Año III
La Habana
2005

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Jueves en la villa
Amado del Pino
La Habana


Escribo Guanabacoa y rápidamente se pone roja la palabra en la pantalla. Claro, los que establecen los programas de computación y designan los vocablos correctos o existentes, no están al tanto de la supervivencia de voces aborígenes en el habla y la vida cubanos del siglo XXI. Esa suerte de rubor o advertencia —por lo demás útil de vez en cuando— me recuerda aquel poema de Nicolás Guillén en que se quejaba de lo exigentes que eran algunos para pedirnos un nivel de detalle en cuanto a la herencia cultural de todo occidente, a la vez que desconocían la historia de nuestros países subdesarrollados. Nicolás, exultante y apasionado, decía algo así como: “cuando te toque/ mándales a decir Cacarajícara/ y en qué lugar del mundo está el Aconcagua”.

Supongo que el poema de Guillén, escrito en ordenador, hubiese aparecido lleno de avisos de supuestos disparates.
Guanabacoa — “sitio de aguas” o “lugar de las aguas” en lengua taína— es la Villa de Pepe Antonio. Así, casi de carretilla, para los cubanos, porque así se aprende en las clases de Historia de la enseñanza primaria: que cuando los ingleses tomaron la Isla en el siglo XVIII el valiente criollo con sus milicias defendió La Habana, que era de los españoles, pero fueron menos apasionados, frente a los cañonazos, que los que ya se sentían cubanos y se opusieron al invasor.

La crisis del transporte de la década del 90 alejó este barrio —pueblo de la vida integral de la ciudad. Algo parecido le sucedió a La Lisa o a Mantilla, por citar dos sitios populosos y palpitantes. En los 80 de mis 20 años recuerdo que —aunque las guaguas también “tenían sus días” intratables— la gente abordaba la 195 y se llegaba hasta el centro con mayor naturalidad en busca del cine de programación fresca o la brisa del malecón. Vale recordar que Guanabacoa siempre tuvo algo de sitio aparte, de personalidad propia. Aquí, cuando alguien pretende organizar una fiesta masiva en un local pequeño; o cuando una gorda aspira a introducirse dentro de un pantalón ajustado, se escucha la frase “quiere meter La Habana en Guanabacoa”. También resulta clásico que si las cosas comienzan a salirte reiteradamente mal, alguien te sugiera: “Vas a tener que ir a Guanabacoa”. Sí, porque allí están —se dice— los mejores babalawos, sacerdotes de Ifá, y ya se sabe que con esas y otras palabras que la computadora no reconoce se sostiene la fe (de origen africano y sólida fecundación caribeña) de muchos cubanos de diversas edades y colores.

Pensaba en Pepe Antonio y en mi tía que vivió muchos años en el legendario municipio, pero esta vez fui convocado por el teatro. Desde hace varias décadas un hombre delgado y sonriente, al que todos llaman Tomasito, ha sostenido la creación teatral para los que crecen en este barrio que vio nacer y desarrollar a glorias de la cultura cubana como Rita Montaner o Bola de Nieve, pero que no siempre cuenta con suficientes opciones culturales. El teatro de La Villa es hermoso, íntimo y resulta ejemplar en cuanto a la cantidad de estrenos y el vínculo con los niños del barrio. A tal punto que para los teatristas y el público, Guanabacoa ha comenzado a ser también “la villa de Tomasito”.
 

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