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No podrá haber oídos sordos ante tamañas verdades como
tampoco podrá ser ignorado el prestigio de las voces de
quienes las proclaman.
A una semana de circular el llamamiento “Detengamos
una nueva maniobra contra Cuba”, ampliamente
difundido y reseñado por medios de prensa en
numerosos países, se va abriendo paso en la opinión
pública la denuncia del fariseísmo del gobierno de
George W. Bush al intentar condenar a Cuba en el
seno de la Comisión de Derechos Humanos, de la
Organización de Naciones Unidas (ONU) y esquivar el
bulto de su propia condena. Porque, como bien
explica el manifiesto, mientras la estigmatización
de Cuba se sustenta en la manipulación, la
tergiversación y la mentira, EE.UU., el país que de
manera prepotente, aviesa y sistemática viola los
derechos humanos de naciones y pueblos enteros,
incluyendo a los propios norteamericanos, se las
arregla para que ni siquiera se evalúen los horrores
de sus ejércitos en Abu Grhaib y la base naval de
Guantánamo.
El gran valor del documento suscrito por más de 1 200
escritores, artistas, académicos, profesionales y
personalidades públicas de América Latina, Europa, Asia,
África y Norteamérica radica, justamente, en que
sobrepasa ampliamente el marco solidario con el pueblo
cubano y apunta hacia lo que verdaderamente se halla en
juego con la votación de Ginebra: la pretensión
estadounidense de armar un expediente que facilite la
agresión contra todo el que disienta del dictado
imperial.
Cuando se llama la atención sobre la absoluta falta de
autoridad moral de Washington para ser juez de los
derechos humanos, se debe recordar cómo los desmanes en
Afganistán, Iraq y el territorio ocupado ilegalmente en
Guantánamo se cometen en el interior de los propios
EE.UU. Una organización nada sospechosa de vínculos con
gente de izquierda, Human Rights Watch, reveló hace
apenas unos meses que alrededor de 1 200 extranjeros
fueron arrestados y encarcelados secretamente luego del
11 de septiembre —el gobierno nunca ha divulgado el
número exacto—, la gran mayoría de ellos provenientes de
países de Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de
África, muchos de los cuales resultaron víctimas de
encuentros casuales con agentes de cuerpos policiales o
denunciados únicamente en virtud de su nacionalidad y
credo religioso.
Cuando se pone al descubierto la creciente agresividad
de Washington contra Cuba, se está subrayando la
impúdica naturaleza de los halcones de la Casa Blanca:
para no ir muy lejos, hace apenas unas horas el portavoz
del Departamento de Estado, Adam Ereli, confirmó a la
prensa que "EE.UU. busca una transición rápida y
pacífica a la democracia en Cuba y apoya a todos los
cubanos que busquen este resultado", lo cual equivale a
que EE.UU. trabaja por derrocar al legítimo gobierno de
Cuba y llama abiertamente a la subversión en la Isla.
Por otra parte, cuando se reconoce que en Cuba no ha
existido ni un solo caso de tortura, desaparición o
ejecución extrajudicial y se ponderan los avances en
salud, educación y cultura pese al brutal bloqueo, se
les está dando valor a derechos humanos olvidados en la
agenda del imperio. Las cuentas son claras: con lo que
ha invertido el Pentágono en la invasión en Iraq, se
salvarían del hambre, la enfermedad y la ignorancia
millones de personas en el mundo. Y si no se quiere
ayudar al mundo, al menos esos dineros pudieran
destinarse a las comunidades norteamericanas
desfavorecidas por la política de protección al rico y
hundimiento del pobre que preconiza la actual
administración.
El
gesto de los firmantes del documento adquiere aún un
relieve mucho más destacado por cuanto implica una
elección ética
voluntariamente asumida, a partir del dictado de sus
propias conciencias, por personas muy diversas en
quehaceres y profesiones, pero también en credos e
ideologías. Es una elección en favor de la defensa de
los verdaderos derechos humanos, la
honestidad, la dignidad y el sentido de la justicia. |