Año IV
La Habana
Semana 21-27 de MAYO
de 2005

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José Martí,
el amigo que siempre va delante
Fidel Díaz La Habana


José Martí, impactado de bala en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, pasó a una dimensión inefable pero latente, que se ensancha con el tiempo. No se trata de creencias místicas, aunque sí un proceso nada ajeno a la fe. El cosmos de su obra —inseparable de su acción— es cada vez más abarcador, por estar más completa la documentación que dejó a su paso por la tierra, lo cual ha traído aparejado un torbellino creciente de acercamientos a su ser desde múltiples aristas.

Más allá de los estudios o citas escolares, frutos de una voluntad estatal de rescatar su  pensamiento, Martí ha pasado a ser el constante interlocutor que espolea la razón y el alma —especialmente en las nuevas generaciones—  hacia un mundo (social y personal) mucho mejor.

Pudiera avalar esta reflexión con el obligado acudir a su pensamiento, en estos días de ALBA, acerca de la unidad latinoamericana como única manera de enfrentar la expansión de Norteamérica, o al acento que puso en la cultura como eje vital para la formación de nuestras repúblicas. Bastan estos dos aspectos para sentir invocado al Maestro a diario desde el estudio más intenso. Pero quiero referirme a la apropiación de su poética, esa que, tras sus textos, nos introduce a un cosmos espiritual, y que lleva de la mano las inquietudes centrales de cual artista cubano en nuestros días.

Este jueves, 19 de mayo, a 110 años de distancia, fueron incontables las actividades que se realizaron recordando a José Martí, desde las representaciones de momentos de La Edad de Oro en los círculos infantiles, o reflexiones en los centros escolares, hasta un acto solemne en Dos Ríos, o la Mesa Redonda desde el teatro Karl Marx donde Fidel, prosiguió en el camino de la denuncia del terrorismo, desde una eticidad martiana que pudiera centrarse en dos conceptos básicos del Maestro: “Patria es humanidad” (la salvación del género humano es la razón última de toda esa batalla) y “Trinchera de ideas pueden más que trincheras de piedras” (demostrando que no era una simple frase en la que pudiese haber exageración, sino un principio inviolable que la práctica ha demostrado).

Retornando al más allá, o acá, de los eventos centrales por el 19 de mayo, asistí en la tarde  de ese día, a la inauguración de la exposición “Ejercicios de comprometimiento” de la artista plástica Hanna G. Chomenko, en la galería de la revista Revolución y Cultura. La muestra tiene su núcleo central en el ideario de José Martí, visto desde el prismas de su núcleo familiar; madre, padre e hijo, colocan textos disímiles que pueden ir desde el Ismaelillo hasta Nuestra América siempre como ente iluminador que late en los cotidianos problemas y esperanzas de esos tres seres, cual si Martí fuese el eje sobre el cual giran (y crean) en pos del horizonte del amor.

En sus palabras para el catálogo de la exposición Rafael Grillo, busca razones por las cuales los nuevos creadores acuden al apóstol: 

Con un vistazo a toda la obra plástica, por demás inmensa, dedicada en Cuba a José Martí, se descubre que el eidos del Maestro ha sido en demasía pregnante; al punto que casi nadie se atreve a aludirlo haciendo elipsis de su apariencia terrenal, aquella que se ha obtenido de unas cuantas fotos y descripciones de los que lo conocieron. Deduzco que la razón de este hecho singular reside en que su estampa humana —menudo de torso, como un asceta o sabio estoico; la vocación reflexiva en su frente amplia; una mirada de honduras sensibles, y de imaginación voladora; con la sobria vestimenta, de una dignidad humilde, llevada como reflejo externo de su alma— resume, con una coherencia que pocos alcanzamos, la altura de sus credos y actitudes vitales. 

Como calzando estas palabras, no solo estaban los trabajos de Hanna, su compañero en la vida y la creación, Andrés Mir, impartió una charla ilustrada con proyección de imágenes, acerca de las múltiples miradas que los aristas plásticos cubanos han vertido sobre Martí; allí estaban pinturas de Abela, Carlos Enríquez, Fabelo, Pedro Pablo Oliva, Bonachea, Bejarano, Rancaño y muchísimos formando un gran abanico que iban desde adentrarse desde la figura hacia un alma, hasta la desacralización que coloca a José Martí, como un amigo que anda entre nosotros.

Realmente es asombroso, cómo se esparce su ser —y cuan intensamente— entre las nuevas generaciones. José Martí es reencontrado en su espesura abarcadora, y no es solo el ángel que acompaña a los pintores, en aquella misma inauguración aparecieron, como por arte de acudir al Maestro, trovadores como Inti Santana, el dúo Karma y William Vivanco, ofreciendo el más sentido homenaje desde sus poéticas personales que mucho le deben —y lo reconocen— a ese cosmos de valores martianos que coloca el sacrificio personal, la ternura, la inteligencia del bien, y de ser útil, como punto de partida para la creación artística y vital.

Cuando me parecía que ya había tenido suficientes signos de la presencia de Martí en el ambiente de aquel día, fui a parar a las calles G y 13, junto a la estatua de Bolívar (reencuentro de seres esenciales que le vienen como de sueño a estos tiempos); y allí la noche me reservaba una larga velada de poetas y trovadores. Ray y Diego Cano, desde sus voces, acompañaban la lectura de poemas, y las incursiones precisas de Bladimir Zamora, en los versos del Maestro, confluyendo así todas las experiencias de un día, en el que, por cada puerta a la que me asomé, aparecía ese hombre que nos acompaña, con humildad, pero delante, como llamándonos a hurgar siempre un poco más allá en la creación cotidiana que enriquece la vida. En el sentido más literal, hemos conmemorado el aniversario de su muerte en combate; pero quién se atreve a afirmar que puede estar realmente muerto semejante impulso.

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