Año IV
La Habana
Semana 21-27 de MAYO
de 2005

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ENTREVISTA CON ATILIO BORÓN
¿Quién dice que no?

Hilario Rosete Silva  La Habana


Atilio Borón (1943), secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), se graduó de sociólogo en la Universidad Católica Argentina (UCA, Buenos Aires) en 1964, es casado, con cinco hijos de dos matrimonios, aspaventoso como cualquier cubano, y de honda cultura humanista.

Entre 1966 y 1967 hizo un postgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Santiago de Chile) impartido, entre otros, por el célebre profesor de Historia Económica Rondo Cameron, y conoció, “época dorada”, a economistas, de la talla de Celso Furtado, Theotonio dos Santos y Osvaldo Sunkel.

“Formación y crisis del Estado oligárquico-liberal en la Argentina”, la tesis que le valió el doctorado en Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, a donde llegó en 1972, data del 26 de julio de 1976, aniversario del asalto al Moncada: fue él quien hizo que nos fijáramos en el detalle, no por casualidad terminó de escribir el prólogo ese día. El estudio fue tolerado —no aceptado— por los letrados americanos. Dijeron que el trabajo, aún con un marco teórico “deficiente como el Marxismo”, alcanzó estatura académica “gracias a la calidad de la enseñanza harvardiana”... ¡No hay que exagerar!

Desde entonces su gran hito docente e investigativo es el paso por varias universidades: la Nacional Autónoma de México, la filial de FLACSO en ese país, las inglesas de Bradford y Warwick, y las estadounidenses de Columbia, Notre Dame, Los Ángeles y el Instituto de Tecnológico de Massachusetts, el MIT. No descarta —le gustaría mucho— que en un futuro pueda impartir clases en Cuba como profesor visitante. Según dijo, “el cubano es un alumno inquieto, en permanente actitud de búsqueda”.

En el VII Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo (La Habana, febrero de 2005) les recomendó a los estudiantes un magnífico breviario de temas, autores y títulos. Entre ellos, ya en la intimidad con nosotros, destacó El capitalismo tardío, del belga Ernest Mandel; The Boom and the Bubble (traducido al español como La expansión económica y la burbuja bursátil), del británico Robert Brenner; Dialéctica de la dependencia y Formación económica del Brasil, de los brasileños Ruy Mauro Marini y Celso Furtado, en ese orden; y El desarrollo del capitalismo en América Latina, del ecuatoriano Agustín Cueva... ¡Ojo! Cuando un maestro hace sonar tales “ríos”, es porque agua traen...

La atrofia de la Ciencia Económica

¿Usted dijo que ni la Organización Mundial de Comercio (OMC), ni el Banco Mundial (BM), ni el Fondo Monetario Internacional (FMI) son organismos multilaterales?

Y para sostenerlo no acudo a poses izquierdistas, ni me adentro en críticas. Antes cito a Z. Brzezinski, teórico de la derecha norteamericana. En El gran tablero mundial (1998), el asesor del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos durante el gobierno de James Carter afirma que la OMC, el BM, y el FMI son extensiones del Departamento del Tesoro y de la Casa Blanca. Todo el mundo lo sabe: Estas ni son instituciones multilaterales ni organismos técnicos, son agentes ideológicos, entes políticos.

¿Cuál sería el cometido esencial de estos “entes y agentes”?

La domesticación de los gobiernos y de los economistas. Hablamos de gobiernos quebrados, con enormes déficit. Brasil, por ejemplo, paga unos mil millones de dólares por semana para cubrir los intereses de la deuda. Situaciones más o menos graves enfrentan Argentina, México y los otros países. Pareciera que sus administraciones están obligadas a aceptar las pautas de los acreedores: congelar las reformas tributarias, so pena de frenar el ingreso de nuevos capitales, y cortar los gastos sociales... Salvo el caso de Cuba, el economista que trabaja en un gobierno latinoamericano siente que en última instancia su empleador es el BM o el FMI, es a él a quien debe mostrarle lealtad. Ahí comienza el amaestramiento de los economistas. El dominio ideológico dentro de la Ciencia Económica tiene un fortín inexpugnable en la OMC, el BM y el FMI. Estas grandes agencias, con jugosos recursos y contratos, imponen sus postulados como tesis del buen saber en las facultades de Economía de las universidades públicas.

¿Alguna vez le propusieron firmar uno de esos contratos?

Nunca me los ofrecieron: ni soy economista, ni mis ideas cuadran con las del BM y el FMI, a ellos jamás se les ocurriría ofrecerme un contrato. Pero he visto los de algunos colegas, el BM pacta con economistas críticos para terminar derechizándolos. Gracia a tales contratos la investigación se convierte en un mero ejercicio tautológico. En ellos se consignan el objeto de estudio, el marco teórico en que este debe encuadrarse, la metodología... Recibiendo altos sueldos y aceptando un modelo impuesto desde fuera, los especialistas se sumergen en investigaciones anodinas: los resultados están “cantados” de antemano, en consonancia con los intereses de sus mandantes.

¿Cómo puede un economista olvidarse de sus antiguas convicciones?

Cuando cae en la trampa de separar la Economía de la Política, absurdo postulado que los capitalistas saben inocularle bien. Los hijos del capital defienden la idea de que la Economía es un saber técnico, instrumental, independiente de la Política, y de que los problemas se solucionan como mismo se resuelven las ecuaciones matemáticas. Pero la Economía, por su vínculo con el bienestar, la propiedad, la riqueza, los ingresos, las condiciones materiales de vida de la gente, es la más política de las Ciencias Sociales.

¿Cree que la Ciencia Económica se halle en un marasmo?

Aún propuesta por militantes de izquierda, se convirtió en una ciencia conservadora, en un culto al neoclasicismo económico, en un tributo al saber establecido, a los teoremas cruciales de la teoría convencional, y no suele “aterrizar” si no es con argumentaciones prácticas tradicionalistas. Salvo excepciones donde persevera la crítica, “no hay economistas de izquierda”: al considerar ciertos asuntos como cuestiones meramente “técnicas”, la mayoría termina adoptando puntos de vista que son de derecha.

Un canto a la desigualdad

Entre las recetas del BM y sus acólitos figuran los programas focalizados.

¡Imagínense! A países como la Argentina, con 18 millones de personas por debajo de la línea de la pobreza, el BM viene a decirle que debe implementar programas focalizados. ¿Qué foco es ese? 18 millones de personas son un ¡superfoco!, un ¡megafoco! Y en Brasil, ¿cuántos pobres hay?, ¿60 ó 70 millones? Dichas políticas fueron creadas para atacar la pobreza en los países desarrollados cuando esta era allí un fenómeno marginal que afectaba al uno o al dos % de la población. La pobreza en nuestras naciones exige otra postura: es un fenómeno de masas, afecta a las mayorías.

Pero Argentina desafió a los agentes de la domesticación.

Cierto, y los voceros de la derecha se apuraron en predecir que por desahuciar una parte del pago de la deuda, se quedaría fuera de los tratados internacionales, no encontraría fuentes de financiamiento y viviría una recesión. Sin embargo, si bien la Argentina no recibió un solo crédito adicional, su economía creció con un desempeño sorpresivo para los propios directivos del FMI. Esto demuestra que aún bajo condiciones adversas es posible crecer y romper los tabúes de los economistas convencionales.

Fuera de la OMC, el BM, y el FMI, ¿dónde obtendríamos fuentes de financiamiento?

La reforma tributaria es una vía. Mientras el impuesto sobre las ganancias empresariales equivale, en Europa, a un 15 % del Producto Interno Bruto (PIB), en América Latina dicho índice apenas constituye, como promedio, un 2,5 %. Véase si no tenemos ahí genuinos recursos que, una vez captados, con auténticas legislaciones tributarias, financiarían, con creces, nuestro progreso socioeconómico. Claro, falta la voluntad política para gravar las ganancias de las grandes empresas, de las grandes fortunas.

¿Qué pasaría si Latinoamérica dejara de pagar la deuda?

Esa pregunta, medio en broma medio en serio, se la hice a un gerente en un seminario internacional, en Nueva York, donde participaban banqueros y académicos. El hombre palideció: “Sería la peor noticia que nos podrían dar”, balbuceó, “el dinero de la deuda siempre está seguro, y nos permite realizar operaciones de mercado imprevisibles, de alto riesgo. Solo por contar con él es que podemos afrontar los peligros de esas operaciones. Luego, ante cualquier dificultad, ni siquiera tendríamos que molestarnos en ir a cobrar, bastaría con telefonear a la Secretaría del Tesoro y decir: aprieten a los argentinos, que no están pagando, a los mexicanos, a los brasileños...”

En el 2004 usted presentó en La Habana La trama del neoliberalismo...

La obra pertenece a un grupo de autores entre los que me incluyo. Pretendemos superar el análisis reduccionista, economicista, del neoliberalismo. La complejidad del proyecto neoliberal nos enseña que, más que un programa económico, es un plan de refundación social, un sistema filosófico, sociológico, político, un esquema integral reaccionario que procura frenar los avances democráticos y combatir la igualdad social.

La piedra angular neoliberal es la idea de la desigualdad.

Se nos quiere convencer de que gracias a ella el hombre salió de las cavernas y llegó a construir la “magnífica” civilización actual. La caricatura no es mía, es una cita de Camino de servidumbre (1944), obra de Friedrich Hayek (Austria, 1899-Alemania, 1992), defensor de la economía de libre mercado. Según él, la humanidad evolucionó hasta aquí porque siempre fue dispar, porque la desigualdad, al acicatear el espíritu de competencia, mueve la rueda del progreso. Ese es el principio del neoliberalismo: un precepto antagónico, incompatible con la democracia.

A contracorriente

Nuestros gobiernos y pueblos, ¿están listos para un mundo sin neoliberalismo?

Unos pocos gobiernos latinoamericanos, los de Cuba y Venezuela, están preparados. La pregunta es si están listos los pueblos. El neoliberalismo impuso su programa porque ganó antes la batalla de ideas, convenció a todos de que una empresa privada es mejor que una pública, persuadió a las mayorías de que el Estado es mal administrador, cuando igual puede ser al revés. Victorias de este tipo permitieron que de la noche a la mañana se privatizaran muchas empresas. Debemos preparar a los pueblos para la batalla de ideas, como lo viene haciendo Cuba. Entre las metas del Movimiento de los Sin Tierra y del Foro Social Mundial en Brasil, de los piqueteros en la Argentina, o del Zapatismo en México, está librar esa lucha ideológica. Dicho propósito habita en el terreno de lo factible, lo nuestro no es un delirio, no estamos pensando en la cuadratura del círculo, sino en cosas concretas, que se podrían hacer si existiese voluntad política.

En esa pelea, ¿qué importancia reviste el experimento argentino?

En 1998 el director saliente del FMI, Michael Candessús, aseveró que la Argentina había sido la mejor alumna del Fondo, y en honor de la gestión del presidente Menen, lo invitó a la Asamblea Conjunta del Fondo y el Banco para que impartiera la conferencia de cierre. Hoy, siete años más, podemos decir, “¡acá está la mejor alumna!, ¡fíjense a qué debacle la llevaron!” Basándonos en el mal ejemplo argentino, demostrativo de adónde puede conducirnos el apego a la ortodoxia, hoy pasamos a una contra ofensiva ideológica, cosa que antes habría sido imposible.

Ganando la batalla de ideas, ¿resolveríamos todo?

Las tesis económicas del capitalismo se superan con la práctica histórica. En la medida en que nuestros países avancen en políticas contrarias al neoliberalismo, aquellas caerán en bancarrota. Solo que EE.UU. y las grandes potencias imperialistas mundiales jamás reconocerían su fracaso, pensar que pudiesen hacerlo sería una ilusión, no estamos en un partido de ajedrez entre dos caballeros, ellos nunca admitirían que sus modelos son equivocados, y que no conducen al bienestar ni al desarrollo de los pueblos. A la par de la batalla ideológica, deberíamos avanzar en el campo de la praxis histórica, y dicho avance, ya lo sabemos, es difícil, ¡es a contracorriente!

En el sentido opuesto seguirían “fluyendo” los grandes medios de comunicación.

Exacto, que están monopolizados y controlados por el capital financiero internacional y sus aliados locales. Opiniones como las mías, o como las de Erick Toussaint, Rigoberta Menchú, Adolfo Pérez Esquivel, Phil Brenner, y otros, ¡en la vida llegan a la gran prensa! Ahí está el caso de Noam Chomsky, lingüista y politólogo de autoridad mundial. Hace unos cuantos años que el New York Times le compró los derechos exclusivos para la reproducción de sus artículos en todo el mundo a cambio de una suma que el profesor Chomsky dona regularmente a cuantas buenas causas se libran en el planeta. ¿Y qué hace el New York Times con los trabajos de Chomsky, qué hace, por ejemplo, con las notas explicativas de cómo la política de EE.UU. hacia Israel fomentó el brote del fascismo en ese Estado del Cercano Oriente? Las archiva, no las publica, impide que la voz del intelectual sea escuchada dentro de los EE.UU.

Con todo, en la lid contra el neoliberalismo, ¿avanzaríamos en el campo de la praxis?

¿Quién dice que no? Si como ya dije, hablando de política tributaria, en un plazo de cinco años el impuesto sobre las ganancias empresariales se elevara, por ejemplo, en Brasil, hasta un 15 % del PIB, el tesoro público de ese país recibiría una enorme cantidad de dinero para desarrollar políticas de promoción social, combate efectivo a la pobreza, equilibrios regionales... No hay que aceptar el chantaje escondido tras la hipótesis de que la izquierda no tiene alternativas, ¡las tenemos! Solo que ya no podemos aplicar los modelos adoptados en la antigua URSS y otros países del este europeo: dichos patrones fueron superados por la historia. ¿Hay vida después del neoliberalismo?, reza y cuestiona el título de una de mis ponencias. ¡Mi respuesta es positiva, con propuestas concretas y factibles de realizar de inmediato!

¿Entonces lo nuestro no es un delirio?

¡Por supuesto!: si al grupo de expertos que asistimos al Encuentro se nos pidiera crear un programa de reconstrucción económica de Brasil, de Argentina, o de México, nos bastarían tres horas para tenerlo listo: ya todo ha sido dicho, sabemos bien qué debemos hacer, las innovaciones que deben introducirse están muy claras. Solo nos falta la voluntad política y una correlación de fuerzas favorables para ponerlas en práctica.

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