Año III
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2005

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En Cuba no se escribe en febrero
Omar Valiño
La Habana

Eso confesó en Holguín el excelente poeta nuestro Roberto Manzano por los días de la Feria del Libro allí, y de inmediato lo pensé como título de maravillas para esta nota que pretende justificarnos a mi compañera Maité Hernández-Lorenzo y a mí ante los lectores de “En Proscenio”. Manzano se refería, por supuesto, a la larga fiesta del libro que iniciándose en La Habana principiando ese mes, se desgrana luego a lo largo de la Isla. Mucho la disfrutamos en varios sentidos los escritores, pero es cierto que su dinámica nos impide escribir.

Al dedicársele esta pasada edición, además, a Abelardo Estorino, y por ende crecer la presencia del teatro en su programación y su entorno, nuestra implicación como organizadores lastimó precisamente en La Jiribilla el reflejo de todo cuanto ha ocurrido alrededor de Estorino y del resto del teatro insular en esta intensa entrada del 2005; marcada también para nosotros por dificultades de distinta índole.

Así, al iniciar hoy este segundo momento de “En Proscenio”, tenemos mucho que recontar, al tiempo que nos ocupamos del acontecer de ahora mismo. Lo iremos haciendo. 

 

Más teatro cubano actual
Zoila Sablón
La Habana


Desde hace algunas semanas, a partir de su presentación en las jornadas de la Feria Internacional del Libro, la colección Aire Frío, de Ediciones Alarcos adscrita a la revista Tablas, ha puesto en circulación un nuevo volumen de su serie Teatro cubano actual. En esta ocasión el título contiene significados que transcienden la acepción temporal o cronológica de nuestra escena.
 

Gracias a la selección de Lilian Manzor y Alberto Sarraín, con la traducción de este último, los lectores podrán recorrer una muestra, breve, del itinerario de la dramaturgia escrita por cubanos en EE.UU.

Podría mirarse como un libro más que aumenta el grueso lomo de Ediciones Alarcos. Sin embargo, en él se verifican una estrategia cultural y una perspectiva de una política a favor de la inclusión. El mundo editorial de la Isla nunca había actualizado sus páginas con la obra de los dramaturgos residentes fuera de Cuba.

Con un agudísimo prólogo de Manzor en el cual se debaten claves relacionadas con la emigración más reciente nunca enunciadas desde la perspectiva de la cultura, Teatro cubano actual nos da señales claras de una urgente discusión en torno a la dramaturgia cubana contemporánea, desde una perspectiva contextual, temática, estilística, autoral e histórica.  

Cinco autores cubanos colaboraron con el libro: María Irene Fornés, Dolores Prida, Caridad Svich, Nilo Cruz y Jorge Ignacio Cortiñas.  

La conducta de la vida, de Fornés, es la pieza que da inicio a este recorrido. Considerada como la maestra y mentor de muchos de los autores cubanos en la diáspora, Fornés constituye, junto con nombres del calibre de Virgilio Piñera o Aberlardo Estorino, una de las firmas más importantes de la dramaturgia cubana contemporánea.  

La conducta de la vida, con un lenguaje que apela a lo experimental en la escena, opera desde los entresijos de un universo inédito en la totalidad de la dramaturgia nacional, en ocasiones tan ensimismada y doméstica. La conducta es, por un lado en términos temáticos, el resultado de un contacto con otras realidades, con otras sustancias sensibles para la creación, el universo compartido por los inmigrantes, en el cual la violencia militar institucionalizada es lo cotidiano. Por otro, desde una perspectiva feminista, podemos decir, junto con Beatriz J. Rizk en sus anotaciones en el libro, que “estamos ante una obra sobre la mujer, sobre el proceso de ‘empoderamiento’ que de manera gradual la lleva a enfrentarse a su destino y a actuar”.  

Con Casa propia, de Dolores Prida,  llega el tema de la identidad, de la reafirmación de quién se es ante lo otro a través de un humor delirante. Las fronteras de lo propio y lo ajeno, el tránsito de los valores identitarios en generaciones diferentes, el conflicto ante la necesidad de la creación de un espacio autoconservador, el fluido cultural de la diversidad de emigrantes en una megaciudad como Nueva York están comprimidos en esta imprenscindible pieza de Prida. 

Caridad Svich se presenta con honores a través de Cualquier otro lugar menos este. En el decursar lógico de la lectura del libro después de haber concluido Casa propia, Cualquier lugar menos este constituye un momento de dureza, de amargura profunda.  Considerada una de las alumnas más destacadas de María Irene Fornés, Svich nos traslada, a través de escenas en las que siempre aparecen dos personajes —de los cuatro de la obra—, a un mundo desolado, en declive, arrasador, áspero. El estilo del lenguaje, entrecortado, apoya también la atmósfera tirante, de incomunicación entre los dos matrimonios. D.D. Kugler en sus apuntes advierte: “En las obras que transcurren en un espacio urbano contemporáneo, Svich emplea un lenguaje agresivo y malicioso, como una bofetada producida por los múltiples efectos de los nuevos medios.” 

Del ganador del Premio Pulitzer, Nilo Cruz, está incluida su pieza Lorca con un vestido verde. Como dramaturgo poeta, califica Teresa Marrero a Cruz en el texto que acompaña la pieza. Y tiene razón. No solamente por ser el poeta andaluz protagonista de esta obra, sino también por las imágenes poéticas sugeridas para su montaje. La pieza va tejiendo a través de citas a la vida y obra de Lorca, una revistación a la historia, a su asesinato, y lo hace a través de los cuerpos imaginarios del poeta.  De alguna manera, la pieza dialoga con sus similares temáticos en la Isla: La dolorosa y triste historia de Don José Jacinto Milanés, La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, Rondeles, Manzano, Catálogo de señales. 

Abrázame fuerte es el título que cierra el arco. Jorge Ignacio Cortiñas, su autor, toma como pretexto el acto de secuestro para encerrar en una habitación a cuatro personajes, secuestrados y secuestradores. Sin embargo, como bien dice José Esteban Muñoz en el apéndice, “no es una obra sobre secuestradores y secuestrados. De hecho es una obra sobre sentimientos que se encuentran en estos extremos del comportamiento humano”.

Metáfora sartreana en el que el infierno son los otros, en una cruda historia de resentimientos, traiciones, vejaciones y relaciones de poder sensibles a desplazamientos y cambios. 

Pero el valor de la reciente entrega de Alarcos no descansa solamente en las obras que la contienen. Como dije antes, el nuevo volumen en la serie Teatro cubano actual rebasa el acto de “ponernos al día” con respecto a nuestra dramaturgia. No solo nos advierte sobre la diversidad temática y estética a nivel de lenguaje y construcción dramática de las obras producidas fuera de las fronteras visibles del archipiélago, sino que nos convoca, especialmente a través de su lúcido prólogo, hacia la comprensión de un fenómeno cultural que debe ser mirado no desde la exclusión, sino desde la integridad y totalidad de esa diversidad, de esa fragmentación. Como bien dice Manzor “el teatro usanocubano es un teatro plural, múltiple, diverso, que sí responde, de diferentes maneras, a disímiles situaciones y momentos sociopolíticos”.

A este proyecto se ha llegado después de varias acciones[1]  a favor de la inclusión del teatro de arte concebido en la diáspora dentro del panorama de la escena nacional. Y tanto Manzor como Sarraín han sido activistas principalísimos de ese empeño. (Rine Leal y Carlos Espinosa, en justicia, han sido también destacados impulsores de este proceso).

Al parecer se impone ya la necesidad de convocar a un encuentro que revise, promueve y fomente el intercambio artístico con teatristas de la Isla y fuera de ella, dispuestos a un diálogo cultural a favor de la construcción de una nación múltiple, una nación que agranda sus orillas.

Por esa razón, lo que más me interesa destacar de este volumen es el proceso que lo ha generado y concretado. Contar con esta obra a disposición de directores, críticos, investigadores, estudiantes, teatristas y público es de una tremenda significación cultural e histórica.

[1] La celebración del primer festival de Monólogos y Unipersonales en Miami con la asistencia de una delegación de Cuba. El montaje de Parece blanca bajo la dirección de Alberto Sarraín con actores de la Isla y de la diáspora. La más reciente puesta en escena de Morir del cuento, bajo la dirección de Sarraín con actores cubanos. Las jornadas de lectura en la Fundación Ludwig coordinadas por la revista Tablas, de varias obras de cubanos radicados fuera de la Isla.

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