Año IV
La Habana
2005

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LO QUE A MI ME CAUSA PENA...
Amado del Pino
La Habana

 
Era algo así como 1972 ó 73 y estábamos muchos estudiantes de toda Cuba en un congreso. La Habana linda y para muchos extraña, nueva. Yo toqué las manos, miré los ojos, rocé el pelo, me encanté   (o fue mutuo el hechizo de pasillo y guaguita escolar) de una mulata clara y de Baracoa. Lo del adjetivo era por la piel, el nombre, coincidente con una palabra de moda en esos días: modesta. Y sí, parecía humilde, limpia, sana, calificativos que prefiero. El caso es que la última noche  nos hicieron una fiesta y allí estaban los entonces muy jóvenes y recientes Van Van. Adoré la caricia de los violines, el ritmo que casi duele en el corazón, pero no me atreví a mover un pie. Mi amiga, más modesta que nunca, se mantuvo cerca y también inmóvil.

Los he seguido oyendo y disfrutando a lo largo de las tres décadas siguientes. A un primo de Canarias le mandé un cassette (esa antigualla) y le advertí que se lo tomara con calma. Por allá, entre mucha gente, la idea de la música cubana es más cadenciosa, menos torrencial. Además, fuera de contexto, Van Van no deja ver su perenne vocación de crónica social urbana, su estar en la última de la calle. Como otros de nuestros mejores grupos recogen del palpitar de la gente de a pie y, a su vez, amplifican frases y dicharachos al devolverlos en envase bailable.

En mi obra Penumbra en el noveno cuarto los personajes se dicen algunas cositas que se parecen a las que se les han ocurrido al gran Formell, a Pupy Pedroso, a Pedrito u otro de los cantantes en todos estos años. Pero sobre todo cité esa frase shakespereana de una de sus canciones, aquello de “Lo que a mí me causa pena / es mi problema...”. Uno lo oye rápido, lo baila, lo goza... ¡y ya!, pero detrás está la sobriedad criolla ante la desgracia, la dignidad del sufrir callado que  Martí definía ejemplarmente en los versos sencillos: “Vierte corazón tu pena/ donde no te puedan ver”.  Y eso ha sido y es Van Van, alivio a la pena, conflicto tocado de costado, como en broma, pero acusando recibo del sentir de muchos.

Confieso que ―a pesar de mi sordera musical y de ser un patón muy serio― tengo otros grupos que disfruto desde la punta al cabo. Esa Original de Manzanillo, diciéndole, sin teque, al barrendero que siga barriendo con tremendo swing, o aclarando que “todos tenemos un poquito/ un poquitico de muchachos”. Y también quiero al Tosco y su NG en mi novena. La canción del maletín entró a formar parte del diccionario de mi barrio y de media Habana. Después del alarde de gracia, queda claro que desde que movimos el cuerpo con esa obra de NG, cuando tienes un problema y quieres echarle la responsabilidad a otro, recibirás como respuesta: “Ese es tu maletín, mi hermano”.

Hace unas pocas noches Van Van estuvo un buen rato en la televisión y le rindieron homenaje. A esa hora estaba apurado, con deudas de trabajo y no estaba ―como dirían los abuelos― “pa´l paso” de la música. Pero no pude despegarme hasta el final de la descarga hasta que ellos proclamaron: “chirrín, chirrán, que ya se acabó”.

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