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“Iniciamos el siglo XXI en condiciones tan difíciles
como las del 20 de mayo de 1902. Creímos que el siglo XX
sería el del socialismo, y fue el siglo de las
nacionalidades: seguimos con un pie en la nación y
tratando de poner el otro en el socialismo. No obstante,
por tener aquel bien puesto en la nación es que hemos
sobrevivido.”
El enunciado es de Jorge Ibarra (Santiago de Cuba,
1931), uno de nuestros historiadores más audaces.
Doctor en Ciencias Históricas, expuso esta y otras
de sus tesis en un panel sobre el significado
de la República organizado por la
Editorial Nuevo Milenio.
Graduado en High School en la Williston
Academy de East Hampton (EE.UU.) en 1950, y acreedor
en 1996 del Premio Nacional de Ciencias Sociales, aún
añora la época, 1964-1967, en que, desde la Dirección
Política del Ministerio de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias, elaboró una Historia de Cuba
rumiada ya por tres generaciones.
Ha dicho que la libertad de creación reinante en
aquellos años propició la formación del espíritu rebelde
y solidario del pueblo, y que las cosas cambiaron cuando
en la década siguiente arreció el dogmatismo en la vida
intelectual del país. Porque entonces enfrentó a los
adeptos de la “uniformación”, todavía hay quien le
inculpa por haberse pasado la vida fajándose, y en
verdad no hizo más que defenderse.
Autor de “Ideología mambisa” (1967), ensayo que renovó
el análisis de los hechos bélicos iniciadores de las
luchas independentistas, y de Aproximaciones a Clío
(1984), serie de artículos tributarios del binomio
Nación-Revolución, polos de su progreso intelectual, su
libro Cuba: 1898-1958. Estructura y procesos sociales,
obtuvo el Premio de la Crítica a las mejores obras de
Ciencias Sociales en 1995.
Posee, entre otros galardones, la distinción “Por la
Cultura Nacional”. Afirma que los procesos históricos se
suicidan cuando cancelan las demandas nacionales y que
por ese motivo, poco antes de llegar a tal punto, el
campo socialista se convirtió en un imperio donde se
obviaban los principios leninistas sobre las
nacionalidades.
Profesor Titular Adjunto en la Facultad de Derecho de la
Universidad de La Habana, estudioso de la gesta patria
durante casi 50 años, reparó en que no hay preguntas
tontas, sino respuestas mediocres, e insistió en que es
preciso construir el socialismo, pero de modo que
responda a nuestra génesis como nación.
Negro que te quiero negro
Entre tantas fechas históricas, ¿qué significado tendría
la del 20 de mayo?
Significa la República de 1902, pero no suelo hacer
evocaciones líricas sobre el período, ni andar con
retóricas propias de los oradores sagrados. Prefiero
referirme a los temas que acerca de ella me interesaron,
y a cómo los abordé.
Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales,
es un abordaje temerario.
El libro hace un juicio crítico sobre nociones heredadas
de la historiografía burguesa.
Una de las tesis intenta explicar cómo nacieron los
caudillos o caciques criollos.
Los caciques, valiéndose de su dinero o influencia,
ejercieron gran poder en los asuntos de un pueblo,
región o provincia, y lo más sugestivo fue confirmar la
tesis de que llegaron a convertirse en caudillos en
virtud de su historia patriótica y revolucionaria.
¿Quién le dio la pista para desandar ese laberinto?
Leyendo a José Vasconcelos (1881-1959), filósofo,
educador y político mexicano, descubrí que la mayoría de
los jefes de las guerras de independencia de
Latinoamérica devinieron hacendados, y me interesó
analizar esa conexión. Fue una búsqueda larga. Comprobé
que más de 100 altos oficiales del Ejército Libertador
se convirtieron en terratenientes, colonos o dueños de
fincas. Muchos compraron tierras luego del
licenciamiento y la paga que recibieron como miembros
del Ejército. En ocasiones las compañías norteamericanas
les cedieron parcelas. Así construyeron la singular
relación que fraguó sus enclaves de poder en los medios
rurales. El nexo nació entre el carisma de la guerra, la
propiedad de la tierra y los cargos políticos. Muchos
llegaron a ser, al unísono, coroneles o generales,
colonos o terratenientes, y representantes o senadores.
La condición de cacique, ¿implicaba un pro americanismo?
No necesariamente. Trabajé con unas 30 causas por
desalojo radicadas en Santiago de Cuba y atesoradas en
el Archivo Histórico Provincial. Hablo del desalojo de
campesinos por dueños de ingenios españoles o criollos,
o por compañías norteamericanas. Por lo general, la
orden de desalojo surgía de un juez, mas luego era
apoyada o no por otras figuras influyentes. Salvo
excepciones, la mayoría de los otrora oficiales del
Ejército Libertador, convertidos ya en caciques, se
opusieron a tales desahucios.
La inmigración haitiana y jamaicana fue otra de sus
preocupaciones.
Los braceros procedentes de Haití y Jamaica eran vistos
como esclavos, como un rebaño al servicio de las
compañías y el capital financiero norteamericano, unos
seres carentes de conciencia de clase, una masa incapaz
de “proletarizarse”, que vino a Cuba solo para envilecer
los salarios de los trabajadores cubanos. Sin embargo,
pronto me convencí de que las cosas no eran así. Aunque
se decía, empezando por el historiador Ramiro Guerra
(1880-1970), que la inmigración antillana provocaría una
“africanización”, y que la Isla se convertiría en una
Barbados, lo cierto es que estaban ingresando al país
más blancos que negros: por cada haitiano o jamaicano
entraban tres españoles.
También se consideró a la inmigración negra como un
peligro para la sanidad.
Y del mismo modo, leyendo al historiador y demógrafo
cubano Juan Pérez de la Riva (1913-1976), comprendí que
el tal peligro era una adulteración. La afluencia de
braceros negros no repercutió en la sanidad de la Isla,
no hubo aumento de la mortalidad, al contrario, se
registró un descenso de la tasa de mortalidad en las
zonas rurales.
¿Los salarios tampoco se resintieron?
En cualquier parte del mundo a donde acuda una gran masa
de trabajadores, la oferta y la demanda terminarán
resintiéndose. En cualquier país donde exista una
inmigración considerable, los salarios tenderán a
deprimirse y a mantenerse bajos. Pero estas no eran las
excusas que se daban. Los reformistas le atribuían el
envilecimiento del salario no a las oleadas de
inmigrantes españoles, sino a la entrada de los
jamaicanos y haitianos.
Teodoro Roosevelt, el Padre de la Patria ¿?
Dichos braceros negros, ¿eran retribuidos por su
trabajo?
Hablamos de proletarios rurales, no de esclavos, que
venían a laborar a Cuba y que al fin de la zafra
regresaban a sus países con pequeños ahorros. Estos
asalariados padecían los mismos mecanismos de
explotación que los obreros cubanos. Por cierto, V. I.
Lenin (1870-1924) planteaba la necesidad de que la clase
obrera incorporase a los inmigrantes a sus luchas, no
que los repudiase. Lenin pensaba que estos trabajadores
eran los más aptos, los más susceptibles de tomar
conciencia de su condición de oprimidos.
Pero no todos pensaban como Lenin.
Hasta el Partido Comunista aplaudió las llamadas leyes
de nacionalización del trabajo. Los haitianos y
jamaicanos fueron deportados, pero no se desterró a los
inmigrantes españoles. Solo la prensa negra y el
movimiento de los Independientes de Color defendieron a
los inculpados. Para el resto de la sociedad estos eran
lo peor del mundo.
Un ambiente parecido había reinado en la época del
historiador y político cubano José Antonio Saco
(1797-1879).
En los días de Saco se dio otra correlación demográfica:
la población negra casi superaba a la blanca. Ya en la
República esa correlación cambió. A propósito, estos
trabajadores inmigrantes, de vuelta en Haití y Jamaica,
sus países de origen, organizaron los movimientos
obreros: el juicio de que se trataba de un rebaño perdió
consistencia.
Igual usted se interesó por el nivel de vida de la clase
obrera rural.
El propio Pérez de la Riva me ayudó a precisar los
índices: cómo se comportaban los salarios, los
precios... Las cifras prueban que a partir de los años
20 las condiciones de vida se tornaron insoportables, y
las luchas por las reivindicaciones obreras se alzaron
como única salida.
¿Existía entre los obreros del campo una clara
conciencia de esta situación?
Pude advertirla mediante el estudio de las décimas
campesinas, recopilé cientos de ellas, enviadas a la
revista La política cómica. El análisis arrojó que ya
antes de la fundación del Partido Comunista el obrero
percibía el atropello a que era sometido. Las décimas
circulaban y se cantaban por los bateyes. No se trata de
mi percepción como historiador: en los medios rurales
hasta el gato conocía estas composiciones.
La generalidad de las figuras políticas, ¿tuvo la misma
conciencia? La coyuntura reinante en el país, ¿agrava o
atenúa sus responsabilidades históricas?
A muchos les interesa saber hasta qué punto existió una
conciencia política entre las cabezas visibles del
momento sobre la situación creada en Cuba con la
intervención yanqui y la imposición de la Enmienda Platt,
y quiénes se encargaron de denunciarlas. Según versiones
historiográficas, el independentismo de entonces fue
reducido al himno y la bandera. Pero estudiando a los
patriotas Manuel Sanguily, E. J. Varona, Enrique
Collazo, Loinaz del Castillo, Salvador Cisneros
Betancourt, Juan Gualberto Gómez, y otros muchos, vemos
que la denuncia de la penetración imperialista fue una
constante. Aún cuando los partidos políticos fueron
forzados a aceptar el dominio extranjero y algunos
dirigentes hasta se corrompieron, siempre hubo voces de
protesta, y las subsiguientes generaciones distinguirán
a los hombres que garantizaron la continuidad histórica.
De esa actitud rebelde habla otro de mis libros, Un
análisis psicosocial del cubano: 1898-1925. Allí
descubrí la mentalidad de las clases populares, revelé
el malestar latente durante los primeros 30 años de la
República. En verdad nunca hubo un retroceso, sino una
coyunda, la gente debió vivir así, pero nadie estaba
conforme.
Finalmente, el libro Cuba: 1898-1921. Partidos
políticos y clases sociales, termina con el estudio
del mito Roosevelt.
La leyenda se formó en torno a la figura de Teodoro
Roosevelt (1858-1919), presidente de EE.UU. entre 1901 y
1909, a la sombra de aquellas pseudodirigencias
políticas. “¡Roosevelt es un patriota!” “¡Roosevelt nos
salva!”. Las alegorías, inscritas en la mente de muchos
elementos confusos de la República, aceptaban la
convivencia con el imperialismo. En los textos escolares
escritos por Rafael Montoro y Vidal Morales y Morales,
junto al nombre de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre
de la Patria, aparecía, como un patriota más, el de
Roosevelt. A la muerte del presidente norteamericano,
las entrevistas realizadas a dirigentes de los partidos
Conservador y Liberal daban una visión monocorde de su
vida y obra, dicha visión formaba parte del arreglo del
gran pastel republicano. Para investigar el mito
Roosevelt me serví de los estudios estructuralistas del
lingüista francés Roland Barthes (1915-1980). Prohibido
por el índice soviético, Barthes me ayudó a denunciar la
penetración yanqui.
Rashomon
* a lo cubano
También revisó usted los mecanismos de dominio
neocolonial de Cuba por EE.UU.
El concepto está en la obra de Francisco López Segrera,
pero se refiere, más que todo, a la Enmienda Platt y al
Tratado de Reciprocidad Comercial, y yo tenía la
sospecha de que las vías de penetración del capital
financiero norteamericano eran más amplias, así comencé
a investigar las propiedades yanquis en la Isla, los
ferrocarriles, las compañías navieras, las refinerías.
Quería saber cuál era su modus operandi.
¿Sus conjeturas hallaron fundamento?
El dominio no se fundó solo sobre la base del Tratado y
la Enmienda. Nexos de sujeción más estrechos causaron el
desplazamiento de la burguesía doméstica por el capital
financiero del Norte. Los ferrocarriles, que en un
principio eran de capital español, criollo, en la
práctica fueron construidos de nuevo por capitales
norteamericanos y las tarifas ferroviarias llegaron a
ser hasta cuatro veces más altas que en EE.UU. y otros
países europeos. Por ese concepto las empresas
norteamericanas se apoderaban de un 20 % de las
ganancias de los colonos y dueños de ingenios de la
época.
¿Y qué pasaba con las compañías navieras y las
refinerías?
En un inicio las navieras también eran controladas por
el capital español, pero en el curso de diez años los
norteños monopolizaron el transporte marítimo e igual se
quedaban hasta con un 15 % de los ingresos. No obstante,
el dominio más descarnado lo ejercían las refinerías de
azúcar. Obligados a pagar los altos aranceles
norteamericanos, a los productores cubanos no les
quedaba otra opción que producir azúcar crudo para
vendérselo a las refinerías yanquis, y eran ellas las
que producían el refino. Dichos mecanismos, bien
sutiles, había que esclarecerlos. Parecía que los
americanos no habían hecho más que llegar a Cuba y
crear, de la nada, toda la riqueza del país, cuando en
realidad se habían apoderado de la mayor parte de su
hacienda.
Ese es el deber del investigador, descubrir el cómo y el
porqué.
De otro modo no convenceríamos a nadie: podríamos pensar
que somos persuasivos y en verdad nos estaríamos
engañando. A los historiadores nos interesa sobre todo
saber qué fue lo que pasó y por qué, y no si viene bien
con la coyuntura política del presente. Es la historia,
el pasado, quien le da las lecciones al presente, y no
viceversa.
¿Es fácil saber lo que pasó?
Claro que no. Aquí mismo, cuando nos hayamos marchado,
cada uno dará su cuenta de lo sucedido, como en
Rashomon. Con todo, lo importante es que tengamos
una versión plausible, racional, que, además, esté
sujeta a crítica.
En la búsqueda de las versiones plausibles, ¿cuál es su
gran rédito personal?
Ya en 1954 ó 1955 estaba peleado con la burguesía. Luego
entendí que ser socialista implicaba otras actitudes,
pero desde entonces asumí posiciones y tuve conciencia
marxista. Dicho de otra manera, desde esa época ya era
socialista, pero socialista “por mi cuenta”, siempre
pensé con mi propia cabeza. Así que mi socialismo era
sui géneris, y he sido fiel a ese modo de
ser. ¡Uno debe defender su ideal de socialismo!
Nota:
* Rashomon (Akira Kurosawa, 1950).
Drama criminal japonés con matices filosóficos y
psicológicos. El crimen es visto por cuatro testigos,
cada uno de los cuales lo narra según su punto de vista.
A lo largo de la película se plantean las preguntas de
quién dice la verdad y qué es la verdad. |