Año IV
La Habana
Semana 21-27 de MAYO
de 2005

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ENTREVISTA CON LUIS TOLEDO SANDE
Un Martí vivo en cesto de llamas
Paquita Armas Fonseca La Habana


Empecé la lectura de Cesto de llamas más por curiosidad por el autor, Luis Toledo Sande, que por estar convencida de que aquel nuevo acercamiento biográfico a José Martí me podía deslumbrar. Pronto quedé atrapada en las cuartillas de un volumen en el que nuestro Héroe Nacional  nace, camina, come, como cualquiera de los mortales.  Y con tal hecho su figura, si es posible en el caso de Martí, se agiganta.

Al conseguir tal acercamiento, Toledo —reconocido poeta, ensayista y narrador— se inserta en un reducido grupo de biógrafos capaces de captar lo esencial y humano de grandes hombres y mujeres, para devolverlos al lector (o lectora)  casi en su cotidianidad. Pero, alcanzar tal fin solo es posible cuando se conoce y se ha hecho sangre y carne propia la vida de los biografiados. Ese es el caso de Toledo.

¿Por qué Martí en cada una de tus obras?

Martí, sin que su alcance se agote en Cuba, pues se trata de un genio de jerarquía planetaria, aquí ha sido y será —no lo dejaremos morir, y él ha sobrevivido con fuerza creciente a todas las muertes, incluso al abuso de mala difusión en torno a su legado: “Que ya verán mi cabeza/ Por sobre mi sepultura, escribió— mucho más que un tema: ha sido un camino para llegar a nosotros mismos; y no una tabla de salvación, sino una fuente de aprendizaje para que seamos mejores. No cabe culparlo de nada.

Cuando la catástrofe del socialismo en Europa, alguien con muy buenas intenciones, y probablemente embriagado en el espíritu de “lo oportuno”, me dijo algo así como: “Ahora sí podremos hacer con Martí lo que quisieron hacer con Marx, Engels y Lenin”. Me ericé. No, Martí no merece eso, y, a juzgar por los resultados, tampoco lo merecían ellos. Y no voy a insistir en mi visión de Martí, porque tengo la ilusión de que lectoras y lectores la hayan encontrado o la encuentren en los centenares de páginas que le he dedicado; aunque siempre digo que lo más importante es leerlo directamente. Por supuesto, como la lectora o el lector no tienen siempre la posibilidad de leerlo en su totalidad, los estudios acerca de él cumplen o pueden cumplir una función, son o pueden ser útiles, pues ayudan a llenar vacíos que cada cual por su cuenta no siempre puede llenar en la imagen o en el conocimiento que tengan de un tema tan rico.

En la medida en que Martí es un camino para llegar a nosotros mismos, y ser mejores, no debemos acercarnos a él primordialmente para ver en qué nos avala, sino, sobre todo, en qué nos impugna. El mundo ha cambiado desde la tragedia de Dos Ríos, pero no lo bastante, y menos aún para privar de validez el legado martiano, que crece en la medida en que los males que Martí quiso evitar se han afianzado en el desbocado desequilibrio que el mundo viene sufriendo.

Hazme una síntesis del camino que ha seguido Cesto de llamas hasta ahora.

Desde el momento en que  Jorge Timossi me llamó por su teléfono desde la Agencia Literaria Latinoamericana a la Casa de las Américas para encargarme una biografía de Martí —una biografía que debía tener lista en unas pocas semanas: la escribí entre el 28 de diciembre (Día de los Inocentes) de 1994 y el 28 de enero (natalicio de Martí) de 1995 (año en que se cumpliría un siglo de su muerte en combate)— y hasta la salida de la primera edición (La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, finales de 1996, a tiempo de presentarse en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ese año, y el 28 de enero siguiente en la Casa Natal de Martí, en lo que fue para mí una conmovedora, inolvidable, movilización popular), mediaron varias cosas: entre ellas, sobre todo —y gracias de veras a lo que parece que fue un mal entendido o el incumplimiento de la casa editora que supuestamente había encargado el libro a la mencionada Agencia—, una febril revisión del texto, para limpiarlo lo más posible, pero sin quitarle la impronta que le viene de haber nacido en un rapto. Y a partir de esa edición, por la que recibió Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, el libro me ha seguido dando enormes alegrías, y mucho trabajo, que también me alegra. Las primeras, por la acogida que ha tenido y que, honradamente confieso, ha desbordado todas mis expectativas. El segundo, porque, como parte de esa acogida, ha tenido varias ediciones más, y para cada una de ellas he revisado el texto. Así hice para la edición habanera de Pueblo y Educación en 1998, para la sevillana de Alfar ese mismo año, para la nueva de Ciencias Sociales en 2000, para la traducción al inglés espléndidamente hecha por Pamela Barnett Idahosa y publicada por la Editorial José Martí en 2002 (tuvo bautismo simultáneo en las Ferias del Libro de La Habana y de Calcuta a inicios del año siguiente), y hasta para la traducción al chino. Esta, a cargo de Huang Zhiliang, la publicó en Beijing, en 2003, la Editorial Conocimiento del Mundo Contemporáneo. Y ahora lo hago para dos nuevas ediciones proyectadas en español y para otras posibles traducciones sobre las cuales me han hablado. No sé si después de esta nueva revisión me permitiré considerar que es ya el texto “definitivo”, pues no hay texto que lo sea, al menos mientras el autor viva, por lo cual me gustaría que al mío le quedaran muchos años sin serlo.

Adolescentes que empiezan a adentrarse en la historia, especialistas, simples lectores de distintos puntos cardinales te agradecen Cesto de llamas. ¿Qué siente un autor cuando ha logrado apresar a una figura como Martí en un puñado de cuartillas?

¿Lo habré logrado? ¡Ojalá! Martí no cabe en páginas: si acaso, en las suyas. Pero parece que lectoras y lectores han sentido en Cesto de llamas un Martí vivo. En realidad, aunque las escribí de veras febrilmente, puedo decir que en un rapto —y parece que eso se percibe en la lectura—, pasé a esas páginas la imagen de Martí que se había venido formando dentro de mí a lo largo de años de lectura y reflexión, y de escritura: antes que esa biografía publiqué acerca de Martí libros que ya has mencionado, y el folleto “Ser o no ser con José Martí” (1991), algunos prólogos, y no sé cuántos otros textos sobre aspectos de su vida o de su obra; y he seguido publicando. Escribí Cesto de llamas como te confieso que siempre hago: sin dejarme oprimir por el criterio de que hay tabúes, y sin buscar sensacionalismo alguno. Ninguna de las dos cosas las necesita Martí, ni las admite si uno quiere presentarlo honradamente. Nada, sin embargo, es por sí mismo garantía bastante para presentarlo con acierto; pero, a juzgar por los comentarios que ha suscitado, parece que la escritura de Cesto de llamas fue tocada por la fortuna, algo que no siempre ocurre.

Agradezco la entusiasta generosidad con que lectoras y lectores han acogido el libro. Haber recibido de Orlando Castellanos, quien leyó una de las copias mecanografiadas, la tarjeta en que me escribió algo así como “a partir de ahora, si se va a hablar de biografías de Martí, se hablará de Martí, el Apóstol y de Cesto de llamas”. Saber que en una entrevista para la televisión señaló Roberto Fernández Retamar tres hitos en los abordajes biográficos sobre Martí —el de Méndez, que llevo tiempo sugiriendo que se reedite, y los dos mencionados por Castellanos. Saber que un médico cubano se decidió a hacer una investigación sobre Martí luego de leer Cesto de llamas cuando cumplía misión en África. Oír que una muchacha cubana en Beijing había llamado a su padre desde allí hasta La Habana para decirle que en ese libro había descubierto de veras a Martí. Ver iluminados los ojos de una adolescente porque en una biblioteca habanera se ha encontrado con el autor. Ser sorprendido en Santa Clara por una estudiante universitaria que corre toda una cuadra para alcanzarme y agradecerme que lo haya escrito. Leer valoraciones entusiastas sobre él publicadas no solo en países donde se ha editado, sino también en otros. Disfrutar personalmente similares pruebas de entusiasmo en la India y en China. Son algunas muestras de numerosos hechos que no puedo sino agradecer a fondo, porque hablan no solo del objeto de admiración, sino también de quienes la ejercen, que va y hasta se han equivocado de generosos que han sido. Los agradezco a fondo, sí, y humildemente: envanecerse con ellos sería ni punto menos que traicionar a Martí y tantos gestos nobles, entre los cuales se incluyen los que has tenido tú hacia ese libro, un libro que, para decirlo pronto, me ha hecho especialmente feliz. Pero debo, asimismo, agradecer las alegrías que también me han dado los otros textos míos —no solo los libros— que he de tener en cuenta por sí mismos, como hijos míos que son, y porque, sin su escritura, la de Cesto de llamas no hubiera sido como es. Nunca debe olvidarse, cualquiera que sea el ángulo desde el cual se vean las cosas, el fuego propio que Martí aporta, aunque esté lejos de ser suficientemente conocido. Eso lo comprueba uno a cada paso, y en cualquier país adonde vaya.

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