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Primero fueron un centenar, en dos días llegaron a ser
mil, hoy son varios miles. Escritores, directores de
cine, actores, músicos, pintores, escultores, varios
premios Nobel…, hombres y mujeres de los cinco
continentes. La indignación por una nueva maniobra de
Estados Unidos contra Cuba en Ginebra se convirtió en
grito y ahora es un clamor. Pensaban que el mundo iba a
asistir impasible a su nuevo y miserable insulto a la
inteligencia, que iban a consentir en silencio cómo el
torturador de Abu Ghraib y Guantánamo acusaba a quienes
están llevando la salud a los barrios de Venezuela,
escolarizan a todos sus niños, forman becados a jóvenes
pobres de varios continentes y llevan la voz de los
oprimidos a los foros internacionales. Miles de hombres
y mujeres, con una trayectoria humana de dignidad y
honestidad reconocida por la humanidad, le están
diciendo al mundo que el criminal quiere acusar al
inocente. Sus grandes medios los quieren silenciar, las
televisiones y agencias quieren esconder el manifiesto
de la verdad y no lo están consiguiendo. Cada día un
nuevo colectivo social lo está recordando, una
publicación alternativa lo está recogiendo, una radio y
una televisión comunitaria lo está difundiendo. Y se
siguen sumando hombres y mujeres al manifiesto de la
dignidad.
Los de Abu Ghraib y Guantánamo van llamando a las
puertas de quienes subastan su conciencia con talonarios
de dólares. Organizaciones de periodistas que solo
representan a quienes les pagan, e inventores de
escritos de falsedades que firman quienes necesitan a
los de Abu Ghraib y Guantánamo para que les paguen
porque publiquen sus libros y artículos, quieren ocultar
el sol con un dedo, un dedo manchado de sangre y de
dólares que solo consiguen que esta se vea mejor bajo la
luz del sol.
Pero no se le puede poner vallas al campo y cada día,
cada hora, cada minuto, se van incorporando firmas
honestas al manifiesto de la verdad que desvela la
mentira de los de Abu Ghraib y Guantánamo. Y no
encuentran a Caín por más que buscan por los pasillos de
las Naciones Unidas de Ginebra moviendo sus fajos de
dólares. Y es que el mundo ya no soporta más mentiras,
más insultos, más engaños. Hace ya tiempo que los
ciudadanos del mundo ven a los cadáveres de los niños
iraquíes en los billetes de dólar y cada vez quedan
menos dispuestos a coger esos billetes porque sus
conciencias no se lo permiten. Y cada día menos
gobernantes sin escrúpulos se atreven a cogerlos porque
saben que sus pueblos verán la sangre en las manos que
tocaron esos billetes.
El pueblo cubano no está solo. Nos quieren comprar,
buscan silenciarnos, desplazarnos de sus informativos y
sus tabloides, pero nuestra voz que acusa a Abu Ghraib y
a Guantánamo es ya un grito que se oye en cada rincón de
la tierra. Y los hombres y mujeres de Cuba han de saber
que la voz de la humanidad no es la que los poderosos
quieren que se oiga en Ginebra, como tampoco se oye en
el Consejo de Seguridad, ni en el Banco Mundial ni en el
Fondo Monetario Internacional.
La voz de los firmantes del manifiesto de la verdad está
en las casas de los hombres y mujeres honestos, en las
calles humildes de América Latina, Europa y Estados
Unidos, en los barrios sitiados de Iraq y Palestina, en
las cárceles norteamericanas donde cinco cubanos han
llevado más dignidad de la que nunca habrá en todos sus
edificios oficiales juntos. Y cuando los criminales de
Abu Ghraib salen de sus mansiones y despachos tropiezan
con esa voz que no dejará que su conciencia descanse.
Sus dólares ensangrentados seguirán comprando falsas
organizaciones que dicen que luchan por la democracia y
los derechos humanos, o que exigen libertades en Cuba.
Quieren para los cubanos la democracia y las libertades
de Afganistán, de Iraq o Haití. Pero los cubanos les
están diciendo que Cuba no se vende y que millones de
hombres y mujeres del mundo les estamos gritando a los
cubanos que les necesitamos, que son nuestra esperanza,
que solo entra la dignidad y la verdad en las Naciones
Unidas cuando ellos hablan y que su combate es el
nuestro. Sus sueños son nuestros sueños, sus
imperfecciones son las nuestras y su luz es una de las
pocas que nos alumbra en estos tiempos de penumbra y
crimen imperial.
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