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Cuando se apruebe una resolución condenatoria por las
torturas cometidas por militares de EE.UU. en cárceles
de Iraq, Afganistán y en la base que ocupan en el
territorio cubano de Guantánamo; o se califique como
injerencia de la CIA actos como la captura de ciudadanos
en Italia, Alemania y Suecia, sin previo consentimiento
de sus autoridades, será posible creer que la Comisión
de Derechos Humanos de Naciones Unidas, cumple con el
propósito que animó a fundarla.
La exigencia, tan difundida, de que se necesita reformar
a fondo y sin piedad este instrumento de la ONU para que
sea creíble, tiene bases abundantes. Mientras sigan sin
sanción los criminales y quienes les entrenaron, así
como aquellos que armaron y auspiciaron las dictaduras
del cono sur o de Centroamérica, poca fe puede generar
un púlpito que, sin embargo, con tanta asiduidad y saña
suele acosar en Ginebra a naciones que pueden pasar sin
esfuerzo por cualquier tamiz.
No se puede creer en una Comisión donde no se condena el
maltrato permitido —a veces estimulado— a una etnia
sobre otra; a un grupo político-confesional o un país
con injusto y desigual predominio contra otro; al
apartheid o la ocupación sionista de Palestina, tema
este eternamente aplazado y tan irresuelto como otros
tantos que no son tratados porque no lo permite quien
predomina en la CDH o aquellos que se le subordinan.
Es sintomático cómo los gobiernos de países ricos dejan
a un lado sus diferencias a la hora de atacar a aquellos
que son diferentes o que por alguna oscura razón no les
conviene. Queda claro, encima, que mientras el 75 % de
los funcionarios de la CDH sean ciudadanos de naciones
desarrolladas, el sur será víctima de miradas estrechas
e interesadas.
Unos y otros reiteran que solo la pluralidad es
democrática. Si así lo consideran, ¿por qué la reducen a
un modelo único que, además, imponen?
Y no hay que ir lejos, ello se evidencia en los planes
de George W. Bush para remodelar el Oriente Medio según
cuestionables patrones que pasan sobre antiquísimas
culturas. La injerencia es una forma disimulada de
continuar con los métodos coloniales que hicieron
poderoso a un grupo de metrópolis en perjuicio de muchos
y tienen entre sus variantes la ventajosa explotación de
bienes y el comercio desigual.
Y ¡ojo!, que, al mismo tiempo, junto con la xenofobia en
muy encumbrados sitios y el racismo que hace a los
estadounidenses de piel oscura afronorteamericanos, como
si no hubieran nacido allí durante varias generaciones,
se aúpan tendencias que ya una vez trajeron consigo
calamidades terribles. No se puede ser con asuntos así
tan olvidadizos.
Hora sería de tratar estos problemas en la CDH, entre
tantos de importancia verdadera, en lugar de utilizar
ese foro como pedestal de políticas de la peor y más
dudosa moralidad.
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