Año III
La Habana
Semana 19 - 25
MARZO
de 2005

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Ramón Meza: la ironía incomprendida[1]
Reynaldo González  La Habana

 

Vino a Cuba en alpargatas
y pantalones de pana.

Cómo cambia la gente.
Con un real en el bolsillo
y el estómago estrujado.

Cómo cambia la gente.
Los ojos casi vidriados
del hambre que padecía.

Cómo cambia la gente.
Cuando el barrigón hablaba
todo el mundo se reía.

Cómo cambia la gente.

ROGELIO MARTÍNEZ FURÉ y
LUIS FELIPE ROCA [2]
 

La obra literaria de Ramón Meza (1861-1911) recorrió un amplio espectro, dentro de sus lindes epocales, suma que le dotó de un oficio envidiable. Mucho lo ayudó el periodismo, donde fue un excelente cronista, y la confección de relatos y novelas como Flores y calabazas  y Carmela, deudoras del romanticismo costumbrista a que se devolvió en Últimas páginas. El costumbrismo era la fórmula más socorrida en su época, en ella entraron otros textos de Meza: El duelo de mi vecino y Don Aniceto el tendero. Escribió páginas de carácter paródico, apoyadas en la subversión de estilos amanerados, como El origen de la moda  o Viaje aéreo, y desarrolló la habilidad de un paisajista en la serie “Croquis” que entregó en La Habana Elegante. La suya fue una práctica de excepción, en un período de florecimiento de las publicaciones cubanas, reflejo de las ideas filosóficas y políticas que pulularon durante una pausa entre las guerras independentistas, y después, en la primera década republicana. Hoy soslayaré el dibujo político del período en que escribió sus mejores textos, algo que, por repetido, está al alcance en cuanto libro suyo, o que lo nombra, ha salido de las imprentas. En honor a la brevedad, soslayaré citas extensas de sus obras, para entrar con algún detenimiento en los aspectos del pugilato provocado por su novela Mi tío el empleado,

Meza hubiera seguido la línea de sus congéneres, con un trazado más zigzagueante debido a su inquietud y su precocidad, pero tuvo el atrevimiento veinteañero de publicar esa novela, excepcional para su época. Es por ella que hoy lo leemos con más detenimiento. Y por ella padeció sofocos que marcaron su breve existencia, de sólo medio siglo. Se propuso una crítica de costumbres sin paralelo en nuestra literatura decimonónica, con elementos grotesco y “algo de rabelesiano y de pantagruélico”, según anotó José Martí,[3] desde Nueva York, en un acercamiento menos prejuiciado que los de sus contemporáneos de la Isla. Por varios años, desde sus columnas periodísticas y en las tertulias literarias, Meza fue piedra de choque para los conservadores, pero hacia el final de su vida publicó una explícita declaración de conservadurismo esteticista, que tituló Autobiografía, suerte de reconvención y vuelta al redil.[4] Es obvio que por el riesgo formal concretizado en Mi tío el empleado, que provocó una tremolina en el cotarro habanero, nuestro atrevido joven del trapecio volador sufrió un drástico revés, como para concluir sus días como cronista eficaz, solamente eficaz, adscrito a la indolencia oficial. En tan escuetos párrafos cabría la trayectoria del escritor que hoy evoco, pero no podemos pasar la hoja con tanta facilidad.

La observación costumbrista, que con largueza sirvió a la intelectualidad criolla para denunciar vicios coloniales —si bien demasiado insistieron en verlos sólo como “males de la colonia” y no acendrados en la idiosincrasia colectiva—, aguzó la mirada de Meza en el camino hacia Mi tío el empleado. Por ser el narrador cubano que más interesa en la bisagra de los siglos xix y xx, cuando nuestra literatura pudo abandonar recurrencias coloniales y anticoloniales para entrar en consideraciones menos transitorias, me acercaré a las circunstancias que rodearon su novela mayor y su engarrotamiento en el cambio que tuvo Cuba, de colonia a república, estadio que él vivió en una holgada madurez. Sabemos que su atrevimiento inicial tuvo una desabrida recepción entre sus congéneres, deudores de tendencias y estilos tradicionales, aguijoneados por la inmediatez y por razones extraliterarias que terciaban en los derroteros de la literatura, largo padecimiento de nuestras letras.

En la anterior escritura de Meza se percibían avances del experimento llevado a mayores consecuencias en Mi tío el empleado, donde emergió con una irreverencia tamizada por la ironía y una decisión inexistente en otros escritores cubanos de su tiempo, los latinoamericanos y, también, los peninsulares. Recordemos que nuestros literatos decimonónicos generalmente miraban hacia Londres, Nueva York o París, pero estaban obligados a competir con las mentes ilustradas de la América hispana y España, por vínculos históricos y por el idioma, en cuyo uso más de uno daba traspiés con pocas mañas e inocultables arcaísmos. En Meza, la observación de costumbres y el trazado de personajes y tipos mostraban un mayor calado, él descollaba por una eficacia expresiva que enconó lo que deseamos ver como incomprensión y no castigo.

Cuando leyó Carmela, Cirilo Villaverde lo consideró “uno de los pocos escogidos entre los muchos llamados novelistas cubanos”, y calificó la novela de “labor concienzuda y acertada”. Partía de su Cecilia Valdés, ya convertida en canon para reflejar “personas que viven, hablan y actúan como todo ser de razón”, frente a personajes que consideraba “meras ficciones de exaltada fantasía”, carentes “de interés para el lector que a la par que recreo, busca verdad en las obras de la imaginación”.[5] Anotemos que los personajes creados por Villaverde no se destacaron precisamente por vivir, hablar y actuar como seres razonables, pues quedaban difuminados por el descuido típico del folletín por entregas, que sirvió de molde al “modelo”. Pero quién se lo discutía al viejo narrador que había dedicado gran parte de su vida a componer un colosal fresco antiesclavista, tanto que lo culminó ya derogada la esclavitud, algo que no restó importancia a su denuncia de corrupciones deudoras del esclavismo.[6] Para entonces Villaverde cosechaba lauros y agradecía la lisonja de Enrique José Varona al calificar la novela de Meza como “hermana menor de Cecilia Valdés”.[7] El cachorro se comportaba en concordancia con un reglamento no escrito, pero exigente.

 Esas circunstancias marcaban el derrotero de una intelectualidad nativa escindida en partidos y tendencias merecedoras de estudio desde otras disciplinas, pero en literatura se tradujeron en restrictivas normas. Aunque Cecilia Valdés describió vicios morales de la época, cumplimentó los requerimientos del romanticismo con cuadros costumbristas sobre un tapiz histórico, versión criolla de los amores imposibles, los triángulos sentimentales y los delicuescentes sufrimientos europeos. Ese declive, y no su documentada información sobre la vida colonial, devino cartabón para las ficciones literarias cubanas. Carmela, la réplica, fue acogida con generosidad por una crítica persuadida de que el costumbrismo era idóneo para combatir las deformaciones de la colonia. Esa misma crítica detectó el desacato de Mi tío el empleado, realismo sin meandros románticos, con fragmentaciones y disyunciones de sorpresiva modernidad. Meza creyó saltar obstáculos al reiterar criterios peyorativos hacia la inmigración de españoles pobres e ignaros, latiguillo de las tertulias criollas y fuente de un folklore oral donde quedaban mal paradas las comunidades peninsulares, pero sus ráfagas expresionistas, sus elipsis y la plasmación de las anécdotas provocaron un extrañamiento de difícil asimilación para las aletargadas sensibilidades de la Isla. Ni los más avanzados contaban con referencias y elementos adecuados para enjuiciar aquella obra. El joven narrador conoció una avalancha de opiniones adversas a su novela y, luego, por Don Aniceto el tendero, nueva acometida al lucro, la mendacidad y los relajamientos engendrados por la convivencia delictiva.

El argumento de Mi tío el empleado pudo nacer en una sobremesa criolla, entre chistes que escarnecían a los “primos” peninsulares que arribaban al amparo de prebendas metropolitanas, porque desplazaban a los cubanos de la gobernación, el comercio y empleos menos remunerados. La primera parte narra las penurias de Vicente Cuevas y su sobrino, llegados al puerto habanero sin otra visión civil que la de su aldea natal, míseros y apocados, pero dispuestos a todo por cumplir el sueño de enriquecerse en América. Sufren desdichas, tropiezos y burlas crueles mientras conocen —y con ellos los lectores— los chanchullos amparados en la ineficaz burocracia. Luego de peripecias grotescas y jocosas que desnudan la ambición cerril de Vicente Cuevas, un revés de la política monárquica desbarata los trucos del pariente que los explota, pero los que resultan inculpados son ellos. Para salvar el pellejo escapan a México. La segunda parte es el reverso de la medalla: el triunfal establecimiento del Conde Coveo, que es el mismo Vicente Cuevas enriquecido y despótico, pero aquejado de una insatisfacción que no calman el dinero, las comodidades, el reconocimiento social y los dispendios que su posición le permite, incluido un matrimonio de conveniencia que antes no logró. Esta suerte de Conde de Montecristo envilecido, tan analfabeto como en su etapa anterior, cumple el objetivo de “ser alguien en un país de pillos”. Se rodea de amanuenses a quienes utiliza y maltrata como lo hicieran con él, y amasa una fortuna para regresar a España travestido de indiano tardío.

El relato Don Aniceto el tendero, igual de mordaz, aunque menos arriesgado en términos literarios, cuenta la vida de un comerciante dispuesto a enriquecerse en la colonia ultramarina. Intuye que su negocio, pomposamente llamado La Moralidad Comercial, puesto en sociedad con Sebastián, otro fanático de las compraventas, no satisfará sus ambiciones si no aumenta su parte del pastel. Se sobreimpone al tedio de un acontecer sin mayores altibajos, alcanza la posición deseada, se encumbra, pero en el tránsito sacrifica los sentimientos de su hija, cuya boda con el socio Sebastián redondea el monopolio. Igual que en la novela anterior, la figura femenina lleva la peor parte. En ambas, Meza ataca las vidas solamente enderezadas al lucro y a la imposición, en detrimento de personas menos mercantilistas.

Parecería que al indicar las pústulas en el cuerpo social, generadas por el colonialismo, las novelas de Meza  cumplían con los requerimientos de los críticos inmersos en la oposición al régimen, pero se convirtieron en dianas para diferentes dardos. Habían salido en medio de una distendida polémica sobre el romanticismo, que fenecía, el naturalismo, que llegaba como influencia europea, y el realismo, en cuyo seno los costumbristas emplazaban sus relatos, sin que algunos de esos conceptos quedaran dilucidados. Un análisis de Adis Barrios, en la Historia de la Literatura Cubana, confirma que los críticos de la época no tenían “una idea clara de las diferencias entre el realismo y el naturalismo”. Diego Vicente Tejera, por ejemplo, “ubicaba en polos opuestos a la novela romántica y a la naturalista, a la que también llamaba realista. [Pero] asumió la defensa de la nueva tendencia y emplazó a la crítica a tratar de definir sus caracteres esenciales.”[8] El propio Meza, al defenderse, entrelazaba escuelas y estilos como una sucesión natural: “El naturalismo, que no es más que una faz del realismo, y que podrá ser considerado algún día como su genuino predecesor, es una escuela de reglas y preceptos más radicales, más estrechos que aquella. Extrema sus procedi­mientos, cada vez con más audacia y energía, como para dejar bien despejada y libre la senda que deberá seguir el arte.”[9]

Sus críticos le censuraron la alternancia de elementos impresionistas con representaciones de marcado expresionismo, un naturalismo embrionario y recurrencias simbolistas mezcladas a datos de humor caricaturesco, en servicio de una fabulación que enarcaba costumbres vistas como poco “bellas” o edificantes. Defendían posiciones contrapuestas, reclamaban “la belleza”, coincidente con el “buen gusto”, algo opuesto a las intenciones de Meza, En sentido estricto, pocos críticos de entonces se esforzaron en comprender los cometidos de los creadores. Más esfuerzo gastaron en establecer lineamientos, lo que generó un “estilo” directamente utilitario que con el pretexto de analizar, resultó normativo y devino lastre extendido al siglo xx.

Meza ansiaba una libertad total para la creación literaria, donde los elementos confluyeran en un cuerpo en bullente germinación, sin recetarios obligados: “Lo que [a la obra de arte] da tono y carácter es la forma de que se la reviste, la manera más o menos gallarda de tratarle.”[10] Sin alcanzar a nominarlo, su interés participaba del creacionismo en que algunos poetas proclamarían la total autonomía del poema como constitución orgánica. Su propósito “trascendía las escuelas al tiempo que las rozaba a todas, […] prefería los símbolos, las imágenes pantagruélicas de los banquetes, el realismo grotesco que irrumpe con risa trágica, la expresión que revela retorcidas pasiones, la luz que descubre los colores y que ‘completa’, con la imagen visual, la idea que relaciona objeto y simulación”.[11]

Tanto Meza como sus censores entraban en una concepción moralizante de la literatura, dejada en “agente cargado de ideología [cuya] función social se ma­nifestaba según la tendencia: bajo el romanti­cismo la fantasía había sido más recreada que la propia realidad, de ahí que Meza viera en la lite­ratura romántica una función eminentemente catártica, mientras que el naturalismo permitía la observación del mundo circundante y propi­ciaba su conocimiento.”[12] En el panorama descrito hallamos a nuestro novelista entrampado por intereses de “adentro” y de “afuera”: los unos en una parodia de parlamentarismo sin parlamento, en filas políticas que asumían programas endebles mientras esquivaban la radicalidad independentista, los otros en una laboriosidad que enfilaba a la guerra libertadora.

Enrique José Varona, quien ejercía un magisterio tácito entre las huestes letradas, había etiquetado la novela Carmela como “hermana menor de Cecilia Valdés” —rara identificación de las obras por sus respectivas protagonistas, según el modelo de la mulata “blanconaza” que redondeó un perdurable icono sexual—,[13] pero se contrajo al reseñar Mi tío el empleado, con aseveraciones poco sustentadas, como que en la anterior novela Meza “nos da mucho de su fondo propio”, pero en la segunda “nos da poco, por eso nos divierte a ratos, y nada más”. Su reacción adoptó características de altanero paternalismo:  

El Sr. Meza carece aún —y esto no es de extrañar porque aun es muy joven— de verdadera penetración psicológica. Ve bien los objetos, y por lo tanto las personas, pero no penetra mucho más allá de la superficie. [Su novela] parece hecha a retazos. Sus capítulos producen la impresión de croquis tomados rápidamente al paso, y retocados con elementos de pura fantasía. En el fondo hay algo real, algo que se ha visto, pero hay demasiados accesorios que resultan postizos. Por eso en vez de una sátira de costumbres, como ha querido su autor, ha resultado una serie de caricaturas. El autor ha imaginado más que observado; y lo malo es que la obra debiera ser de mera observación, para los fines que se ha propuesto el autor.[14]

 

Meza, participante de las más atrevidas tertulias habaneras y compañero de talentos que llegaban a La Habana Elegante con ansias de renovación, no debió aceptar de buen grado el golpe asestado desde la Revista Cubana, en cuyas páginas se acuñaba la fabulación literaria como epigonal del acontecer directo y resultaba punible el pecado de “imaginar más que observar”. Lo remachaba Varona al enfatizar que “la obra debiera ser de mera observación”. La casi simultaneidad de ambas novelas, en 1887, se explica por la fiebre creadora del joven Meza, su ansiedad de explorar diversos procedimientos literarios. Sus adversarios se desconcertaron porque en tan breve lapsus propusiera un viraje drástico en relación con el verismo costumbrista villaverdiano. Un texto suyo, del año anterior, nos autoriza a pensar que estaba advertido. Se adelantó a la recepción adversa de Mi tío el empleado, al requerimiento de seguir la escuela romántica cuando ya fenecía:

 

En el proceso histórico del arte literario se ven suceder las escuelas a las escuelas: el clasicismo quedó destronado por el romanticismo, y éste a su vez cederá su puesto, si es que no lo ha cedido ya, al realismo, la literatura entra en una nueva faz; sus tendencias se acomodan a las del saber humano en todas sus manifestaciones, las cuales parecen caracterizarse por un espíritu de análisis favorable a la investigación de la verdad, y es a veces tan tenaz que no se detiene ni aún ante los ídolos más venerados de las pasa­das generaciones. […] Hoy es general la lucha contra el naturalismo, y es tan animosa como la que emprendieron los clásicos contra la escuela romántica, lo cual no evitó que ésta tuviera su nacimiento, su brillante desarrollo y su inevitable decaden­cia. […] Una vez que se sabe que el arte ha entrado en una nueva faz, una vez que se conocen sus actuales tendencias, entendemos que es preferible seguir, aunque no servilmente, los preceptos que en la actualidad le informan, a romper de abierto modo con ellos; pues dentro de los preceptos generales de una escuela pueden producirse obras originales y nuevas.[15]

 Llama la atención que Meza acudiera a un marcado distanciamiento, casi como “observador” de su propio ejercicio, para alegar por una actualización de “tendencias” cuyo estudio echaba en menos en la crítica autorizada. Sólo sugería la posibilidad de que existieran “obras originales y nuevas”, que no siguieran “servilmente” los “preceptos” predominantes. El estudioso Rogelio Rodríguez Coronel apuntó que esa “declaración más bien conservadora […] revela la coyuntura estética en que se encontraba”, entre “los postulados del realismo reproductor” y la tentación de “lo original y nuevo, categorías tan seductoras para las vanguardias”.[16] Este razonamiento, como otros, compulsa Mi tío el empleado con búsquedas formales del siglo xx, porque leída desde una lógica temporal, resulta inexplicable. Suele vérsele como experimento sólo pareado a obras posteriores, tanto que algunos de sus analistas acceden a comparaciones con obras de Kafka[17] y, agrego yo, a los “esperpentos” de Valle-Inclán, al menos su mirada “pictórica”, expresionista, la obnubilación ante los espejos cóncavos en Luces de Bohemia. Todo esto coincide en advertir en Mi tío el empleado la labor de un adelantado.

 En el equilibrio de las tendencias políticas que tamizaban el reformismo cubano, complacidas de hallar en la paz las posibilidades de explayar sus intereses, cuidaban ese ambiente como su caldo de cultivo. Entre polémicas que se escudaban en el tratamiento de asuntos muy generales, saltó un aspecto que evidenció las lindes de los debates intelectuales cubanos. Los personajes y la anécdota de Don Aniceto el tendero, nueva embestida de Meza a la avaricia que triunfaba sacrificando virtudes, le multiplicaron contratiempos. Desde Bogotá, el independentista Rafael María Merchán lo incriminaba por “no tomar de la sociedad sino los tipos más imperfectos, exhibirlos a toda luz y convertir la novela en un museo de fealdad”. Se alarmaba ante la crudeza en el tratamiento de asuntos excesivamente críticos, y reclamaba de la ficción literaria sólo cuanto resultaba pertinente: 

En las condiciones peculiares de Cuba, y una vez admitida sin dis­cusión la teoría realista, las dos novelas de usted me parecen literaria­mente buenas pero socialmente peligrosas. Pues no ve usted que los extranjeros que las lean pensarán que los españoles se propusieron degradar la sociedad cubana y que lo han conseguido. En sus libros consta el apocamiento colonial, pero no muestra reacción; el miasma de los dominadores, pero no nuestros esfuerzos por elevarnos a at­mósfera más pura. Los españoles mismos dirán: he ahí cómo son los cubanos; esa gente merece el destino que le hemos dado.[18]

 

Esos reclamos, con pocos matices y variantes, han regresado a lo largo del tiempo. Cada vez que alguien retomó la trayectoria de Meza, luego de dibujar el panorama del reformismo insular de entonces, con autonomistas y anexionistas enfrentados al quietismo colonial, tácitamente interesados en aplacar el independentismo insoslayable, buscaron la ubicación de Meza en ese entramado, por su origen de clase o su educación. Ocurrió en 1960 y 1961, con la resurrección de Mi tío el empleado en una Antología de la novela cubana, encargada a Lorenzo García Vega por la Dirección General del Ministerio de Educación, en el memorable homenaje a Meza de la revista Cuba en la unesco, y lo persigue en los prólogos y las notas de sus reediciones.  En su mesurada lectura de la novela, Alejo Carpentier le atribuyó una extraordinaria singularidad porque escapó de “las normas corrientes de la narrativa de su época”, y subrayó su aparición en la América del siglo xix, cuando “no se concebía que una novela pudiese prescindir de una anécdota central con su correspondiente idilio”.[19] Pero la mirada retrospectiva de Carpentier, y de otros, no eximió a Meza de los riesgos que conoció en su circunstancia de joven talento sometido a la miopía de un entorno tiránico. Parecería que siempre lo persiguen los acosos de aquella época, y que por más que se recurra al lugar común del reconocimiento posterior —en este caso póstumo—, nada lo resarce del martirio que conoció en vida.

Durante los años en que Meza entregó su mejor obra, la crítica adversa fue generalizada, con tal vehemencia que sobrepasó la medida de una reprimenda considerada justa por los talentos entregados a una aceptación estrecha y unívoca del realismo. Incluso la reseña de José Martí, desde una cultura literaria más actualizada y distante de los intereses a que respondían los críticos del interior de la Isla, resultó tamizada ante la pertinencia o inoportunidad de un texto de tan marcada acritud, visto como una "mueca hecha con los labios ensangrentados”.[20] El reparo de Martí a lo inoportuno de su tono satírico se ha repetido más que los elogios y la comprensión que tuvo de la novela desde la esencia propia del arte. Pero el texto martiano sobre Mi tío el empleado merece una glosa que no enfatice, sino que sopese los elementos, para no dejarlo en servicio de las miradas ajenas a la razón artística en el manejo, más que estudio, de la literatura.

Al hallar que la representación ofrecida por Meza semejaba “un teatro de títeres fúnebres”, pese a los trazos que por sorpresivos, desconcertaban a sus censores, Martí reconoció la autenticidad de sus personajes y subrayó que “conforme se va leyendo el libro […] no pueden negarse los ojos a ver, ni la memoria a recordar”.[21] Aquellos personajes vivían, se movían, era imposible ignorarlos. Y a quiénes, sino a los intelectuales acogidos a tendencias peregrinas mientras obviaban el drama cubano, se refirió Martí cuando evocó los personajes retratados en la novela y escribió: “No parece de veras, aun a los que todavía llevan el brazo manchado de cuando se rozaban con ellos por las calles, que esos entes cómicos, sobre cuyas cabezas flota la tragedia, sean tan desnudos de mérito como los pinta, calcándolos del natural, este libro, que deja una impresión se­mejante a la que ha de dejar una bofetada.”[22]

No fue regañón ni normativo Martí, ni escamoteó elogios al talento de Meza, “tan característico —dice—, que ha de cons­tituirle una originalidad poderosa en los libros donde ya salgan en sazón las cualidades que, por lo despacioso de ellas y lo joven de él, se muestran aquí […] porque no es esa observación común que copia lo que ve, como la fotografía, sino otra implacable y casi ceñuda, que realza su poder con su justicia”.[23] En su elogio, Martí evocó la eficacia de Daumier y Hogarth, captores del definidor “gesto social”, quienes no dudaron en cargar el trazo para explicitar sus mensajes. Como en las obras de aquéllos, le pareció que el joven cubano se servía del trazo raudo y fuerte. Dejó dicho que el conjunto de la novela, “sin ser más que retrato, parece caricatura”,[24] notable afirmación que validaba las pinceladas expresionistas a que se acogió Meza. Veo a Martí enfrentado directamente con la crítica adocenada cuando añade que el mérito estaba, precisamente, “en que, aun en el riesgo de desviar la novela de su naturaleza, no quiso el autor invalidarla mejorando lo real en una obra realista, cuya esencia y mé­todo es la observación, sino que, hallando caricatura la verdad, la dejó como era”.[25]

Cierto, remarcó Martí la circunstancia política que vivía Cuba, una tregua entre guerras de desgaste, época “amasada con sangre y que pudiera volver a anegarse con ella”.[26] Puestas en relieve las sorprendentes bondades de la novela y la destreza del escritor al asirse a recursos nuevos para subrayar la intención aleccionadora, una vez apuntada la eficacia del hiriente humor satírico, sugirió que no podía ser ése el instrumento que reclamaban las condiciones insulares, porque “donde se vive sin decoro, hasta que se le conquiste, no tiene nadie el derecho de va­lerse de la gracia sino como arma para conquistarla”.[27] La observación respondió a la habitual gravedad martiana, pero pesó menos en el conjunto de un texto donde obsequió elogios para un creador que llegaba con una proposición diferente. Nada justifica que sucesivos acercamientos agrandaran el reparo hasta llevarlo a significado primordial, que suplanta el elogio. Como quien busca el fiel de la balanza, Lisandro Otero repasó la lectura martiana de Mi tío el empleado y apuntó que solamente en “el lujo grotesco del advenedizo, en la caricatura, en la fotografía implacable y sañuda de la realidad, en sus personajes ruines, en el aire de parodia y las magnificadas picardías, en el dibujo que no está hecho con lápiz ‘sino con punta de acero’, estará el acento mayor que Martí tolerará, pese a la inoportunidad del humor”. Otero recordó que en 1888, fecha de su recensión, Martí saludó “el pensamiento fiero y la melancolía grave” que armaron el elemento dominante en la obra de Meza, quien, lo vio Martí, retrató como caricatura lo que ya lo era.[28]

Hoy, al releer Mi tío el empleado, más de un siglo después de su primera edición, y con el paréntesis que le dosificó setenta y cuatro años de olvido, junto a su esfuerzo vanguardista a destiempo asoman las circunstancias que rodearon a su autor. Comprendo los avatares afrontados por los elementos expresionistas de su juvenil incorporación al naturalismo, que en lentas oleadas recalaba en las costas habaneras. Y la reacción de un entorno crítico atenazado por circunstancias que tensaban ansiedades, intereses y desconocimientos hasta obstaculizar la lectura serena y la imprescindible ductilidad de incorporar, en bien de un pensamiento cultural más provechoso, el interés del artista en su propia realización. Confirmo que Ramón Meza fue un adelantado febril, excuso la fatiga que contaminó su llamada Autobiografía, y me vuelvo al énfasis poético que animó su prosa narrativa, ingrediente que explica sus apasionadas transiciones, sus ambientes grotescos, sus parajes de doloroso guiñol, como dibujados por Goya, con cincel más que con pluma. Es motivo de orgullo saber que la novela cubana decimonónica tuvo en Meza, y en Mi tío el empleado, un exponente recio, diferente, solitario.

NOTAS


[1] Discurso de entrada a la Academia Cubana de la Lengua, La Habana, 18 de marzo de 2005.

[2] Rogelio Martínez Furé y Luis Felipe Roca. Cómo cambia la gente, guaracha compuesta para una versión radiofónica de Mi tío el empleado, Radio Progreso, La Habana, 1965. 

[3] José Martí. “Mi tío el empleado, novela de Ramón Meza”, en Martí, Obras Completas, Tomo 5, pp. 127, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963. (Tomado de El Avisador Cubano, Nueva York, 25 de abril de 1888).

[4] Ramón Meza. “Autobiografía”, en Helios, La Habana, 1 de enero de 1910. Recogida en la entrega especial de Cuba en la UNESCO. Homenaje a Ramón Meza (1861-1961), año 2/4, Comisión Nacional Cubana de la UNESCO La Habana, diciembre de 1961. a cargo de Mario Parajón.

[5] Cirilo Villaverde: Carta a Ramón Meza, Nueva York, 5 de mayo de 1887.

[6] Reynaldo González. “Cirilo Villaverde: hombre de poca imaginación”, “La crítica ante Villaverde”, “Villaverde, testigo de cargo”, “Lo folletinesco en Cecilia Valdés”, en Contradanzas y latigazos, Letras Cubanas, 2da. Ed. (Apéndice valorativo de Manuel Moreno Fraginals), La Habana, 1992, pp. 31-110.

[7] Enrique José Varona: “Mi tío, el empleado”, en Revista Cubana, t. V, enero-junio de 1887.

[8] Adis Barrios: “La narrativa entre 1868 y 1898”, Historia de la Literatura Cubana (La colonia desde los orígenes hasta 1898), T. I, p. 446.

[9] Ramón Meza: “Nuestra opinión”, La Habana Elegante, La Habana, 13 de junio de 1886.

[10] Ídem.

[11] Adis Barrios, Ob. Cit., p. 488.

[12] Ídem, p. 448.

[13]Reynaldo González. “La mulata Cecilia: del mito a la realidad”; “La necesidad hace parir mulatas”. Contradanzas y latigazos, Op. Cit. pp. 31-69, 140-227.

[14]Enrique José Varona. Ob. Cit..

[15] Ramón Meza. Ob. Cit.

[16] Rogelio Rodríguez Coronel: “Mi tío, el empleado: una transgresión modernizadora”. Cien años de independencia de Cuba. II Simposium Cuba-Alemania. Vol 1. Karl Kohut, María del Carmen Barcia Zequeira, Günter Martins (eds.). Alemania, Universidad Católica de Eichstätt, 1999, pp. 128-136.

[17] José Antonio Portuondo: “Sobre la novela y su autor”, en Ramón Meza, Mi tío el empleado, Letras Cubanas, La Habana, 2001, pp. 5-12.
[18] Rafael María Merchán. Carta a Ramón Meza, La Habana Literaria, La Habana, 25 de diciembre de 1891.

[19] Alejo Carpentier, El Mundo, La Habana, 16 de noviembre de 1960.

[20] José Martí. Ob. Cit. P. 126.

[21] Ídem. p. 127.

[22] Ibídem.

[23] Ibídem.

[24] Ibídem.

[25] Ibídem.

[26] Ídem. p. 129.

[27] Ídem. p. 129.

[28] Lisandro Otero: Prólogo a Mi tío, el empleado, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1993.

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