Año IV
La Habana
2005

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El escrúpulo
Carlos Esquivel Guerra


Mi amigo Franz se ha vuelto una cucaracha. Yo sé que él podría tener una idea peor del asunto, pero, acaso, uno no es siempre víctima de las transformaciones cotidianas. No es tan malo ser una cucaracha, peor sería que no respetáramos las ilusiones o estuviésemos en peligro de hacerlas reales.

Mi amigo Franz me llamó por teléfono para decírmelo. Él vive cerca, cuatro o cinco cuadras, cree con espanto en quienes lo ajustarían a la alarma masiva, a la ubicuidad de lo anormal. Puede ser, le digo, uno no enmascara cada día nuestros actos, a pesar de las exaltaciones y de que la gente no se acostumbra a eso. Me dijo que necesitaba verme (o en el ángulo de la verdad cabría solo la esencia de lo contrario: verlo yo: visualizar un descubrimiento) porque, quizás, el asunto podría achicarse en la voluntad de mi amigo para que comprobara su fijación como monstruo. Si es que una cucaracha pudiese serlo. Qué tamaño tendría mi amigo Franz cucaracha (¿participaría de un vuelo fragmentado, ciego casi, o transitaría con una movilidad todopoderosa los rincones de su cuarto y de su casa?), con qué repulsión asecharía a las personas (¿y con cuál lo podría rechazar yo, confeso de un asco hacia todas las cucarachas?).

Mi amigo Franz tiene en los pómulos unas verrugas color del tabaco, una boca achicada y la verdosa espuma que puede caer. En vez de alas, de sus brazos, penden unos cuantos hilos, cordones, que aunque me resisto a creer artificiales, sí dan la nota del desgano con que construyeron su nuevo hospedero. Podría ser una cucaracha perfecta (aunque las palabras fueran a remolque de una dignidad de los términos y la perfección vagara sin entusiasmo por cualquier bicho extraño) y, sin embargo, es solo una copia mal hecha. Claro, tiene un tamaño normal, o sea, el de la propia cucaracha, de esa manera tengo que agacharme para poder escuchar a mi amigo Franz, que pudo llamar por teléfono de una forma casi increíble. Pulsó las teclas dando saltos acrobáticos sobre ellas y luego su voz fue el resultado de unos poderosos gritos que le desgarraron la garganta. Lo más difícil fue levantar el auricular; tuvo que, con inusitada energía, utilizar la famosa palanca del griego, palanca que no fue más que un bolígrafo que mi amigo Franz antes usaba, porque si no lo dije, él es escritor, yo también, es decir, compartimos una misma intrascendencia y unos mismos afanes, aunque, en honor a la verdad, (los vínculos aparte, y la verdad aún sin que valga la pena), los poemas de Franz son una especie de remanso de paz, un redil de auxilio para las ovejas descarriadas, y los míos pulsan un reencuentro con lo contrario: descienden al infierno, a las ascuas del Apocalipsis. Ninguno de los dos ha saltado de un anonimato engañoso, pero también fortaleciente; no hemos publicado libros, a pesar de que Franz, al menos él, amontona una vitalidad casi tortuosa e inaccesible, padece la literatura, sus cuentos naufragan ateridos a la tuberculosis, a la fiebre letal que contrae en las altas y empedernidas horas ante los libros.

Mi amigo Franz sabe que es imposible soportar una existencia así, ya no habrá más literatura, ni novias, ni viajes por la ciudad, ni películas de Bergman (porque ninguna cucaracha podría ser un intermedio al deleite de ver el cine desde el lomo de la poesía).

Y si uno estuviera menos humillado con las promesas de resurrección o reencarnación, es probable, que ser lo que ahora es mi amigo Franz fuese un cambio de juego, un divertimento insaciable.

Llevo una mañana recostado al piso y en mi oreja izquierda una cucaracha me confía sus sueños de hombre. Ha de ser terrible para Franz, quizás tenga que hablar a solas, o esconderse. Sus padres no lo hallarían, toda búsqueda terminaría en la suposición amarga e infructuosa.

Le he dicho que no puedo seguir así, quiere que lo lleve para mi casa, pero ¿no viviría en el peligro de morir aplastado por mis madres y mis hermanos? La literatura, hermano, ¿y la literatura?, me dice con la consternación.

Y tal vez por eso mismo, amigo Franz, por estas mismas circunstancias que vienen a uno como si Dios lo hubiese decidido, me levanto, flexiono una rodilla y ahogo el giro de un pie sobre un vacío que terminará en la espalda del hombre, o de la cucaracha que no podrá fruncir las cejas, ni levantar el labio, ni corroerse sobre una literatura que ahora será mía.

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