Tiene sentido indagar en los nombres de aquellos
que pueden suceder a Juan Pablo II al frente de
los más de mil millones de católicos que viven
en todo el mundo, pero mucho más importante que
los nombres es establecer cuáles son las
posiciones que se pondrán en juego en la
elección, sobre todo teniendo en cuenta que el
nuevo Papa surgirá con suma de votos
transversales a las regiones del mundo y a los
continentes. Los alineamientos se producirán
mayormente por afinidades respecto de la
concepción de la Iglesia, la orientación
teológica e ideológica de los cardenales
electores y no tanto por bloques o regiones.
Esto último incluye también a los 47 electores
llamados "curiales" (los cardenales que ocupan
puestos en el Vaticano), que si bien pueden
tener peso significativo a la hora de la
votación no tienen entre sí una posición única.
La mayoría de los
analistas de política vaticana consideran que la
acentuación de la internacionalidad del colegio
de electores que se dio durante el pontificado
de Karol Wojtyla -aun contando con la
preminencia de los italianos- es lo que
permitirá un tipo de alianzas más cercana a las
posiciones ideológicas, apartándose de los
alineamientos regionales o de bloques. En esta
lógica de análisis es posible determinar las
tendencias existentes, aunque resulta difícil
señalar un grupo o una corriente que tenga claro
predominio sobre las otras. Esto ocurre porque
las coincidencias en algunos planos se
convierten a veces en diferencias en otros
aspectos y entre todos hay muchos tipos de
matices. Está claro que hay corrientes que se
pueden advertir, pero no existen alineamientos o
grupos reconocidos o que se autoproclamen como
tales. Tampoco hay candidaturas. Hay nombres que
están en boca de muchos. Pero en el Vaticano
todo el mundo recuerda la frase que se repite
antes de cada cónclave: "Quien entra Papa sale
cardenal".
Otro factor que incidirá
sin duda en la elección es la determinación que
tomen los cardenales respecto del tipo de papado
que quieren para la Iglesia ahora, después de un
pontificado de 26 años de Juan Pablo II. Si,
como muchos suponen, los electores se inclinan
por un pontificado "de transición", es decir, un
Papa que gobierne por menos tiempo y con la
misión de reajustar y adecuar la vida de la
Iglesia -tal como sucedió en 1958, después de 19
años de papado de Pio XII- el elegido tendrá que
ser seleccionado entre los candidatos de mayor
edad, tomando en cuenta que la elección es de
por vida.
Entre los cardenales
electores existe un grupo que los "vaticanólogos"
llaman "reformistas", cuya posición está
claramente orientada hacia la descentralización
de la Iglesia a favor de darle mayor poder y
autonomía a las iglesias locales (de cada
diócesis y cada país). Esto supone también una
reforma de la actual estructura de la Curia
vaticana, que ha ido ganando más y más poder
durante el pontificado de Juan Pablo II, en
particular en años recientes, cuando la salud
del Papa le impidió tener una presencia más
activa en la conducción de la Iglesia católica.
Los reformistas tienen por lo general una mirada
abierta a la sociedad, pregonan el diálogo de la
Iglesia con interlocutores plurales, se
preocupan por la política y los problemas de la
humanidad, y en lo interno abogan por una
reducción del poder centralizado de Roma y de
los obispos en favor de una más activa
participación de los laicos y laicos católicos
en las decisiones. Pretenden, al mismo tiempo,
utilizar la autoridad moral o espiritual del
catolicismo para oponerse al avance de "reino
del dinero" y en favor de la equidad social. Son
partidarios también del diálogo y la
construcción conjunta con las otras religiones.
Es probable que de
triunfar esta posición el nuevo Papa -cualquiera
que sea- convoque rápidamente a un concilio (una
asamblea general de toda la Iglesia católica),
tal como hizo el papa Roncalli (Juan XXIII)
después de su elección en 1958. El propósito de
ese concilio sería precisamente estudiar y
promover las reformas necesarias en el
catolicismo para adaptarse a la situación del
mundo actual.
Una de las figuras más
mencionadas como candidato de los reformistas es
precisamente un latinoamericano, el cardenal de
Tegucigalpa, Oscar Rodríguez Madariaga. Se trata
de un hombre muy reconocido en América Latina,
donde fue secretario y luego presidente del
Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), pero
también en el resto de los continentes en virtud
de su actuación internacional como miembro del
secretariado permanente del Sínodo (mundial) de
Obispos (1994-2001). Nacido en 1942 en
Tegucigalpa (Honduras), Rodríguez Madariaga
pertenece a la congregación de los salesianos,
habla cinco idiomas, es profesor de física,
matemática, ciencias naturales y química; tiene
un título en teología, otro en sicología y uno
más en sicoterapia, este último obtenido en
Innsbruck. Fue nombrado obispo a los 36 años y
es cardenal desde 2001.
El actual arzobispo de
Tegucigalpa es además experto en doctrina social
de la Iglesia y ha sido uno de los más duros
críticos eclesiásticos del neoliberalismo por
las consecuencias de pobreza que acarrea al
mundo. Para algunos de los conocedores de la
lógica eclesiástica de la jerarquía católica, la
elección de un latinoamericano como papa -sobre
todo después de haberse roto la tradición
italiana- tendría fuerte peso simbólico respecto
de la internacionalidad del catolicismo y
significaría un reconocimiento importante al
continente mayoritariamente más católico.
Otro candidato de los
reformistas puede ser el cardenal italiano Carlo
Martini, arzobispo emérito de Milán, quien
después de abandonar el gobierno efectivo de su
diócesis (al cumplir los 75 años) se ha retirado
provisoriamente a Jerusalén para realizar
estudios bíblicos. Martini (nacido en Turín en
1927) pertenece a la Compañía de Jesús
(jesuitas), es teólogo y fue nombrado obispo en
1979 y cardenal en 1983. Ha sido uno de los
miembros del colegio cardenalicio que más
discrepancias sostuvo con Juan Pablo II, en
particular por la forma en que el papa Wojtyla
manejó la disciplina interna de la Iglesia,
entendida como excesivamente centralista y
afirmada en el poder central del Vaticano. En
vista de su edad, las chances de Martini se
acrecientan si los electores deciden inclinarse
por un papado de transición.
En oposición a los
reformistas se alinea un grupo de cardenales que
se apoyan en la pretendida "ortodoxia católica",
con una perspectiva sumamente "romanocéntrica" y
que está integrado por "curiales" que han
dominado en el último tiempo del pontificado de
Juan Pablo II. A la cabeza de este grupo se
encuentra el cardenal italiano Angelo Sodano
(1927), actual secretario de Estado (número dos
del Vaticano), ex nuncio en Chile durante la
dictadura de Augusto Pinochet, con quien entabló
relaciones muy amistosas. En Argentina fue
Esteban Caselli (embajador en la Santa Sede
durante el gobierno de Menem) quien mantuvo las
mejores relaciones con Sodano. Junto a él se
alinea un fuerte grupo de latinoamericanos con
presencia en la Curia y que también guardan sus
propias aspiraciones de arribar al trono de
Pedro. Ellos son los cardenales colombianos
Alfonso López Trujillo (presidente del
Pontificio Consejo para la Familia) y Darío
Castrillón Hoyos (presidente de la Congregación
para el Clero), y el chileno Jorge Medina, un
ultraconservador y público defensor de Pinochet.
Todo este grupo, que sumaría también el apoyo
del cardenal alemán Josef Ratzinger, un
abanderado de la lucha contra la Teología de la
Liberación, podría proponer la candidatura del
cardenal de Bolonia (Italia), Giacomo Biffi
(1928). Este cardenal cobró notoriedad por su
sonada discrepancia con Juan Pablo II cuando el
Papa pidió público perdón por los "errores de la
Iglesia" y criticó de manera directa la apertura
de Wojtyla al diálogo interreligioso. Biffi
tendría el respaldo del Opus Dei y del fuerte
movimiento neoconservador italiano Comunión y
Liberación, con mucho peso en la Curia romana.
Una figura alternativa a la de Biffi es el
también italiano Camillo Ruini (1931), arzobispo
y pro vicario de Roma, cardenal desde 1991,
presidente de la Conferencia Episcopal Italiana
y de posiciones igualmente conservadoras.
Desde el mismo costado
ideológico puede postularse al cardenal suizo
Christoph Schonborn (1945), arzobispo de Viena,
teólogo con estudios sociales en La Sorbonne
(París) y perteneciente a la orden de los
dominicos. Se le reconoce como hombre sumamente
inteligente y entre sus actuaciones más
destacadas se cuenta la de haber participado en
la redacción del Nuevo Catecismo de la
Iglesia Católica, texto que los sectores más
avanzados consideran un claro retroceso desde
todo punto de vista. Otro latinoamericano puede
sumarse por el lado de los conservadores a la
lista de los candidatos. Se trata del cardenal
mexicano Norberto Rivera Carrera (1942), obispo
desde 1985 y cardenal desde 1998. A pesar del
reconocimiento que Rivera tiene dentro del
Episcopado Latinoamericano, no son muchas las
chances que a primera vista se le asignan al
mexicano.
Otro lote de candidatos
puede surgir como resultado de la negociación
entre estas dos posiciones. En este grupo se
cuentan el cardenal de Milán, Dionigi Tettamanzi
(1934), doctor en teología y con una trayectoria
muy reconocida como arzobispo de las sedes de
Ancona y Génova (Italia), secretario general y
luego vicepresidente de la Conferencia Episcopal
Italiana. Es obispo desde 1989 y cardenal desde
1998. El propio cardenal Martini y su amigo el
también cardenal italiano Giovanni Re (ex
sustituto de la Secretaría de Estado del
Vaticano) podrían impulsar su candidatura.
El
nombre de otro latinoamericano puede inscribirse
entre los que aparecen como candidatos de
compromiso entre uno y otro sector. Se trata del
cardenal de San Pablo (Brasil), Claudio Hummes
(1934), franciscano que es obispo desde 1975 y
que llegó a cardenal en 2001. Hummes es un
hombre que en los 70 estuvo claramente alineado
a la Teología de la Liberación y luego se
inclinó hacia posiciones más conservadoras y
conciliadoras con el Vaticano. Algunos
periodistas especializados en cuestiones
vaticanas también incluyen en la lista al
argentino Jorge Bergoglio (1936), arzobispo de
Buenos Aires, pero la mayoría de los
observadores le asignan poco respaldo entre los
electores. No habría que descartar tampoco una
eventual candidatura africana, en cuyo caso el
nombre más escuchado es el del cardenal de
Onitsha (Nigeria), Francis Arinze (1932), obispo
desde 1965 y cardenal desde 1985. Este obispo es
un hombre de posiciones más bien conservadoras
pero considerado dialoguista y de mucho
prestigio en Roma. Sin lugar a dudas, el
nombramiento de un cardenal negro africano como
máxima autoridad de la Iglesia católica
generaría un gran golpe de efecto.