Año III
La Habana
Semana 2 - 8
ABRIL
de 2005

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A 50 AÑOS DE SU DEBUT ESCÉNICO
Josefina Méndez
Sin reparo con lo más pequeño
Hilario Rosete Silva La Habana
 Fotos: Nancy Reyes


El pasado domingo, 27 de marzo de 2005, fue una fecha feliz para la cultura cubana. Coincidiendo con el Día Internacional del Teatro, la sala García Lorca del gran coliseo capitalino acogió, bajo la dirección artística de Iván Tenorio, la Gala Homenaje a Josefina Méndez por el aniversario 50 de su debut escénico.
 

Según recordara la presentadora Rosalía Arnáez en el prólogo de la función, la niña que fuera Josefina, apodada “Yuyo”, se había vestido de napolitano y de sílfide cinco décadas atrás, para “bailar las sonoridades de Chaikovski y de Chopin”. Nada hacía sospechar que con el paso del tiempo la crítica la reconocería como “diosa del ballet romántico”, una de “las cuatro joyas” del Ballet Nacional de Cuba (BNC). 

—Poseída por el misterio de la danza redactó Miguel Barnet en su elogio, cifra de la intemporalidad, regida por el movimiento perpetuo, asida al ritmo como a la poesía, Josefina Méndez es para la danza en Cuba un icono de lo posible, una continuidad. 

—En las palabras de Barnet va todo el cariño, el respeto y la admiración de nuestro pueblo. ¡Gracias, Josefina, por estar! agregó la actriz Verónica Lynn, cuando leyó el elogio del poeta. 

La gala-homenaje incluyó Tablada, Grand pas classique (pas de deux), Estudios para cuatro, Un concierto en blanco y negro, y Viva Lorca (escena).  

UN CONCIERTO EN BLANCO Y NEGRO

Tablada (1992, Juan Carlos Santamaría) fue defendida, en los roles principales, por la solista Verónica Corveas y Ernesto Borrayo, miembro del cuerpo de baile, dos bailarines a quienes les sobraron los poco más de dos minutos de “muda monición” para probar su madurez técnica e histriónica.  

Grand pas classique (1949, estrenado por el BNC en 1968 y bailado ahora con coreografía de Alicia Alonso sobre la original de Víctor Gsovski), contó con la interpretación de las revelaciones de la última hornada de jóvenes graduados de la Escuela Nacional de Ballet (ENB), léase Yanela Piñera y Alejandro Virelles. El pax de deux, exaltación neoclásica de la “escuela francesa”, no pudo haber tenido ejecutantes más finos y elegantes.  

Estudios para cuatro (1981, Iván Tenorio), recreación de los tangos de Piazzola, fue un mano a mano entre la desnudez escenográfica y la sensualidad de Linnet González, una corifea cada vez más bella y combativa. No había telones ni fondo. La vista del espectador recorría desde el proscenio hasta los bastidores, viajaba de un lateral al otro. Una veintena de bailarines, diseminados a todo lo ancho y largo del espacio, se expresaban con absoluta libertad, mas Linnet se empeñaba en eclipsarlos: el tango, Piazzola y su música, crecían incesantes, se hacían sensibles... Linnet se fundió con ellos... 

Un concierto en blanco y negro (1952, José Parés) marcó el turno del diálogo para Bárbara García, la única primera bailarina del BNC que continuó bailando en La Habana mientras las otras actuaban en Europa. Bárbara, con su saber, paciencia, y perseverancia, grano sobre grano de arena, estimulada por la musa de Hayden y apoyada en el cuerpo de baile, logró recrear la bajamar...  

LA ROSA MUDABLE

Concluido el “concierto de ébano y marfil”, sin esperar a que comenzara la pleamar, Josefina Méndez salió de su caracola para entregarnos una Doña Rosita sin igual. 

El personaje, hija de Viva Lorca (1989, Iván Tenorio), literalmente acarició y se dejó acariciar por la música de Manuel de Falla, Fina Calderón, y la banda sonora de José Villavicencio. 

Cuando por un momento quedó tendida al borde del estrado, en la cercanía de dos noveles y osados bailarines que ella misma ayudara a formar Dayron Vera y José Losada era el mismísimo Lorca (hipótesis probable) el que la saludaba desde La rosa mudable, primero entre los poemas de Doña Rosita la soltera:

 

“Abierta en el mediodía/ es dura como el coral./ El sol se asoma a los vidrios/ para verla relumbrar.” 

No había salido el público del estupor, cuando “rompió” el documental “Josefina Méndez, 27 de marzo de 2005. Aniversario 50 de su debut escénico.” 

SALVE JOSEFINA

Siguiendo las notas de El lago de los Cisnes, música de Piotr Ilich Chaikovski, las imágenes pasearon al auditorio desde la infancia y adolescencia de la querida bailarina, hasta el día en que recibió el Premio Nacional de Danza (29 de abril de 2003), pasando por sus primeros tientos en el BNC junto a sus compañeras y maîtres, y por otros instantes de sus actuaciones estelares. 

Bajo extendidos y atronadores aplausos, la melodía se fue apagando, y el desfile de imágenes terminó con la conocida frase que el eminente crítico inglés Arnold Haskell escribiera en su dirección: “Bella reina de la tragedia, con su dignidad soberbia.” 

Las luces de la escena se apagaron para luego proyectarse contra un telón azul al son de otro desfile, de nuevo “en blanco y negro”, con los trajes y la música de la “coreografía-concierto” de José Parés: el de los bailarines que durante febrero y marzo de 2005 mantuvieron funcionando la sala García Lorca con fortísimos y bien interpretados programas de ballet.

A su tiempo, llevando un vestido de corte impecable, se presentó la “joya”. Cuando Bárbara García, Verónica Corveas, y Linnet González, “damiselas insignes” en estos dos meses de labor, aparecieron por el lateral, en ropa de calle, para entregarle a su maestra el tradicional ramo de flores, la sala se vino abajo. 

REVERENCIA ANTE LOS FUNDADORES

El aplauso y los gritos de “¡Bravo!”, se prolongaron por minutos. Josefina se inclinaba ante el público. Ora recogía las manos, llevándolas al pecho, ora abría completamente los brazos, a los lados, acusando el principio y el fin su misión y su talento artísticos: servir al prójimo, ¡servir a todos! 

Impresionado por la calidad del programa, la actuación de Josefina y las imágenes documentales, un grupo de invitados se reunió en el vestíbulo principal de la sala para un encuentro íntimo. 

Al bajar la escalinata, desde el primer balcón, Josefina, en noble gesto, les pidió a Fernando Alonso, Manuel Corrales y Ángela Grau, que la acompañaran en el papel de “agasajada”. 

A Fernando Alonso (1914) no hay que presentarlo. Fue el director general fundador, en 1948, del BNC, entonces Ballet Alicia Alonso, donde permaneció por espacio de 27 años. Poco después fundó el Ballet de Camagüey. 

Manuel Corrales (1915) es fundador y primer dirigente de la Dirección de Cultura de la FEU de la Universidad de La Habana (UH). Fue un estrecho colaborador del Ballet de Cuba, y funcionario del MINREX y del Ministerio de Cultura después del triunfo de la Revolución.

Ángela Grau (1923) se graduó de Filosofía y Letras en la UH. Ocupó cargos de dirección en diferentes organismos, y fundó y dirigió distintas publicaciones, entre ellas, Cuba en el Ballet. 

NADA HUMANO LE ES AJENO

“Josefina es solidaria, modesta y trabajadora”, le había dicho Ángela a La Jiribilla. “Nunca apoya una causa en busca de intereses, sino que defiende lo que le dictan sus principios. Ya no como bailarina, sino como persona, por su forma de ser, tiene un valor incalculable. La honestidad es su virtud cardinal, dice de frente lo que le disgusta o le molesta, y jamás se creyó que es la mejor ni padeció manía de grandeza.” 

No había acabado de hablar Ángela, y empezaba la segunda parte, donde intervinieron Javier Ardizones, director del Gran Teatro de La Habana; Ismael Alvelo, miembro del Consejo Nacional de las Artes Escénicas; Xavier d' Arthuys, agregado cultural de la Embajada de Francia en Cuba; Francisco González, coreógrafo del Ballet de la Televisión Cubana; y Miguel Cabrera, historiador del BNC. 

Madame se dirigió a la homenajeada el agregado cultural, esta noche no solo la saluda Francia, sino su segundo país, y lo hace con el amor y el agradecimiento que le debe... 

—Josefina dijo en un tono más familiar el historiador del BNC, llevo 45 años a tu lado, viéndote bailar, compartiendo contigo los escenarios, pero también hay otras páginas de tu trayectoria que no por poco conocidas son menos inmensas: hablo de lo que tú significaste durante años, de la ayuda que diste para que la carrera de Alicia Alonso continuara. 

SEÑORA DE SÍ MISMA

Y continuó Miguel Cabrera: “Contigo estuve en los grandes camerinos de Europa, pero también en los improvisados a campo traviesa en Nicaragua, con una pizarra de aula puesta en diagonal como única pared. Así te vi bailar sobre la gravilla y el asfalto en la Base Naval de Guantánamo, con un letrero de fondo a pocos metros que rezaba, ¡Peligro, campo minado! 

Al final respondió a todos la gran diva: 

“No voy a hacer un gran discurso, solo daré las gracias, en primer lugar a todos los que con tanto amor han organizado este homenaje... 

“También quiero darles las gracias a los periodistas, y ¡al público!: al público de antes, al público de por la mitad, que me vio bailar en mis últimos años de bailarina en ejercicio, y al público de ahora, que ve el fruto de mi trabajo con las nuevas generaciones. Con ellas trabajo diariamente, entregándoles todo lo que sé, todo lo que aprendí, todo mi corazón...”

Al término de la gala, ya lejos del teatro, cerrábamos los ojos y veíamos a Josefina saludando al “público de todos los tiempos”, vestida de Doña Rosita, tomando de las manos a Dayron Vera y José Losada, bisoños bailarines, graduados apenas ¡19 días atrás! Entonces recordamos la frase del poeta hindú  R. Tagore: 

“Lo más grande va sin reparo con lo más pequeño. Lo mediocre va solo.”

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