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Escribo Guanabacoa y rápidamente se pone roja la palabra
en la pantalla. Claro, los que establecen los programas
de computación y designan los vocablos correctos o
existentes, no están al tanto de la supervivencia de
voces aborígenes en el habla y la vida cubanos del siglo
XXI. Esa suerte de rubor o advertencia —por lo demás
útil de vez en cuando— me recuerda aquel poema de
Nicolás Guillén en que se quejaba de lo exigentes que
eran algunos para pedirnos un nivel de detalle en cuanto
a la herencia cultural de todo occidente, a la vez que
desconocían la historia de nuestros países
subdesarrollados. Nicolás, exultante y apasionado, decía
algo así como: “cuando te toque/ mándales a decir
Cacarajícara/ y en qué lugar del mundo está el Aconcagua”.
Supongo que el poema de Guillén, escrito en ordenador,
hubiese aparecido lleno de avisos de supuestos
disparates.
Guanabacoa — “sitio de aguas” o “lugar de las aguas” en
lengua taína— es la Villa de Pepe Antonio. Así, casi de
carretilla, para los cubanos, porque así se aprende en
las clases de Historia de la enseñanza primaria: que
cuando los ingleses tomaron la Isla en el siglo XVIII el
valiente criollo con sus milicias defendió La Habana,
que era de los españoles, pero fueron menos apasionados,
frente a los cañonazos, que los que ya se sentían
cubanos y se opusieron al invasor.
La crisis del transporte de la década del 90 alejó este
barrio —pueblo de la vida integral de la ciudad. Algo
parecido le sucedió a La Lisa o a Mantilla, por citar
dos sitios populosos y palpitantes. En los 80 de mis 20
años recuerdo que —aunque las guaguas también “tenían
sus días” intratables— la gente abordaba la 195 y se
llegaba hasta el centro con mayor naturalidad en busca
del cine de programación fresca o la brisa del malecón.
Vale recordar que Guanabacoa siempre tuvo algo de sitio
aparte, de personalidad propia. Aquí, cuando alguien
pretende organizar una fiesta masiva en un local
pequeño; o cuando una gorda aspira a introducirse dentro
de un pantalón ajustado, se escucha la frase “quiere
meter La Habana en Guanabacoa”. También resulta clásico
que si las cosas comienzan a salirte reiteradamente mal,
alguien te sugiera: “Vas a tener que ir a Guanabacoa”.
Sí, porque allí están —se dice— los mejores babalawos,
sacerdotes de Ifá, y ya se sabe que con esas y otras
palabras que la computadora no reconoce se sostiene la
fe (de origen africano y sólida fecundación caribeña) de
muchos cubanos de diversas edades y colores.
Pensaba en Pepe Antonio y en mi tía que vivió muchos
años en el legendario municipio, pero esta vez fui
convocado por el teatro. Desde hace varias décadas un
hombre delgado y sonriente, al que todos llaman Tomasito,
ha sostenido la creación teatral para los que crecen en
este barrio que vio nacer y desarrollar a glorias de la
cultura cubana como Rita Montaner o Bola de Nieve, pero
que no siempre cuenta con suficientes opciones
culturales. El teatro de La Villa es hermoso, íntimo y
resulta ejemplar en cuanto a la cantidad de estrenos y
el vínculo con los niños del barrio. A tal punto que
para los teatristas y el público, Guanabacoa ha
comenzado a ser también “la villa de Tomasito”.
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