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Honestidad. No hay otra palabra que califique con mayor
precisión el gesto de más de mil intelectuales de
América Latina, Europa, Asia, África y los propios
Estados Unidos al llamar la atención sobre la reiterada
maniobra del gobierno de Washington encaminada a
condenar a Cuba por la supuesta violación de derechos
humanos que esa misma administración desconoce y pisotea
sistemáticamente.
Concertada y voluntariamente, a partir del dictado de
sus conciencias, personas muy diversas en quehaceres y
profesiones, pero también en credos e ideologías,
coincidieron en advertir no solo lo que Estados Unidos,
en contumaz y perverso ejercicio, pretende singularizar
en la ronda anual de la Comisión de Derechos Humanos que
sesiona en Ginebra, sino, de igual modo, adoptar una
acción cívica, influyente entre los gobiernos que tienen
la responsabilidad de votar en el órgano de las Naciones
Unidas.
En la muy nutrida y representativa lista de firmantes
hay amigos de Cuba, gente que se identifica con el
inédito proceso de transformaciones sociales que tiene
lugar en nuestro país. Pero eso no es lo que define la
suscripción, pues también hay voces intelectuales que
distan de profesar los ideales socialistas y otras que
en determinados momentos han hecho públicas sus
diferencias y críticas ante acciones y particularidades
de la Revolución cubana.
Unos y otros saben que lo que se halla en juego va mucho
más allá de coyunturas y simpatías. Incluso va mucho más
allá de Cuba. Se trata de una elección ética. O se
cierran los ojos y se deja al arbitrio de los nuevos
bárbaros de Washington los destinos del mundo o se le
dice a ese mundo que debe y puede cambiar. O se admite
el predominio del cinismo y la impunidad o se planta
cara a la verdad para revelar la exacta naturaleza de
las cosas. O se calla para no molestar a quienes
certifican quiénes son los buenos y los malos en ese
filme mediocre que pretende ser la única lectura de la
realidad mundial o se le hace ver al guionista su maldad
y su mediocridad.
Es por todo ello que no concuerdo con quienes han
querido ver en la masiva respuesta ante el llamamiento
una recuperación del apoyo intelectual internacional
hacia la Revolución cubana. Este nunca ha faltado. En
todo caso hablaría de una recuperación del sentido ético
que tanta falta hace para salvarnos del caos.
Esto es lo que une a Rigoberta Menchú, la más alta voz
de las explotadas y masacradas comunidades mayas
guatemaltecas, con la japonesa Setsuko Ono, una sensible
escultora que promueve el humanismo como forma de
entendimiento y que conoce muy bien el interior del
sistema por sus largos años de trabajo en la cúpula del
Banco Mundial. Lo que hace que coincidan el transgresor
e irreverente cantautor Manu Chao, el director de
orquesta Claudio Abbado y el compositor folclórico
chipriota Adamis Kasantonis. Lo que junta en un mismo
propósito a los católicos Ernesto Cardenal y Frei Betto
con los marxistas Adolfo Sánchez Vázquez y Atilio Borón.
Es el sentido de la más elemental justicia el que
moviliza a Nadine Gordimer, esa menuda y valiente mujer
blanca que se opuso al régimen del apartheid, y a James
Early, brillante promotor de estudios culturales de la
Smithsonian Institution en Washington.
Uno de los más ilustres firmantes del manifiesto, el
portugués José Saramago, dijo hace unos pocos años en
torno a las relaciones entre obra y vida: “Estar
esperando que el poeta, el escritor tengan algo que
decir como si fuera una especie de faro que va adelante
y todo el mundo le sigue, eso no se debe pensar. Nos
hemos equivocado, no hay que pedirle al poeta, al
escritor, al artista, al músico, al pintor cosas como
esas, él hace su trabajo. Lo que interesa es preguntarle
a él, además de su trabajo, ¿qué es lo que hace? Una
cosa es el libro que yo escribo y otra, quizá contraria,
es cómo se comporta una persona determinada, cómo me
comporto yo en la vida. Puede llegar a haber una
contradicción entre una cosa y otra. Yo puedo escribir
cosas maravillosas y ser un canalla”.
No faltan buenos escritores, pintores, matemáticos que
son buenos canallas. El lector avisado no necesita
nombres, sabe en quiénes estoy pensando. Pero también
sabe que entre los más de mil nombres y otros muchos que
se irán sumando en las siguientes jornadas al manifiesto
Detengamos una nueva maniobra contra Cuba, más allá del
sólido prestigio que avala sus diversos ejercicios
intelectuales, sobran dignidad, honestidad, altura
ética, sentido de la justicia y un irreductible
compromiso con el mejoramiento humano.
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