Año IV
La Habana
Semana 21-27 de MAYO
de 2005

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Hanna y los compromisos
del arte con Martí
Rafael Grillo La Habana


Con un vistazo simple a toda la obra plástica, por demás inmensa, dedicada en Cuba a José Martí, se descubre que el eidos del Maestro ha sido en demasía pregnante; al punto que casi nadie atreva a aludirlo haciendo elipsis de su apariencia terrenal, aquella que se ha obtenido de unas cuantas fotos y descripciones de los que le conocieron. Deduzco que la razón de este hecho singular reside en que su estampa humana ―menudo de torso, como un asceta o sabio estoico; la vocación reflexiva en su frente amplia; una mirada de honduras sensibles, y de imaginación voladora; con la sobria vestimenta, de una dignidad humilde, llevada como reflejo externo de su alma― resume, con una coherencia que pocos alcanzamos, la altura de sus credos y actitudes vitales.

Hanna Chomenko, incluso de modo consciente, decidió medir su dimensión desde otro ángulo. Y quizás no sea exclusiva del todo la intención de esta artista, que prefirió su ideario, y no su imagen, para armar sobre él un entramado visual; pero sí es único el resultado. Perdónenme si creen que exagero, más no he visto otra exposición así, sobre el Apóstol, en que sin estar él de cuerpo presente”, lo encuentre allí, de igual modo.

Y no es solo porque utilice como recurso su palabra siempre viva, su verbo rotundo que disertó sobre la totalidad de lo humano, en su serie de collages, sino porque estas piezas son, en sí mismas, la concreción de esas ideas.

“La salvación está en crear”; es la sentencia martiana que inspira una de las obras. No es esta, se sabe, una “salvación divina”, pendiente de otra cosa que no seamos nosotros mismos. Y cuando el ingenio de la autora se basta para arreglárselas con pensamientos agudos, a partir de los cuales construye mensajes visuales, metáforas a desentrañar por el ojo, usando recortes de muy disímil origen; y cuando su capacidad alcanza para hacer diáfano, con la complementación texto-imagen, el presunto rompecabezas; parece que tomara sustancia indestructible ese optimismo martiano, que atribuye al hombre, merced al don de la creación, la posibilidad de agregar porciones a la realidad.

“El arte ― dijo el Apóstol―, es la extensión de la naturaleza creada por el hombre”. La Chomenko acaba por brindar carne y sangre a estas palabras.

El halo del Ismaelillo, el descubrimiento gozoso de la paternidad, como ese intercambio en que padre e hijo se sostienen mutuamente, otorgándose afectos, sentidos de vida y saberes recíprocos, será otro punto de encuentro entre Hanna y Martí, y quedará reflejado en las otras obras que componen Ejercicios de comprometimiento. La familia en su composición más íntima (la del hijo y sus progenitores) es explorada con madurez por la artista en unos “paisajes autobiográficos”, que toman como modelo su propia tríada familiar. Al margen de lo temático, lo más sorpresivo de estas piezas de gran formato es la complejidad de su hechura, que parece coagular de pronto la sabiduría total de la artista, en su asimilación de diferentes técnicas de la plástica. Hanna combina lo planimétrico y lo tridimensional, la perspectiva en profundidad y el relieve, los valores expresivos particulares de la línea y los del color, los beneficios del oficio artesanal y los de las nuevas tecnologías. Echa mano a un espectro amplísimo de recursos: el dibujo y la pintura, la concepción instalativa, las técnicas del grabado, las posibilidades de la fotografía y el arte digital.

Como propuesta de gran valor ideoestético, esta exposición pudiera englobarse con una reflexión consustancial al genio de Martí. Esa en que el hombre emerge de la Naturaleza ―y, aclaro, no siempre contra ella― hacia el encuentro de lo humano en la configuración del vínculo interhumano, de lo social, y también en el éxtasis individual de la creación. Las cuales, juntas, proba­blemente sean la más cabal definición de aquello que nos gusta llamar Civilización. O la Cultura verdadera.

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