|
El
nacimiento de José Martí (1853) se produce en un período
en que están cuajando los perfiles definitivos de
nuestra nacionalidad, que solo unos años después, con el
establecimiento de nuestra primera República en Armas,
cobran rango de nación. Es momento en que el nacido en
Cuba puede comenzar a tenerse a sí mismo como ciudadano
de esta Isla y no de ninguna otra parte. No fue un
trance veloz ni de sencillo desarrollo, pero en él
crecieron ya como cubanos hombres valiosos, que van a
estar ligados a los destinos mayores de la patria. Entre
ellos José Martí.
El
hijo mayor de un humilde matrimonio de españoles,
pudo haberse perdido de nuestra vista en algún
oficio práctico como tantos otros descendientes de
gente pobre, dejando a un lado los estudios. Pero su
ansia de saber y la suerte de encontrarse con un
rotundo maestro como Rafael María de Mendive, lo
pusieron en caminos mejores. Indudablemente Martí
dio muy tempranas evidencias de su gran inteligencia
y de sus sentimientos independentistas, ellos
tuvieron a justo tiempo alimentación por la
educación brindada, de manera general, por Mendive.
En su entorno aprende de los libros y conoce a otros
jóvenes, que como él sienten muy pronto como propia
la llama libertadora que Céspedes encendió el 10 de
octubre de 1868.
Esta vocación revolucionaria lo lleva en la flor de su juventud, al
presidio, al trabajo forzado, al destierro cercano de la
Isla de Pinos y luego a la deportación a España. El
fuerte choque con sucesivas realidades difíciles, como
consecuencia de su postura independentista, fue tomado
por Martí como una escuela, de la cual iba a salir
definitivamente decidido a entregarse al trabajo mayor
por su país.
Demostró
muy pronto que tenía fuertes dotes de escritor, tanto en
sus poemas, como en sus crónicas, artículos o
reflexiones. Lo que en sus inicios tenía el rastro
positivo de las fuentes donde bebía, luego se volvió
literatura anunciadora de otros rumbos estéticos. Y lo
más importante, en aquellos tiempos en los cuales muchos
reclamaban al poeta, apartarse de los trajines de la
lucha revolucionaria para que se quedara encerrado en
sus metáforas, José Martí evidenció que el arte y la
literatura constituyen armas poderosas en estos
menesteres y en su caso, convirtió su obra escrita en
testimonio y espejo de su labor emancipadora.
Antes de
poder volver a Cuba, por lo menos se acerca, entrando a
nuestra América por México en 1975. Aunque de manera
personal apenas puede participar en los años que le
quedan a la primera guerra que los cubanos desataron
contra España, no hay dudas de que se mantenía atento a
su desenvolvimiento, en tanto se hacía camino por
Guatemala y Venezuela, siempre cubano angustiado por la
situación de su tierra y también dispuesto a sentirse
hijo de cada uno de esos países, entregando allí lo
mejor de sus frutos como maestro o periodista.
Terminada la guerra puede estar brevemente en Cuba, pero
su ya conocida determinación independentista, lo pondrán
en el teatro de acciones políticas que lo llevan a la
segunda deportación a España, con lo que no hacen sino
fortalecerse sus empeños revolucionarios, que cobran
cuerpo más visible desde la década del 80 del siglo XIX,
cuando Martí se establece en los EE.UU., seguramente
convencido de que allí, con tan abundante emigración
cubana, hay más posibilidades para nuevas luchas.
A estas
alturas Martí ha hecho suya la abnegada obra
revolucionaria de los padres fundadores que se fueron a
la manigua en 1868, pero sin apartarse nunca de una
postura de respeto, ha advertido también las razones
fundamentales por las cuales tras diez años en la
manigua, la guerra no coronó en éxito. Sin pretensión de
tomarse para él la dirección de proyectos que surgieron
en EE.UU. a lo largo de esos años, se abstuvo de apoyar
ninguno donde hubiera rasgos de los viejos regionalismos
traídos de la Isla, ni posturas autoritarias, que dieran
todo el poder de maniobra a la parte militar, sin tomar
en cuenta la parte civil.
A lo
largo de los años 80 del siglo XIX y la primera mitad
de la siguiente década, Martí desarrolló un enorme
cúmulo de labores como escritor y periodista y se ocupó
de gestiones diplomáticas en representación de varios
países de nuestra América; pero de manera creciente fue
dando prioridad a los trabajos revolucionarios,
ganándose la confianza de los viejos y nuevos emigrados
cubanos, a través de sus trabajos en la prensa y sobre
todo con encendidos discursos en los cuales llamaba a la
unidad y el concierto con quienes se mantenían en la
Isla. Esto lo convirtió en el líder natural de los
preparativos de la última guerra contra España. Para
llevar a cabo la organización de la que él llamó “la
guerra necesaria”, luego de cuidadosos trabajos de
creación entre los colectivos de emigrados diseminados
en la nación norteamericana, Martí fundó el Partido
Revolucionario Cubano, que fue proclamado en 1892 bajo
su dirección, para la cual fue elegido en calidad de
Delegado.
Los
largos años de estancia en los EE.UU. en las décadas
finales del siglo XIX, y su interés por el destino de
Cuba y otros países latinoamericanos, le permitieron
advertir el florecimiento del imperialismo y sus nada
disimuladas pretensiones de establecerse, a costa del
arbitrario trato a nuestros países, tanto en cuestiones
políticas como económicas.
A la
hora de romperse las hostilidades contra el coloniaje
español en Cuba en febrero de 1895, no fueron pocos los
que pensaron que Martí en calidad de hombre de letras,
debía quedarse en su oficina de Nueva York, dirigiendo a
distancia la guerra, ni faltó algún bribón que dudó de
que nuestro más grande hombre pisaría de nuevo su tierra
cubana. Pero él, hombre de espléndida coherencia, arribó
con el Generalísimo Gómez por Playitas de Cajobabo, el
11 de abril de ese año. Lleno de alegría por ver
cumplido su sueño de poder estar en la manigua cubana,
junto a los demás luchadores, tratando de impedir que
los soldados mambises, emocionados, le gritaran
presidente. Aclarando su condición de Delegado, hasta
que puedan hacer elecciones con las garantías
democráticas que la guerra permita. Pero, sin duda,
preocupado tanto por cómo llevar a cabo la contienda,
como por el destino de Cuba, después de terminada la
lucha.
De ello
son prueba sus palabras a su amigo mexicano Manuel
Mercado, en carta inconclusa del 18 de mayo, escrita a
pocas horas de su muerte en combate: “Ya puedo escribir,
ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y
respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo
y obligación ; ya estoy todos los días en peligro de dar
la vida y por mi deber
—puesto
que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo—
de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se
extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan,
con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.
Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio
ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay
cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de
proclamarse en lo que son, levantarían dificultades
demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.
El pasado 19 de mayo se han cumplido los primeros 110
años de la muerte de nuestro José Martí y esas palabras
como tantas otras de su rica y voluminosa obra escrita
mantienen carne viva. Su esencia palpitante. Con lo cual
es tarea irrevocable acudir con asiduidad a su ideario.
Y hacerlo con confianza, como si buscáramos en la
experiencia de un hermano mayor, que no por sabio, deja
de ser un humano afable. Ahora como nunca es preciso
andar con la palabra de Martí en bandolera. Pero no
citándolo con frases de música centelleante para adornar
nuestro discurso, sino tratando de sacar el tuétano de
cada pensamiento suyo, para untar con él, las
reflexiones que nos son imprescindibles para el
crecimiento continuo de nuestro país, en medio de la
gracia y también del peligro mayor que nos asecha, que
sigue siendo el avizorado por Martí en aquellos años
finales del siglo XIX.
|