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Atilio Borón (1943), secretario ejecutivo del Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), se graduó
de sociólogo en la Universidad Católica Argentina (UCA,
Buenos Aires) en 1964,
es casado,
con cinco hijos de dos matrimonios, aspaventoso como
cualquier cubano, y de honda cultura humanista.
Entre 1966 y 1967 hizo un postgrado en la Facultad
Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO,
Santiago de Chile) impartido, entre otros, por el
célebre profesor de Historia Económica Rondo Cameron,
y conoció, “época dorada”, a economistas, de la
talla de Celso Furtado, Theotonio dos Santos y
Osvaldo Sunkel.
“Formación y crisis del Estado oligárquico-liberal en la
Argentina”, la tesis que le valió el doctorado en
Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, a donde
llegó en 1972, data del 26 de julio de 1976, aniversario
del asalto al Moncada: fue él quien hizo que nos
fijáramos en el detalle, no por casualidad terminó de
escribir el prólogo ese día. El estudio fue tolerado —no
aceptado— por los letrados americanos. Dijeron que el
trabajo, aún con un marco teórico “deficiente como el
Marxismo”, alcanzó estatura académica “gracias a la
calidad de la enseñanza harvardiana”... ¡No hay que
exagerar!
Desde entonces su gran hito docente e investigativo es
el paso por varias universidades: la Nacional Autónoma
de México, la filial de FLACSO en ese país, las inglesas
de Bradford y Warwick, y las estadounidenses de Columbia,
Notre Dame, Los Ángeles y el Instituto de Tecnológico de
Massachusetts, el MIT. No descarta —le gustaría mucho—
que en un futuro pueda impartir clases en Cuba como
profesor visitante. Según dijo, “el cubano es un alumno
inquieto, en permanente actitud de búsqueda”.
En el VII Encuentro Internacional de Economistas sobre
Globalización y Problemas del Desarrollo (La Habana,
febrero de 2005) les recomendó a los estudiantes un
magnífico breviario de temas, autores y títulos. Entre
ellos, ya en la intimidad con nosotros, destacó El
capitalismo tardío, del belga Ernest Mandel; The
Boom and the Bubble (traducido al español como La
expansión económica y la burbuja bursátil), del
británico Robert Brenner; Dialéctica de la
dependencia y Formación económica del Brasil,
de los brasileños Ruy Mauro Marini y Celso Furtado, en
ese orden; y El desarrollo del capitalismo en América
Latina, del ecuatoriano Agustín Cueva... ¡Ojo!
Cuando un maestro hace sonar tales “ríos”, es porque
agua traen...
La
atrofia de la Ciencia Económica
¿Usted dijo que ni la Organización Mundial de Comercio (OMC),
ni el Banco Mundial (BM), ni el Fondo Monetario
Internacional (FMI) son organismos multilaterales?
Y para sostenerlo no acudo a poses izquierdistas, ni me
adentro en críticas. Antes cito a Z. Brzezinski, teórico
de la derecha norteamericana. En El gran tablero
mundial (1998), el asesor del Consejo de Seguridad
Nacional de Estados Unidos durante el gobierno de James
Carter afirma que la OMC, el BM, y el FMI son
extensiones del Departamento del Tesoro y de la Casa
Blanca. Todo el mundo lo sabe: Estas ni son
instituciones multilaterales ni organismos técnicos, son
agentes ideológicos, entes políticos.
¿Cuál sería el cometido esencial de estos “entes y
agentes”?
La domesticación de los gobiernos y de los economistas.
Hablamos de gobiernos quebrados, con enormes déficit.
Brasil, por ejemplo, paga unos mil millones de dólares
por semana para cubrir los intereses de la deuda.
Situaciones más o menos graves enfrentan Argentina,
México y los otros países. Pareciera que sus
administraciones están obligadas a aceptar las pautas de
los acreedores: congelar las reformas tributarias, so
pena de frenar el ingreso de nuevos capitales, y
cortar los gastos sociales... Salvo el caso de Cuba, el
economista que trabaja en un gobierno latinoamericano
siente que en última instancia su empleador es el BM o
el FMI, es a él a quien debe mostrarle lealtad. Ahí
comienza el amaestramiento de los economistas. El
dominio ideológico dentro de la Ciencia Económica tiene
un fortín inexpugnable en la OMC, el BM y el FMI. Estas
grandes agencias, con jugosos recursos y contratos,
imponen sus postulados como tesis del buen saber en las
facultades de Economía de las universidades públicas.
¿Alguna vez le propusieron firmar uno de esos contratos?
Nunca me los ofrecieron: ni soy economista, ni mis ideas
cuadran con las del BM y el FMI, a ellos jamás se les
ocurriría ofrecerme un contrato. Pero he visto los de
algunos colegas, el BM pacta con economistas críticos
para terminar derechizándolos. Gracia a tales contratos
la investigación se convierte en un mero ejercicio
tautológico. En ellos se consignan el objeto de estudio,
el marco teórico en que este debe encuadrarse, la
metodología... Recibiendo altos sueldos y aceptando un
modelo impuesto desde fuera, los especialistas se
sumergen en investigaciones anodinas: los resultados
están “cantados” de antemano, en consonancia con los
intereses de sus mandantes.
¿Cómo puede un economista olvidarse de sus antiguas
convicciones?
Cuando cae en la trampa de separar la Economía de la
Política, absurdo postulado que los capitalistas saben
inocularle bien. Los hijos del capital defienden la idea
de que la Economía es un saber técnico, instrumental,
independiente de la Política, y de que los problemas se
solucionan como mismo se resuelven las ecuaciones
matemáticas. Pero la Economía, por su vínculo con el
bienestar, la propiedad, la riqueza, los ingresos, las
condiciones materiales de vida de la gente, es la más
política de las Ciencias Sociales.
¿Cree que la Ciencia Económica se halle en un marasmo?
Aún propuesta por militantes de izquierda, se convirtió
en una ciencia conservadora, en un culto al
neoclasicismo económico, en un tributo al saber
establecido, a los teoremas cruciales de la teoría
convencional, y no suele “aterrizar” si no es con
argumentaciones prácticas tradicionalistas. Salvo
excepciones
—donde
persevera la crítica—,
“no hay economistas de izquierda”: al considerar ciertos
asuntos como cuestiones meramente “técnicas”, la mayoría
termina adoptando puntos de vista que son de derecha.
Un
canto a la desigualdad
Entre las recetas del BM y sus acólitos figuran los
programas focalizados.
¡Imagínense! A países como la Argentina, con 18 millones
de personas por debajo de la línea de la pobreza, el BM
viene a decirle que debe implementar programas
focalizados. ¿Qué foco es ese? 18 millones de personas
son un ¡superfoco!, un ¡megafoco! Y en Brasil, ¿cuántos
pobres hay?, ¿60 ó 70 millones? Dichas políticas fueron
creadas para atacar la pobreza en los países
desarrollados cuando esta era allí un fenómeno marginal
que afectaba al uno o al dos % de la población. La
pobreza en nuestras naciones exige otra postura: es un
fenómeno de masas, afecta a las mayorías.
Pero Argentina desafió a los agentes de la
domesticación.
Cierto, y los voceros de la derecha se apuraron en
predecir que por desahuciar una parte del pago de la
deuda, se quedaría fuera de los tratados
internacionales, no encontraría fuentes de
financiamiento y viviría una recesión. Sin embargo, si
bien la Argentina no recibió un solo crédito adicional,
su economía creció con un desempeño sorpresivo para los
propios directivos del FMI. Esto demuestra que aún bajo
condiciones adversas es posible crecer y romper los
tabúes de los economistas convencionales.
Fuera de la OMC, el BM, y el FMI, ¿dónde obtendríamos
fuentes de financiamiento?
La reforma tributaria es una vía. Mientras el impuesto
sobre las ganancias empresariales equivale, en Europa, a
un 15 % del Producto Interno Bruto (PIB), en América
Latina dicho índice apenas constituye, como promedio, un
2,5 %. Véase si no tenemos ahí genuinos recursos que,
una vez captados, con auténticas legislaciones
tributarias, financiarían, con creces, nuestro progreso
socioeconómico. Claro, falta la voluntad política para
gravar las ganancias de las grandes empresas, de las
grandes fortunas.
¿Qué pasaría si Latinoamérica dejara de pagar la deuda?
Esa pregunta, medio en broma medio en serio, se la hice
a un gerente en un seminario internacional, en Nueva
York, donde participaban banqueros y académicos. El
hombre palideció: “Sería la peor noticia que nos podrían
dar”, balbuceó, “el dinero de la deuda siempre está
seguro, y nos permite realizar operaciones de mercado
imprevisibles, de alto riesgo. Solo por contar con él es
que podemos afrontar los peligros de esas operaciones.
Luego, ante cualquier dificultad, ni siquiera tendríamos
que molestarnos en ir a cobrar, bastaría con telefonear
a la Secretaría del Tesoro y decir: aprieten a los
argentinos, que no están pagando, a los mexicanos, a los
brasileños...”
En el 2004 usted presentó en La Habana La trama del
neoliberalismo...
La obra pertenece a un grupo de autores entre los que me
incluyo. Pretendemos superar el análisis reduccionista,
economicista, del neoliberalismo. La complejidad del
proyecto neoliberal nos enseña que, más que un programa
económico, es un plan de refundación social, un sistema
filosófico, sociológico, político, un esquema integral
reaccionario que procura frenar los avances democráticos
y combatir la igualdad social.
La piedra angular neoliberal es la idea de la
desigualdad.
Se nos quiere convencer de que gracias a ella el hombre
salió de las cavernas y llegó a construir la “magnífica”
civilización actual. La caricatura no es mía, es una
cita de Camino de servidumbre (1944), obra de
Friedrich Hayek (Austria, 1899-Alemania, 1992), defensor
de la economía de libre mercado. Según él, la humanidad
evolucionó hasta aquí porque siempre fue dispar, porque
la desigualdad, al acicatear el espíritu de competencia,
mueve la rueda del progreso. Ese es el principio del
neoliberalismo: un precepto antagónico, incompatible con
la democracia.
A
contracorriente
Nuestros gobiernos y pueblos, ¿están listos para un
mundo sin neoliberalismo?
Unos pocos gobiernos latinoamericanos, los de Cuba y
Venezuela, están preparados. La pregunta es si están
listos los pueblos. El neoliberalismo impuso su programa
porque ganó antes la batalla de ideas, convenció a todos
de que una empresa privada es mejor que una pública,
persuadió a las mayorías de que el Estado es mal
administrador, cuando igual puede ser al revés.
Victorias de este tipo permitieron que de la noche a la
mañana se privatizaran muchas empresas. Debemos preparar
a los pueblos para la batalla de ideas, como lo viene
haciendo Cuba. Entre las metas del Movimiento de los Sin
Tierra y del Foro Social Mundial en Brasil, de los
piqueteros en la Argentina, o del Zapatismo en México,
está librar esa lucha ideológica. Dicho propósito habita
en el terreno de lo factible, lo nuestro no es un
delirio, no estamos pensando en la cuadratura del
círculo, sino en cosas concretas, que se podrían hacer
si existiese voluntad política.
En esa pelea, ¿qué importancia reviste el experimento
argentino?
En 1998 el director saliente del FMI, Michael Candessús,
aseveró que la Argentina había sido la mejor alumna del
Fondo, y en honor de la gestión del presidente Menen, lo
invitó a la Asamblea Conjunta del Fondo y el Banco para
que impartiera la conferencia de cierre. Hoy, siete años
más, podemos decir, “¡acá está la mejor alumna!,
¡fíjense a qué debacle la llevaron!” Basándonos en el
mal ejemplo argentino, demostrativo de adónde puede
conducirnos el apego a la ortodoxia, hoy pasamos a una
contra ofensiva ideológica, cosa que antes habría sido
imposible.
Ganando la batalla de ideas, ¿resolveríamos todo?
Las tesis económicas del capitalismo se superan con la
práctica histórica. En la medida en que nuestros países
avancen en políticas contrarias al neoliberalismo,
aquellas caerán en bancarrota. Solo que EE.UU. y las
grandes potencias imperialistas mundiales jamás
reconocerían su fracaso, pensar que pudiesen hacerlo
sería una ilusión, no estamos en un partido de ajedrez
entre dos caballeros, ellos nunca admitirían que sus
modelos son equivocados, y que no conducen al bienestar
ni al desarrollo de los pueblos. A la par de la batalla
ideológica, deberíamos avanzar en el campo de la praxis
histórica, y dicho avance, ya lo sabemos, es difícil,
¡es a contracorriente!
En el sentido opuesto seguirían “fluyendo” los grandes
medios de comunicación.
Exacto, que están monopolizados y controlados por el
capital financiero internacional y sus aliados locales.
Opiniones como las mías, o como las de Erick Toussaint,
Rigoberta Menchú, Adolfo Pérez Esquivel, Phil Brenner, y
otros, ¡en la vida llegan a la gran prensa! Ahí está el
caso de Noam Chomsky, lingüista y politólogo de
autoridad mundial. Hace unos cuantos años que el New
York Times le compró los derechos exclusivos para la
reproducción de sus artículos en todo el mundo a cambio
de una suma que el profesor Chomsky dona regularmente a
cuantas buenas causas se libran en el planeta. ¿Y qué
hace el New York Times con los trabajos de
Chomsky, qué hace, por ejemplo, con las notas
explicativas de cómo la política de EE.UU. hacia Israel
fomentó el brote del fascismo en ese Estado del Cercano
Oriente? Las archiva, no las publica, impide que la voz
del intelectual sea escuchada dentro de los EE.UU.
Con todo, en la lid contra el neoliberalismo,
¿avanzaríamos en el campo de la praxis?
¿Quién dice que no? Si como ya dije, hablando de
política tributaria, en un plazo de cinco años el
impuesto sobre las ganancias empresariales se elevara,
por ejemplo, en Brasil, hasta un 15 % del PIB, el tesoro
público de ese país recibiría una enorme cantidad de
dinero para desarrollar políticas de promoción social,
combate efectivo a la pobreza, equilibrios regionales...
No hay que aceptar el chantaje escondido tras la
hipótesis de que la izquierda no tiene alternativas,
¡las tenemos! Solo que ya no podemos aplicar los modelos
adoptados en la antigua URSS y otros países del este
europeo: dichos patrones fueron superados por la
historia. ¿Hay vida después del neoliberalismo?,
reza y cuestiona el título de una de mis ponencias. ¡Mi
respuesta es positiva, con propuestas concretas y
factibles de realizar de inmediato!
¿Entonces lo nuestro no es un delirio?
¡Por supuesto!: si al grupo de expertos que asistimos al
Encuentro se nos pidiera crear un programa de
reconstrucción económica de Brasil, de Argentina, o de
México, nos bastarían tres horas para tenerlo listo: ya
todo ha sido dicho, sabemos bien qué debemos hacer, las
innovaciones que deben introducirse están muy claras.
Solo nos falta la voluntad política y una correlación de
fuerzas favorables para ponerlas en práctica. |