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Hace
algunos meses yo debía escribir una reseña sobre el
libro Las penas que a mí me matan y otras obras de
teatro, compilación de Albio Paz y prólogo de Pedro
Morales. En aquel entonces, se realizaría una
presentación del título durante la Feria Internacional
del Libro en La Habana. Diversas circunstancias causaron
su suspensión. Siempre una eventualidad, estreno o
suceso teatral me obligaban a posponer la reseña de un
volumen que ya había sido presentado en numerosas
ciudades del país y circulaba entre nosotros. Sin
embargo, desde hace varios días sentía la hora del
compromiso: escribir unas líneas promocionales sobre
esta entrega de la colección Aire Frío, de la
editorial Alarcos.
Además de comentar sobre las piezas que contiene este
volumen, me interesa en particular hablar del hombre que
las escribió. Prefiero, en este caso, hacer énfasis en
el flaco alto, con una gorra que lo hace esbelto y le
permite ocultar una calvicie hija, con seguridad, de los
arranques propios de un hombre de su estirpe.
Pedro Morales —ex asesor de El Mirón Cubano, grupo que
Albio dirigió por más de dos décadas— quien es, por
encima y a pesar de ello, amigo como pocos de Albio Paz,
se me ha adelantado en ese magnífico prólogo escrito
desde el conocimiento, la admiración y el amor.
Por rigor yo tendría que decir que mi amistad con Albio
viene de muy lejos, o que mi dominio de su obra y su
vida profesional me permiten trazar un itinerario
artístico profundo y a la vez claro para todos, o que
Albio ha sido mi maestro. Algo por el estilo. Debo
confesar que nada de esto es exactamente así, y sería un
acto oportunista si aprovechara estas líneas para decir
esas imprecisiones.
No puedo
considerarme amiga de Albio, aunque quisiera y mucho,
sino una eventual colaboradora que no ha hecho todo lo
debido, una admiradora ferviente y casi silente por su
vida, por esos vericuetos de su existencia, de su
nomadismo, de su vulnerabilidad, más que una fanática a
su teatro. También soy una degustadora frustrada por una
cena prometida desde que nos conocimos. Alguien que ha
disfrutado de su conversación, su café caliente y un pan
siempre azaroso en su casa.
La
combinación de todo esto me hace una persona ni distante
ni íntima de Albio. Para abreviar, no sé qué misteriosas
razones me atribuyen este testimonio público. Quizás me
arrogue esa potestad el hecho de que desde hace más de
dos años nuestros intereses sobre el teatro y la vida
han encontrado más de una conversación provechosa. O
también mi perplejidad asombrosa ante su ocurrencia de
regalarle a mi hijo una capa de agua, cuando todo el
mundo le obsequiaba lápices de colores u otros
entretenimientos infantiles, y la prioridad desesperada
por comprar en Venezuela ratoneras y juntas para la
olla. Todo ello me confirmaba la practicidad de un
hombre templado por el teatro. Pero ese es el Albio que
también me estremece. O escuchar con atención su mensaje
personal en la contestadora telefónica y descubrir su
torpeza para relacionarse con esos artefactos. Quizás
también el hecho de haberme confesado sin dramatismos
que, siendo como había sido toda su vida un hombre de
teatro, ya no podía distinguir entre la vida teatral y
la vida real.
Si hay algo que he podido comprobar es la certeza de que
Albio ha sido un hombre que ha dedicado su vida a hacer
cuatro cosas: teatro, tomar café, fumar y cultivar la
conversación.
Hombre revencú, bocón, incómodo, protestón y
perseverante, Albio nos ha dado uno de los personajes
más queridos en nuestro teatro, o para decirlo como él,
en nuestra vida teatral real: nuestro Quijote.
Desde que escapó de Zulueta y llegó a La Habana hasta su
más reciente locura, hacer, promover y fomentar el
teatro de calle en Cuba, Albio ha sido un Quijote, un
Caballero de Hidalga Figura en espíritu y carne.
Pero siguiendo la vocación práctica de Albio, no nos
permitamos el lujo del coloquialismo, y cumplamos la
deuda que me ha obligado a retomar al Albio dramaturgo:
su libro.
El volumen abre con un antológico prólogo de Morales.
Los que conocemos un poco a Pedro Morales sabemos con
seguridad que es un hombre metódico y organizado; pero
también hemos compartido su admiración por Albio, su
maestro verdadero. En su texto Pedro no solo nos invita
por un recorrido vital del autor y director, sino
también que desembolsa en él todos sus afectos, la
ironía necesaria para tocar tierra con Albio, la misma
que es sustancia de muchas de sus piezas.
La primera de las obras es La Vitrina, escrita
gracias a la investigación de Teatro Escambray en esa
comunidad cercana a la sede del grupo. Albio una vez me
confesó que llegó a la escritura de la pieza por azar.
Después de la pesquisa del colectivo sobre el tema de la
tierra y de la nueva socialización en la zona, alguien
debía ocuparse de ficcionar, organizar dramatúrgicamente
ese material. Fue Albio quien se dio a esa tarea. En
La Vitrina el empleo de elementos del teatro del
absurdo y Brecht es esencial en su construcción
lingüística y en la estructura de la obra. Sin duda,
también su dominio y relación directa con ese entorno le
permitieron destilar en esa pieza sus acumulaciones
vitales, la nueva experiencia teatral que se abría para
la escena cubana con el Escambray. Ana López y Lito son
arquetipos del teatro cubano. Forman parte de un
repertorio teatral que expresa el tránsito, la
metamorfosis social, la nueva configuración del
campesino cubano en las coordenadas revolucionarias. La
presencia de Ana López, con ese nombre guajiro y
fundacional, y de Lito en El metodólogo, obra
reciente del Escambray, escrita por Rafael González,
proyecta ese sentido genésico, original. Esos guajiros
que mueren y nacen, en un proceso que dialoga con el
otro proceso social y político que vive la Isla, son
personajes que expresan en el renacer y morir, una
revolución.
Huelga
es la siguiente pieza en el volumen. Esa concatenación
ilustra un arco interesante. Luego de que Albio se va
del Escambray, es en Cubana de Acero y el trabajo
conjunto con Santiago García, cuando aflora de manera
más visible una acumulación teatral procedente de los
años escambrayanos.
A propósito de Huelga, Morales señala: “Reaparece
el modelo brechtiano en la propuesta de estructura, en
el papel conferido a la música como comentadora de los
hechos, en la explícita intencionalidad de reinvención
teatral (...)”. De monumental y épica califica Pedro
Morales esta pieza ganadora del Premio Casa de las
Américas en 1980 y reconocida en el Festival de Teatro
de La Habana, en su primera edición, llevada a la escena
con el maestro colombiano García. Otra vez, Albio parte
de una investigación documental y de entrevistas sobre
las luchas de los trabajadores de la American Steel
durante los finales del 30 para reconstruir una nueva
mirada hacia esos sucesos.
En el centro de las lecturas de esta entrega de
Alarcos nos encontramos con el monólogo Las penas
que a mí me matan —la pieza parafrasea al monólogo
de Estorino-Adria Santana— escrita para la actriz Miriam
Muñiz y cuyo montaje se produjera en El Mirón Cubano.
La hilaridad de Paz es aquí trágica, resignificada en la
vida de una actriz que deambula a través de sus
recuerdos, intentando reconstruir una memoria
profesional y vital. La vida en función del teatro o la
función del teatro en la vida. Esa tensa relación, entre
(re)presentación y presentación, origina una
identificación emotiva y afectiva entre el espectador y
la actriz. Pero Las penas... van más allá de la
“descarga” de una mujer frustrada, sino que ilumina las
circunstancias del arte, de la creación desde una
perspectiva de género. Con Las penas..., Paz y
Muñoz recibieron el Premio Villanueva de la Crítica y un
gran éxito de público.
Con la cuarta pieza, El gato y la golondrina,
versión de Paz sobre la narración de Jorge Amado, nos
adentramos en la más reciente etapa de El Mirón y de
Albio: el teatro callejero.
La fábula de Amado le sirve a Albio de punto de partida
para navegar una vez más por los entresijos de la
naturaleza humana: el amor, la doble moral, la traición,
la necesidad.
En su nivel lingüístico la pieza denota una nueva
estructura, otra forma de enunciar los textos y las
acciones. Consciente de las peculiaridades que exige el
teatro callejero, tanto en El gato... como la
versión de Juan Candela, obra que cierra la
antología, Albio apela a la economía de palabras, a
frases de gran dramatismo, y a descripciones detalladas
de lo que sucede en el espacio de representación.
Uno de los rasgos que atraviesa la obra de Paz es la
utilización de la música como elemento provocador, como
elemento imprescindible que participa en la acción
dramática. El gato... podría considerarse
igualmente un teatro musical en la calle. Ya con Juan
Candela, la incursión de la música es más
participativa a nivel de la acción y suceso teatral.
Tanto en El gato como en Juan Candela,
Albio recurre a elementos de la cultura campesina, al
contrapunto, repentismo, el zapateo y a la guajira y los
inserta en la estructura dramática.
Al final del volumen, Paz ha incluido un apéndice que
podría considerarse el primer programa o manifiesto del
discurso callejero de El Mirón.
“Una estética muy nuestra del teatro callejero” desmonta
cronológica y artísticamente la construcción de este
nuevo quehacer del grupo desde 1989.
En esta fecha ubica Paz los inicios hacia la
experimentación y búsqueda de nuevos públicos en El
Mirón. (Ya conocemos en que su vida han sido estas las
principales motivaciones para su itinerancia artística).
Un artículo del teatrista colombiano Juan Carlos Moyano
publicado en la revista Conjunto es considerado
el primer empuje en esta nueva pesquisa teórica. En esta
especie de plataforma artística, Paz enuncia 18 puntos
que conceptúan su visión sobre el teatro callejero. El
primero de ellos dice: “Definimos el teatro callejero
como todo aquel que se atiene a las siguientes premisas
fundamentales: desarrollo de las representaciones a
cielo abierto, y reconocimiento por parte del teatrista
de la apropiación de un espacio que pertenece a los
espectadores, no al teatro.” Le siguen aspectos
relacionados no solo con una concepción estilística,
espacial, actoral y de producción del teatro callejero;
sino también con una mirada ética, social y política de
la función y papel del teatro de calle en el mundo
contemporáneo y en especial en nuestro país, donde el
entorno público es un espacio de poderosos símbolos
sociales, políticos, populares y culturales.
Las penas que a mí me matan y otras obras de teatro
constituye, sin embargo, una pequeñísima ventana por
donde asomarnos a una vida que durante más de cuarenta
años se ha reinventado y negado a sí misma en permanente
desafío a gigantes y no molinos. |