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“Una
de mis preocupaciones predilectas es el estudio de la
historia, en particular de la Historia de Cuba y dentro
de ella he leído con especial atención la obra de
nuestro José Martí”, aseguró Luis Carbonell en
conversación exclusiva para La Jiribilla.
Nacido en Santiago de Cuba, hace 81 años, y con más
de medio siglo de carrera artística, Luis Carbonell
ha devenido figura cumbre de nuestra cultura
nacional. Su manera criolla de declamar, su empeño
en difundir la obra poética de autores cubanos y dar
a conocer al mundo nuestro folclor, han hecho
posible que este santiaguero “puro, puro, criollo y
rellollo”, como él mismo asegura, haya contribuido
de manera inequívoca a la reafirmación de nuestra
identidad.
Así,
cuando en 1999 se le otorgó la réplica del machete de
Máximo Gómez, afirmó: “Este reconocimiento me hace
sentir muy honrado. Es un símbolo de patriotismo y de
lealtad a la Patria. Haberlo merecido me hace sentir
todavía más orgulloso de ser cubano”.
El
teatro Hispano de New York, fue el escenario donde Luis
Carbonell recibió los primeros aplausos como
profesional. Corría el año de 1946. Antes, sin embargo,
en su ciudad natal, siendo aún muy joven había impartido
clases de inglés y repetía a escondidas de su madre los
versos que su hermana mayor, dedicada oficialmente a la
profesión de declamadora, recitaba. “Mi madre se oponía
rotundamente a que yo también fuera declamador. Para mí
ella reservaba las carreras de Derecho o en su defecto
Medicina. Quise complacerla, pero dentro de mí se
imponía cada vez con más fuerza el deseo de recitar”,
rememora quien a partir de una presentación en el teatro
capitalino Amadeo Roldán quedó bautizado para siempre
como el Acuarelista de la Poesía Antillana.
“Fue
José (Pepe) Viondi, el que me dio ese calificativo. Yo
había regresado de EE.UU., país del que estaba loco por
salir para instalarme nuevamente en mi suelo, y al
terminar aquella presentación en el Teatro Auditórium,
el comediante italiano me dijo: ‘Usted no recita. Usted
dibuja los versos, los pinta. Usted es un acuarelista de
la poesía.’ Más adelante, cuando incorporé a mi
repertorio la obra de otros autores no cubanos, se le
agregó antillana.”
Formador de varias generaciones de artistas, Luis
Carbonell, por la gracia y talento que posee, parece
haber sido tocado por el don mágico de los orishas
negros. Pero él asevera: “No soy nada extraordinario,
soy una persona como otra cualquiera, solo me diferencia
el haberme pasado años y años de estudio, de intenso
sacrificio, de constantes renuncias y de férrea
disciplina para lograr este poquito de satisfacción, de
alegría, de felicidad, que hoy he logrado reunir. Es muy
cómodo que te aplaudan, pero eso cuesta mucho trabajo,
es muy difícil de lograr. A esos artistas que han sido
mis alumnos, algunos consagrados, otros ya
desaparecidos, los he formado bajo un principio, una
máxima de Stanislasky que hice mía desde hace ya mucho
tiempo: hay que ganarse el derecho de pararse en un
escenario”.
A
juicio del Acuarelista de la Poesía Antillana lo primero
que debe hacer un artista es cultivarse, adquirir
cultura para trascender, para quedar para siempre.
Nadie
puede poner en duda de que él quedará para siempre. La
sonoridad de su rítmica voz, la gestualidad de sus
movimientos al compás de ritmos genuinamente cubanos en
los versos de Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Federico
García Lorca y de otros tantos escritores, o su
magistral incorporación de los Versos Sencillos,
de José Martí a esa “Guantanamera” suya de los años 60,
hacen que Luis Carbonell, al decir de la escritora y
etnóloga cubana Natalia Bolívar, haya logrado lo que
pocos: conquistar, palmo a palmo ese impreciso dominio
donde moran, ya libres del tiempo, los elegidos; esos
que en nuestro país gozan del raro privilegio de ser
irrepetibles. |