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Señor Presidente,
Señor Cardenal y Hermanos en el Episcopado
Excelentísimas autoridades
Amadísimos hermanos y hermanas de Cuba:
He vivido unas densas y emotivas jornadas con el Pueblo
de Dios que peregrina en las bellas tierras de Cuba, lo
cual ha dejado en mí una profunda huella. Me llevo el
recuerdo de los rostros de tantas personas, que he
encontrado a lo largo de estos días. Les estoy
agradecido por su cordial hospitalidad, expresión
genuina del alma cubana, y sobre todo por haber podido
compartir con Uds. intensos momentos de oración y de
reflexión en las celebraciones de la santa misa en Santa
Clara, en Camagüey, en Santiago de Cuba y aquí en La
Habana, en los encuentros con el Mundo de la Cultura y
con el Mundo del dolor, así como en la visita de hace
apenas unas horas a la Catedral Metropolitana.
Pido a Dios que bendiga y recompense a todos los que han
cooperado en la realización de esta visita, tanto tiempo
deseada. Agradezco a UD, Sr. Presidente, y también a las
demás autoridades de la nación, su presencia aquí, así
como la cooperación brindada en el desarrollo de esta
visita, en la que han participado tantas personas como
ha sido posible, ya sea asistiendo a las celebraciones o
siguiéndolas a través de los medios de comunicación
social. Estoy muy reconocido a mis hermanos obispos de
Cuba por los esfuerzos y la solicitud pastoral conque
han preparado tanto mi visita como la misión popular que
la ha precedido, cuyos frutos inmediatos se han puesto
de manifiesto en la calurosa acogida dispensada, y que
de alguna manera debe tener continuidad.
Como sucesor del Apóstol Pedro y siguiendo el mandato
del Señor, he venido como mensajero de la verdad y la
esperanza a confirmarlos en la fe y dejarles un mensaje
de paz y reconciliación en Cristo. Por eso, los aliento
a seguir trabajando juntos, animados por los principios
morales más elevados, para que el conocido dinamismo que
distingue a este noble pueblo produzca abundantes frutos
de bienestar y prosperidad espiritual y material en
beneficio de todos. Antes de abandonar esta capital,
quiero decir un emocionado adiós a todos los hijos de
este país: a los que habitan en las ciudades y en los
campos, a los niños, jóvenes y ancianos, a las familias
y a cada persona, confiando en que continuaran
conservando y promoviendo los valores más genuinos del
alma cubana que, fiel a la herencia de sus mayores, ha
de saber mostrar, aun en medio de las dificultades, su
confianza en Dios, su fe cristiana, su vinculación a la
iglesia, su amor a la cultura y a las tradiciones
patrias, su vocación de justicia y de libertad, en ese
proceso, todos los cubanos están llamados a contribuir
al bien común, en un clima de respeto mutuo y con
profundo sentido de la solidaridad. En nuestros días
ninguna nación puede vivir sola. Por eso, el pueblo
cubano no puede verse privado de los vínculos con los
otros pueblos, que son necesarios para el desarrollo
económico, social y cultural, especialmente cuando el
aislamiento provocado repercute de manera indiscriminada
en la población, acrecentando las dificultades de los
más débiles en aspectos básicos como la alimentación, la
sanidad o la educación. Todos pueden y deben dar pasos
concretos para un cambio en este sentido. Que las
naciones, y especialmente las que comparten el mismo
patrimonio cristiano y la misma lengua, trabajen
eficazmente por extender los beneficios de la unidad y
la concordia, por aunar esfuerzos y superar obstáculos
para que el pueblo cubano, protagonista de su historia,
mantenga relaciones internacionales que favorezcan
siempre el bien común.
De este modo se contribuirá a superar la angustia
causada por la pobreza material y moral, cuyas causas
pueden ser, entre otras, las desigualdades injustas, las
limitaciones de las libertades fundamentales, las
despersonalización y el desaliento de los individuos y
las medidas económicas restrictivas impuestas desde
fuera del país, injustas y éticamente inaceptables.
Queridos cubanos, al dejar esta amada tierra, llevo
conmigo un recuerdo imborrable de estos días y una gran
confianza en el futuro de su patria. Constrúyanlo con
ilusión, guiados por la luz de la fe, con el vigor de la
esperanza y la generosidad del amor fraterno, capaces de
crear un ambiente de mayor libertad y pluralismo, con la
certeza de que dios los ama intensamente y permanece
fiel a sus promesas. En efecto, ''si nos fatigamos y
luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios
vivo, que es el salvador de todos los hombres'' (1 Tm
4,10). Que el les colme de sus bendiciones y les haga
sentir su cercanía en todo momento''.
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