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Empecé la
lectura de Cesto de llamas más por curiosidad por
el autor, Luis Toledo Sande, que por estar convencida de
que aquel nuevo acercamiento biográfico a José Martí me
podía deslumbrar. Pronto quedé atrapada en las
cuartillas de un volumen en el que nuestro Héroe
Nacional nace, camina, come, como cualquiera de
los mortales. Y con tal hecho su figura, si es
posible en el caso de Martí, se
agiganta.
Al conseguir tal acercamiento, Toledo —reconocido
poeta, ensayista y narrador— se inserta en un
reducido grupo de biógrafos capaces de captar lo
esencial y humano de grandes hombres y mujeres, para
devolverlos al lector (o lectora) casi en su
cotidianidad. Pero, alcanzar tal fin solo es posible
cuando se conoce y se ha hecho sangre y carne propia
la vida de los biografiados. Ese es el caso de
Toledo.
¿Por
qué Martí en cada una de tus obras?
Martí, sin que su alcance se agote en Cuba, pues se
trata de un genio de jerarquía planetaria, aquí ha sido
y será —no lo dejaremos morir, y él ha sobrevivido con
fuerza creciente a todas las muertes, incluso al abuso
de mala difusión en torno a su legado: “Que
ya verán mi cabeza/ Por sobre mi sepultura”,
escribió— mucho más que un tema: ha sido un camino para
llegar a nosotros mismos; y no una tabla de salvación,
sino una fuente de aprendizaje para que seamos mejores.
No cabe culparlo de nada.
Cuando la catástrofe del socialismo en Europa, alguien
con muy buenas intenciones, y probablemente embriagado
en el espíritu de “lo oportuno”, me dijo algo así como:
“Ahora sí podremos hacer con Martí lo que quisieron
hacer con Marx, Engels y Lenin”. Me ericé. No, Martí no
merece eso, y, a juzgar por los resultados, tampoco lo
merecían ellos. Y no voy a insistir en mi visión de
Martí, porque tengo la ilusión de que lectoras y
lectores la hayan encontrado o la encuentren en los
centenares de páginas que le he dedicado; aunque siempre
digo que lo más importante es leerlo directamente. Por
supuesto, como la lectora o el lector no tienen siempre
la posibilidad de leerlo en su totalidad, los estudios
acerca de él cumplen o pueden cumplir una función, son o
pueden ser útiles, pues ayudan a llenar vacíos que cada
cual por su cuenta no siempre puede llenar en la imagen
o en el conocimiento que tengan de un tema tan rico.
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En
la medida en que Martí es un camino para llegar a
nosotros mismos, y ser mejores, no debemos acercarnos a
él primordialmente para ver en qué nos avala, sino,
sobre todo, en qué nos impugna. El mundo ha cambiado
desde la tragedia de Dos Ríos, pero no lo bastante, y
menos aún para privar de validez el legado martiano, que
crece en la medida en que los males que Martí quiso
evitar se han afianzado en el desbocado desequilibrio
que el mundo viene sufriendo.
Hazme una síntesis del camino que ha seguido Cesto de
llamas hasta ahora.
Desde el momento en que Jorge Timossi me llamó por
su teléfono desde la Agencia Literaria Latinoamericana a
la Casa de las Américas para encargarme una biografía de
Martí —una biografía que debía tener lista en unas pocas
semanas: la escribí entre el 28 de diciembre (Día de los
Inocentes) de 1994 y el 28 de enero (natalicio de Martí)
de 1995 (año en que se cumpliría un siglo de su muerte
en combate)— y hasta la salida de la primera edición (La
Habana, Editorial de Ciencias Sociales, finales de 1996,
a tiempo de presentarse en la Feria Internacional del
Libro de Guadalajara ese año, y el 28 de enero siguiente
en la Casa Natal de Martí, en lo que fue para mí una
conmovedora, inolvidable, movilización popular),
mediaron varias cosas: entre ellas, sobre todo —y
gracias de veras a lo que parece que fue un mal
entendido o el incumplimiento de la casa editora que
supuestamente había encargado el libro a la mencionada
Agencia—, una febril revisión del texto, para limpiarlo
lo más posible, pero sin quitarle la impronta que le
viene de haber nacido en un rapto. Y a partir de esa
edición, por la que recibió Premio de la Crítica de
Ciencias Sociales, el libro me ha seguido dando enormes
alegrías, y mucho trabajo, que también me alegra. Las
primeras, por la acogida que ha tenido y que,
honradamente confieso, ha desbordado todas mis
expectativas. El segundo, porque, como parte de esa
acogida, ha tenido varias ediciones más, y para cada una
de ellas he revisado el texto. Así hice para la edición
habanera de Pueblo y Educación en 1998, para la
sevillana de Alfar ese mismo año, para la nueva de
Ciencias Sociales en 2000, para la traducción al inglés
espléndidamente hecha por Pamela Barnett Idahosa y
publicada por la Editorial José Martí en 2002 (tuvo
bautismo simultáneo en las Ferias del Libro de La Habana
y de Calcuta a inicios del año siguiente), y hasta para
la traducción al chino. Esta, a cargo de Huang Zhiliang,
la publicó en Beijing, en 2003, la Editorial
Conocimiento del Mundo Contemporáneo. Y ahora lo hago
para dos nuevas ediciones proyectadas en español y para
otras posibles traducciones sobre las cuales me han
hablado. No sé si después de esta nueva revisión me
permitiré considerar que es ya el texto “definitivo”,
pues no hay texto que lo sea, al menos mientras el autor
viva, por lo cual me gustaría que al mío le quedaran
muchos años sin serlo.
Adolescentes que empiezan a adentrarse en la historia,
especialistas, simples lectores de distintos puntos
cardinales te agradecen Cesto de llamas. ¿Qué
siente un autor cuando ha logrado apresar a una figura
como Martí en un puñado de cuartillas?
¿Lo habré logrado? ¡Ojalá! Martí no cabe en páginas: si
acaso, en las suyas. Pero parece que lectoras y lectores
han sentido en Cesto de llamas un Martí vivo. En
realidad, aunque las escribí de veras febrilmente, puedo
decir que en un rapto —y parece que eso se percibe en la
lectura—, pasé a esas páginas la imagen de Martí que se
había venido formando dentro de mí a lo largo de años de
lectura y reflexión, y de escritura: antes que esa
biografía publiqué acerca de Martí libros que ya has
mencionado, y el folleto “Ser o no ser con José Martí”
(1991), algunos prólogos, y no sé cuántos otros textos
sobre aspectos de su vida o de su obra; y he seguido
publicando. Escribí Cesto de llamas como te
confieso que siempre hago: sin dejarme oprimir por el
criterio de que hay tabúes, y sin buscar sensacionalismo
alguno. Ninguna de las dos cosas las necesita Martí, ni
las admite si uno quiere presentarlo honradamente. Nada,
sin embargo, es por sí mismo garantía bastante para
presentarlo con acierto; pero, a juzgar por los
comentarios que ha suscitado, parece que la escritura de
Cesto de llamas fue tocada por la fortuna, algo
que no siempre ocurre.
Agradezco la
entusiasta generosidad con que lectoras y lectores han
acogido el libro. Haber recibido de Orlando Castellanos,
quien leyó una de las copias mecanografiadas, la tarjeta
en que me escribió algo así como “a partir de ahora, si
se va a hablar de biografías de Martí, se hablará de
Martí, el Apóstol y de Cesto de llamas”. Saber
que en una entrevista para la televisión señaló Roberto
Fernández Retamar tres hitos en los abordajes
biográficos sobre Martí —el de Méndez, que llevo tiempo
sugiriendo que se reedite, y los dos mencionados por
Castellanos. Saber que un médico cubano se decidió a
hacer una investigación sobre Martí luego de leer
Cesto de llamas cuando cumplía misión en África. Oír
que una muchacha cubana en Beijing había llamado a su
padre desde allí hasta La Habana para decirle que en ese
libro había descubierto de veras a Martí. Ver iluminados
los ojos de una adolescente porque en una biblioteca
habanera se ha encontrado con el autor. Ser sorprendido
en Santa Clara por una estudiante universitaria que
corre toda una cuadra para alcanzarme y agradecerme que
lo haya escrito. Leer valoraciones entusiastas sobre él
publicadas no solo en países donde se ha editado, sino
también en otros. Disfrutar personalmente similares
pruebas de entusiasmo en la India y en China. Son
algunas muestras de numerosos hechos que no puedo sino
agradecer a fondo, porque hablan no solo del objeto de
admiración, sino también de quienes la ejercen, que va y
hasta se han equivocado de generosos que han sido. Los
agradezco a fondo, sí, y humildemente: envanecerse con
ellos sería ni punto menos que traicionar a Martí y
tantos gestos nobles, entre los cuales se incluyen los
que has tenido tú hacia ese libro, un libro que, para
decirlo pronto, me ha hecho especialmente feliz. Pero
debo, asimismo, agradecer las alegrías que también me
han dado los otros textos míos —no solo los libros— que
he de tener en cuenta por sí mismos, como hijos míos que
son, y porque, sin su escritura, la de Cesto de
llamas no hubiera sido como es. Nunca debe
olvidarse, cualquiera que sea el ángulo desde el cual se
vean las cosas, el fuego propio que Martí aporta, aunque
esté lejos de ser suficientemente conocido. Eso lo
comprueba uno a cada paso, y en cualquier país adonde
vaya. |