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Después de una agonía enmarcada en las intrigas
cardenalicias, tan particulares en el Vaticano, se
extinguió la vida del Papa Juan Pablo II, el Pontífice
que más ha viajado de todos los que pasaron por el
sillón de San Pedro.
Y ha viajado en muchos sentidos, no solamente en su
peregrinar por distintos pueblos y Estados sino también
en su actividad política, la cual se ha caracterizado
por su férrea lucha contra el comunismo y contra el
capitalismo salvaje.
Oriundo de Polonia, supo de los horrores del nazismo y,
muy pronto, del régimen soviético que supo construir la
Cortina de Hierro a fuerza de muros como el de Berlín.
Sin embargo, su obra puede advertirse a través de
numerosos libros y de sus encíclicas, prueba cabal del
viaje de su pensamiento a través de su vida.
Llegó al cardenalato de manos de Paulo VI, en el medio
de los remezones del Concilio Vaticano II, como premio a
su lucha contra el comunismo en su país pero ello
significó constituirse en la voz privilegiada en la
Europa del Este, para propagar los deseos de libertad
sin pensar en el precio que debía pagar para ello.
El conservadurismo moderado fue el modelo elegido por
sus antecesores inmediatos, aún cuando Juan Pablo I
amenazaba con profundizar las reformas conciliares que,
desde luego, pudieron llevarlo a su muerte tan poco
clara como decisiva. Sin embargo, su postura firme en
cuestiones teológicas lo llevaron a un conservadurismo
exacerbado en alianza con el neoliberalismo de Reagan y
de Margaret Thatcher, lo cual implicó una firme condena
de la homosexualidad y del aborto.
En tanto, cultivaba su popularidad entre la grey
católica latinoamericana por sus profundos llamados
contra la guerra y la pobreza pero ello se contradecía
con el aval a genocidas como Videla y Pinochet,
encomendando a su Nuncio Apostólico en Buenos Aires,
Monseñor Pío Laghi, la misión de encubrir las
atrocidades que se cometían en el Cono Sur. Ni hablar de
su visita en 1987, para tratar de evitar la aprobación
de la actual Ley de Divorcio, cuyo debate generó enormes
polémicas en la Argentina.
En un balance, podemos decir que su pontificado
consistió en un viaje hacia las fuentes originales de la
teología e impidiendo las profundas reformas que
necesitaba la Iglesia Católica frente al avance de otros
cultos y de la profunda deslegitimación producida por la
conducta de muchos funcionarios eclesiales, aunque ella
fuese tibiamente reprochada y en general, encubierta
bajo subterfugios diversos.
En tiempos absolutamente volátiles, supo acomodar su
discurso a los vaivenes de la política internacional
para intentar recuperar algo del poderío perdido entre
los siglos XVII y XVIII, aunque fuera sencillamente una
utopía dada las características de la hegemonía
norteamericana iniciada a partir de 1945 y profundizada
a partir de 1989.
Sin embargo, el futuro amenaza con un conservadurismo a
ultranza; tal vez, superior al ensalzado por el Papa
viajero y ello es de esperarse en un contexto signado
por el pensamiento único y por la progresiva extinción
de los recursos naturales actuales, lo cual constituirá
el germen de las futuras acciones del primer terrorista
mundial: los Estados Unidos.
Se ha ido un Pontífice que ha viajado por el pensamiento
conservador, pero esperemos que su reemplazante viaje
por otro carril: el pensamiento renovador de las
estructuras y de las acciones, en aras de una Iglesia
que acepte su reinado espiritual y olvide el terrenal...
* Juan Carlos Sánchez es Profesor de
Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales
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