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Mi
amigo Franz se ha vuelto una cucaracha. Yo sé que él
podría tener una idea peor del asunto, pero, acaso, uno
no es siempre víctima de las transformaciones
cotidianas. No es tan malo ser una cucaracha, peor sería
que no respetáramos las ilusiones o estuviésemos en
peligro de hacerlas reales.
Mi
amigo Franz me llamó por teléfono para decírmelo. Él
vive cerca, cuatro o cinco cuadras, cree con espanto en
quienes lo ajustarían a la alarma masiva, a la ubicuidad
de lo anormal. Puede ser, le digo, uno no enmascara cada
día nuestros actos, a pesar de las exaltaciones y de que
la gente no se acostumbra a eso. Me dijo que necesitaba
verme (o en el ángulo de la verdad cabría solo la
esencia de lo contrario: verlo yo: visualizar un
descubrimiento) porque, quizás, el asunto podría
achicarse en la voluntad de mi amigo para que comprobara
su fijación como monstruo. Si es que una cucaracha
pudiese serlo. Qué tamaño tendría mi amigo Franz
cucaracha (¿participaría de un vuelo fragmentado, ciego
casi, o transitaría con una movilidad todopoderosa los
rincones de su cuarto y de su casa?), con qué repulsión
asecharía a las personas (¿y con cuál lo podría rechazar
yo, confeso de un asco hacia todas las cucarachas?).
Mi
amigo Franz tiene en los pómulos unas verrugas color del
tabaco, una boca achicada y la verdosa espuma que puede
caer. En vez de alas, de sus brazos, penden unos cuantos
hilos, cordones, que aunque me resisto a creer
artificiales, sí dan la nota del desgano con que
construyeron su nuevo hospedero. Podría ser una
cucaracha perfecta (aunque las palabras fueran a
remolque de una dignidad de los términos y la perfección
vagara sin entusiasmo por cualquier bicho extraño) y,
sin embargo, es solo una copia mal hecha. Claro, tiene
un tamaño normal, o sea, el de la propia cucaracha, de
esa manera tengo que agacharme para poder escuchar a mi
amigo Franz, que pudo llamar por teléfono de una forma
casi increíble. Pulsó las teclas dando saltos
acrobáticos sobre ellas y luego su voz fue el resultado
de unos poderosos gritos que le desgarraron la garganta.
Lo más difícil fue levantar el auricular; tuvo que, con
inusitada energía, utilizar la famosa palanca del
griego, palanca que no fue más que un bolígrafo que mi
amigo Franz antes usaba, porque si no lo dije, él es
escritor, yo también, es decir, compartimos una misma
intrascendencia y unos mismos afanes, aunque, en honor a
la verdad, (los vínculos aparte, y la verdad aún sin que
valga la pena), los poemas de Franz son una especie de
remanso de paz, un redil de auxilio para las ovejas
descarriadas, y los míos pulsan un reencuentro con lo
contrario: descienden al infierno, a las ascuas del
Apocalipsis. Ninguno de los dos ha saltado de un
anonimato engañoso, pero también fortaleciente; no hemos
publicado libros, a pesar de que Franz, al menos él,
amontona una vitalidad casi tortuosa e inaccesible,
padece la literatura, sus cuentos naufragan ateridos a
la tuberculosis, a la fiebre letal que contrae en las
altas y empedernidas horas ante los libros.
Mi
amigo Franz sabe que es imposible soportar una
existencia así, ya no habrá más literatura, ni novias,
ni viajes por la ciudad, ni películas de Bergman (porque
ninguna cucaracha podría ser un intermedio al deleite de
ver el cine desde el lomo de la poesía).
Y si
uno estuviera menos humillado con las promesas de
resurrección o reencarnación, es probable, que ser lo
que ahora es mi amigo Franz fuese un cambio de juego, un
divertimento insaciable.
Llevo
una mañana recostado al piso y en mi oreja izquierda una
cucaracha me confía sus sueños de hombre. Ha de ser
terrible para Franz, quizás tenga que hablar a solas, o
esconderse. Sus padres no lo hallarían, toda búsqueda
terminaría en la suposición amarga e infructuosa.
Le he
dicho que no puedo seguir así, quiere que lo lleve para
mi casa, pero ¿no viviría en el peligro de morir
aplastado por mis madres y mis hermanos? La literatura,
hermano, ¿y la literatura?, me dice con la
consternación.
Y tal
vez por eso mismo, amigo Franz, por estas mismas
circunstancias que vienen a uno como si Dios lo hubiese
decidido, me levanto, flexiono una rodilla y ahogo el
giro de un pie sobre un vacío que terminará en la
espalda del hombre, o de la cucaracha que no podrá
fruncir las cejas, ni levantar el labio, ni corroerse
sobre una literatura que ahora será mía. |