Año IV
La Habana
2005

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Todas las variantes del musical,
y del documental
Joel del Río La Habana


No se discuta más el asunto. Se ha demostrado que contamos con un cine musical valioso y diverso, y valga como apoyo a tal axioma el ciclo Nosotros, la música, año 46. Si todos estamos de acuerdo en que el documental es un género sin el cual no puede concebirse la historia del cine, pues entonces, por lógica, podemos afirmar que es imposible relatar los azares y las fortunas del cine cubano sin contar con algunas de estas notables piezas donde lo testimonial se vincula al universo musical.

Por lamentables prejuicios de los críticos, del público, e incluso de la misma gente de cine, muchos de estos documentales no contaron en su momento ni siquiera de unas cuantas palabras de apreciación en los medios, y fueron colocados a manera de “relleno”, antes de la película de verdad, es decir la obra de ficción. Y es una pena que haya ocurrido de ese modo porque algunos de estos títulos sobrepujan en valores y trascendencia a muchas de aquellas ficciones a las cuales debían escoltar y servir. Por lo menos a estos documentales no les falta la avidez por insertarse de forma inequívoca en un contexto artístico y cultural de magnos valores.

A Rita Montaner, cuyo arte expresó “hasta el hondón humano lo verdaderamente nuestro; La Única, pues solo ella, y nadie más ha hecho del solar habanero, de la calle cubana, una categoría universal”, según la definiera Nicolás Guillén, se han dedicado al menos dos importantes obras documentales que es posible volver a ver en este ciclo: Rita, de diecinueve minutos, y realizado en 1980, por el subestimado Oscar Valdés (que presenta una síntesis biográfica, con guión y narración de Miguel Barnet, sobre la gran artista cubana, valiéndose de fotos, discos y opiniones de quienes la conocieron) y Con todo mi amor, Rita, de cincuenta y nueve minutos, y realizado veinte años después, que se permitió las ventajas de una investigación acuciosa y un punto de vista más personal.

En nuestro cine musical-documental aparece con frecuencia la fórmula del retrato audiovisual del artista. De este modo, se recurre al archivo fotográfico, y a los quinescopios, si no se cuenta ya con la presencia del homenajeado, o si todavía está entre los vivos y se encuentra dispuesto, pues entonces se echa mano a entrevistar al mismo protagonista, o a importantes personajes que lo han rodeado a lo largo de su fructífera carrera. Entre estos retratos de célebres artistas se cuentan los dos documentales sobre Rita Montaner ya mencionados, además de que en este ciclo aparecen también tres obras de esta tendencia realizadas coincidentemente en 1983: Lecuona, dirigida también por Oscar Valdés; Que levante la mano la guitarra, realizado por Víctor Casaus en el mismo 1983, y Omara, consagración en el documental de Fernando Pérez antes que llegaran los posteriores lauros de Clandestinos, Madagascar o Suite Habana. Otros documentales más o menos biográficos son Que bueno canta usted, dedicado por supuesto a Benny Moré, Celeste Mendoza, Estado de gracia (dedicado a Silvio Rodríguez), Así como soy, que se consagra a recorrer vida y obra de Noel Nicola; algo parecido hace el realizador Ismael Perdomo con Pedro Luis Ferrer en No me voy a defender, y algunos otros.

Quienes evalúan la década de los años ochenta como un periodo de populismos intrascendentes de seguro no tienen en cuenta que nunca, ni antes ni después, nuestro cine alcanzó similar riqueza temática y genérica, nunca más alcanzaría nuestro cine tan activo y consciente intercambio con la cultura popular, particularmente con los baluartes reconocibles de la música y del baile. Porque si bien hubo, hay, un cine musical cubano, tampoco puede negarse el componente de la danza, altamente significativo en un país como el nuestro donde el baile forma parte de la cotidianidad y de las esencias. En esta vertiente se presentan el muy premiado Historia de un ballet (Suite Yoruba), realizado en 1962 por José Massip, así como La rumba (1978) y El danzón (1979), ambos de Oscar Valdés —verdadero especialista en el género musical—, Obataleo (1988) de Humberto Solás, dedicado al trabajo de fusión del grupo Síntesis.

Aparte de las biografías documentales y las crónicas de los ritmos bailables, están las obras de un marcado carácter observacional, didáctico o informativo, como La herrería de Sirique, de Héctor Veitía; ...Y tenemos sabor, de Sara Gómez; Nostalgia del chachachá, de Miguel Torres y Sobre la canción política, de Bernabé Hernández, entre otros, amén de esos grandes títulos dedicados a presentar la antología ilustrada de un determinado género musical, o de algún momento de particular importancia cultural. En esta categoría clasifican los excelentes Nosotros, la música (1963) de Rogelio Paris; Hablando del punto cubano (1972) de Octavio Cortázar; ¿De dónde son los cantantes? (1976) de Luis Felipe Bernaza; Yo soy del son a la salsa (1996) de Rigoberto López; Jazz de Cuba (2003) de Rolando Almirante y Elizabeth Griñán.

De título en título, puede comprobarse, para quienes tengan dudas, de que estos documentales cabemos nosotros todos, la música, y buena parte de la cultura popular de este país durante los últimos cincuenta años.

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