Año IV
La Habana
Semana 21-27 de MAYO
de 2005

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Por el Premio de la latinidad
Seis notas (un acorde)
Cintio Vitier La Habana


Primera (Invocación)

Matinalmente Fina me recuerda que no se puede hablar de la latinidad sin aplicar primero a Dante lo que él dijo de Virgilio: "Honor al altísimo poeta", el que cantó "la alondra a las puertas del cielo J contenta de la última melodía que la sacia", y culminara lo que de humana tuvo su Comedia con el verso divino "Amor que mueve el sol y las estrellas".

Segunda (Emoción)

Durante mi primer viaje a Italia, en el invierno de 1965, escribí este soneto titulado "El campanil del Giotto":

Miraba ardientemente el campanil
donde la geometría ha sonreído,
pues va del suelo al cielo tan gentil
como si nada hubiera sucedido.

Estudiaba la forma  de su abril
perpetuamente fresco y suspendido,
bajo el azul el chorro juvenil
como un agua que no cae en el olvido. 

Buscaba en la ilusión del ornamento,
en los verdes, los perlas y los rosas,
en las bíforas blancas, en la altura. 

Mas era inútil. Todo el fundamento
volaba con sus alas primorosas
al arrobo, a la paz, a la dulzura. 

Allí encontré mi primera emoción viva de la latinidad.

Tercera (Tradición)

Cuando en el invierno de 1988 fui invitado por el Instituto Superior de Arte a ofrecer un pequeño Curso de conferencias que titulé Lecciones cubanas, comencé evocando "las conversaciones en latín del padre Varela con José de la Luz", diálogos que a mi juicio, dije, “constituyen un maravilloso momento de la cultura cubana". Pero fue sobre todo en la segunda conferencia, dedicada a José de la Luz y Caballero, a quien Martí llamara "el padre, el silencioso fundador", cuando pude ahondar en el carácter fundacional de lo que podemos llamar la latinidad cubana. Fue entonces que escribí: "Los desdichados que no sabemos del latín más que migajas, nos perdemos la mitad de Luz. No por mayor conocimiento, que quizás no era posible, sino por mayor interiorización en su alma y sus escritos íntimos, el latín que Luz mezclaba con el español como buscando siempre la vena de agua más honda, nos asalta con acentos que no tiene en Caballero ni en Varela. Enérgica dulzura del latín cristiano y virgiliano, espontáneamente brotado de su pecho y de su pluma en los momentos de más viva efusión cordial e intelectual, cuando más falta le hace la precisión del sentir, del tocar con el alma y la razón convertida en sentimiento, primera semilla de una filosofía americana". Y primera semilla, también, de la batalla entre lo latino y lo sajón, que en nuestro hemisferio libra hoy sus últimos combates, previos quizás a la armonía deseable.

En cuanto a Martí, el texto suyo que más revela su gusto por los clásicos latinos, y por los varios latines que no sabemos en qué tiempo de estudios pudo distinguir y saborear, sea el de su ferviente elogio del prócer venezolano Cecilio Acosta, donde leemos: "Familiar le era Virgilio, y la flautilla de caña, y Corydón, y Acates; él supo la manera con que Horacio llama a Telephus, o celebra a Lydia, o invita a Leuconoe a beber de su mejor vino y a encerrar sus esperanzas de ventura en límites estrechos. Le deleitaba Propercio, por elegante; huía de Séneca, por frío; le arrebataba y le henchía de entusiasmo Cicerón." (Entre paréntesis, ¿no llevaría Martí una pequeña biografía de Cicerón, tema de su tesis universitaria en Zaragoza, hasta Dos Ríos?) Prosigue, refiriéndose siempre a don Cecilio: "Hablaba un latín puro, rico y agraciado; no el del Foro del imperio, sino el del Senado de la República; no el de la casa de Claudio, sino el de la de Mecenas. Huele a mirra y a leche aquel lenguaje, y a tomillo y verbena."

En realidad Martí, a la vez que crecía su fundado y profético antimperialismo, hizo el mayor esfuerzo intelectual y cordial por asumir los mejores rendimientos en su época de la cultura norteamericana. Baste recordar el caso de Walt Whitman, comunicado a la cultura hispánica y latinoamericana, según testimonios de Juan Ramón Jiménez y de Rubén Darío, por la crónica martiana. No olvidemos que el modernismo, en cuanto a vanguardia latinoamericana, tuvo en Martí, sobre todas las cosas, un integrador. No olvidemos que Darío, de raíces indígenas tan profundas, exclamaría:

Aquí, junto al mar latino,
digo la verdad:
siento en roca, aceite y vino
yo mi antigüedad. 

Porque es lo cierto que ninguna lengua tuvo como el latín la vocación de universalidad, vocación de la que es perenne memorial la traducción latina de la Biblia por San Jerónimo, oficialmente adoptada por la Iglesia Católica en el Concilio de Trento (1546), y la gran Misa Católica de Bach.

Cuarta (Confesión y gracias)

Sin mi sangre canaria y francesa, mi vida no existiría. Sin Martí, de sangre valenciana y canaria, mi vida sería otra. Sin lo hispánico a través de Juan Ramón Jiménez, sin lo hispanoamericano a través de César Vallejo, sin lo francés a través de Rimbaud y de Claudel, sin toda la lírica cubana, no me imagino a mí mismo. He intentado pagar esas deudas, y otras más lejanas, con toda mi vida. Soy, sin duda, un latino, aunque le debí mucha sangre espiritual a la que entonces llamaban mi "manejadora", mi segunda madre, la mulata Rosa, y a su hijo Sandinito, convertido en personaje protagónico de mi novela De Peña Pobre. Soy, sin duda, un latino, aunque mi primer amigo fue un negrito matancero, rebelde y mandón como él solo, y mi primer violín lo puso en mis manos el finísimo mulato Cándido Faílde, sobrino del inventor del danzón, y tengo en el oído la flauta de Aniceto Díaz. Nada de esto me ha impedido, al contrario, disfrutar de las Églogas de Virgilio, ni de las Metamorfosis de Ovidio, ni de la Divina Comedia ni del Retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla en el piano entrañable de Julián Orbón. No solo no me lo ha impedido, sino que me lo ha propiciado, porque un latinocubano (en una sola palabra) es lo más unitivo que existe en este mundo, lo que explica también mis devociones germánicas, irlandesas, sajonas, africanas, hebreas, rusas, etcétera, si es que necesitan explicación. Lo que sí no tiene explicación es que a la señora Ana María Luettgen Ros, directora en Cuba de la mundial Unión Latina, se le haya ocurrido otorgarme este Premio, entregado además en tan bello acto, con la guitarra de Sergio y la percusión de Luis Bárbaro, el piano de José María y la voz de Amaury, con tan hermosa placa esculpida por Adolfo González, con un cuadro, mágico como suyo, de mi amigo Bofill, y tan generosas palabras de Abel Prieto.

Gracias a todos desde todas las sangres neolatinas, y las otras, de mi corazón.

Quinta (en Asís)

Y ya que todo esto ocurre "por obra de encantamiento" (como diría Don Quijote, que en estos días tanto nos ronda), en esta querida Basílica que lleva el nombre del poverello de Asís, permítanme volver a mi primer viaje a Italia en el invierno de 1965, cuando escribí este humilde, mínimo apunte:

Los suéteres rojos, añiles, ­
de los muchachos jugando
a la pelota en Asís.
El Giotto sigue pintando
los Frescos fríos del júbilo.

Detrás los montes, su halo
de violeta defendiendo
el hábito roto y pardo,
el dulce valle,  la cúpula,
los cipreses ya morados,
ojivas de un paraíso. 

San Francisco ha predicado
a los colores del mundo.

El Giotto sigue pintando.

Deo Gratia.

Sexta (Conclusión)

En la quijotesca "batalla de ideas"* que se sigue librando hoy en Cuba frente al gobierno más torpe y sordo de los Estados Unidos, como lo previera José de la Luz, la defensa de la latinidad es nuestra defensa de la identidad. El máximo valor (secular) que nos dejó España, el lenguaje mismo, sin olvidar sus ingredientes celtas, árabes y otros, supone una cultura a la que nuestro máximo poeta y escritor, José Martí, sin confundir espiritualidades con sistemas políticos, aunque sin desconocer sus vínculos, hizo plena justicia. Así de Quevedo dijo que "ahondó tanto en lo que venía, que los que hoy vivimos, con su lengua hablamos"; a Calderón lo llamó "aquel hombre de su tiempo y de todos los tiempos, filósofo rebelde y siervo manso, rey de suyo y soldado de reyes, gran meditabundo, gran esperador, gran triste, sacerdote más que por creencia en lo divino, por desdén en lo humano", y lo situó junto a Shakespeare, Esquilo, Schiller, Goethe. Y subrayando él mismo lo que ahora subrayamos, refiriéndose al teatro del siglo de Oro dijo:

*No la llamo "quijotesca porque esté destinada al fracaso, sino por su alta nobleza.

"vive allí el ente misterioso de la raza y el espíritu perdurable de la lengua." Ya que acudimos a estas citas, no olvidemos el más hermoso y abarcador elogio de Cervantes —como dijera María Teresa León, "el soldado que nos enseñó a hablar"— a quien calificó como "aquel temprano amigo del hombre que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la vida entre los humildes al adelanto cortesano, y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia."

Si defendemos, pues, el ente misterioso de la raza y el espíritu perdurable de la lengua" desde nuestro enriquecedor mestizaje afrocubano, generador de poesía y música universales, y de un pintor tan cubano y afro-asiático como Wifredo Lam, es porque, aunque parezcan ideas muy distantes, preferimos a la globalización la coralidad universal que Martí vislumbró en la Exposición de París. Coralidad no significa pérdida de identidades, se remonta a la vocación ecuménica de la mejor latinidad, se inspira en lo que nuestro Apóstol, y Apóstol posible de todos "los hombres de buena voluntad", consideró raíz de su pensamiento: la etimología de la voz "universo", versus-uni, lo diverso en lo uno, lo que él llamó "filosofía de relación", fundada en la ley de analogía que es a su vez el sustento de la ley de equilibrio, martiana "ley matriz". ¿Hay algo que el mundo de hoy necesite más? "En tolo la medida", decían los griegos. La libertad debe fundirse a la obediencia voluntaria, dice el Génesis hebreo. De la cultura medieval, bien calibrada por Federico Engels en cuanto necesaria "concatenación histórica", afirma audazmente Martí en su artículo sobre la Historia Universal del católico César Cantú, nació la esperanza de una modernidad que, como también se advierte en su Prólogo a El poema del

Niágara, de Juan Antonio Pérez Bonalde, no es la que ha sido torcida por el imperialismo y su orgía militar y mediática. Otra modernidad defendemos, la de "con todos I y para el bien de todos", Otra cultura defendemos I la que abra las puertas de la justicia mundial a "los pobres de la tierra". ¿No dijo César Vallejo que la verdadera cultura es la justicia? Dios quiera que algún día, como lo imaginó Martí, el Libertador del Sur y el Libertador del Norte lleguen a abrazarse en nuestra América diversa, libre y unida con toda la humanidad, que es la Patria Mayor.

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