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José Martí, impactado de bala en Dos Ríos el 19 de mayo
de 1895, pasó a una dimensión inefable pero latente, que
se ensancha con el tiempo. No se trata de creencias
místicas, aunque sí un proceso nada ajeno a la fe. El
cosmos de su obra —inseparable de su acción— es cada vez
más abarcador, por estar más completa la documentación
que dejó a su paso por la tierra, lo cual ha traído
aparejado un torbellino creciente de acercamientos a su
ser desde múltiples aristas.
Más allá de los
estudios o citas escolares, frutos de una voluntad
estatal de rescatar su pensamiento, Martí ha pasado
a ser el constante interlocutor que espolea la razón
y el alma —especialmente en las nuevas
generaciones— hacia un mundo (social y personal)
mucho mejor.
Pudiera avalar esta
reflexión con el obligado acudir a su pensamiento, en
estos días de ALBA, acerca de la unidad latinoamericana
como única manera de enfrentar la expansión de
Norteamérica, o al acento que puso en la cultura como
eje vital para la formación de nuestras repúblicas.
Bastan estos dos aspectos para sentir invocado al
Maestro a diario desde el estudio más intenso. Pero
quiero referirme a la apropiación de su poética, esa
que, tras sus textos, nos introduce a un cosmos
espiritual, y que lleva de la mano las inquietudes
centrales de cual artista cubano en nuestros días.
Este jueves, 19 de
mayo, a 110 años de distancia, fueron incontables las
actividades que se realizaron recordando a José Martí,
desde las representaciones de momentos de La Edad de
Oro en los círculos infantiles, o reflexiones en los
centros escolares, hasta un acto solemne en Dos Ríos, o
la Mesa Redonda desde el teatro Karl Marx donde Fidel,
prosiguió en el camino de la denuncia del terrorismo,
desde una eticidad martiana que pudiera centrarse en dos
conceptos básicos del Maestro: “Patria es humanidad” (la
salvación del género humano es la razón última de toda
esa batalla) y “Trinchera de ideas pueden más que
trincheras de piedras” (demostrando que no era una
simple frase en la que pudiese haber exageración, sino
un principio inviolable que la práctica ha demostrado).
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Retornando al más
allá, o acá, de los eventos centrales por el 19 de mayo,
asistí en la tarde de ese día, a la inauguración de la
exposición “Ejercicios de comprometimiento” de la
artista plástica Hanna G. Chomenko, en la galería de la
revista Revolución y Cultura. La muestra tiene
su núcleo central en el ideario de José Martí, visto
desde el prismas de su núcleo familiar; madre, padre e
hijo, colocan textos disímiles que pueden ir desde el
Ismaelillo hasta Nuestra América siempre como
ente iluminador que late en los cotidianos problemas y
esperanzas de esos tres seres, cual si Martí fuese el
eje sobre el cual giran (y crean) en pos del horizonte
del amor.
En sus palabras para
el catálogo de la exposición Rafael
Grillo, busca razones por las cuales los nuevos
creadores acuden al apóstol:
Con un vistazo a toda
la obra plástica, por demás inmensa, dedicada en Cuba a
José Martí, se descubre que el
eidos del Maestro
ha sido en demasía pregnante; al punto que casi nadie se
atreve a aludirlo haciendo elipsis de su apariencia
terrenal, aquella que se ha obtenido de unas cuantas
fotos y descripciones de los que lo conocieron. Deduzco
que la razón de este hecho singular reside en que su
estampa humana —menudo de torso, como un asceta o sabio
estoico; la vocación reflexiva en su frente amplia; una
mirada de honduras sensibles, y de imaginación voladora;
con la sobria vestimenta, de una dignidad humilde,
llevada como reflejo externo de su alma— resume, con una
coherencia que pocos alcanzamos, la altura de sus credos
y actitudes vitales.
Como calzando estas
palabras, no solo estaban los trabajos de Hanna, su
compañero en la vida y la creación, Andrés Mir, impartió
una charla ilustrada con proyección de imágenes, acerca
de las múltiples miradas que los aristas plásticos
cubanos han vertido sobre Martí; allí estaban pinturas
de Abela, Carlos Enríquez, Fabelo, Pedro Pablo Oliva,
Bonachea, Bejarano, Rancaño y muchísimos formando un
gran abanico que iban desde adentrarse desde la figura
hacia un alma, hasta la desacralización que coloca a
José Martí, como un amigo que anda entre nosotros.
Realmente es
asombroso, cómo se esparce su ser —y cuan intensamente—
entre las nuevas generaciones. José Martí es
reencontrado en su espesura abarcadora, y no es solo el
ángel que acompaña a los pintores, en aquella misma
inauguración aparecieron, como por arte de acudir al
Maestro, trovadores como Inti Santana, el dúo Karma y
William Vivanco, ofreciendo el más sentido homenaje
desde sus poéticas personales que mucho le deben —y lo
reconocen— a ese cosmos de valores martianos que coloca
el sacrificio personal, la ternura, la inteligencia del
bien, y de ser útil, como punto de partida para la
creación artística y vital.
Cuando me parecía que ya había tenido suficientes signos
de la presencia de Martí en el ambiente de aquel día,
fui a parar a las calles G y 13, junto a la estatua de
Bolívar (reencuentro de seres esenciales que le vienen
como de sueño a estos tiempos); y allí la noche me
reservaba una larga velada de poetas y trovadores. Ray y
Diego Cano, desde sus voces, acompañaban la lectura de
poemas, y las incursiones precisas de Bladimir Zamora,
en los versos del Maestro, confluyendo así todas las
experiencias de un día, en el que, por cada puerta a la
que me asomé, aparecía ese hombre que nos acompaña, con
humildad, pero delante, como llamándonos a hurgar
siempre un poco más allá en la creación cotidiana que
enriquece la vida. En el sentido más literal, hemos
conmemorado el aniversario de su muerte en combate; pero
quién se atreve a afirmar que puede estar realmente
muerto semejante impulso. |