Año III
La Habana
Semana 19 - 25
MARZO
de 2005

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Derechos humanos verdaderamente defendidos
Pedro de la Hoz La Habana


No podrá haber oídos sordos ante tamañas verdades como tampoco podrá ser ignorado el prestigio de las voces de quienes las proclaman.

A una semana de circular el llamamiento “Detengamos una nueva maniobra contra Cuba”, ampliamente difundido y reseñado por medios de prensa en numerosos países, se va abriendo paso en la opinión pública la denuncia del fariseísmo del gobierno de George W. Bush al intentar condenar a Cuba en el seno de la Comisión de Derechos Humanos, de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y esquivar el bulto de su propia condena. Porque, como bien explica el manifiesto, mientras la estigmatización de Cuba se sustenta en la manipulación, la tergiversación y la mentira, EE.UU., el país que de manera prepotente, aviesa y sistemática viola los derechos humanos de naciones y pueblos enteros, incluyendo a los propios norteamericanos, se las arregla para que ni siquiera se evalúen los horrores de sus ejércitos en Abu Grhaib y la base naval de Guantánamo.

El gran valor del documento suscrito por más de 1 200 escritores, artistas, académicos, profesionales y personalidades públicas de América Latina, Europa, Asia, África y Norteamérica radica, justamente, en que sobrepasa ampliamente el marco solidario con el pueblo cubano y apunta hacia lo que verdaderamente se halla en juego con la votación de Ginebra: la pretensión estadounidense de armar un expediente que facilite la agresión contra todo el que disienta del dictado imperial.

Cuando se llama la atención sobre la absoluta falta de autoridad moral de Washington para ser juez de los derechos humanos, se debe recordar cómo los desmanes en Afganistán, Iraq y el territorio ocupado ilegalmente en Guantánamo se cometen en el interior de los propios EE.UU. Una organización nada sospechosa de vínculos con gente de izquierda, Human Rights Watch, reveló hace apenas unos meses que alrededor de 1 200 extranjeros fueron arrestados y encarcelados secretamente luego del 11 de septiembre —el gobierno nunca ha divulgado el número exacto—, la gran mayoría de ellos provenientes de países de Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África, muchos de los cuales resultaron víctimas de encuentros casuales con agentes de cuerpos policiales o denunciados únicamente en virtud de su nacionalidad y credo religioso.

Cuando se pone al descubierto la creciente agresividad de Washington contra Cuba, se está subrayando la impúdica naturaleza de los halcones de la Casa Blanca: para no ir muy lejos, hace apenas unas horas el portavoz del Departamento de Estado, Adam Ereli, confirmó a la prensa que "EE.UU. busca una transición rápida y pacífica a la democracia en Cuba y apoya a todos los cubanos que busquen este resultado", lo cual equivale a que EE.UU. trabaja por derrocar al legítimo gobierno de Cuba y llama abiertamente a la subversión en la Isla.

Por otra parte, cuando se reconoce que en Cuba no ha existido ni un solo caso de tortura, desaparición o ejecución extrajudicial y se ponderan los avances en salud, educación y cultura pese al brutal bloqueo, se les está dando valor a derechos humanos olvidados en la agenda del imperio. Las cuentas son claras: con lo que ha invertido el Pentágono en la invasión en Iraq, se salvarían del hambre, la enfermedad y la ignorancia millones de personas en el mundo. Y si no se quiere ayudar al mundo, al menos esos dineros pudieran destinarse a las comunidades norteamericanas desfavorecidas por la política de protección al rico y hundimiento del pobre que preconiza la actual administración.

El gesto de los firmantes del documento adquiere aún un relieve mucho más destacado por cuanto implica una elección ética voluntariamente asumida, a partir del dictado de sus propias conciencias, por personas muy diversas en quehaceres y profesiones, pero también en credos e ideologías. Es una elección en favor de la defensa de los verdaderos derechos humanos, la honestidad, la dignidad y el sentido de la justicia.

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