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Agradezco a
los colegas de la Academia Cubana de la Lengua que me
hayan otorgado el honor de recibir en esta institución
al escritor Reynaldo González Zamora. Mi agradecimiento
descansa en dos razones: la amistad y la admiración; o
mejor, en una amistad que ha sido acunada por la
admiración a una obra espléndida y sugerente, cuyo autor
es uno de los seres más vitales y fraternos que he
conocido. El entusiasmo por la creación y por la vida
—ese que anima el disfrute de sus textos—, lo transmite
a quienes lo acompañan, y la sonrisa, hija de la
inteligencia y de la gracia, siempre acude cuando pienso
en él.
El autor de
Siempre la muerte, su paso breve es recibido hoy en
la Academia. Él, que ha sido un trasgresor vitalicio,
que pudiera haber dicho como Darío en su Letanía de
nuestro señor Don Quijote: "De las Academias /
¡líbranos, señor!", ingresa a ella por su considerable
amor a nuestro idioma, por su querencia por la palabra,
cuyas muestras iniciales pueden encontrarse en su primer
libro Miel sobre hojuelas, aquellos cuentos de
1964.
Desde entonces, en
novelas, ensayos, poemas, artículos o conferencias, y
también en su desempeño durante largo tiempo como editor
agudo y sugestivo, el goce por la lengua, por nuestra
cultura y por su historia, en sus diversos rostros, ha
ido modelando una maestría que llega —por el momento— a
su cúspide en Al cielo sometidos, jolgorio del
lenguaje y de la bellaquería.
Entre Siempre la
muerte, su paso breve (1968) y Al cielo sometidos
(2001), separadas por más de 30 años, su escritura
ha transitado por destrezas plurales con el lenguaje,
desde el entramado interdiscursivo del mundo novelesco
al asumir registros distintos para conformar una
escritura poliédrica —experiencia que se repite en La
fiesta de los tiburones, pero con distinta
intencionalidad y discurso literarios— hasta el
placer con que se toma la inflexión barroca y se rinde
homenaje a mentores del idioma, como Cervantes, Gracián
y Quevedo, entre los pivotes del castellano, y
Carpentier, entre los pilares de hoy.
El deleite por el
vocablo seductor, por la expresión afilada y las
dulzuras sintácticas no provienen, en nuestro autor, de
las correrías por finos salones ni tampoco de ámbitos
titulados. Sus maneras con el lenguaje le son dadas
esencialmente por un oído perceptor del pulso popular
—que no populista—, aun cuando recorra espacios
librescos encumbrados. Sus maneras proceden de su
mirada. No se trata de una pupila naíf, ni siquiera
ingenua —al contrario: es mañosamente culpable—, sino de
alguien que, por su cepa y con el seso, sabe del
reservorio existente en aquella infinidad. Un asomo
apresurado a su obra prueba lo dicho.
Desde su primer libro
de cuentos, su obra ha explorado distintos ángulos de la
cultura cubana. Cuba y su cultura son la obsesión de
Reynaldo González: sus mitos y leyendas (sea Lezama Lima
o El bello habano), sus platos culinarios tradicionales
("El cura se desmayó", por ejemplo, es una delicia del
siglo
XIX), su
música (El Benny, María Teresa Vera, Bola de Nieve,
Barbarito Diez, Pablo Milanés…), el habla de su gente (y
sus penurias y grandezas), o el encantamiento doméstico
de las radionovelas, hasta la indagación —y la
actualización— de sus orígenes hispánicos y africanos;
en fin, su memoria y su ser, sin lo cual resulta baldado
su existir. Nada escapa a esa mirada si trae consigo
signos de identificación y nobleza. Cuentos, novelas,
testimonio, ensayos y periodismo, y hasta la poesía
reveladora de sí mismo, no solo colaboran en la
expresión de una imagen, sino que la construyen. Cuba
nunca ha sido una asignatura pendiente del escritor; en
todo caso, la tiene convalidada summa cum laude.
No me sorprende que
Reynaldo González haya seleccionado a Ramón Meza para su
ingreso en nuestra Academia. Recuperar márgenes y
enriquecer horizontes han sido el rumbo de su vida y de
su escritura. El autor de Contradanzas y latigazos
indaga en una era prodigiosa de la cultura cubana,
que muy bien conoce, para detenerse en una figura
conmovedora, atrapada entre sus impulsos creadores y las
ataduras canónicas, pero sobre todo cautiva de sí misma,
que concibió una novela, Mi tío, el empleado
(1887), cuyo significado en la historia literaria
cubana está urgida de consagración. Reynaldo González no
solo la emprende, sino que también, con sensibilidad y
perspicacia, suma a sus consideraciones la consternación
y pesadumbre de Meza ante las embestidas de sus
coetáneos, aquellas que, al final de su vida, lo hacen
claudicar frente a los requerimientos canónicos y las
urgencias epocales. La estimación del drama personal del
escritor —muchas veces soslayado en el discurso
exegético por la jerarquización de definiciones
estilísticas epocales y consideraciones genéticas,
estructurales o de recepción— humaniza el razonamiento
crítico y, a la vez, no pierde de vista a la
individualidad creadora en su dinámica social.
Mi
tío, el empleado,
como he
aducido en otra oportunidad,
revela
el carácter profundamente deformador de las estructuras
de la colonia desde una perspectiva innovadora. Sin
perder una vocación socio-analítica como la
narrativa dominante hasta entonces, la mirada de Meza
asume otras audacias artísticas. La caricatura, el
humor, el grotesco de los personajes, el sentido
expresionista de la imagen, diferencian la novela de sus
precedentes, lo cual no fue adecuadamente comprendido en
su época. Solo la saludó alguien que aventajaba a su
tiempo, José Martí, quien alabó el “sobrio ingenio,
cuidado estilo y varonil amargura” de una novela que
“parece una mueca hecha con los labios ensangrentados”.
La
hechura paródica de Meza, amante de Velázquez y de Goya,
y sus juegos de luces y sombras, además de sus
mascaradas, dotan a este texto de una actuante
contemporaneidad.
Sobre
el personaje protagónico de la novela, dice Reynaldo
González:
Esta
suerte de Conde de Montecristo envilecido, tan
analfabeto como en su etapa anterior, cumple el objetivo
de “ser alguien en un país de pillos”. Se rodea de
amanuenses a quienes utiliza y maltrata como lo hicieran
con él, y amasa una fortuna para regresar a España
travestido de indiano tardío.
Algunos estudiosos se han referido a la dimensión
luciferina del Conde de Coveo. Pero si valoramos sus
circunstancias con cierta piedad, podemos concluir que
estamos también ante una víctima cuya ejecutoria no es
sino el reflejo de un centro ausente.
La
antítesis del personaje es don Benigno, aquel empleado
honesto que fue desplazado por Vicente Cuevas y que
termina en la miseria. Su sombra lo perseguirá durante
toda la segunda parte de la obra y es soporte principal
de los resortes condenatorios al Conde de Coveo. Aparece
al final del banquete paródico de los sirvientes en el
Teatro Tacón, recoge las sobras y se marcha
“persignándose con un pedazo de pan y sin pronunciar
palabra”. Y ello le hace concluir a Cintio Vitier: “Es
este un gran momento simbólico de la expresión cubana”3].
Su muerte sirve de epílogo a la novela.
Numerosos son los signos que conforman una instancia
simbólica, pero, además de don Benigno, otros dos
resultan apreciables por formar parte del paisaje
recurrente del mundo novelesco: la cúpula de la iglesia
de las Ursulinas y, sobre todo, la estatua de Neptuno a
la entrada de la bahía de La Habana. Son testigos
silenciosos pero elocuentes de la trayectoria del Conde
de Coveo. ¿Simbolizan elementos de una ciudad que
resiste la depredación del foráneo? ¿Acaso remiten a
moral y cultura como valladares frente a una sociedad
donde el afán de lucro deshumaniza al hombre?
Me resulta revelador que Mi tío, el empleado
haya sido exhumada en 1960. Sabemos que el cambio
social trajo como ganancia inmediata el reconocimiento y
rescate del patrimonio cultural del siglo XIX, una de
las maneras de restaurar una identidad maltrecha en la
década del cincuenta.
Precisamente cuando la sociedad cubana procuraba
autenticidad y creación, la novela de Meza debió haber
servido como un alerta frente a los escaladores de nueva
hechura o a aquellos otros que querían convertirnos en
una parodia de centros más distantes. Pero, sobre todo,
como una andanada contra los que estimaban que el poder
y sus privilegios podían satisfacer las apetencias más
esenciales del ser humano: es el drama de la distancia
que existe entre el “ser algo” de Vicente
Cuevas y el “¡Me falta algo!” del Conde de Coveo.
Yo creo que todavía podemos leerla así.
¡Bienvenido Reynaldo González a la Academia Cubana de la
Lengua! Tu presencia nos robustece.
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