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Su Santidad:
Creo que hemos dado un buen ejemplo al mundo: usted,
visitando lo que algunos dieron en llamar el último
bastión del comunismo; nosotros, recibiendo al jefe
religioso a quien quisieron atribuir la responsabilidad
de haber destruido el socialismo en Europa. No faltaron
los que presagiaban acontecimientos apocalípticos.
Algunos, incluso, lo soñaron.
Era cruelmente injusto que su viaje pastoral fuese
asociado a la mezquina esperanza de destruir los nobles
objetivos y la independencia de un pequeño país
bloqueado y sometido a una verdadera guerra económica
hace ya casi 40 años. Cuba, Santidad, se enfrenta hoy a
la más poderosa potencia de la historia, como un nuevo
David, mil veces más pequeño, que con la misma honda de
los tiempos bíblicos, lucha para sobrevivir contra un
gigantesco Goliat de la era nuclear que trata de impedir
nuestro desarrollo y rendirnos por enfermedad y por
hambre. Si no se hubiese escrito entonces aquella
historia, habría tenido que escribirse hoy. Este crimen
monstruoso no se puede pasar por alto ni admite excusas.
Santidad, cuantas veces escuchó o leyó las calumnias
contra mi patria y mi pueblo, urdidas por aquellos que
no adoran otro dios que el oro, recuerdo siempre a los
cristianos de la antigua Roma, tan atrozmente
calumniados, como ya exprese el día de su llegada, y que
la calumnia ha sido muchas veces en la historia la gran
justificadora de los peores crímenes contra los pueblos.
Recuerdo también a los judíos exterminados por los
nazis, o a los cuatro millones de vietnamitas que
murieron bajo el napalm, las armas químicas y los
explosivos. Ser cristiano, ser judío o ser comunista no
le daba derecho a nadie a exterminarlos.
Miles de periodistas trasmitieron a miles de millones de
personas en el mundo cada detalle de su visita y cada
palabra pronunciada. Infinidad de nacionales y
extranjeros fueron entrevistados en todo el país.
Nuestras cadenas nacionales de televisión trasmitieron a
nuestro pueblo, en vivo y en directo, todas las misas,
homilías y discursos. Nunca, tal vez, tantas opiniones y
noticias sobre una nación tan pequeña pudieron ser
escuchadas, en tan breve tiempo, por tantas personas, en
nuestro planeta.
Cuba no conoce el miedo; desprecia la mentira; escucha
con respeto; cree en sus ideas; defiende inconmovible
sus principios y no tiene nada que ocultar al mundo.
Me conmueve el esfuerzo que Su Santidad realiza por un
mundo más justo. Los Estados desaparecerán; los pueblos
llegarán a constituir una sola familia humana. Si la
globalización de la solidaridad que usted proclama se
extiende por toda la Tierra y los abundantes bienes que
el hombre puede producir con su talento y su trabajo se
reparten equitativamente entre todos los seres humanos
que hoy habitan el planeta, podría crearse realmente un
mundo para ellos, sin hambre ni pobreza; sin opresión ni
explotación; sin humillaciones ni desprecios; sin
injusticias ni desigualdades, donde vivir con plena
dignidad moral y material, en verdadera libertad, ¡ese
sería el mundo más justo!. Sus ideas sobre la
evangelización y el ecumenismo no estarían en
contradicción con el.
Por el honor de su visita, por todas sus expresiones de
afecto a los cubanos, por todas sus palabras, aun
aquellas con las cuales pueda estar en desacuerdo, en
nombre de todo el pueblo de Cuba, Santidad, le doy las
gracias.
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