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El pasado domingo, 27 de marzo de 2005, fue una fecha
feliz para la cultura cubana. Coincidiendo con el Día
Internacional del Teatro, la sala García Lorca del gran
coliseo capitalino acogió, bajo la dirección artística
de Iván Tenorio, la Gala Homenaje a Josefina Méndez por
el aniversario 50 de su debut escénico.
Según
recordara la presentadora Rosalía Arnáez en el prólogo
de la función, la niña que fuera Josefina, apodada
“Yuyo”, se había vestido de napolitano y de sílfide
cinco décadas atrás, para “bailar las sonoridades de
Chaikovski y de Chopin”. Nada hacía sospechar que con el
paso del tiempo la crítica la reconocería como “diosa
del ballet romántico”, una de “las cuatro joyas” del
Ballet Nacional de Cuba (BNC).
—Poseída
por el misterio de la danza
—redactó
Miguel Barnet en su elogio—,
cifra de la intemporalidad, regida por el movimiento
perpetuo, asida al ritmo como a la poesía, Josefina
Méndez es para la danza en Cuba un icono de lo posible,
una continuidad.
—En las
palabras de Barnet va todo el cariño, el respeto y la
admiración de nuestro pueblo. ¡Gracias, Josefina, por
estar! —agregó
la actriz Verónica Lynn, cuando leyó el elogio del
poeta.
La gala-homenaje incluyó Tablada, Grand pas
classique (pas de deux), Estudios para
cuatro, Un concierto en blanco y negro, y
Viva Lorca (escena).
UN CONCIERTO EN BLANCO Y NEGRO
Tablada
(1992, Juan Carlos Santamaría) fue defendida, en los
roles principales, por la solista Verónica Corveas y
Ernesto Borrayo, miembro del cuerpo de baile, dos
bailarines a quienes les sobraron los poco más de dos
minutos de “muda monición” para probar su madurez
técnica e histriónica.
Grand pas classique
(1949, estrenado por el BNC en 1968 y bailado ahora con
coreografía de Alicia Alonso sobre la original de Víctor
Gsovski), contó con la interpretación de las
revelaciones de la última hornada de jóvenes graduados
de la Escuela Nacional de Ballet (ENB), léase Yanela
Piñera y Alejandro Virelles. El pax de deux,
exaltación neoclásica de la “escuela francesa”, no pudo
haber tenido ejecutantes más finos y elegantes.
Estudios para cuatro
(1981, Iván Tenorio), recreación de los tangos de
Piazzola, fue un mano a mano entre la desnudez
escenográfica y la sensualidad de Linnet González, una
corifea cada vez más bella y combativa. No había telones
ni fondo. La vista del espectador recorría desde el
proscenio hasta los bastidores, viajaba de un lateral al
otro. Una veintena de bailarines, diseminados a todo lo
ancho y largo del espacio, se expresaban con absoluta
libertad, mas Linnet se empeñaba en eclipsarlos: el
tango, Piazzola y su música, crecían incesantes, se
hacían sensibles... Linnet se fundió con ellos...
Un concierto en blanco y negro
(1952, José Parés) marcó el turno del diálogo para
Bárbara García, la única primera bailarina del BNC que
continuó bailando en La Habana mientras las otras
actuaban en Europa. Bárbara, con su saber, paciencia, y
perseverancia, grano sobre grano de arena, estimulada
por la musa de Hayden y apoyada en el cuerpo de baile,
logró recrear la bajamar...
LA ROSA MUDABLE
Concluido
el “concierto de ébano y marfil”, sin esperar a que
comenzara la pleamar, Josefina Méndez salió de su
caracola para entregarnos una Doña Rosita sin igual.
El
personaje, hija de Viva Lorca (1989, Iván Tenorio),
literalmente acarició y se dejó acariciar por la música
de Manuel de Falla, Fina Calderón, y la banda sonora de
José Villavicencio.
Cuando por un momento quedó tendida al borde del
estrado, en la cercanía de dos noveles y osados
bailarines que ella misma ayudara a formar
—Dayron
Vera y José Losada—
era el mismísimo Lorca (hipótesis probable) el que la
saludaba desde
La rosa
mudable,
primero entre los poemas de
Doña
Rosita la soltera:
“Abierta en el mediodía/ es dura como el coral./ El sol
se asoma a los vidrios/ para verla relumbrar.”
No había
salido el público del estupor, cuando “rompió” el
documental “Josefina Méndez, 27 de marzo de 2005.
Aniversario 50 de su debut escénico.”
SALVE JOSEFINA
Siguiendo
las notas de El lago de los Cisnes, música de
Piotr Ilich Chaikovski, las imágenes pasearon al
auditorio desde la infancia y adolescencia de la querida
bailarina, hasta el día en que recibió el Premio
Nacional de Danza (29 de abril de 2003), pasando por sus
primeros tientos en el BNC —junto
a sus compañeras y maîtres—,
y por otros instantes de sus actuaciones estelares.
Bajo extendidos y atronadores aplausos, la melodía se
fue apagando, y el desfile de imágenes terminó con la
conocida frase que el eminente crítico inglés Arnold
Haskell escribiera en su dirección: “Bella reina de la
tragedia, con su dignidad soberbia.”
Las luces
de la escena se apagaron para luego proyectarse contra
un telón azul al son de otro desfile, de nuevo “en
blanco y negro”, con los trajes y la música de la
“coreografía-concierto” de José Parés: el de los
bailarines que durante febrero y marzo de 2005
mantuvieron funcionando la sala García Lorca con
fortísimos y bien interpretados programas de ballet.
A su
tiempo, llevando un vestido de corte impecable, se
presentó la “joya”. Cuando Bárbara García, Verónica
Corveas, y Linnet González, “damiselas insignes” en
estos dos meses de labor, aparecieron por el lateral, en
ropa de calle, para entregarle a su maestra el
tradicional ramo de flores, la sala se vino abajo.
REVERENCIA ANTE LOS FUNDADORES
El
aplauso y los gritos de “¡Bravo!”, se prolongaron por
minutos. Josefina se inclinaba ante el público. Ora
recogía las manos, llevándolas al pecho, ora abría
completamente los brazos, a los lados, acusando el
principio y el fin su misión y su talento artísticos:
servir al prójimo, ¡servir a todos!
Impresionado por la calidad del programa, la actuación
de Josefina y las imágenes documentales, un grupo de
invitados se reunió en el vestíbulo principal de la sala
para un encuentro íntimo.
Al bajar
la escalinata, desde el primer balcón, Josefina, en
noble gesto, les pidió a Fernando Alonso, Manuel
Corrales y Ángela Grau, que la acompañaran en el papel
de “agasajada”.
A
Fernando Alonso (1914) no hay que presentarlo. Fue el
director general fundador, en 1948, del BNC, entonces
Ballet Alicia Alonso, donde permaneció por espacio de 27
años. Poco después fundó el Ballet de Camagüey.
Manuel
Corrales (1915) es fundador y primer dirigente de la
Dirección de Cultura de la FEU de la Universidad de La
Habana (UH). Fue un estrecho colaborador del Ballet de
Cuba, y funcionario del MINREX y del Ministerio de
Cultura después del triunfo de la
Revolución.
Ángela
Grau (1923) se graduó de Filosofía y Letras en la UH.
Ocupó cargos de dirección en diferentes organismos, y
fundó y dirigió distintas publicaciones, entre ellas,
Cuba en el Ballet.
NADA HUMANO LE ES AJENO
“Josefina
es solidaria, modesta y trabajadora”, le había dicho
Ángela a La Jiribilla. “Nunca apoya una causa en
busca de intereses, sino que defiende lo que le dictan
sus principios. Ya no como bailarina, sino como persona,
por su forma de ser, tiene un valor incalculable. La
honestidad es su virtud cardinal, dice de frente lo que
le disgusta o le molesta, y jamás se creyó que es la
mejor ni padeció manía de grandeza.”
No había
acabado de hablar Ángela, y empezaba la segunda parte,
donde intervinieron Javier Ardizones, director del Gran
Teatro de La Habana; Ismael Alvelo, miembro del Consejo
Nacional de las Artes Escénicas; Xavier d' Arthuys,
agregado cultural de la Embajada de Francia en Cuba;
Francisco González, coreógrafo del Ballet de la
Televisión Cubana; y Miguel Cabrera, historiador del BNC.
—Madame
—se
dirigió a la homenajeada el agregado cultural—,
esta noche no solo la saluda Francia, sino su segundo
país, y lo hace con el amor y el agradecimiento que le
debe...
—Josefina
—dijo
en un tono más familiar el historiador del BNC—,
llevo 45 años a tu lado, viéndote bailar, compartiendo
contigo los escenarios, pero también hay otras páginas
de tu trayectoria que no por poco conocidas son menos
inmensas: hablo de lo que tú significaste durante años,
de la ayuda que diste para que la carrera de Alicia
Alonso continuara.
SEÑORA DE SÍ MISMA
Y
continuó Miguel Cabrera: “Contigo estuve en los grandes
camerinos de Europa, pero también en los improvisados a
campo traviesa en Nicaragua, con una pizarra de aula
puesta en diagonal como única pared. Así te vi bailar
sobre la gravilla y el asfalto en la Base Naval de
Guantánamo, con un letrero de fondo a pocos metros que
rezaba, ¡Peligro, campo minado!
Al final
respondió a todos la gran diva:
“No voy a
hacer un gran discurso, solo daré las gracias, en primer
lugar a todos los que con tanto amor han organizado este
homenaje...
“También
quiero darles las gracias a los periodistas, y ¡al
público!: al público de antes, al público de por la
mitad, que me vio bailar en mis últimos años de
bailarina en ejercicio, y al público de ahora, que ve el
fruto de mi trabajo con las nuevas generaciones. Con
ellas trabajo diariamente, entregándoles todo lo que sé,
todo lo que aprendí, todo mi corazón...”
Al término de la gala, ya lejos del teatro, cerrábamos
los ojos y veíamos a Josefina saludando al “público de
todos los tiempos”, vestida de Doña Rosita, tomando de
las manos a Dayron Vera y José Losada, bisoños
bailarines, graduados apenas ¡19 días atrás! Entonces
recordamos la frase del poeta hindú R. Tagore:
“Lo más grande va sin reparo con lo más pequeño. Lo
mediocre va solo.” |