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Con un vistazo
simple a toda la obra plástica, por demás inmensa,
dedicada en Cuba a José Martí, se descubre que el
eidos del Maestro ha sido en demasía pregnante; al
punto que casi nadie atreva a aludirlo haciendo elipsis
de su apariencia terrenal, aquella que se ha
obtenido de unas cuantas fotos y descripciones de los
que le conocieron. Deduzco que la razón de este hecho
singular reside en que su estampa humana ―menudo de
torso, como un asceta o sabio estoico; la vocación
reflexiva en su frente amplia; una mirada de honduras
sensibles, y de imaginación voladora; con la
sobria vestimenta, de una dignidad humilde, llevada como
reflejo externo de su alma― resume, con una coherencia
que pocos alcanzamos, la altura de sus credos y
actitudes vitales.
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Hanna Chomenko,
incluso de modo consciente, decidió medir su dimensión
desde otro ángulo. Y quizás no sea exclusiva del todo la
intención de esta artista, que prefirió su ideario, y no
su imagen, para armar sobre él un entramado visual; pero
sí es único el resultado. Perdónenme si creen que
exagero, más no he visto otra exposición así, sobre el
Apóstol, en que sin estar él “de cuerpo
presente”, lo encuentre allí, de igual modo.
Y no es solo porque utilice como recurso su
palabra siempre viva, su verbo rotundo que disertó sobre
la totalidad de lo humano, en su serie de collages,
sino porque estas piezas son, en sí mismas, la
concreción de esas ideas.
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“La salvación está en
crear”; es la sentencia martiana que inspira una de las
obras. No es esta, se sabe, una “salvación divina”,
pendiente de otra cosa que no seamos nosotros mismos. Y
cuando el ingenio de la autora se basta para
arreglárselas con pensamientos agudos, a partir de los
cuales construye mensajes visuales, metáforas a
desentrañar por el ojo, usando recortes de muy disímil
origen; y cuando su capacidad alcanza para hacer
diáfano, con la complementación texto-imagen, el
presunto rompecabezas; parece que tomara sustancia
indestructible ese optimismo martiano, que atribuye al
hombre, merced al don de la creación, la posibilidad de
agregar porciones a la realidad.
“El arte ― dijo el Apóstol―, es la extensión de la
naturaleza creada por el hombre”. La Chomenko acaba por
brindar carne y sangre a estas palabras.
El halo del Ismaelillo, el descubrimiento gozoso
de la paternidad, como ese intercambio en que
padre e hijo se sostienen mutuamente, otorgándose
afectos, sentidos de vida y saberes recíprocos, será
otro punto de encuentro entre Hanna y Martí, y quedará
reflejado en las otras obras que componen Ejercicios
de comprometimiento. La familia en su composición
más íntima (la del hijo y sus progenitores) es
explorada con madurez por la artista en unos “paisajes
autobiográficos”, que toman como modelo su propia tríada
familiar. Al margen de lo temático, lo más sorpresivo de
estas piezas de gran formato es la complejidad
de su hechura, que parece coagular de pronto la
sabiduría total de la artista, en su asimilación de
diferentes técnicas de la plástica. Hanna combina lo
planimétrico y lo tridimensional, la perspectiva en
profundidad y el relieve, los valores expresivos
particulares de la línea y los del color, los beneficios
del oficio artesanal y los de las nuevas tecnologías.
Echa mano a un espectro amplísimo de recursos: el
dibujo y la pintura, la concepción instalativa, las
técnicas del grabado, las posibilidades de la
fotografía y el arte digital.
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Como propuesta de
gran valor ideoestético, esta exposición pudiera
englobarse con una reflexión consustancial al genio de
Martí. Esa en que el hombre emerge de la Naturaleza ―y,
aclaro, no siempre contra ella― hacia el encuentro de lo
humano en la configuración del vínculo interhumano, de
lo social, y también en el éxtasis individual de la
creación. Las cuales, juntas, probablemente sean la más
cabal definición de aquello que nos gusta llamar
Civilización. O la Cultura verdadera.
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