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Era algo así como 1972 ó 73 y estábamos muchos
estudiantes de toda Cuba en un congreso. La Habana linda
y para muchos extraña, nueva. Yo toqué las manos, miré
los ojos, rocé el pelo, me encanté (o fue mutuo el
hechizo de pasillo y guaguita escolar) de una mulata
clara y de Baracoa. Lo del adjetivo era por la piel, el
nombre, coincidente con una palabra de moda en esos
días: modesta. Y sí, parecía humilde, limpia, sana,
calificativos que prefiero. El caso es que la última
noche nos hicieron una fiesta y allí estaban los
entonces muy jóvenes y recientes Van Van. Adoré la
caricia de los violines, el ritmo que casi duele en el
corazón, pero no me atreví a mover un pie. Mi amiga, más
modesta que nunca, se mantuvo cerca y también inmóvil.
Los he seguido
oyendo y disfrutando a lo largo de las tres décadas
siguientes. A un primo de Canarias le mandé un
cassette (esa antigualla) y le advertí que se lo
tomara con calma. Por allá, entre mucha gente, la
idea de la música cubana es más cadenciosa, menos
torrencial. Además, fuera de contexto, Van Van no
deja ver su perenne vocación de crónica social
urbana, su estar en la última de la calle. Como
otros de nuestros mejores grupos recogen del
palpitar de la gente de a pie y, a su vez,
amplifican frases y dicharachos al devolverlos en
envase bailable.
En mi obra
Penumbra en el noveno cuarto los personajes se dicen
algunas cositas que se parecen a las que se les han
ocurrido al gran Formell, a Pupy Pedroso, a Pedrito u
otro de los cantantes en todos estos años. Pero sobre
todo cité esa frase shakespereana de una de sus
canciones, aquello de “Lo que a mí me causa pena / es mi
problema...”. Uno lo oye rápido, lo baila, lo goza... ¡y
ya!, pero detrás está la sobriedad criolla ante la
desgracia, la dignidad del sufrir callado que Martí
definía ejemplarmente en los versos sencillos: “Vierte
corazón tu pena/ donde no te puedan ver”. Y eso ha sido
y es Van Van, alivio a la pena, conflicto tocado de
costado, como en broma, pero acusando recibo del sentir
de muchos.
Confieso que ―a pesar
de mi sordera musical y de ser un patón muy serio― tengo
otros grupos que disfruto desde la punta al cabo. Esa
Original de Manzanillo, diciéndole, sin teque, al
barrendero que siga barriendo con tremendo swing, o
aclarando que “todos tenemos un poquito/ un poquitico de
muchachos”. Y también quiero al Tosco y su NG en mi
novena. La canción del maletín entró a formar parte del
diccionario de mi barrio y de media Habana. Después del
alarde de gracia, queda claro que desde que movimos el
cuerpo con esa obra de NG, cuando tienes un problema y
quieres echarle la responsabilidad a otro, recibirás
como respuesta: “Ese es tu maletín, mi hermano”.
Hace unas pocas
noches Van Van estuvo un buen rato en la televisión y le
rindieron homenaje. A esa hora estaba apurado, con
deudas de trabajo y no estaba ―como dirían los abuelos―
“pa´l paso” de la música. Pero no pude despegarme hasta
el final de la descarga hasta que ellos proclamaron:
“chirrín, chirrán, que ya se acabó”. |