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Vino a Cuba en alpargatas
y pantalones de pana.
Cómo cambia la gente.
Con un real en el bolsillo
y el estómago estrujado.
Cómo cambia la gente.
Los ojos casi vidriados
del hambre que padecía.
Cómo cambia la gente.
Cuando el barrigón hablaba
todo el mundo se reía.
Cómo cambia la gente.
ROGELIO MARTÍNEZ FURÉ y
LUIS FELIPE ROCA [2]
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La obra
literaria de Ramón Meza (1861-1911) recorrió un amplio
espectro, dentro de sus lindes epocales, suma que le
dotó de un oficio envidiable. Mucho lo ayudó el
periodismo, donde fue un excelente cronista, y la
confección de relatos y novelas como Flores y
calabazas y Carmela, deudoras del
romanticismo costumbrista a que se devolvió en
Últimas páginas. El costumbrismo era la fórmula más
socorrida en su época, en ella entraron otros textos de
Meza: El duelo de mi vecino y Don Aniceto el
tendero. Escribió páginas de carácter paródico,
apoyadas en la subversión de estilos amanerados, como
El origen de la moda o Viaje aéreo, y
desarrolló la habilidad de un paisajista en la serie
“Croquis” que entregó en La Habana Elegante. La
suya fue una práctica de excepción, en un período de
florecimiento de las publicaciones cubanas, reflejo de
las ideas filosóficas y políticas que pulularon durante
una pausa entre las guerras independentistas, y después,
en la primera década republicana. Hoy soslayaré el
dibujo político del período en que escribió sus mejores
textos, algo que, por repetido, está al alcance en
cuanto libro suyo, o que lo nombra, ha salido de las
imprentas. En honor a la brevedad, soslayaré citas
extensas de sus obras, para entrar con algún
detenimiento en los aspectos del pugilato provocado por
su novela Mi tío el empleado,
Meza hubiera
seguido la línea de sus congéneres, con un trazado más
zigzagueante debido a su inquietud y su precocidad, pero
tuvo el atrevimiento veinteañero de publicar esa novela,
excepcional para su época. Es por ella que hoy lo leemos
con más detenimiento. Y por ella padeció sofocos que
marcaron su breve existencia, de sólo medio siglo. Se
propuso una crítica de costumbres sin paralelo en
nuestra literatura decimonónica, con elementos grotesco
y “algo de rabelesiano y de pantagruélico”, según anotó
José Martí,
desde Nueva York, en un acercamiento menos prejuiciado
que los de sus contemporáneos de la Isla. Por varios
años, desde sus columnas periodísticas y en las
tertulias literarias, Meza fue piedra de choque para los
conservadores, pero hacia el final de su vida publicó
una explícita declaración de conservadurismo
esteticista, que tituló Autobiografía, suerte de
reconvención y vuelta al redil.
Es obvio que por el riesgo formal concretizado en Mi
tío el empleado, que provocó una tremolina en el
cotarro habanero, nuestro atrevido joven del trapecio
volador sufrió un drástico revés, como para concluir
sus días como cronista eficaz, solamente eficaz,
adscrito a la indolencia oficial. En tan escuetos
párrafos cabría la trayectoria del escritor que hoy
evoco, pero no podemos pasar la hoja con tanta
facilidad.
La observación
costumbrista, que con largueza sirvió a la
intelectualidad criolla para denunciar vicios coloniales
—si bien demasiado insistieron en verlos sólo como
“males de la colonia” y no acendrados en la
idiosincrasia colectiva—, aguzó la mirada de Meza en el
camino hacia Mi tío el empleado. Por ser el
narrador cubano que más interesa en la bisagra de los
siglos xix
y xx,
cuando nuestra literatura pudo abandonar recurrencias
coloniales y anticoloniales para entrar en
consideraciones menos transitorias, me acercaré a las
circunstancias que rodearon su novela mayor y su
engarrotamiento en el cambio que tuvo Cuba, de colonia a
república, estadio que él vivió en una holgada madurez.
Sabemos que su atrevimiento inicial tuvo una desabrida
recepción entre sus congéneres, deudores de tendencias y
estilos tradicionales, aguijoneados por la inmediatez y
por razones extraliterarias que terciaban en los
derroteros de la literatura, largo padecimiento de
nuestras letras.
En la anterior
escritura de Meza se percibían avances del experimento
llevado a mayores consecuencias en Mi tío el empleado,
donde emergió con una irreverencia tamizada por la
ironía y una decisión inexistente en otros escritores
cubanos de su tiempo, los latinoamericanos y, también,
los peninsulares. Recordemos que nuestros literatos
decimonónicos generalmente miraban hacia Londres, Nueva
York o París, pero estaban obligados a competir con las
mentes ilustradas de la América hispana y España, por
vínculos históricos y por el idioma, en cuyo uso más de
uno daba traspiés con pocas mañas e inocultables
arcaísmos. En Meza, la observación de costumbres y el
trazado de personajes y tipos mostraban un mayor calado,
él descollaba por una eficacia expresiva que enconó lo
que deseamos ver como incomprensión y no castigo.
Cuando leyó
Carmela, Cirilo Villaverde lo consideró “uno de los
pocos escogidos entre los muchos llamados
novelistas cubanos”, y calificó la novela de “labor
concienzuda y acertada”. Partía de su Cecilia Valdés,
ya convertida en canon para reflejar “personas que
viven, hablan y actúan como todo ser de razón”, frente a
personajes que consideraba “meras ficciones de exaltada
fantasía”, carentes “de interés para el lector que a la
par que recreo, busca verdad en las obras de la
imaginación”.
Anotemos que los personajes creados por Villaverde no se
destacaron precisamente por vivir, hablar y actuar
como seres razonables, pues quedaban difuminados por el
descuido típico del folletín por entregas, que sirvió de
molde al “modelo”. Pero quién se lo discutía al viejo
narrador que había dedicado gran parte de su vida a
componer un colosal fresco antiesclavista, tanto que lo
culminó ya derogada la esclavitud, algo que no restó
importancia a su denuncia de corrupciones deudoras del
esclavismo.
Para entonces Villaverde cosechaba lauros y agradecía la
lisonja de Enrique José Varona al calificar la novela de
Meza como “hermana menor de Cecilia Valdés”.
El cachorro se comportaba en concordancia con un
reglamento no escrito, pero exigente.
Esas
circunstancias marcaban el derrotero de una
intelectualidad nativa escindida en partidos y
tendencias merecedoras de estudio desde otras
disciplinas, pero en literatura se tradujeron en
restrictivas normas. Aunque Cecilia Valdés
describió vicios morales de la época, cumplimentó los
requerimientos del
romanticismo con cuadros costumbristas sobre un tapiz
histórico, versión criolla de los amores imposibles, los
triángulos sentimentales y los delicuescentes
sufrimientos europeos. Ese declive, y no su documentada
información sobre la vida colonial, devino cartabón para
las ficciones literarias cubanas. Carmela, la
réplica, fue acogida con generosidad por una crítica
persuadida de que el costumbrismo era idóneo para
combatir las deformaciones de la colonia. Esa misma
crítica detectó el desacato de Mi tío el empleado,
realismo sin meandros románticos, con fragmentaciones y
disyunciones de sorpresiva modernidad. Meza creyó saltar
obstáculos al reiterar criterios peyorativos hacia la
inmigración de españoles pobres e ignaros, latiguillo de
las tertulias criollas y fuente de un folklore oral
donde quedaban mal paradas las comunidades peninsulares,
pero sus ráfagas expresionistas, sus elipsis y la
plasmación de las anécdotas provocaron un extrañamiento
de difícil asimilación para las aletargadas
sensibilidades de la Isla. Ni los más avanzados contaban
con referencias y elementos adecuados para enjuiciar
aquella obra. El joven narrador conoció una avalancha de
opiniones adversas a su novela y, luego, por Don
Aniceto el tendero, nueva acometida al lucro, la
mendacidad y los relajamientos engendrados por la
convivencia delictiva.
El argumento
de Mi tío el empleado pudo nacer en una sobremesa
criolla, entre chistes que escarnecían a los “primos”
peninsulares que arribaban al amparo de prebendas
metropolitanas, porque desplazaban a los cubanos de la
gobernación, el comercio y empleos menos remunerados. La
primera parte narra las penurias de Vicente Cuevas y su
sobrino, llegados al puerto habanero sin otra visión
civil que la de su aldea natal, míseros y apocados, pero
dispuestos a todo por cumplir el sueño de enriquecerse
en América. Sufren desdichas, tropiezos y burlas crueles
mientras conocen —y con ellos los lectores— los
chanchullos amparados en la ineficaz burocracia. Luego
de peripecias grotescas y jocosas que desnudan la
ambición cerril de Vicente Cuevas, un revés de la
política monárquica desbarata los trucos del pariente
que los explota, pero los que resultan inculpados son
ellos. Para salvar el pellejo escapan a México. La
segunda parte es el reverso de la medalla: el triunfal
establecimiento del Conde Coveo, que es el mismo Vicente
Cuevas enriquecido y despótico, pero aquejado de una
insatisfacción que no calman el dinero, las comodidades,
el reconocimiento social y los dispendios que su
posición le permite, incluido un matrimonio de
conveniencia que antes no logró. Esta suerte de Conde de
Montecristo envilecido, tan analfabeto como en su etapa
anterior, cumple el objetivo de “ser alguien en un país
de pillos”. Se rodea de amanuenses a quienes utiliza y
maltrata como lo hicieran con él, y amasa una fortuna
para regresar a España travestido de indiano tardío.
El relato
Don Aniceto el tendero, igual de mordaz, aunque
menos arriesgado en términos literarios, cuenta la vida
de un comerciante dispuesto a enriquecerse en la colonia
ultramarina. Intuye que su negocio, pomposamente llamado
La Moralidad
Comercial, puesto en sociedad con Sebastián, otro
fanático de las compraventas, no satisfará sus
ambiciones si no aumenta su parte del pastel. Se
sobreimpone al tedio de un acontecer sin mayores
altibajos, alcanza la posición deseada, se encumbra,
pero en el tránsito sacrifica los sentimientos de su
hija, cuya boda con el socio Sebastián redondea el
monopolio. Igual que en la novela anterior, la figura
femenina lleva la peor parte. En ambas, Meza ataca las
vidas solamente enderezadas al lucro y a la imposición,
en detrimento de personas menos mercantilistas.
Parecería que al indicar las pústulas en el cuerpo
social, generadas por el colonialismo, las novelas de
Meza cumplían con los requerimientos de los críticos
inmersos en la oposición al régimen, pero se
convirtieron en dianas para diferentes dardos. Habían
salido en medio de una distendida polémica sobre el
romanticismo, que fenecía, el naturalismo, que llegaba
como influencia europea, y el realismo, en cuyo seno los
costumbristas emplazaban sus relatos, sin que algunos de
esos conceptos quedaran dilucidados. Un análisis de Adis
Barrios, en la Historia de la Literatura Cubana,
confirma que los críticos de la época no tenían “una
idea clara de las diferencias entre el realismo y el
naturalismo”. Diego Vicente Tejera, por ejemplo,
“ubicaba en polos opuestos a la novela romántica y a la
naturalista, a la que también llamaba realista. [Pero]
asumió la defensa de la nueva tendencia y emplazó a la
crítica a tratar de definir sus caracteres esenciales.”
El
propio Meza, al defenderse, entrelazaba escuelas y
estilos como una sucesión natural: “El naturalismo, que
no es más que una faz del realismo, y que podrá ser
considerado algún día como su genuino predecesor, es una
escuela de reglas y preceptos más radicales, más
estrechos que aquella. Extrema sus procedimientos, cada
vez con más audacia y energía, como para dejar bien
despejada y libre la senda que deberá seguir el arte.”
Sus críticos
le censuraron la alternancia de elementos impresionistas
con representaciones de marcado expresionismo, un
naturalismo embrionario y recurrencias simbolistas
mezcladas a datos de humor caricaturesco, en servicio de
una fabulación que enarcaba costumbres vistas como poco
“bellas” o edificantes. Defendían posiciones
contrapuestas, reclamaban “la belleza”, coincidente con
el “buen gusto”, algo opuesto a las intenciones de Meza,
En sentido estricto, pocos críticos de entonces se
esforzaron en comprender los cometidos de los creadores.
Más esfuerzo gastaron en establecer lineamientos, lo que
generó un “estilo” directamente utilitario que con el
pretexto de analizar, resultó normativo y devino lastre
extendido al siglo
xx.
Meza ansiaba
una libertad total para la creación literaria, donde los
elementos confluyeran en un cuerpo en bullente
germinación, sin recetarios obligados: “Lo que [a la
obra de arte] da tono y carácter es la forma de que se
la reviste, la manera más o menos gallarda de tratarle.”
Sin alcanzar a nominarlo, su interés participaba del
creacionismo en que algunos poetas proclamarían la
total autonomía del poema como constitución orgánica. Su
propósito “trascendía las escuelas al tiempo que las
rozaba a todas, […] prefería los símbolos, las imágenes
pantagruélicas de los banquetes, el realismo grotesco
que irrumpe con risa trágica, la expresión que revela
retorcidas pasiones, la luz que descubre los colores y
que ‘completa’, con la imagen visual, la idea que
relaciona objeto y simulación”.
Tanto Meza
como sus censores entraban en una concepción moralizante
de la literatura, dejada en “agente cargado de ideología
[cuya] función social se manifestaba según la
tendencia: bajo el romanticismo la fantasía había sido
más recreada que la propia realidad, de ahí que Meza
viera en la literatura romántica una función
eminentemente catártica, mientras que el naturalismo
permitía la observación del mundo circundante y
propiciaba su conocimiento.”
En el panorama
descrito hallamos a nuestro novelista entrampado por
intereses de “adentro” y de “afuera”: los unos en una
parodia de parlamentarismo sin parlamento, en filas
políticas que asumían programas endebles mientras
esquivaban la radicalidad independentista, los otros en
una laboriosidad que enfilaba a la guerra libertadora.
Enrique José
Varona, quien ejercía un magisterio tácito entre las
huestes letradas, había etiquetado la novela Carmela
como “hermana menor de Cecilia Valdés” —rara
identificación de las obras por sus respectivas
protagonistas, según el modelo de la mulata “blanconaza”
que redondeó un perdurable icono sexual—,
pero se contrajo al reseñar Mi tío el empleado,
con aseveraciones poco sustentadas, como que en la
anterior novela Meza “nos da mucho de su fondo propio”,
pero en la segunda “nos da poco, por eso nos divierte a
ratos, y nada más”. Su reacción adoptó características
de altanero paternalismo:
El Sr. Meza
carece aún —y esto no es de extrañar porque aun es muy
joven— de verdadera penetración psicológica. Ve bien los
objetos, y por lo tanto las personas, pero no penetra
mucho más allá de la superficie. [Su novela] parece
hecha a retazos. Sus capítulos producen la impresión de
croquis tomados rápidamente al paso, y retocados con
elementos de pura fantasía. En el fondo hay algo real,
algo que se ha visto, pero hay demasiados accesorios que
resultan postizos. Por eso en vez de una sátira de
costumbres, como ha querido su autor, ha resultado una
serie de caricaturas. El autor ha imaginado más que
observado; y lo malo es que la obra debiera ser de mera
observación, para los fines que se ha propuesto el
autor.
Meza,
participante de las más atrevidas tertulias habaneras y
compañero de talentos que llegaban a La Habana
Elegante con ansias de renovación, no debió aceptar
de buen grado el golpe asestado desde la Revista
Cubana, en cuyas páginas se acuñaba la fabulación
literaria como epigonal del acontecer directo y
resultaba punible el pecado de “imaginar más que
observar”. Lo remachaba Varona al enfatizar que “la obra
debiera ser de mera observación”. La casi simultaneidad
de ambas novelas, en 1887, se explica por la fiebre
creadora del joven Meza, su ansiedad de explorar
diversos procedimientos literarios. Sus adversarios se
desconcertaron porque en tan breve lapsus
propusiera un viraje drástico en relación con el verismo
costumbrista villaverdiano. Un texto suyo, del año
anterior, nos autoriza a pensar que estaba advertido. Se
adelantó a la recepción adversa de Mi tío el empleado,
al requerimiento de seguir la escuela romántica cuando
ya fenecía:
En el proceso
histórico del arte literario se ven suceder las escuelas
a las escuelas: el clasicismo quedó destronado por el
romanticismo, y éste a su vez cederá su puesto, si es
que no lo ha cedido ya, al realismo, la literatura entra
en una nueva faz; sus tendencias se acomodan a las del
saber humano en todas sus manifestaciones, las cuales
parecen caracterizarse por un espíritu de análisis
favorable a la investigación de la verdad, y es a veces
tan tenaz que no se detiene ni aún ante los ídolos más
venerados de las pasadas generaciones. […] Hoy es
general la lucha contra el naturalismo, y es tan animosa
como la que emprendieron los clásicos contra la escuela
romántica, lo cual no evitó que ésta tuviera su
nacimiento, su brillante desarrollo y su inevitable
decadencia. […] Una vez que se sabe que el arte ha
entrado en una nueva faz, una vez que se conocen sus
actuales tendencias, entendemos que es preferible
seguir, aunque no servilmente, los preceptos que en la
actualidad le informan, a romper de abierto modo con
ellos; pues dentro de los preceptos generales de una
escuela pueden producirse obras originales y nuevas.
Llama la
atención que Meza acudiera a un marcado distanciamiento,
casi como “observador” de su propio ejercicio, para
alegar por una actualización de “tendencias” cuyo
estudio echaba en menos en la crítica autorizada. Sólo
sugería la posibilidad de que existieran “obras
originales y nuevas”, que no siguieran “servilmente” los
“preceptos” predominantes. El estudioso Rogelio
Rodríguez Coronel apuntó que esa “declaración más bien
conservadora […] revela la coyuntura estética en que se
encontraba”, entre “los postulados del realismo
reproductor” y la tentación de “lo original y
nuevo, categorías tan seductoras para las
vanguardias”.
Este razonamiento, como otros, compulsa Mi tío el
empleado con búsquedas formales del siglo
xx, porque
leída desde una lógica temporal, resulta inexplicable.
Suele vérsele como experimento sólo pareado a obras
posteriores, tanto que algunos de sus analistas acceden
a comparaciones con obras de Kafka
y, agrego yo, a los “esperpentos” de Valle-Inclán, al
menos su mirada “pictórica”, expresionista, la
obnubilación ante los espejos cóncavos en Luces de
Bohemia. Todo esto coincide en advertir en Mi tío
el empleado la labor de un adelantado.
En el
equilibrio de las tendencias políticas que tamizaban el
reformismo cubano, complacidas de hallar en la paz las
posibilidades de explayar sus intereses, cuidaban ese
ambiente como su caldo de cultivo. Entre polémicas que
se escudaban en el tratamiento de asuntos muy generales,
saltó un aspecto que evidenció las lindes de los debates
intelectuales cubanos. Los personajes y la anécdota de
Don Aniceto el tendero, nueva embestida de Meza a
la avaricia que triunfaba sacrificando virtudes, le
multiplicaron contratiempos. Desde Bogotá, el
independentista Rafael María Merchán lo incriminaba por
“no tomar de la sociedad sino los tipos más imperfectos,
exhibirlos a toda luz y convertir la novela en un museo
de fealdad”. Se alarmaba ante la crudeza en el
tratamiento de asuntos excesivamente críticos, y
reclamaba de la ficción literaria sólo cuanto resultaba
pertinente:
En las
condiciones peculiares de Cuba, y una vez admitida sin
discusión la teoría realista, las dos novelas de usted
me parecen literariamente buenas pero socialmente
peligrosas. Pues no ve usted que los extranjeros que las
lean pensarán que los españoles se propusieron degradar
la sociedad cubana y que lo han conseguido. En sus
libros consta el apocamiento colonial, pero no muestra
reacción; el miasma de los dominadores, pero no nuestros
esfuerzos por elevarnos a atmósfera más pura. Los
españoles mismos dirán: he ahí cómo son los cubanos; esa
gente merece el destino que le hemos dado.
Esos
reclamos, con pocos matices y variantes, han regresado a
lo largo del tiempo. Cada vez que alguien retomó la
trayectoria de Meza, luego de dibujar el panorama del
reformismo insular de entonces, con autonomistas y
anexionistas enfrentados al quietismo colonial,
tácitamente interesados en aplacar el independentismo
insoslayable, buscaron la ubicación de Meza en ese
entramado, por su origen de clase o su educación.
Ocurrió en 1960 y 1961, con la resurrección de Mi tío
el empleado en una Antología de la novela cubana,
encargada a Lorenzo García Vega por la Dirección
General del Ministerio de Educación, en el memorable
homenaje a Meza de la revista Cuba en la
unesco,
y lo persigue en los prólogos y las notas de sus
reediciones. En su mesurada lectura de la novela, Alejo
Carpentier le atribuyó una extraordinaria singularidad
porque escapó de “las normas corrientes de la narrativa
de su época”, y subrayó su aparición en la América del
siglo xix,
cuando “no se concebía que una novela pudiese prescindir
de una anécdota central con su correspondiente idilio”.
Pero la mirada retrospectiva de Carpentier, y de otros,
no eximió a Meza de los riesgos que conoció en su
circunstancia de joven talento sometido a la miopía de
un entorno tiránico. Parecería que siempre lo persiguen
los acosos de aquella época, y que por más que se
recurra al lugar común del reconocimiento posterior —en
este caso póstumo—, nada lo resarce del martirio que
conoció en vida.
Durante los años en que Meza entregó su mejor obra, la
crítica adversa fue generalizada, con tal vehemencia que
sobrepasó la medida de una reprimenda considerada justa
por los talentos entregados a una aceptación estrecha y
unívoca del realismo. Incluso la reseña de José Martí,
desde una cultura literaria más actualizada y distante
de los intereses a que respondían los críticos del
interior de la Isla, resultó tamizada ante la
pertinencia o inoportunidad de un texto de tan marcada
acritud, visto como una "mueca hecha con los labios
ensangrentados”.
El reparo de Martí a lo inoportuno de su tono satírico
se ha repetido más que los elogios y la comprensión que
tuvo de la novela desde la esencia propia del arte. Pero
el texto martiano sobre Mi tío el empleado merece
una glosa que no enfatice, sino que sopese los
elementos, para no dejarlo en servicio de las miradas
ajenas a la razón artística en el manejo, más que
estudio, de la literatura.
Al
hallar que la representación ofrecida por Meza semejaba
“un teatro de títeres fúnebres”, pese a los trazos que
por sorpresivos, desconcertaban a sus censores, Martí
reconoció la autenticidad de sus personajes y subrayó
que “conforme se va leyendo el libro […] no pueden
negarse los ojos a ver, ni la memoria a recordar”.
Aquellos personajes vivían, se movían, era imposible
ignorarlos. Y a quiénes, sino a los intelectuales
acogidos a tendencias peregrinas mientras obviaban el
drama cubano, se refirió Martí cuando evocó los
personajes retratados en la novela y escribió: “No
parece de veras, aun a los que todavía llevan el brazo
manchado de cuando se rozaban con ellos por las calles,
que esos entes cómicos, sobre cuyas cabezas flota la
tragedia, sean tan desnudos de mérito como los pinta,
calcándolos del natural, este libro, que deja una
impresión semejante a la que ha de dejar una bofetada.”
No fue
regañón ni normativo Martí, ni escamoteó elogios al
talento de Meza, “tan característico —dice—, que ha de
constituirle una originalidad poderosa en los libros
donde ya salgan en sazón las cualidades que, por lo
despacioso de ellas y lo joven de él, se muestran aquí
[…] porque no es esa observación común que copia lo que
ve, como la fotografía, sino otra implacable y casi
ceñuda, que realza su poder con su justicia”.
En su elogio, Martí evocó la eficacia de Daumier y
Hogarth, captores del definidor “gesto social”, quienes
no dudaron en cargar el trazo para explicitar sus
mensajes. Como en las obras de aquéllos, le pareció que
el joven cubano se servía del trazo raudo y fuerte. Dejó
dicho que el conjunto de la novela, “sin ser más que
retrato, parece caricatura”,
notable afirmación que validaba las pinceladas
expresionistas a que se acogió Meza. Veo a Martí
enfrentado directamente con la crítica adocenada cuando
añade que el mérito estaba, precisamente, “en que, aun
en el riesgo de desviar la novela de su naturaleza, no
quiso el autor invalidarla mejorando lo real en una obra
realista, cuya esencia y método es la observación, sino
que, hallando caricatura la verdad, la dejó como era”.
Cierto, remarcó Martí la circunstancia política que
vivía Cuba, una tregua entre guerras de desgaste, época
“amasada con sangre y que pudiera volver a anegarse con
ella”.
Puestas en relieve las sorprendentes bondades de la
novela y la destreza del escritor al asirse a recursos
nuevos para subrayar la intención aleccionadora, una vez
apuntada la eficacia del hiriente humor satírico,
sugirió que no podía ser ése el instrumento que
reclamaban las condiciones insulares, porque “donde se
vive sin decoro, hasta que se le conquiste, no tiene
nadie el derecho de valerse de la gracia sino como arma
para conquistarla”.
La observación respondió a la habitual gravedad
martiana, pero pesó menos en el conjunto de un texto
donde obsequió elogios para un creador que llegaba con
una proposición diferente. Nada justifica que sucesivos
acercamientos agrandaran el reparo hasta llevarlo a
significado primordial, que suplanta el elogio. Como
quien busca el fiel de la balanza, Lisandro Otero repasó
la lectura martiana de Mi tío el empleado y
apuntó que solamente en “el lujo grotesco del
advenedizo, en la caricatura, en la fotografía
implacable y sañuda de la realidad, en sus personajes
ruines, en el aire de parodia y las magnificadas
picardías, en el dibujo que no está hecho con lápiz
‘sino con punta de acero’, estará el acento mayor que
Martí tolerará, pese a la inoportunidad del humor”.
Otero recordó que en 1888, fecha de su recensión, Martí
saludó “el pensamiento fiero y la melancolía grave” que
armaron el elemento dominante en la obra de Meza, quien,
lo vio Martí, retrató como caricatura lo que ya lo era.
Hoy,
al releer Mi tío el empleado, más de un siglo
después de su primera edición, y con el paréntesis que
le dosificó setenta y cuatro años de olvido, junto a su
esfuerzo vanguardista a destiempo asoman las
circunstancias que rodearon a su autor. Comprendo los
avatares afrontados por los elementos expresionistas de
su juvenil incorporación al naturalismo, que en lentas
oleadas recalaba en las costas habaneras. Y la reacción
de un entorno crítico atenazado por circunstancias que
tensaban ansiedades, intereses y desconocimientos hasta
obstaculizar la lectura serena y la imprescindible
ductilidad de incorporar, en bien de un pensamiento
cultural más provechoso, el interés del artista en su
propia realización. Confirmo que Ramón Meza fue un
adelantado febril, excuso la fatiga que contaminó su
llamada Autobiografía, y me vuelvo al énfasis
poético que animó su prosa narrativa, ingrediente que
explica sus apasionadas transiciones, sus ambientes
grotescos, sus parajes de doloroso guiñol, como
dibujados por Goya, con cincel más que con pluma. Es
motivo de orgullo saber que la novela cubana
decimonónica tuvo en Meza, y en Mi tío el empleado,
un exponente recio, diferente, solitario.
NOTAS
Cirilo Villaverde: Carta a Ramón Meza, Nueva
York, 5 de mayo de 1887.
Alejo Carpentier, El Mundo, La Habana, 16
de noviembre de 1960.
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