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No se discuta más el asunto. Se ha demostrado que
contamos con un cine musical valioso y diverso, y valga
como apoyo a tal axioma el ciclo Nosotros, la música,
año 46. Si todos estamos de acuerdo en que el
documental es un género sin el cual no puede concebirse
la historia del cine, pues entonces, por lógica, podemos
afirmar que es imposible relatar los azares y las
fortunas del cine cubano sin contar con algunas de estas
notables piezas donde lo testimonial se vincula al
universo musical.
Por lamentables
prejuicios de los críticos, del público, e incluso
de la misma gente de cine, muchos de estos
documentales no contaron en su momento ni siquiera
de unas cuantas palabras de apreciación en los
medios, y fueron colocados a manera de “relleno”,
antes de la película de verdad, es decir la obra de
ficción. Y es una pena que haya ocurrido de ese modo
porque algunos de estos títulos sobrepujan en
valores y trascendencia a muchas de aquellas
ficciones a las cuales debían escoltar y servir. Por
lo menos a estos documentales no les falta la avidez
por insertarse de forma inequívoca en un contexto
artístico y cultural de magnos valores.
A Rita
Montaner, cuyo arte expresó “hasta el hondón humano lo
verdaderamente nuestro; La Única, pues solo ella, y
nadie más ha hecho del solar habanero, de la calle
cubana, una categoría universal”, según la definiera
Nicolás Guillén, se han dedicado al menos dos
importantes obras documentales que es posible volver a
ver en este ciclo: Rita, de diecinueve minutos, y
realizado en 1980, por el subestimado Oscar Valdés (que
presenta una síntesis biográfica, con guión y narración
de Miguel Barnet, sobre la gran artista cubana,
valiéndose de fotos, discos y opiniones de quienes la
conocieron) y Con todo mi amor, Rita, de
cincuenta y nueve minutos, y realizado veinte años
después, que se permitió las ventajas de una
investigación acuciosa y un punto de vista más personal.
En
nuestro cine musical-documental aparece con frecuencia
la fórmula del retrato audiovisual del artista. De este
modo, se recurre al archivo fotográfico, y a los
quinescopios, si no se cuenta ya con la presencia del
homenajeado, o si todavía está entre los vivos y se
encuentra dispuesto, pues entonces se echa mano a
entrevistar al mismo protagonista, o a importantes
personajes que lo han rodeado a lo largo de su
fructífera carrera. Entre estos retratos de célebres
artistas se cuentan los dos documentales sobre Rita
Montaner ya mencionados, además de que en este ciclo
aparecen también tres obras de esta tendencia realizadas
coincidentemente en 1983: Lecuona, dirigida
también por Oscar Valdés; Que levante la mano la
guitarra, realizado por Víctor Casaus en el mismo
1983, y Omara, consagración en el documental de
Fernando Pérez antes que llegaran los posteriores lauros
de Clandestinos, Madagascar o Suite
Habana. Otros documentales más o menos biográficos
son Que bueno canta usted, dedicado por supuesto
a Benny Moré, Celeste Mendoza, Estado de
gracia (dedicado a Silvio Rodríguez), Así como
soy, que se consagra a recorrer vida y obra de Noel
Nicola; algo parecido hace el realizador Ismael Perdomo
con Pedro Luis Ferrer en No me voy a defender, y
algunos otros.
Quienes evalúan la década de los años ochenta como un
periodo de populismos intrascendentes de seguro no
tienen en cuenta que nunca, ni antes ni después, nuestro
cine alcanzó similar riqueza temática y genérica, nunca
más alcanzaría nuestro cine tan activo y consciente
intercambio con la cultura popular, particularmente con
los baluartes reconocibles de la música y del baile.
Porque si bien hubo, hay, un cine musical cubano,
tampoco puede negarse el componente de la danza,
altamente significativo en un país como el nuestro donde
el baile forma parte de la cotidianidad y de las
esencias. En esta vertiente se presentan el muy premiado
Historia de un ballet (Suite Yoruba), realizado
en 1962 por José Massip, así como La rumba (1978)
y El danzón (1979), ambos de Oscar Valdés
—verdadero especialista en el género musical—,
Obataleo (1988) de Humberto Solás, dedicado al
trabajo de fusión del grupo Síntesis.
Aparte
de las biografías documentales y las crónicas de los
ritmos bailables, están las obras de un marcado carácter
observacional, didáctico o informativo, como La
herrería de Sirique, de Héctor Veitía; ...Y
tenemos sabor, de Sara Gómez; Nostalgia del
chachachá, de Miguel Torres y Sobre la canción
política, de Bernabé Hernández, entre otros, amén de
esos grandes títulos dedicados a presentar la antología
ilustrada de un determinado género musical, o de algún
momento de particular importancia cultural. En esta
categoría clasifican los excelentes Nosotros, la
música (1963) de Rogelio Paris; Hablando del
punto cubano (1972) de Octavio Cortázar; ¿De
dónde son los cantantes? (1976) de Luis Felipe
Bernaza; Yo soy del son a la salsa (1996) de
Rigoberto López; Jazz de Cuba (2003) de Rolando
Almirante y Elizabeth Griñán.
De
título en título, puede comprobarse, para quienes tengan
dudas, de que estos documentales cabemos nosotros todos,
la música, y buena parte de la cultura popular de este
país durante los últimos cincuenta años. |