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2005

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Ravenet revisitado
Israel Castellanos León
La Habana


La celebración comenzó, en realidad, mucho antes del centenario de Domingo Ravenet, que en este mes de mayo (justamente el de su natalicio) se conmemoró en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) con una exposición homenaje titulada Ravenet múltiple...

El caso es que ya en septiembre de 2003 había dado inicio el programa de actividades para rememorar un acontecimiento tan simbólico para las artes plásticas cubanas. Entonces, un acucioso investigador de la obra de este creador (Antonio Fernández Seoane), organizó dos exposiciones en la Capilla de los Mártires (otrora capilla de la Real Cárcel de La Habana), donde en 1942 Ravenet iniciara la ejecución de un proyecto de pinturas murales al fresco. Una de esas muestras consistía precisamente en exhibir la documentación escrita y gráfica de ese empeño inconcluso (por insuficiencia de presupuesto). La otra exhibición desplegaba tres esculturas metálicas de salón realizadas por Ravenet en los años 50 y ocho pinturas también abstractas, realizadas por el mismo autor en la década siguiente.

Varias de ellas, ahora en una sala del Edificio de Arte Cubano del MNBA, forman parte de unas 50 obras, realizadas entre 1922 (con apenas 17 años de edad) y hasta el mismo año de su muerte (1969). Esas otras piezas que exponen la diversidad creativa de Ravenet son dibujos, grabados, cerámicas, fotografías que documentan su obra y proyectos de murales, pertenecientes a los fondos del MNBA, a coleccionistas privados y, sobre todo, a su hija (Mariana).

Pero en un repertorio temático dilatado que incluye el retrato, el desnudo, la recreación de temas mitológicos, las escenas rurales, la interpretación del paisaje y del campesinado cubano (entre otros acercamientos a la naturaleza vegetal, al hombre y a los animales), la abstracción pictórica y escultórica continúa siendo la vertiente más significativa de su producción artística.

Así lo reconoció el organizador de esta otra muestra (el mismo Antonio Fernández Seoane), quien afirmó en el catálogo que la pintura hecha por Ravenet en los ‘60 (como la serie Ambos mundos) había aportado a la plástica cubana “un expresionismo abstracto de orientación gestual y matérica, esta última de manera precursora” en el contexto nacional, y que había tenido seguidores. Y sobre la escultura de salón o de pequeño formato aseveró que: “la varilla de hierro forjada o fundida en elementos formales puros, daban en la década de los años 50, cuando se gestaba la acción del grupo Los Once (…), todo un espectro de abstracción, muy adelantado para la época”, según lo atestiguaban piezas como “Abanicos”, “Órbitas”, “Azul” o “Mástil”. Y el reconocido crítico de artes plásticas Guy Pérez Cisneros, quien inauguró una exposición de Ravenet tres meses después de que expusieran en el mismo lugar Los Once (La Rampa, 1953), apreció en las esculturas de Ravenet “espacios abstractos”, “ritmos puros sin asociaciones de ideas” y “geometría limpia, nítida”.[1]   

Y también reparó en la obra escultórica de Ravenet uno de los artistas cubanos que practicó la abstracción pictórica en Europa en los años ’30, y expuso algunas de ellas en las antológicas exposiciones que Ravenet y Guy Pérez Cisneros organizaron en 1940 en la Universidad de La Habana: Marcelo Pogolotti.

Colaborador habitual del periódico cubano El Mundo, Pogolotti reseñó allí una de las esculturas ambientales de Ravenet, expuesta en el MNBA gracias a la reproducción fotográfica: la Fuente de las Antillas, que Pogolotti nombró “El nacimiento de las Antillas” en las páginas de ese importante diario. [2] Luego de especular sobre la actitud del público ante ese conjunto escultórico emplazado transitoriamente en el Parque Central habanero en abril de 1950, Pogolotti lo describió, valoró sus cualidades formales y poéticas y ponderó la feliz conjunción de idea y realización. Para este artista de la plástica y crítico de artes visuales, esa creación de Ravenet era un exponente de la calidad alcanzada por la escultura cubana, a la que situó en el primer lugar del continente, haciéndose eco de la opinión emitida por el catedrático cubano Dr. Luis de Soto tras un “exhaustivo viaje” por la región.

Al analizar esta escultura (que obtuvo Diploma de Oro en 1949), Pogolotti elogió cómo se fundían en ella las aptitudes escultóricas y pictóricas de Domingo Ravenet. Y aprovechó la ocasión para teorizar de manera puntual: “el escultor ‘hace’, al paso que el pintor, de cierto modo, solo ‘representa’”.[3]

A lo largo del texto, Pogolotti jugó con el simbolismo de la obra, no solo por el tema que representaba, sino también porque estaba destinada a “adornar” el frente del Pabellón Cubano en una exposición conmemorativa por el bicentenario de la fundación de la capital haitiana, en un edificio que luego debía convertirse en la embajada cubana. Como expresó hacia el final del artículo: “en este caso hay algo de más puramente artístico que se conjuga con un mensaje de solidaridad más fino y profundo. El bronce sugiere lo durable, y así queremos que sea nuestra amistad con Haití”.[4]

Pogolotti también informó brevemente sobre la formación artística de Ravenet, desconocida por un público disímil que de ese modo aquilataría mejor, más integralmente, la significación de esa obra de arte.

Darlo a conocer un poco mejor a partir de este homenaje por el centenario de su natalicio, es el objetivo fundamental de la exposición Ravenet múltiple… que tiene como actividades colaterales: una muestra de grabados del artista en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana (del cual fue miembro fundador), el estreno del documental Ravenet (escrito y dirigido por la realizadora cubana Niurka Pérez), y la exhibición en la Biblioteca Nacional José Martí de catálogos de exposiciones realizadas en Cuba y en el extranjero, y en cuya organización desempeñó un rol protagónico Domingo Ravenet, quien tempranamente reivindicó el patrimonio de las artes plásticas locales y universales, y fue de los pioneros en promover la creación de la vanguardia criolla fuera del contexto nacional.

Ojalá estas acciones mancomunadas reivindiquen la memoria y los aportes del pintor que fue uno de los iniciadores de la modernidad visual en Cuba, resultó galardonado por el excelente retrato “Ligeia” en el Salón Nacional de Pintura y Escultura de 1935, fue promotor de la pintura mural en nuestro país y orientador en el Estudio Libre de Pintura y Escultura en 1937 (junto con Eduardo Abela, Rita Longa, René Portocarrero, y del que emergió Ruperto Jay Matamoros, Premio Nacional de Artes Plásticas). Obras de este artista que estudió pintura en los museos El Louvre, de París y El Prado, de Madrid se encuentran en colecciones de instituciones tan importantes como el Museo de Arte moderno de Nueva York (MoMA) y nuestro MNBA.     

NOTAS:
 

[1] Cfr. Pérez Cisneros, Guy. Las estrategias de un crítico”. La Habana, Edit. Letras Cubanas, 2000. 

[2] Pogolotti, Marcelo. “Nacimiento de Antillas”. En: El Mundo, La Habana, 11 de abril de 1950, p. A-12

[3] Idem

[4] Idem

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