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Primera (Invocación)
Matinalmente Fina me recuerda que no se puede hablar de
la latinidad sin aplicar primero a Dante lo que él dijo
de Virgilio: "Honor al altísimo poeta", el que cantó "la
alondra a las puertas del cielo J contenta de la última
melodía que la sacia", y culminara lo que de humana tuvo
su Comedia con el verso divino "Amor que mueve el
sol y las estrellas".
Segunda
(Emoción)
Durante mi primer
viaje a Italia, en el invierno de 1965, escribí este
soneto titulado "El campanil del Giotto":
Miraba ardientemente
el campanil
donde la geometría ha sonreído,
pues va del suelo al cielo tan gentil
como si nada hubiera sucedido.
Estudiaba la forma
de su abril
perpetuamente fresco y suspendido,
bajo el azul el chorro juvenil
como un agua que no cae en el olvido.
Buscaba en la ilusión
del ornamento,
en los verdes, los perlas y los rosas,
en las bíforas blancas, en la altura.
Mas era inútil. Todo
el fundamento
volaba con sus alas primorosas
al arrobo, a la paz, a la dulzura.
Allí encontré mi
primera emoción viva de la latinidad.
Tercera
(Tradición)
Cuando en el invierno de 1988 fui invitado por el
Instituto Superior de Arte a ofrecer un pequeño Curso de
conferencias que titulé Lecciones cubanas,
comencé evocando "las conversaciones en latín del padre
Varela con José de la Luz", diálogos que a mi juicio,
dije, “constituyen un maravilloso momento de la cultura
cubana". Pero fue sobre todo en la segunda conferencia,
dedicada a José de la Luz y Caballero, a quien Martí
llamara "el padre, el silencioso fundador", cuando pude
ahondar en el carácter fundacional de lo que podemos
llamar la latinidad cubana. Fue entonces que escribí:
"Los desdichados que no sabemos del latín más que
migajas, nos perdemos la mitad de Luz. No por mayor
conocimiento, que quizás no era posible, sino por mayor
interiorización en su alma y sus escritos íntimos, el
latín que Luz mezclaba con el español como buscando
siempre la vena de agua más honda, nos asalta con
acentos que no tiene en Caballero ni en Varela. Enérgica
dulzura del latín cristiano y virgiliano,
espontáneamente brotado de su pecho y de su pluma en los
momentos de más viva efusión cordial e intelectual,
cuando más falta le hace la precisión del sentir, del
tocar con el alma y la razón convertida en sentimiento,
primera semilla de una filosofía americana". Y primera
semilla, también, de la batalla entre lo latino y lo
sajón, que en nuestro hemisferio libra hoy sus últimos
combates, previos quizás a la armonía deseable.
En cuanto a Martí, el texto suyo que más revela su gusto
por los clásicos latinos, y por los varios latines que
no sabemos en qué tiempo de estudios pudo distinguir y
saborear, sea el de su ferviente elogio del prócer
venezolano Cecilio Acosta, donde leemos: "Familiar le
era Virgilio, y la flautilla de caña, y Corydón, y
Acates; él supo la manera con que Horacio llama a
Telephus, o celebra a Lydia, o invita a Leuconoe a beber
de su mejor vino y a encerrar sus esperanzas de ventura
en límites estrechos. Le deleitaba Propercio, por
elegante; huía de Séneca, por frío; le arrebataba y le
henchía de entusiasmo Cicerón." (Entre paréntesis, ¿no
llevaría Martí una pequeña biografía de Cicerón, tema de
su tesis universitaria en Zaragoza, hasta Dos Ríos?)
Prosigue, refiriéndose siempre a don Cecilio: "Hablaba
un latín puro, rico y agraciado; no el del Foro del
imperio, sino el del Senado de la República; no el de la
casa de Claudio, sino el de la de Mecenas. Huele a mirra
y a leche aquel lenguaje, y a tomillo y verbena."
En realidad Martí, a la vez que crecía su fundado y
profético antimperialismo, hizo el mayor esfuerzo
intelectual y cordial por asumir los mejores
rendimientos en su época de la cultura norteamericana.
Baste recordar el caso de Walt Whitman, comunicado a la
cultura hispánica y latinoamericana, según testimonios
de Juan Ramón Jiménez y de Rubén Darío, por la crónica
martiana. No olvidemos que el modernismo, en cuanto a
vanguardia latinoamericana, tuvo en Martí, sobre todas
las cosas, un integrador. No olvidemos que Darío, de
raíces indígenas tan profundas, exclamaría:
Aquí, junto al mar latino,
digo la verdad:
siento en roca, aceite y vino
yo mi antigüedad.
Porque es lo cierto
que ninguna lengua tuvo como el latín la vocación de
universalidad, vocación de la que es perenne memorial la
traducción latina de la Biblia por San Jerónimo,
oficialmente adoptada por la Iglesia Católica en el
Concilio de Trento (1546), y la gran Misa Católica de
Bach.
Cuarta
(Confesión y gracias)
Sin mi
sangre canaria y francesa, mi vida no existiría. Sin
Martí, de sangre valenciana y canaria, mi vida sería
otra. Sin lo hispánico a través de Juan Ramón Jiménez,
sin lo hispanoamericano a través de César Vallejo, sin
lo francés a través de Rimbaud y de Claudel, sin toda la
lírica cubana, no me imagino a mí mismo. He intentado
pagar esas deudas, y otras más lejanas, con toda mi
vida. Soy, sin duda, un latino, aunque le debí mucha
sangre espiritual a la que entonces llamaban mi
"manejadora", mi segunda madre, la mulata Rosa, y a su
hijo Sandinito, convertido en personaje protagónico de
mi novela De Peña Pobre. Soy, sin duda, un
latino, aunque mi primer amigo fue un negrito matancero,
rebelde y mandón como él solo, y mi primer violín lo
puso en mis manos el finísimo mulato Cándido Faílde,
sobrino del inventor del danzón, y tengo en el oído la
flauta de Aniceto Díaz. Nada de esto me ha impedido, al
contrario, disfrutar de las Églogas de Virgilio,
ni de las Metamorfosis de Ovidio, ni de la
Divina Comedia ni del Retablo de Maese Pedro
de Manuel de Falla en el piano entrañable de Julián
Orbón. No solo no me lo ha impedido, sino que me lo ha
propiciado, porque un latinocubano (en una sola palabra)
es lo más unitivo que existe en este mundo, lo que
explica también mis devociones germánicas, irlandesas,
sajonas, africanas, hebreas, rusas, etcétera, si es que
necesitan explicación. Lo que sí no tiene explicación es
que a la señora Ana María Luettgen Ros, directora en
Cuba de la mundial Unión Latina, se le haya ocurrido
otorgarme este Premio, entregado además en tan bello
acto, con la guitarra de Sergio y la percusión de
Luis Bárbaro, el piano de José María y la voz de
Amaury, con tan hermosa placa esculpida por Adolfo
González, con un cuadro, mágico como suyo, de mi amigo
Bofill, y tan generosas palabras de Abel Prieto.
Gracias a todos desde todas las sangres neolatinas, y
las otras, de mi corazón.
Quinta (en Asís)
Y ya que
todo esto ocurre "por obra de encantamiento" (como diría
Don Quijote, que en estos días tanto nos ronda), en esta
querida Basílica que lleva el nombre del poverello
de Asís, permítanme volver a mi primer viaje a
Italia en el invierno de 1965, cuando escribí este
humilde, mínimo apunte:
Los suéteres rojos, añiles,
de los muchachos jugando
a la pelota en Asís.
El Giotto sigue pintando
los Frescos fríos del júbilo.
Detrás los montes, su
halo
de violeta defendiendo
el hábito roto y pardo,
el dulce valle, la cúpula,
los cipreses ya morados,
ojivas de un paraíso.
San Francisco ha
predicado
a los colores del mundo.
El Giotto sigue
pintando.
Deo Gratia.
Sexta (Conclusión)
En la
quijotesca "batalla de ideas"* que se sigue librando hoy
en Cuba frente al gobierno más torpe y sordo de los
Estados Unidos, como lo previera José de la Luz, la
defensa de la latinidad es nuestra defensa de la
identidad. El máximo valor (secular) que nos dejó
España, el lenguaje mismo, sin olvidar sus ingredientes
celtas, árabes y otros, supone una cultura a la que
nuestro máximo poeta y escritor, José Martí, sin
confundir espiritualidades con sistemas políticos,
aunque sin desconocer sus vínculos, hizo plena justicia.
Así de Quevedo dijo que "ahondó tanto en lo que venía,
que los que hoy vivimos, con su lengua hablamos"; a
Calderón lo llamó "aquel hombre de su tiempo y de todos
los tiempos, filósofo rebelde y siervo manso, rey de
suyo y soldado de reyes, gran meditabundo, gran
esperador, gran triste, sacerdote más que por creencia
en lo divino, por desdén en lo humano", y lo situó junto
a Shakespeare, Esquilo, Schiller, Goethe. Y subrayando
él mismo lo que ahora subrayamos, refiriéndose al teatro
del siglo de Oro dijo:
*No la llamo
"quijotesca porque esté destinada al fracaso, sino por
su alta nobleza.
"vive allí el ente
misterioso de la raza y el espíritu perdurable de la
lengua." Ya que acudimos a estas citas, no olvidemos el
más hermoso y abarcador elogio de Cervantes —como dijera
María Teresa León, "el soldado que nos enseñó a hablar"—
a quien calificó como "aquel temprano amigo del hombre
que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el
decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la
vida entre los humildes al adelanto cortesano, y es a la
vez deleite de las letras y uno de los caracteres más
bellos de la historia."
Si defendemos, pues, el ente misterioso de la raza y el
espíritu perdurable de la lengua" desde nuestro
enriquecedor mestizaje afrocubano, generador de poesía y
música universales, y de un pintor tan cubano y
afro-asiático como Wifredo Lam, es porque, aunque
parezcan ideas muy distantes, preferimos a la
globalización la coralidad universal que Martí vislumbró
en la Exposición de París. Coralidad no significa
pérdida de identidades, se remonta a la vocación
ecuménica de la mejor latinidad, se inspira en lo que
nuestro Apóstol, y Apóstol posible de todos "los hombres
de buena voluntad", consideró raíz de su pensamiento: la
etimología de la voz "universo", versus-uni, lo
diverso en lo uno, lo que él llamó "filosofía de
relación", fundada en la ley de analogía que es a su vez
el sustento de la ley de equilibrio, martiana "ley
matriz". ¿Hay algo que el mundo de hoy necesite más? "En
tolo la medida", decían los griegos. La libertad debe
fundirse a la obediencia voluntaria, dice el Génesis
hebreo. De la cultura medieval, bien calibrada por
Federico Engels en cuanto necesaria "concatenación
histórica", afirma audazmente Martí en su artículo sobre
la Historia Universal del católico César Cantú,
nació la esperanza de una modernidad que, como también
se advierte en su Prólogo a El poema del
Niágara,
de Juan Antonio
Pérez Bonalde, no es la que ha sido torcida por el
imperialismo y su orgía militar y mediática. Otra
modernidad defendemos, la de "con todos I y para el bien
de todos", Otra cultura defendemos I la que abra las
puertas de la justicia mundial a "los pobres de la
tierra". ¿No dijo César Vallejo que la verdadera cultura
es la justicia? Dios quiera que algún día, como lo
imaginó Martí, el Libertador del Sur y el Libertador del
Norte lleguen a abrazarse en nuestra América diversa,
libre y unida con toda la humanidad, que es la Patria
Mayor. |