Año III
La Habana
Semana 19 - 25
MARZO
de 2005

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Reynaldo González, el mañoso culpable[1]
 Rogelio Rodríguez Coronel
La Habana


Agradezco a los colegas de la Academia Cubana de la Lengua que me hayan otorgado el honor de recibir en esta institución al escritor Reynaldo González Zamora. Mi agradecimiento descansa en dos razones: la amistad y la admiración; o mejor, en una amistad que ha sido acunada por la admiración a una obra espléndida y sugerente, cuyo autor es uno de los seres más vitales y fraternos que he conocido. El entusiasmo por la creación y por la vida —ese que anima el disfrute de sus textos—, lo transmite a quienes lo acompañan, y la sonrisa, hija de la inteligencia y de la gracia, siempre acude cuando pienso en él.

El autor de Siempre la muerte, su paso breve es recibido hoy en la Academia. Él, que ha sido un trasgresor vitalicio, que pudiera haber dicho como Darío en su Letanía de nuestro señor Don Quijote: "De las Academias / ¡líbranos, señor!", ingresa a ella por su considerable amor a nuestro idioma, por su querencia por la palabra, cuyas muestras iniciales pueden encontrarse en su primer libro Miel sobre hojuelas, aquellos cuentos de 1964.

Desde entonces, en novelas, ensayos, poemas, artículos o conferencias, y también en su desempeño durante largo tiempo como editor agudo y sugestivo, el goce por la lengua, por nuestra cultura y por su historia, en sus diversos rostros, ha ido modelando una maestría que llega —por el momento— a su cúspide en Al cielo sometidos, jolgorio del lenguaje y de la bellaquería.

Entre Siempre la muerte, su paso breve (1968) y Al cielo sometidos (2001), separadas por más de 30 años, su escritura ha transitado por destrezas plurales con el lenguaje, desde el entramado interdiscursivo del mundo novelesco al asumir registros distintos para conformar una escritura poliédrica —experiencia que se repite en La fiesta de los tiburones, pero con distinta intencionalidad y discurso literarioshasta el placer con que se toma la inflexión barroca y se rinde homenaje a mentores del idioma, como Cervantes, Gracián y Quevedo, entre los pivotes del castellano, y Carpentier, entre los pilares de hoy.

El deleite por el vocablo seductor, por la expresión afilada y las dulzuras sintácticas no provienen, en nuestro autor, de las correrías por finos salones ni tampoco de ámbitos titulados. Sus maneras con el lenguaje le son dadas esencialmente por un oído perceptor del pulso popular —que no populista—, aun cuando recorra espacios librescos encumbrados. Sus maneras proceden de su mirada. No se trata de una pupila naíf, ni siquiera ingenua —al contrario: es mañosamente culpable—, sino de alguien que, por su cepa y con el seso, sabe del reservorio existente en aquella infinidad. Un asomo apresurado a su obra prueba lo dicho.

Desde su primer libro de cuentos, su obra ha explorado distintos ángulos de la cultura cubana. Cuba y su cultura son la obsesión de Reynaldo González: sus mitos y leyendas (sea Lezama Lima o El bello habano), sus platos culinarios tradicionales ("El cura se desmayó", por ejemplo, es una delicia del siglo XIX), su música (El Benny, María Teresa Vera, Bola de Nieve, Barbarito Diez, Pablo Milanés…), el habla de su gente (y sus penurias y grandezas), o el encantamiento doméstico de las radionovelas, hasta la indagación —y la actualización— de sus orígenes hispánicos y africanos; en fin, su memoria y su ser, sin lo cual resulta baldado su existir. Nada escapa a esa mirada si trae consigo signos de identificación y nobleza. Cuentos, novelas, testimonio, ensayos y periodismo, y hasta la poesía reveladora de sí mismo, no solo colaboran en la expresión de una imagen, sino que la construyen. Cuba nunca ha sido una asignatura pendiente del escritor; en todo caso, la tiene convalidada summa cum laude.

No me sorprende que Reynaldo González haya seleccionado a Ramón Meza para su ingreso en nuestra Academia. Recuperar márgenes y enriquecer horizontes han sido el rumbo de su vida y de su escritura. El autor de Contradanzas y latigazos indaga en una era prodigiosa de la cultura cubana, que muy bien conoce, para detenerse en una figura conmovedora, atrapada entre sus impulsos creadores y las ataduras canónicas, pero sobre todo cautiva de sí misma, que concibió una novela, Mi tío, el empleado (1887), cuyo significado en la historia literaria cubana está urgida de consagración. Reynaldo González no solo la emprende, sino que también, con sensibilidad y perspicacia, suma a sus consideraciones la consternación y pesadumbre de Meza ante las embestidas de sus coetáneos, aquellas que, al final de su vida, lo hacen claudicar frente a los requerimientos canónicos y las urgencias epocales. La estimación del drama personal del escritor —muchas veces soslayado en el discurso exegético por la jerarquización de definiciones estilísticas epocales y consideraciones genéticas, estructurales o de recepción— humaniza el razonamiento crítico y, a la vez,  no pierde de vista a la individualidad creadora en su dinámica social.

Mi tío, el empleado, como he aducido en otra oportunidad[2], revela el carácter profundamente deformador de las estructuras de la colonia desde una perspectiva innovadora. Sin perder una vocación        socio-analítica como la narrativa dominante hasta entonces, la mirada de Meza asume otras audacias artísticas. La caricatura, el humor, el grotesco de los personajes, el sentido expresionista de la imagen, diferencian la novela de sus precedentes, lo cual no fue adecuadamente comprendido en su época. Solo la saludó alguien que aventajaba a su tiempo, José Martí, quien alabó el “sobrio ingenio, cuidado estilo y varonil amargura” de una novela que “parece  una mueca hecha con los labios ensangrentados”.

La hechura paródica de Meza, amante de Velázquez y de Goya, y sus juegos de luces y sombras, además de sus mascaradas, dotan a este texto de una actuante contemporaneidad.

Sobre el personaje protagónico de la novela, dice Reynaldo González: 

Esta suerte de Conde de Montecristo envilecido, tan analfabeto como en su etapa anterior, cumple el objetivo de “ser alguien en un país de pillos”. Se rodea de amanuenses a quienes utiliza y maltrata como lo hicieran con él, y amasa una fortuna para regresar a España travestido de indiano tardío.

 

Algunos estudiosos se han referido a la dimensión luciferina del Conde de Coveo. Pero si valoramos sus circunstancias con cierta piedad, podemos concluir que estamos también ante una víctima cuya ejecutoria no es sino el reflejo de un centro ausente.

La antítesis del personaje es don Benigno, aquel empleado honesto que fue desplazado por Vicente Cuevas y que termina en la miseria. Su sombra lo perseguirá durante toda la segunda parte de la obra y es soporte principal de los resortes condenatorios al Conde de Coveo. Aparece al final del banquete paródico de los sirvientes en el Teatro Tacón, recoge las sobras y se marcha “persignándose con un pedazo de pan y sin pronunciar palabra”. Y ello le hace concluir a Cintio Vitier: “Es este un gran momento simbólico de la expresión cubana”[3]. Su muerte sirve de epílogo a la novela.

Numerosos son los signos que conforman una instancia simbólica, pero, además de don Benigno, otros dos resultan apreciables por formar parte del paisaje recurrente del mundo novelesco: la cúpula de la iglesia de las Ursulinas y, sobre todo, la estatua de Neptuno a la entrada de la bahía de La Habana. Son testigos silenciosos pero elocuentes de la trayectoria del Conde de Coveo. ¿Simbolizan elementos de una ciudad que resiste la depredación del foráneo? ¿Acaso remiten a moral y cultura como valladares frente a una sociedad donde el afán de lucro deshumaniza al hombre?

Me resulta revelador que Mi tío, el empleado haya sido exhumada en 1960. Sabemos que el cambio social trajo como ganancia inmediata el reconocimiento y rescate del patrimonio cultural del siglo XIX, una de las maneras de restaurar una identidad maltrecha en la década del cincuenta.

Precisamente cuando la sociedad cubana procuraba autenticidad y creación, la novela de Meza debió haber servido como un alerta frente a los escaladores de nueva hechura o a aquellos otros que querían convertirnos en una  parodia de centros más distantes. Pero, sobre todo, como una andanada contra los que estimaban que el poder y sus privilegios podían satisfacer las apetencias más esenciales del ser humano: es el drama de la distancia que existe entre el “ser algo” de Vicente Cuevas y el “¡Me falta algo!” del Conde de Coveo. Yo creo que todavía podemos leerla así.

¡Bienvenido Reynaldo González a la Academia Cubana de la Lengua! Tu presencia nos robustece.

Notas
[1]
Recibimiento del escritor Reynaldo González como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua el 18 de marzo de 2005.
2
RRC: “Mi  tío, el empleado: una transgresión modernizadora”. En Cien años de independencia de Cuba. II Simposium Cuba-Alemania. Vol. I. Alemania, Universidad Católica de Eichstätt, 1999, pp. 128-136.

3
Cintio Vitier:  “Sor Juana,  Meza, Martí”, en Cuba en la UNESCO: Homenaje a Ramón Meza (1861-1961), compilación de Mario Parajón. Comisión Cubana de la UNESCO, La Habana, 1962, p. 28.
 

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