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Juan Pablo II falleció tras una larga agonía de un par
de meses. El desenlace estuvo cubierto por un
desbordamiento mediático similar al que acompañó al
Pontífice durante su vida. Desde su primer internamiento
en el hospital Gemelli las cámaras de televisión
siguieron las variaciones de su estado de salud
declinante.
El aluvión de ditirambos ha sido avasallador. Las
alabanzas, exaltaciones y loas no han conocido ningún
límite. Igual que durante la guerra en Irak las cadenas
de televisión faltaron a su más elemental deber:
informar. Editorializaron todo el tiempo sin respeto por
el público. Sólo en ciertos medios de poco alcance se
abordó con cierta objetividad la obra de Wojtyla y se
hizo el juicio crítico que merece la obra de un Papa
singular.
Sin lugar a ninguna duda Wojtyla fue un pensador
poderoso, un intelectual de alto calibre. Se sabe que
era un ávido lector de marxismo y en su biblioteca del
arzobispado de Cracovia mantenía obras de Marx, Lenin y
Stalin. Fue un filósofo ducho en teología. Sus estudios
sacerdotales se basaron en la obra de Tomás de Aquino y
los místicos españoles. La publicación, en 1979 de su
estudio sobre fenomenología, Persona y acción,
(en inglés The acting person) le dio a Wojtyla
una presencia digna entre los filósofos europeos. Los
cardenales que lo eligieron estaban convencidos del alto
coeficiente de inteligencia de este sacerdote.
Otra de las características del Pontífice fue su inmenso
dinamismo mediático. Fue el primer Papa que comprendió
el valor de los medios masivos en la difusión de la
doctrina y en el proselitismo. El papel que antaño
estaba reservado a las misiones evangelizadores, bajo su
reinado lo asumió la divulgación electrónica. Sus giras
mundiales eran preparadas con gran esmero, cuidando
propiciar el mayor contacto del dirigente con sus
seguidores.
Fue, también, un Papa que animó un combate político
frontal, de gran envergadura, contra las fuerzas del
socialismo. Su estímulo al movimiento
contrarrevolucionario Solidaridad, en Polonia, fue
causante de una importante resquebrajadura en el campo
de los estados marxistas. Pero no fue, en absoluto, como
algunos de sus enaltecedores han declarado, el Papa que
derrotó al comunismo.
La caricatura de socialismo que existió en la Unión
Soviética, y en los países de Europa del este, cayó por
sus propias debilidades internas. Por la separación de
la dirigencia de las aspiraciones de las masas, por su
ineficacia administrativa, su excesiva centralización,
su apego a los dogmas, su falta de flexibilidad, su
excesiva reglamentación de todos los aspectos de la
vida, su autoritarismo despótico. No fue derrotada por
la economía de mercado ni por la Iglesia, murió por sus
propias imperfecciones.
Es cierto que la alianza del Vaticano con Reagan, y el
papel de brazo espiritual de la Agencia Central de
Inteligencia de Estados Unidos, contribuyó a inclinar la
victoria en la Guerra Fría del lado del capitalismo. En
la biografía Su Santidad, de Carl Bernstein y
Marco Polliti, se afirma: "El Papa era depositario de
algunos de los secretos mejor guardados de los Estados
Unidos y de sofisticados análisis políticos: información
de satélites, de agentes de inteligencia, de escuchas
electrónicas, de discusiones políticas en la Casa
Blanca, el departamento de Estado y la CIA". Ahí también
se sostiene que el subdirector de la CIA, el general
Walters se reunía regularmente con el Papa para
ofrecerle evaluaciones políticas de la situación
mundial. William Casey, director de la CIA en aquél
tiempo, era un ferviente católico que asistía a misa
diariamente.
La Guerra Fría que se inició tras la conclusión de la
Segunda Guerra Mundial por la pugna entre las dos
principales potencias por establecer su ascendencia
geopolítica tuvo en el Vaticano, durante el reinado de
Wojtyla, uno de los escenarios principales del
conflicto. El advenimiento de ese Pontífice trajo una
parálisis en el proceso renovador iniciado por Juan
XXIII. Vino un período inmovilizante durante el cual se
detuvieron las respuestas que se incubaban, más
orientadas al humanismo contemporáneo.
La iglesia, al morir Wojtyla, se encuentra en crisis. La
asistencia a las misas dominicales ha disminuido,
millones de católicos ignoran las prohibiciones sobre el
aborto y la anticoncepción, hay una grave escasez de
sacerdotes y los escándalos sexuales del clero perturban
a los fieles. La libertad filosófica de los teólogos se
ha visto reducida a una obediencia total. Estas, y otras
muchas inconformidades se mueven en los corrillos
episcopales pero ninguno, siguiendo la discreción
necesaria, se atreve a alzar la voz, pero ello pudiera
emerger tras la elección de un sucesor.
Algunos estiman que las condiciones están maduras, en la
base, para una revolución interna. Pero en el actual
colegio cardenalicio están en mayoría los conservadores
designados abrumadoramente por Wojtyla. Está por ver si
el difunto Papa fue o no el último absolutista, dadas
las exigencias de modernidad que reclama el nuevo siglo.
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