Año III
La Habana
Semana 9 - 15
ABRIL
de 2005

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
EL CUENTO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

ENTREVISTA CON EL HISTORIADOR JORGE IBARRA
Con el credo en la nación
Hilario Rosete Silva La Habana


“Iniciamos el siglo XXI en condiciones tan difíciles como las del 20 de mayo de 1902. Creímos que el siglo XX sería el del socialismo, y fue el siglo de las nacionalidades: seguimos con un pie en la nación y tratando de poner el otro en el socialismo. No obstante, por tener aquel bien puesto en la nación es que hemos sobrevivido.”

El enunciado es de Jorge Ibarra (Santiago de Cuba, 1931), uno de nuestros historiadores más audaces. Doctor en Ciencias Históricas, expuso esta y otras de sus tesis en un panel sobre el significado de la República organizado por la Editorial Nuevo Milenio.

Graduado en High School en la Williston Academy de East Hampton (EE.UU.) en 1950, y acreedor en 1996 del Premio Nacional de Ciencias Sociales, aún añora la época, 1964-1967, en que, desde la Dirección Política del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, elaboró una Historia de Cuba rumiada ya por tres generaciones.

Ha dicho que la libertad de creación reinante en aquellos años propició la formación del espíritu rebelde y solidario del pueblo, y que las cosas cambiaron cuando en la década siguiente arreció el dogmatismo en la vida intelectual del país. Porque entonces enfrentó a los adeptos de la “uniformación”, todavía hay quien le inculpa por haberse pasado la vida fajándose, y en verdad no hizo más que defenderse.

Autor de “Ideología mambisa” (1967), ensayo que renovó el análisis de los hechos bélicos iniciadores de las luchas independentistas, y de Aproximaciones a Clío (1984), serie de artículos tributarios del binomio Nación-Revolución, polos de su progreso intelectual, su libro Cuba: 1898-1958. Estructura y procesos sociales, obtuvo el Premio de la Crítica a las mejores obras de Ciencias Sociales en 1995.

Posee, entre otros galardones, la distinción “Por la Cultura Nacional”. Afirma que los procesos históricos se suicidan cuando cancelan las demandas nacionales y que por ese motivo, poco antes de llegar a tal punto, el campo socialista se convirtió en un imperio donde se obviaban los principios leninistas sobre las nacionalidades.

Profesor Titular Adjunto en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, estudioso de la gesta patria durante casi 50 años, reparó en que no hay preguntas tontas, sino respuestas mediocres, e insistió en que es preciso construir el socialismo, pero de modo que responda a nuestra génesis como nación. 

Negro que te quiero negro

Entre tantas fechas históricas, ¿qué significado tendría la del 20 de mayo?

Significa la República de 1902, pero no suelo hacer evocaciones líricas sobre el período, ni andar con retóricas propias de los oradores sagrados. Prefiero referirme a los temas que acerca de ella me interesaron, y a cómo los abordé. 

Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, es un abordaje temerario.

El libro hace un juicio crítico sobre nociones heredadas de la historiografía burguesa. 

Una de las tesis intenta explicar cómo nacieron los caudillos o caciques criollos.

Los caciques, valiéndose de su dinero o influencia, ejercieron gran poder en los asuntos de un pueblo, región o provincia, y lo más sugestivo fue confirmar la tesis de que llegaron a convertirse en caudillos en virtud de su historia patriótica y revolucionaria. 

¿Quién le dio la pista para desandar ese laberinto?

Leyendo a José Vasconcelos (1881-1959), filósofo, educador y político mexicano, descubrí que la mayoría de los jefes de las guerras de independencia de Latinoamérica devinieron hacendados, y me interesó analizar esa conexión. Fue una búsqueda larga. Comprobé que más de 100 altos oficiales del Ejército Libertador se convirtieron en terratenientes, colonos o dueños de fincas. Muchos compraron tierras luego del licenciamiento y la paga que recibieron como miembros del Ejército. En ocasiones las compañías norteamericanas les cedieron parcelas. Así construyeron la singular relación que fraguó sus enclaves de poder en los medios rurales. El nexo nació entre el carisma de la guerra, la propiedad de la tierra y los cargos políticos. Muchos llegaron a ser, al unísono, coroneles o generales, colonos o terratenientes, y representantes o senadores. 

La condición de cacique, ¿implicaba un pro americanismo?

No necesariamente. Trabajé con unas 30 causas por desalojo radicadas en Santiago de Cuba y atesoradas en el Archivo Histórico Provincial. Hablo del desalojo de campesinos por dueños de ingenios españoles o criollos, o por compañías norteamericanas. Por lo general, la orden de desalojo surgía de un juez, mas luego era apoyada o no por otras figuras influyentes. Salvo excepciones, la mayoría de los otrora oficiales del Ejército Libertador, convertidos ya en caciques, se opusieron a tales desahucios. 

La inmigración haitiana y jamaicana fue otra de sus preocupaciones.

Los braceros procedentes de Haití y Jamaica eran vistos como esclavos, como un rebaño al servicio de las compañías y el capital financiero norteamericano, unos seres carentes de conciencia de clase, una masa incapaz de “proletarizarse”, que vino a Cuba solo para envilecer los salarios de los trabajadores cubanos. Sin embargo, pronto me convencí de que las cosas no eran así. Aunque se decía, empezando por el historiador Ramiro Guerra (1880-1970), que la inmigración antillana provocaría una “africanización”, y que la Isla se convertiría en una Barbados, lo cierto es que estaban ingresando al país más blancos que negros: por cada haitiano o jamaicano entraban tres españoles. 

También se consideró a la inmigración negra como un peligro para la sanidad.

Y del mismo modo, leyendo al historiador y demógrafo cubano Juan Pérez de la Riva (1913-1976), comprendí que el tal peligro era una adulteración. La afluencia de braceros negros no repercutió en la sanidad de la Isla, no hubo aumento de la mortalidad, al contrario, se registró un descenso de la tasa de mortalidad en las zonas rurales. 

¿Los salarios tampoco se resintieron?

En cualquier parte del mundo a donde acuda una gran masa de trabajadores, la oferta y la demanda terminarán resintiéndose. En cualquier país donde exista una inmigración considerable, los salarios tenderán a deprimirse y a mantenerse bajos. Pero estas no eran las excusas que se daban. Los reformistas le atribuían el envilecimiento del salario no a las oleadas de inmigrantes españoles, sino a la entrada de los jamaicanos y haitianos. 

Teodoro Roosevelt, el Padre de la Patria ¿?

Dichos braceros negros, ¿eran retribuidos por su trabajo?

Hablamos de proletarios rurales, no de esclavos, que venían a laborar a Cuba y que al fin de la zafra regresaban a sus países con pequeños ahorros. Estos asalariados padecían los mismos mecanismos de explotación que los obreros cubanos. Por cierto, V. I. Lenin (1870-1924) planteaba la necesidad de que la clase obrera incorporase a los inmigrantes a sus luchas, no que los repudiase. Lenin pensaba que estos trabajadores eran los más aptos, los más susceptibles de tomar conciencia de su condición de oprimidos. 

Pero no todos pensaban como Lenin.

Hasta el Partido Comunista aplaudió las llamadas leyes de nacionalización del trabajo. Los haitianos y jamaicanos fueron deportados, pero no se desterró a los inmigrantes españoles. Solo la prensa negra y el movimiento de los Independientes de Color defendieron a los inculpados. Para el resto de la sociedad estos eran lo peor del mundo. 

Un ambiente parecido había reinado en la época del historiador y político cubano José Antonio Saco (1797-1879).

En los días de Saco se dio otra correlación demográfica: la población negra casi superaba a la blanca. Ya en la República esa correlación cambió. A propósito, estos trabajadores inmigrantes, de vuelta en Haití y Jamaica, sus países de origen, organizaron los movimientos obreros: el juicio de que se trataba de un rebaño perdió consistencia. 

Igual usted se interesó por el nivel de vida de la clase obrera rural.

El propio Pérez de la Riva me ayudó a precisar los índices: cómo se comportaban los salarios, los precios... Las cifras prueban que a partir de los años 20 las condiciones de vida se tornaron insoportables, y las luchas por las reivindicaciones obreras se alzaron como única salida. 

¿Existía entre los obreros del campo una clara conciencia de esta situación?

Pude advertirla mediante el estudio de las décimas campesinas, recopilé cientos de ellas, enviadas a la revista La política cómica. El análisis arrojó que ya antes de la fundación del Partido Comunista el obrero percibía el atropello a que era sometido. Las décimas circulaban y se cantaban por los bateyes. No se trata de mi percepción como historiador: en los medios rurales hasta el gato conocía estas composiciones. 

La generalidad de las figuras políticas, ¿tuvo la misma conciencia? La coyuntura reinante en el país, ¿agrava o atenúa sus responsabilidades históricas?

A muchos les interesa saber hasta qué punto existió una conciencia política entre las cabezas visibles del momento sobre la situación creada en Cuba con la intervención yanqui y la imposición de la Enmienda Platt, y quiénes se encargaron de denunciarlas. Según versiones historiográficas, el independentismo de entonces fue reducido al himno y la bandera. Pero estudiando a los patriotas Manuel Sanguily, E. J. Varona, Enrique Collazo, Loinaz del Castillo, Salvador Cisneros Betancourt, Juan Gualberto Gómez, y otros muchos, vemos que la denuncia de la penetración imperialista fue una constante. Aún cuando los partidos políticos fueron forzados a aceptar el dominio extranjero y algunos dirigentes hasta se corrompieron, siempre hubo voces de protesta, y las subsiguientes generaciones distinguirán a los hombres que garantizaron la continuidad histórica. De esa actitud rebelde habla otro de mis libros, Un análisis psicosocial del cubano: 1898-1925. Allí descubrí la mentalidad de las clases populares, revelé el malestar latente durante los primeros 30 años de la República. En verdad nunca hubo un retroceso, sino una coyunda, la gente debió vivir así, pero nadie estaba conforme. 

Finalmente, el libro Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, termina con el estudio del mito Roosevelt.

La leyenda se formó en torno a la figura de Teodoro Roosevelt (1858-1919), presidente de EE.UU. entre 1901 y 1909, a la sombra de aquellas pseudodirigencias políticas. “¡Roosevelt es un patriota!” “¡Roosevelt nos salva!”. Las alegorías, inscritas en la mente de muchos elementos confusos de la República, aceptaban la convivencia con el imperialismo. En los textos escolares escritos por Rafael Montoro y Vidal Morales y Morales, junto al nombre de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, aparecía, como un patriota más, el de Roosevelt. A la muerte del presidente norteamericano, las entrevistas realizadas a dirigentes de los partidos Conservador y Liberal daban una visión monocorde de su vida y obra, dicha visión formaba parte del arreglo del gran pastel republicano. Para investigar el mito Roosevelt me serví de los estudios estructuralistas del lingüista francés Roland Barthes (1915-1980). Prohibido por el índice soviético, Barthes me ayudó a denunciar la penetración yanqui. 

Rashomon * a lo cubano

También revisó usted los mecanismos de dominio neocolonial de Cuba por EE.UU.

El concepto está en la obra de Francisco López Segrera, pero se refiere, más que todo, a la Enmienda Platt y al Tratado de Reciprocidad Comercial, y yo tenía la sospecha de que las vías de penetración del capital financiero norteamericano eran más amplias, así comencé a investigar las propiedades yanquis en la Isla, los ferrocarriles, las compañías navieras, las refinerías. Quería saber cuál era su modus operandi

¿Sus conjeturas hallaron fundamento?

El dominio no se fundó solo sobre la base del Tratado y la Enmienda. Nexos de sujeción más estrechos causaron el desplazamiento de la burguesía doméstica por el capital financiero del Norte. Los ferrocarriles, que en un principio eran de capital español, criollo, en la práctica fueron construidos de nuevo por capitales norteamericanos y las tarifas ferroviarias llegaron a ser hasta cuatro veces más altas que en EE.UU. y otros países europeos. Por ese concepto las empresas norteamericanas se apoderaban de un 20 % de las ganancias de los colonos y dueños de ingenios de la época. 

¿Y qué pasaba con las compañías navieras y las refinerías?

En un inicio las navieras también eran controladas por el capital español, pero en el curso de diez años los norteños monopolizaron el transporte marítimo e igual se quedaban hasta con un 15 % de los ingresos. No obstante, el dominio más descarnado lo ejercían las refinerías de azúcar. Obligados a pagar los altos aranceles norteamericanos, a los productores cubanos no les quedaba otra opción que producir azúcar crudo para vendérselo a las refinerías yanquis, y eran ellas las que producían el refino. Dichos mecanismos, bien sutiles, había que esclarecerlos. Parecía que los americanos no habían hecho más que llegar a Cuba y crear, de la nada, toda la riqueza del país, cuando en realidad se habían apoderado de la mayor parte de su hacienda. 

Ese es el deber del investigador, descubrir el cómo y el porqué.

De otro modo no convenceríamos a nadie: podríamos pensar que somos persuasivos y en verdad nos estaríamos engañando. A los historiadores nos interesa sobre todo saber qué fue lo que pasó y por qué, y no si viene bien con la coyuntura política del presente. Es la historia, el pasado, quien le da las lecciones al presente, y no viceversa. 

¿Es fácil saber lo que pasó?

Claro que no. Aquí mismo, cuando nos hayamos marchado, cada uno dará su cuenta de lo sucedido, como en Rashomon. Con todo, lo importante es que tengamos una versión plausible, racional, que, además, esté sujeta a crítica. 

En la búsqueda de las versiones plausibles, ¿cuál es su gran rédito personal?

Ya en 1954 ó 1955 estaba peleado con la burguesía. Luego entendí que ser socialista implicaba otras actitudes, pero desde entonces asumí posiciones y tuve conciencia marxista. Dicho de otra manera, desde esa época ya era socialista, pero socialista “por mi cuenta”, siempre pensé con mi propia cabeza. Así que mi socialismo era sui géneris, y he sido fiel a ese modo de ser. ¡Uno debe defender su ideal de socialismo! 

Nota:

* Rashomon (Akira Kurosawa, 1950). Drama criminal japonés con matices filosóficos y psicológicos. El crimen es visto por cuatro testigos, cada uno de los cuales lo narra según su punto de vista. A lo largo de la película se plantean las preguntas de quién dice la verdad y qué es la verdad.

SUBIR

 
 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2005
 IE-800X600