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Poseída por el misterio de la danza, cifra de la
intemporalidad, regida por el movimiento perpetuo, asida
al ritmo como a la poesía, Josefina Méndez es para la
danza en Cuba un icono de lo posible, una continuidad.
Joya, una de las más fulgurantes, de la diadema que
bautizó Arnold Haskell, Josefina ha quedado como una
revelación que nos descubre las entrañas más fecundas de
la historia del ballet cubano. Es como si ella, estando
tan dentro de la espiral del tiempo estuviera a la vez
afuera, desasida de los contornos, ingrávida y ungida de
una luz especial.
Encamada
en la comunión poética del aire y el albatros, ha
conquistado con su arte un público universal que supo
aquilatar su talento desde el comienzo de su ya larga
carrera artística. Distinguida por su enraizada y
profunda cubanía, ha visto pasar cincuenta años que han
dejado un legado ejemplar de dramatismo personal, de
auténtica femenidad, y de dones teatrales que han
contribuido a un estilo que ya es nacional.
Su presencia escénica, delirante, majestuosa y segura,
el dominio de la gran tradición romántica y clásica, su
adaptación y desenvoltura en los roles modernos, así
como sus impecables balances, sus estupendos
arabesques y su penché virtuoso en roles como
el Pas de quatre, la convirtieron en fiel
exponente de una técnica insuperable que aportó mucho a
la Escuela Cubana de Ballet.
El amplio repertorio que abarcó desde los clásicos
ballets como El lago de los cisnes o Giselle,
Las sílfides, Don Quijote, Majísimo,
Juana en Rouen o su cubanísima Cecilia Valdés,
así como sus roles en el rico espectro de la obra de
Federico García Lorca, han hecho de Josefina Méndez una
bailarina integral y una actriz de cualidades
interpretativas extraordinarias.
Recorrió y aún continúa recorriendo como gran maestra
los más prestigiosos teatros del mundo, donde ahora da
muestras de sus conocimientos, su técnica y su estilo.
Por todos estos atributos Josefina, nuestra Reina de la
Tragedia, ha sido galardonada en Cuba y en el extranjero
con múltiples condecoraciones desde que obtuviera en
Varna sus medallas de bronce y plata.
Estrella de Oro en París, Sagitario de Oro en Italia,
Premio Nacional de Danza junto a Loipa, Mirta y Aurora,
y con ellas doctor Honoris Causa del Instituto Superior
de Arte. Otras muchas distinciones y medallas han
adornado su pecho para honrar a Cuba y a nuestra Escuela
Cubana de Ballet fundada por la joya mayor de nuestra
danza, Alicia Alonso.
Ya sabe
Josefina la admiración y el cariño personal que le
tengo. Hubiera querido poseer el don de la ubicuidad
para estar hoy aquí con ella como lo he estado durante
los últimos cuarenta años del otro lado del escenario
para aplaudirla. Yo he sido de los que le he lanzado
muchos bravos, sin pudor, antes bien con devoción y
entusiasmo sin límites.
Si en esta fiesta de hoy nuestra Madame Taglioni,
nuestra conmovedora Odette, nuestra Rosita la Soltera,
no oye el grito de bravo desde mi luneta acostumbrada,
debe saber que el eco llega un poco tarde, pero llega y
le llevará el más sentido y resonante de todos los
Bravos que yo le he dedicado.
Gracias Josefina Méndez, por habernos entregado
cincuenta años de arte y magisterio.
¡Tu ejemplo perdurará!
Palabras de elogio del poeta, novelista,
ensayista y etnólogo Miguel Barnet, presidente de la
Fundación Fernando Ortiz, con motivo del aniversario 50
del debut escénico de Josefina Méndez, leídas por la
actriz Verónica Lynn. Proscenio de la sala García Lorca
del Gran Teatro de La Habana. Domingo 27 de marzo de
2005 |