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La celebración
comenzó, en realidad, mucho antes del centenario de
Domingo Ravenet, que en este mes de mayo (justamente el
de su natalicio) se conmemoró en el Museo Nacional de
Bellas Artes (MNBA) con una exposición homenaje titulada
Ravenet múltiple...
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El caso es que ya en
septiembre de 2003 había dado inicio el programa de
actividades para rememorar un acontecimiento tan
simbólico para las artes plásticas cubanas. Entonces, un
acucioso investigador de la obra de este creador
(Antonio Fernández Seoane), organizó dos exposiciones en
la Capilla de los Mártires (otrora capilla de la Real
Cárcel de La Habana), donde en 1942 Ravenet iniciara la
ejecución de un proyecto de pinturas murales al fresco.
Una de esas muestras consistía precisamente en exhibir
la documentación escrita y gráfica de ese empeño
inconcluso (por insuficiencia de presupuesto). La otra
exhibición desplegaba tres esculturas metálicas de salón
realizadas por Ravenet en los años 50 y ocho pinturas
también abstractas, realizadas por el mismo autor en la
década siguiente.
Varias de ellas,
ahora en una sala del Edificio de Arte Cubano del MNBA,
forman parte de unas
50 obras, realizadas entre 1922 (con apenas 17 años de
edad) y hasta el mismo año de su muerte (1969). Esas
otras piezas que exponen la diversidad creativa de
Ravenet son dibujos, grabados, cerámicas, fotografías
que documentan su obra y proyectos de murales,
pertenecientes a los fondos del MNBA, a coleccionistas
privados y, sobre todo, a su hija (Mariana).
Pero
en un repertorio temático dilatado que incluye el
retrato, el desnudo, la recreación de temas mitológicos,
las escenas rurales, la interpretación del paisaje y del
campesinado cubano (entre otros acercamientos a la
naturaleza vegetal, al hombre y a los animales), la
abstracción pictórica y escultórica continúa siendo la
vertiente más significativa de su producción artística.
Así lo
reconoció el organizador de esta otra muestra (el mismo
Antonio Fernández Seoane), quien afirmó en el catálogo
que la pintura hecha por Ravenet en los ‘60 (como la
serie Ambos mundos) había aportado a la plástica
cubana “un expresionismo abstracto de orientación
gestual y matérica, esta última de manera precursora” en
el contexto nacional, y que había tenido seguidores. Y
sobre la escultura de salón o de pequeño formato aseveró
que: “la varilla de hierro forjada o fundida en
elementos formales puros, daban en la década de los años
50, cuando se gestaba la acción del grupo Los Once (…),
todo un espectro de abstracción, muy adelantado para la
época”, según lo atestiguaban piezas como “Abanicos”,
“Órbitas”, “Azul” o “Mástil”. Y el reconocido
crítico de artes plásticas Guy Pérez Cisneros, quien
inauguró una exposición de Ravenet tres meses después de
que expusieran en el mismo lugar Los Once (La Rampa,
1953), apreció en las esculturas de Ravenet “espacios
abstractos”, “ritmos puros sin asociaciones de ideas” y
“geometría limpia, nítida”.
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Y
también reparó en la obra escultórica de Ravenet uno de
los artistas cubanos que practicó la abstracción
pictórica en Europa en los años ’30, y expuso algunas de
ellas en las antológicas exposiciones que Ravenet y Guy
Pérez Cisneros organizaron en 1940 en la Universidad de
La Habana: Marcelo Pogolotti.
Colaborador habitual del periódico cubano El Mundo,
Pogolotti reseñó allí una de las esculturas ambientales
de Ravenet, expuesta en el MNBA gracias a la
reproducción fotográfica: la Fuente de las Antillas, que
Pogolotti nombró “El nacimiento de las Antillas”
en las páginas de ese importante diario.
Luego de
especular sobre la actitud del público ante ese conjunto
escultórico emplazado transitoriamente en el Parque
Central habanero en abril de 1950, Pogolotti lo
describió, valoró sus cualidades formales y poéticas y
ponderó la feliz conjunción de idea y realización. Para
este artista de la plástica y crítico de artes visuales,
esa creación de Ravenet era un exponente de la calidad
alcanzada por la escultura cubana, a la que situó en el
primer lugar del continente, haciéndose eco de la
opinión emitida por el catedrático cubano Dr. Luis de
Soto tras un “exhaustivo viaje” por la región.
Al analizar esta
escultura (que obtuvo Diploma de Oro en 1949), Pogolotti
elogió cómo se fundían en ella las aptitudes
escultóricas y pictóricas de Domingo Ravenet. Y
aprovechó la ocasión para teorizar de manera puntual:
“el escultor ‘hace’, al paso que el pintor, de cierto
modo, solo ‘representa’”.
A lo largo del texto,
Pogolotti jugó con el simbolismo de la obra, no solo por
el tema que representaba, sino también porque estaba
destinada a “adornar” el frente del Pabellón Cubano en
una exposición conmemorativa por el bicentenario de la
fundación de la capital haitiana, en un edificio que
luego debía convertirse en la embajada cubana. Como
expresó hacia el final del artículo: “en este caso hay
algo de más puramente artístico que se conjuga con un
mensaje de solidaridad más fino y profundo. El bronce
sugiere lo durable, y así queremos que sea nuestra
amistad con Haití”.
Pogolotti también
informó brevemente sobre la formación artística de
Ravenet, desconocida por un público disímil que de ese
modo aquilataría mejor, más integralmente, la
significación de esa obra de arte.
Darlo a conocer un
poco mejor a partir de este homenaje por el centenario
de su natalicio, es el objetivo fundamental de la
exposición Ravenet múltiple… que tiene como
actividades colaterales:
una
muestra de grabados del artista en el Taller
Experimental de Gráfica de La Habana (del cual fue
miembro fundador), el estreno del documental Ravenet
(escrito y dirigido por la realizadora cubana Niurka
Pérez), y la exhibición en la Biblioteca Nacional José
Martí de catálogos de exposiciones realizadas en Cuba y
en el extranjero, y en cuya organización desempeñó un
rol protagónico Domingo Ravenet, quien tempranamente
reivindicó el patrimonio de las artes plásticas locales
y universales, y fue de los pioneros en promover la
creación de la vanguardia criolla fuera del contexto
nacional.
Ojalá estas acciones mancomunadas reivindiquen la
memoria y los aportes del pintor que fue uno de los
iniciadores de la modernidad visual en Cuba, resultó
galardonado por el excelente retrato “Ligeia” en el
Salón Nacional de Pintura y Escultura de 1935, fue
promotor de la pintura mural en nuestro país y
orientador en el Estudio Libre de Pintura y Escultura en
1937 (junto con Eduardo Abela, Rita Longa, René
Portocarrero, y del que emergió Ruperto Jay Matamoros,
Premio Nacional de Artes Plásticas). Obras de este
artista que estudió pintura en los museos El Louvre, de
París y El Prado, de Madrid se encuentran en colecciones
de instituciones tan importantes como el Museo de Arte
moderno de Nueva York (MoMA) y nuestro MNBA.
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