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“No se puede dar respuestas antiguas a preguntas
nuevas”, ha proclamado el cardenal brasileño Claudio
Hummes, arzobispo de San Pablo y uno de los candidatos a
la sucesión de Juan Pablo II. Y de eso precisamente se
trata la sucesión, en un mundo profundamente cambiado
desde que Karol Wojtyla fuera entronizado hace 26 años,
con claves en lo político, lo social y la moral sexual.
El Domo de San Pedro en la puesta del sol ayer, mientras
los cardenales arribaban a Roma para una elección
profundamente trascendente.
Los procedimientos eclesiásticos posteriores a la muerte
del Papa, establecen que durante el período de “sede
vacante” que sigue inmediatamente al deceso del jefe de
la Iglesia Católica todos los cardenales, incluidos
aquellos que tienen más de ochenta años y que no estarán
en el cónclave que elegirá al sucesor de Juan Pablo II,
se reunirán en Roma para participar de los funerales del
Pontífice fallecido y para comenzar a fijar una agenda
de los temas que deberá afrontar el catolicismo en el
período que se avecina. Este encuentro de los cardenales
tiene una importancia fundamental, porque si bien no se
emiten votos sí se discute sobre los desafíos, los
interrogantes y comienza a delinearse, en consecuencia,
cuál debe ser el perfil del próximo heredero del apóstol
Pedro, aquel señalado por Cristo para conducir los
destinos de su Iglesia. Si bien la agenda de los temas
se ha venido configurando en los últimos años, ahora se
aceleran los diálogos, las propuestas y las discusiones.
No puede extrañar, entonces, que de forma inmediata el
cardenal brasileño Claudio Hummes, arzobispo de San
Pablo y uno de los mencionados en la lista de los
candidatos a Papa, haya salido inmediatamente a señalar
que la Iglesia tiene que adaptarse al mundo moderno y
que “no puede dar respuestas antiguas a preguntas
nuevas”.
La cuestión social
¿Cuáles son algunos de los temas que estarán en la
agenda de las reuniones de cardenales durante los
encuentros de la “sede vacante” y en el mismo cónclave?
En primerísimo lugar aparecen las cuestiones sociales.
Existen amplias corrientes en el catolicismo que apoyan
un compromiso cada vez mayor de la Iglesia con los
pobres, a favor de la justicia y la equidad. Existe en
esto un discurso común, si bien prácticas sociales y
eclesiásticas diferentes. Hay quienes expresan su
vocación “al servicio de los pobres” y aseguran que la
Iglesia debe ser portavoz y vocero de sus reclamos.
Generalmente estos grupos, vinculados a los sectores más
conservadores, parten de la base de que por la posición
privilegiada que tiene la Iglesia puede dialogar con los
factores de poder y generar condiciones para disminuir
la opresión. De esta manera, se cierra el camino a un
discurso más claramente antisistema. Esta ha sido la
postura sostenida por Juan Pablo II en gran parte de su
enseñanza social llamando muchas veces a “humanizar” las
relaciones económicas pero sin criticar directa y
claramente al capitalismo que es hegemónico en el mundo
actual. Con variantes, es la postura del Opus Dei hoy,
alejado ya de la defensa de las actitudes
ultraconservadoras de otro tiempo.
Frente a esto, y atravesando una gama de matices, están
quienes sostienen, entre ellos algunos cardenales del
Tercer Mundo y varios de los europeos, que la Iglesia
Católica sólo recuperará su fuerza profética, si asume
como suyo el discurso de los más pobres pero dándoles a
éstos el papel protagónico que merecen. Hummes, para
seguir con la cita anterior, no sólo criticó la
concentración de la riqueza y del poder que se da a
través de la globalización, sino que señaló que “los
pobres se volverán todavía más pobres”. Entonces, dicen
quienes sostienen esta postura, no se trata de hablar
por los pobres, sino de dejar hablar a los pobres,
garantizar que se expresen, que manifiesten sus demandas
y ofrecerles, desde una perspectiva cristiana y con todo
el poder simbólico y real de la Iglesia, respaldo a sus
reivindicaciones de justicia y equidad. Esta postura no
es agradable para gran parte de los cardenales y en
particular para el círculo que rodeó a Juan Pablo II en
el último tiempo, mucho más acostumbrado a escuchar las
razones de los personajes del poder que los reclamos del
pueblo sencillo. Pero más allá de los argumentos que se
manejan entre quienes conforman la cúpula eclesiástica
en todo el mundo, el tema de la relación del catolicismo
con la sociedad y con los pobres se plantea día a día en
la cotidianidad del quehacer eclesiástico, en todos los
países y las latitudes, en las parroquias y en las
capillas. La pobreza y la desigualdad crecen en el mundo
y, como en tantos otros temas, en la Iglesia Católica
existe un divorcio entre el magisterio pontificio y
universal y la práctica de aquellos curas, monjas o
misioneros que son la cara del catolicismo en los
barrios, en las periferias de las ciudades, en los
tugurios y las aldeas de todo el mundo. El compromiso de
estos agentes con los más pobres es siempre mucho mayor
que el que reflejan las declaraciones de las cúpulas.
Eclesiológicamente el debate se da entre los
conservadores que entienden a la Iglesia como “sociedad
perfecta”, mediadora de las demandas de los pobres y en
condiciones de entablar un diálogo con otros poderes, y
quienes creen en una iglesia “servidora” aliada con los
excluidos de la sociedad, aunque esto le traiga
contradicciones con el sistema dominante.
Sexo y moral
Siendo importante, éste no es, sin embargo, el único
tema. Hay un largo listado de cuestiones que fueron
prácticamente “clausuradas” en su discusión por Juan
Pablo II, quien llegó a utilizar toda su autoridad para
evitar que el debate continuara dentro de la propia
Iglesia. La mayoría de estos temas están vinculados con
la moral sexual, la concepción sobre la familia y otros
asuntos como el desarrollo de la bioética que abre
nuevos desafíos para la humanidad en general, pero que
la Iglesia no puede desconocer. Es impensable que la
Iglesia, cualquiera sea el sucesor de Juan Pablo II,
modifique su postura en contra del aborto. Pero no son
pocos, incluidos muchos cardenales, los que están
convencidos de que hay que introducir cambios en todo
aquello que se refiere a las normas morales sobre
sexualidad, uso de preservativos, de las relaciones
sexuales por fuera del matrimonio y acerca de la
doctrina que sostiene la indisolubilidad del matrimonio
católico. En todos estos asuntos también la Iglesia
Católica se ha ido apartando de manera fundamental de
las prácticas sociales y de la vida de la gente. Y las
diferencias de la institución católica en este terreno
se plantean fundamentalmente con los jóvenes, quienes se
sienten cada vez menos atraídos por la prédica católica
en la materia. Muchos dicen que si la Iglesia no
modifica y adecua su mensaje en este campo seguirá
perdiendo el favor de la juventud.
La competencia por los fieles
A no pocos preocupa también la pérdida de feligresía,
especialmente en aquellos países de “tradición
católica”, algo que va unido además a un modo muy
liviano de entender la “pertenencia”. En otras palabras:
la Iglesia Católica perdió fieles y muchos de los que se
consideran parte de ella responden más bien a una
adhesión cultural o a una tradición, pero no participan
de manera activa en la vida de la comunidad católica y
no consideran que deben seguir en todos sus aspectos las
tradiciones y las enseñanzas de la Iglesia y de su
jerarquía. En un reportaje publicado en Página/12
(16-08-2004), el venezolano Otto Maduro, sociólogo de la
religión, decía que en gran parte de América latina
otras Iglesias cristianas están ganando adeptos porque
se acercan a la gente asumiendo a las personas a partir
de su propia realidad, sin condiciones previas, sin
imponer dogmas. Aunque puedan hacerse consideraciones de
valor sobre esta estrategia, los resultados están a la
vista. Mientras el catolicismo pierde fieles, más y más
gente se suma a los grupos e iglesias pentecostales, a
las sectas y a nuevos movimientos religiosos. Esto
también porque no hay en la Iglesia una “actitud
misionera”, es decir, de proselitismo y de militancia en
busca de nuevos adeptos. Esta fue una preocupación de
Juan Pablo II y él mismo se lanzó como peregrino por
elmundo a sumar fieles a la Iglesia, tratando de romper
la inercia de la institución. También es cierto que la
actitud misionera y proselitista requiere de una
“novedad” en el anuncio que el catolicismo no ha tenido
en el último tiempo.
El lugar de la mujer
Lo anterior no está desligado de los problemas que se
viven en el seno de la misma Iglesia. Otro de los
debates clausurados por Juan Pablo II está relacionado
con la presencia de la mujer en la Iglesia y su igualdad
con el varón. Desde una mirada externa parece increíble
que una institución como la Iglesia se resista todavía a
una igualdad ampliamente aceptada en el mundo. Y no se
trata solamente de cuestiones como el camino al
sacerdocio de la mujer dentro de una institución con una
jerarquía reservada exclusivamente para los varones,
sino del acceso efectivo de las mujeres a puestos de
liderazgo, conducción y toma de decisiones. En este
sentido, el catolicismo está muy a la zaga de otras
Iglesias cristianas. Junto con esto se plantea la
cuestión de los ministerios. Hay cada día menos
vocaciones sacerdotales y religiosas en la Iglesia. En
parte porque sigue vigente la norma del celibato
obligatorio para los sacerdotes, en parte porque las
mujeres no pueden acceder al sacerdocio ministerial,
pero también porque como muchos reclaman no se impulsa
de manera decidida la creación de otros ministerios y
servicios que bien podrían desempeñar los laicos y
laicas. Hay muchas funciones hoy reservadas a los
sacerdotes que bien podrían ser desempeñadas por los
laicos, incluida la función que hoy cumplen los párrocos
al frente de una comunidad, ciertas responsabilidades en
la liturgia y la administración de algunos sacramentos.
Son asuntos a los que se resisten los clérigos porque
disminuiría sustancialmente su poder en la institución
eclesiástica.
Más allá de Roma
En los diálogos que se planteen en Roma en la etapa
previa a la elección del Papa no puede faltar la
cuestión del poder en la Iglesia y de la llamada
colegialidad episcopal. Después del Concilio Vaticano II
(1962-65), el papa Pablo VI (1963-78) fue un decidido
impulsor de la descentralización e internacionalización
de la curia. De esta manera ganaron peso y protagonismo
las conferencias episcopales (asambleas de los obispos
de cada país) y los obispos tuvieron mayor participación
en las decisiones de la Iglesia. Juan Pablo II no siguió
en esa línea. El cardenal alemán Jozef Ratzinger fue el
encargado de generar normas que redujeron
significativamente el peso de las conferencias
episcopales, y reforzaron el poder central del Papa y de
la curia romana. La “colegialidad” reclamada por el
Vaticano II se hizo por momentos muy formal y se
sustituyó por un “romano centrismo” criticado por
muchos. Por otra parte, si bien la curia vaticana dejó
de ser mayoritariamente italiana como en otro tiempo,
está lejos de alcanzar una internacionalidad que
represente la gran diversidad de culturas, miradas,
pensamientos teológicos y eclesiológicos que existen hoy
en el catolicismo de todo el mundo. En cuanto al poder
en la Iglesia merece un capítulo aparte el papel de los
fieles laicos y laicas. La Iglesia sigue siendo una
monarquía absoluta, donde el poder lo concentran los
clérigos y donde la opinión de los laicos tiene poca
relevancia.
El diálogo interreligioso
Si bien sería imposible agotar la lista de temas
pendientes y que pueden entrar en un eventual “plan de
gobierno” del nuevo Papa y condicionar el perfil de
quien finalmente sea electo, hay quienes atribuyen suma
importancia al diálogo interreligioso y ecuménico. Juan
Pablo II impulsó el diálogo interreligioso, pero siempre
partiendo de la centralidad y dela preeminencia de lo
católico. El documento “Dominus Iesus” (2000), firmado
por el Papa pero escrito por Ratzinger, es considerado
un paso atrás en el camino ecuménico. El papel que las
religiones tienen que jugar en el mundo hoy, en
particular en la búsqueda y consolidación de la paz, es
fundamental y la Iglesia Católica puede tener un
protagonismo muy grande en la materia. Pero para ello
será necesario asumir que ese diálogo tiene que darse en
pie de igualdad, en particular con el islamismo que es
con quien menos se avanzó en acercamiento y dada la
preeminencia que esa religión está teniendo hoy en el
escenario mundial. Y en lo que respecta al diálogo por
la unidad de los cristianos con las otras Iglesias
cristianas no católicas, el Vaticano y el nuevo Papa
tendrán que revisar las posturas sostenidas hasta ahora,
en particular acerca del lugar que se le asigna al
pontificado. También es cierto que en la agenda que se
debate con las otras Iglesias cristianas se incluyen
muchos de los asuntos que están entre los ya mencionados
en la discusión interna propia del catolicismo (el
ministerio, el lugar de la mujer, la moral sexual, etc).
Con todos estos temas y seguramente otros que serán
aportados a partir de la realidad particular que los
cardenales de todo el mundo lleven hasta Roma, el
colegio cardenalicio tendrá que hacer una suerte de
“programa del pontificado” del que saldrá también el
perfil de quien tenga que ser elegido para conducir los
destinos de la Iglesia Católica en los próximos años. De
esa elección no quedará al margen la consideración de la
trayectoria, los apoyos que unos y otros puedan tener o
lograr, los juegos de poder y las alianzas ideológicas,
doctrinales o de regiones geográficas. Pero, sin duda,
las definiciones de los candidatos respecto de la agenda
programática de la Iglesia Católica al inicio del siglo
tendrán un peso también decisivo.
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