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Tres generaciones consecutivas de cubanos han disfrutado
del cantar de Teresita Fernández y, en algún sentido,
crecido al amparo de sus textos porque ella, juglar por
excelencia y decisión, aparece en el lugar que se le
convoque; “mientras mas humilde, mejor”
—asegura.
Ella, poseedora de una impresionante obra hasta el
momento no recogida ampliamente en discos, es de la
opinión de que “quien trabaja para y con los niños
asegura un futuro de amor”; de ahí que cuando está
frente a los pequeños es feliz. “Ellos no me cansan
nunca”.
Teresita
—a quien no le gustan los cómodos teatros porque las
luces no le permiten ver al público y disfruta “verle el
rostro a la gente, que es una forma de comunicarme con
ellos”— se considera una mujer primitiva; amante de los
gorriones y le fascina estar en contacto estrecho con
la naturaleza.
Se
autocalifica de juglar porque “el juglar se reveló del
Rey y del mundo de la corte y cantaba en plazas y
parques para el pueblo; era pobre, nómada y libre y
también muy feliz”.
A estas
alturas de su vida y a punto de cumplir 75 años de edad,
Teresita coincide con el gran poeta estadounidense Walt
Whitman (1819-1892) cuya obra aboga por unicidad de
todos los seres humanos y quien definió a los poetas
“como cronista de los siglos”.
Considera la juglar que ha hecho su propia crónica de
viaje desde que comenzó a “cantar antes de hablar”, y
que hacerlo y componer ha sido como escribir un diario:
“no entiendo mucho de promoción, lo que para mí está
claro es que soy feliz cuando agarro una guitarra y
desato mis emociones”.
Teresita
regresó recientemente de España donde participó en el
Festival Internacional de la Oralidad: Un mundo de
cuentos que auspicia el Ayuntamiento de Elche
(Alicante), la Universidad de Alicante, Teatro La
carátula y el profesor Antonio González,
académico que durante más de cuatro décadas trabajó en
ese centro de altos estudios.
La
trovadora cubana, quien fue electa miembro de honor del
Festival, compartió con otros artistas de Argentina,
Colombia, España, Georgia, México, Sahara Occidental,
Uruguay y Venezuela y realizó presentaciones en el Aula
Magna de la Universidad de Alicante, Leiria, Castellón,
Albacete y Burgos.
Según
contó en entrevista especial para
La
Jiribilla,
la acogida del público fue magnífica. En su mayoría
—dijo— jóvenes universitarios con los que estableció de
inmediato una gran comunicación. “Les conté, por
ejemplo, de mis abuelos valencianos y asturianos, que no
conocí y de las canciones que hice pensando en ellos.
Ahora, casi cien años después, regreso a su tierra para
compartir esos textos y esas emociones”.
Uno de
los proyectos actuales que más motiva a Teresita
Fernández —quien tiene como principio en la vida hacer
feliz a los demás “porque cuando hago feliz a otros lo
soy yo”— es realizar un libro en el que narre su
infancia a través de canciones que irán acompañadas por
ilustraciones de los personajes de los textos. Esas
ilustraciones (perfiles) podrán ser coloreadas y
rellenadas por los niños y las niñas.
Uno de
sus mayores anhelos es que se comprenda definitivamente
la importancia de trabajar culturalmente con los niños.
“La gente confunde la creación para niños con la
simplicidad porque piensan que el mundo del niño es
simple. No. Lo que sucede es que es un terreno diferente
al del adulto y, además, los pequeños son muy sensibles
y sinceros. Los mayores tenemos que aprender mucho de
los niños”, enfatizó.
Sobre el
significado de este sabio consejo reflexionaremos hasta
que muy pronto, seguramente, volvamos a reencontrarnos
en cualquier plaza o parque con Teresita y, quizás, con
su “Gatico Vinagrito”, uno de los más
significativos textos de la canción infantil cubana que
hemos cantado, y aun cantamos, las últimas tres
generaciones de cubanos. Y las que siguen, de seguro,
también. |