby,
quien se encargará de la segunda versión del informe irá
aún más lejos.
Si bien evita mencionar el nombre de la Unión Europea,
expresa explícitamente sus teorías sobre la necesidad de
que los EE.UU. adquieran una superioridad militar tal
que desaliente a todas las potencias emergentes de
intentar competir con ellos.
La llegada al poder del demócrata Bill Clinton en 1992
devuelve a Paul Wolfowitz a sus entrañables estudios.
Recupera su puesto en la Johns Hopkins University School
of Advanced International Studies, donde desarrolla sus
teorías sobre la obligación de los EE.UU. de conservar
una “profundidad estratégica”, un eufemismo que remite
al hecho de ser la única superpotencia mundial. En 1996,
es seleccionado por Donald Rumsfeld, quien dirige la
campaña presidencial del candidato republicano Bob Dole,
para ser el proveedor de ideas en materia de política
exterior.
Pero su obsesión sigue siendo el Medio Oriente y el caso
iraquí. Después de haber lamentado varias veces que el
ejército estadounidense no permanezca por más tiempo en
suelo iraquí con el fin de derrocar a Saddam Husein,
escribe en 1997 un artículo titulado “Los EE.UU. e Irak”
en el que aboga por la instauración de un nuevo régimen
en Bagdad, sin precisar la manera de lograrlo [8].
A finales de año, va aún más lejos con un artículo que
publica en coautoría con Zalmay Khalilzad en la Weekly
Standard, revista de los neoconservadores. El título es
elocuente: “Derróquenlo”, refiriéndose al dictador
iraquí [9].
En esa época desarrolla su visión personal sobre un
derrocamiento exitoso, que pasaría por el apoyo armado
al sur del país, por preferir trabajar con los
opositores chiítas y no con los kurdos, evocando ya la
necesidad de unir a los aliados recalcitrantes, cuya
vacilación se explica por la falta de determinación de
la administración Clinton. La llegada al poder de un
equipo de “halcones” debería poner fin a sus
reticencias, tanto más cuanto que, en su opinión, Rusia
y Francia deberían dejarse convencer con facilidad por
“el viento del petróleo”.
Si bien esas predicciones resultaron falsas, la gestión
de Wolfowitz recibió su bendición en los EE.UU., donde,
en 1998, numerosas figuras eminentes del Partido
Republicano se unieron al Proyecto de un Nuevo Siglo
Americano del que una de las primeras reivindicaciones
es la destitución de Saddan Husein.
En ese mismo momento, Wolfowitz es invitado a participar
en el Congressionnal Policy Advisory Board, organizado
en el seno del Partido Republicano por Martin Anderson
para permitir la elaboración de una política exterior
neoconservadora, con el apoyo financiero del Hoover
Institute, de la Fondation Heritage y del American
Entreprise Institute. Donald Rumsfeld y Dick Cheney
participan regularmente, mientras Colin Powell se separa
deliberadamente, al igual que Richard Armitage.
Wolfowitz no se detiene. Participa, en 1998, en la
comisión investigadora del Congreso encargada de
examinar la realidad de la amenaza de un ataque
balístico sobre los EE.UU., dirigida por Donald
Rumsfeld. En el modelo del “Equipo B” montado por George
H. W. Bush (padre) a mediados de los años 1970, esta
comisión debe volver a examinar los datos suministrados
por las agencias de inteligencia y proponer una
interpretación diferente si fuera necesario. La
comunidad de los servicios de inteligencia de los EE.UU.
había llegado a la conclusión, en 1995, de que ninguna
potencia, a excepción de los Estados nucleares
declarados, tendría la posibilidad de alcanzar el
territorio de los EE.UU. con un misil antes de 15 años.
Se trataba, por lo tanto, para el complejo militar
industrial estadounidense, y particularmente para los
partidarios del escudo antimisiles, al frente de quienes
se encontraban Paul Wolfowitz y Newt Gringrich, de
cuestionar las conclusiones consideradas demasiado
optimistas. La comisión hace perfectamente su trabajo:
Donald Rumsfeld logra obtener el apoyo de los tres
demócratas miembros del comité, particularmente de
Richard Garwin, oficialmente opuesto al escudo
antimisiles.
La comisión acredita de ese modo la idea de una amenaza
real de ataque balístico proveniente de Corea del Norte,
Irán e Iraq. En 1999, siempre en el marco del Proyecto
por un Nuevo Siglo Americano, Wolfowitz firma una
petición en favor de Taiwán, que debería, según el
documento, poder disfrutar de la protección de los EE.UU.
en caso de agresión china.
Convertido en una figura clave de los neoconservadores,
es reclutado por George W. Bush (hijo) en el otoño de
1998, con el fin de servirle de asistente en las
cuestiones de política exterior, al lado de una
personalidad muy cercana al entonces candidato
republicano, Condoleezza Rice, con quien crea el equipo
de los “Vulcanos”, en referencia al dios romano que
forja las armas divinas en la profundidad de los
volcanes. El equipo especializado en relaciones
internacionales está compuesto por ocho miembros: Rice y
Wolfowitz, naturalmente, pero también Richard Armitage,
Richard Perle, Dov Zakheim [10], Stephen Hadley, Robert
Blackwill y Robert Zoellick.
Al mismo tiempo se crea un segundo equipo durante la
segunda campaña de George W. Bush (hijo), conducido por
Rumsfeld, con el objetivo de promover el proyecto del
escudo antimisiles, en el que participan varios Vulcanos
(Rice, Wolfowitz, Hadley y Perle), pero también otras
personalidades externas como George Schultz o Martin
Anderson. La gran implicación de Paul Wolfowitz en la
campaña presidencial de George W. Bush -que anuncia con
Condoleeza Rice antes del debate televisado con Al Gore-
merece una recompensa después de la victoria final que
se concreta con el retorno al redil del “niño del
Pentágono”, esta vez en la segunda posición.
Notas:
[1] Ver “Skull and Bones, la elite del Imperio”,
Voltaire, 29 de noviembre de 2004.
[2] Leo Strauss no solo influyó en los neoconservadores
como William Kristoll, William Bennett, Paul Wolfowitz o
Francis Fukuyama. William Galston, uno de los
intelectuales de la época de Clinton, recibió, como
Wolfowitz, las clases de Bloom en Cornell y después las
de Strauss en Chicago.
[3]
Entrevista con James Mann, citada en Rise of the Vulcans
- The History of Bush’s War Cabinet, de James Mann,
Viking, 2004.
[4] Ver “Los
manipuladores de Washington”, por Thierry Meyssan,
Voltaire, 11 de enero de 2005.
[5] Ver: Affaires atomiques (Asuntos atómicos, de
Dominique Lorentz, Editorial francesa Les Arènes, 2001.
[6] “La política de la Unión en el sentido de este
artículo no afecta el carácter específico de la política
de seguridad y defensa de algunos Estados miembros,
respeta las obligaciones contraídas por algunos Estados
miembros del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y es
compatible con la política común de seguridad y defensa
establecida en ese marco”. In Traité de Maastricht,
título V, artículo J4, párrafo 4.
[7] El caso es revelado en “US Strategy Plan Calls For
Insuring No Rivals Develop” por Patrick E. Tyler, en el
cotidiano estadounidense New York Times, 8 de
marzo de 1992. El diario, publica igualmente largos
resúmenes en la página 14: “Experts from Pentagon’s
Plan: ‘Prevent the Re-Emergence of a New Rival’”. Otras
informaciones son suministradas en “Keeping the US First,
Pentagon Would preclude a Rival Superpower”, por Barton
Gellman, en el diario The Washington Post, 11 de
marzo de 1992.
[8] “The United States and Iraq”, por
Paul Wolfowitz, en el The Future of Iraq, ed. John
Calabrese, Middle East Institute, 1997.
[9] “Overthrow him”, por Zalmay Khalilzad y Paul
Wolfowitz, Weekly Standard, 1º de diciembre de 1997.
[10] “Dov Zakheim, la caution du Pentagone” (Dov Zakheim
la caución del Pentágono) texto en francés, por Paul
Labarique, Voltaire, 9 de septiembre de 2004.
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