Año IV
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2005

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La pena que a mí no me mata
Zoila Sablón
La Habana


Hace algunos meses yo debía escribir una reseña sobre el libro Las penas que a mí me matan y otras obras de teatro, compilación de Albio Paz y prólogo de Pedro Morales. En aquel entonces, se realizaría una presentación del título durante la Feria Internacional del Libro en La Habana. Diversas circunstancias causaron su suspensión. Siempre una eventualidad, estreno o suceso teatral me obligaban a posponer la reseña de un volumen que ya había sido presentado en numerosas ciudades del país y circulaba entre nosotros. Sin embargo, desde hace varios días sentía la hora del compromiso: escribir unas líneas promocionales sobre esta entrega de la  colección Aire Frío, de la editorial Alarcos.

Además de comentar sobre las piezas que contiene este volumen, me interesa en particular hablar del hombre que las escribió. Prefiero, en este caso, hacer énfasis en el flaco alto, con una gorra que lo hace esbelto y le permite ocultar una calvicie hija, con seguridad, de los arranques propios de un hombre de su estirpe.

Pedro Morales —ex asesor de El Mirón Cubano, grupo que Albio dirigió por más de dos décadas— quien es, por encima y a pesar de ello, amigo como pocos de Albio Paz, se me ha adelantado en ese magnífico prólogo escrito desde el conocimiento, la admiración  y el amor.

Por rigor yo tendría que decir que mi amistad con Albio viene de muy lejos, o que mi dominio de su obra y su vida profesional me permiten trazar un itinerario artístico profundo y a la vez claro para todos, o que Albio ha sido mi maestro. Algo por el estilo. Debo confesar que nada de esto es exactamente así, y sería un acto oportunista si aprovechara estas líneas para decir esas imprecisiones.

No puedo considerarme amiga de Albio, aunque quisiera y mucho, sino una eventual colaboradora que no ha hecho todo lo debido, una admiradora ferviente y casi silente por su vida, por esos vericuetos de su existencia, de su nomadismo, de su vulnerabilidad, más que una fanática a su teatro. También soy una degustadora frustrada por una cena prometida desde que nos conocimos. Alguien que ha disfrutado de su conversación, su café caliente y un pan siempre azaroso en su casa.

La combinación de todo esto me hace una persona ni distante ni íntima de Albio. Para abreviar, no sé qué misteriosas razones me atribuyen este testimonio público. Quizás me arrogue esa potestad el hecho de que desde hace más de dos años nuestros intereses sobre el teatro y la vida han encontrado más de una conversación provechosa. O también mi perplejidad asombrosa ante su ocurrencia de regalarle a mi hijo una capa de agua, cuando todo el mundo le obsequiaba lápices de colores u otros entretenimientos infantiles, y la prioridad desesperada por comprar en Venezuela ratoneras y juntas para la olla. Todo ello me confirmaba la practicidad de un hombre templado por el teatro. Pero ese es el Albio que también me estremece. O escuchar con atención su mensaje personal en la contestadora telefónica y descubrir su torpeza para relacionarse con esos artefactos. Quizás también el hecho de haberme confesado sin dramatismos que, siendo como había sido toda su vida un hombre de teatro, ya no podía distinguir entre la vida teatral y la vida real.

Si hay algo que he podido comprobar es la certeza de que Albio ha sido un hombre que ha dedicado su vida a hacer cuatro cosas: teatro, tomar café, fumar y cultivar la conversación.

Hombre revencú, bocón, incómodo, protestón y perseverante, Albio nos ha dado uno de los personajes más queridos en nuestro teatro, o para decirlo como él, en nuestra vida teatral real: nuestro Quijote.

Desde que escapó de Zulueta y llegó a La Habana hasta su más reciente locura, hacer, promover y fomentar el teatro de calle en Cuba, Albio ha sido un Quijote, un Caballero de Hidalga Figura en espíritu y carne.

Pero siguiendo la vocación práctica de Albio, no nos permitamos el lujo del coloquialismo, y cumplamos la deuda que me  ha obligado a retomar al Albio dramaturgo: su libro.

El volumen abre con un antológico prólogo de Morales. Los que conocemos un poco a Pedro Morales sabemos con seguridad que es un hombre metódico y organizado; pero también hemos compartido su admiración por Albio, su maestro verdadero. En su texto Pedro no solo nos invita por un recorrido vital del autor y director, sino también que desembolsa en él todos sus afectos, la ironía necesaria para tocar tierra con Albio, la misma que es sustancia de muchas de sus piezas.

La primera de las obras es La Vitrina, escrita gracias a la investigación de Teatro Escambray en esa comunidad cercana a la sede del grupo. Albio una vez me confesó que llegó a la escritura de la pieza por azar. Después de la pesquisa del colectivo sobre el tema de la tierra y de la nueva socialización en la zona, alguien debía ocuparse de ficcionar, organizar dramatúrgicamente ese material. Fue Albio quien se dio a esa tarea. En La Vitrina el empleo de elementos del teatro del absurdo y Brecht es esencial en su construcción lingüística y en la estructura de la obra. Sin duda, también su dominio y relación directa con ese entorno le permitieron destilar en esa pieza sus acumulaciones vitales, la nueva experiencia teatral que se abría para la escena cubana con el Escambray. Ana López y Lito son arquetipos del teatro cubano. Forman parte de un repertorio teatral que expresa el tránsito, la metamorfosis social, la nueva configuración del campesino cubano en las coordenadas revolucionarias. La presencia de Ana López, con ese nombre guajiro y fundacional, y de Lito en El metodólogo, obra reciente del Escambray, escrita por Rafael González, proyecta ese sentido genésico, original. Esos guajiros que mueren y nacen, en un proceso que dialoga con el otro proceso social y político que vive la Isla, son personajes que expresan en el renacer y morir, una revolución.

Huelga es la siguiente pieza en el volumen. Esa concatenación ilustra un arco interesante. Luego de que Albio se va del Escambray, es en Cubana de Acero y el trabajo conjunto con Santiago García, cuando aflora de manera más visible una acumulación teatral procedente de los años escambrayanos.

A propósito de Huelga, Morales señala: “Reaparece el modelo brechtiano en la propuesta de estructura, en el papel conferido a la música como comentadora de los hechos, en la explícita intencionalidad de reinvención teatral (...)”. De monumental y épica califica Pedro Morales esta pieza ganadora del Premio Casa de las Américas en 1980 y reconocida en el Festival de Teatro de La Habana, en su primera edición, llevada a la escena con el maestro colombiano García. Otra vez, Albio parte de una investigación documental y de entrevistas sobre las luchas de los trabajadores de la American Steel durante los finales del 30 para reconstruir una nueva mirada hacia esos sucesos.

En el centro de las lecturas de esta entrega de Alarcos nos encontramos con el monólogo Las penas que a mí me matan —la pieza parafrasea al monólogo de Estorino-Adria Santana— escrita para la actriz Miriam Muñiz y cuyo montaje se produjera en El Mirón Cubano.

La hilaridad de Paz es aquí trágica, resignificada en la vida de una actriz que deambula a través de sus recuerdos, intentando reconstruir una memoria profesional y vital. La vida en función del teatro o la función del teatro en la vida. Esa tensa relación, entre (re)presentación y presentación, origina una identificación emotiva y afectiva entre el espectador y la actriz. Pero Las penas... van más allá de la “descarga” de una mujer frustrada, sino que ilumina las circunstancias del arte, de la creación desde una perspectiva de género. Con Las penas..., Paz y Muñoz recibieron el Premio Villanueva de la Crítica y un gran éxito de público.

Con la cuarta pieza, El gato y la golondrina, versión de Paz sobre la narración de Jorge Amado, nos adentramos en la más reciente etapa de El Mirón y de Albio: el teatro callejero.

La fábula de Amado le sirve a Albio de punto de partida para navegar una vez más por los entresijos de la naturaleza humana: el amor, la doble moral, la traición, la necesidad.

En su nivel lingüístico la pieza denota una nueva estructura, otra forma de enunciar los textos y las acciones. Consciente de las peculiaridades que exige el teatro callejero, tanto en El gato... como la versión de Juan Candela, obra que cierra la antología, Albio apela a la economía de palabras, a frases de gran dramatismo, y a descripciones detalladas de lo que sucede en el espacio de representación.

Uno de los rasgos que atraviesa la obra de Paz es la utilización de la música como elemento provocador, como elemento imprescindible que participa en la acción dramática. El gato... podría considerarse igualmente un teatro musical en la calle. Ya con Juan Candela, la incursión de la música es más participativa a nivel de la acción y suceso teatral.

Tanto en El gato como en Juan Candela, Albio recurre a elementos de la cultura campesina, al contrapunto, repentismo, el zapateo y a la guajira y los inserta en la estructura dramática.

Al final del volumen, Paz ha incluido un apéndice que podría considerarse el primer programa o manifiesto del discurso callejero de El Mirón.

“Una estética muy nuestra del teatro callejero” desmonta cronológica y artísticamente la construcción de este nuevo quehacer del grupo desde 1989.

En esta fecha ubica Paz los inicios hacia la experimentación y búsqueda de nuevos públicos en El Mirón. (Ya conocemos en que su vida han sido estas las principales motivaciones para su itinerancia artística). Un artículo del teatrista colombiano Juan Carlos Moyano publicado en la revista Conjunto es considerado el primer empuje en esta nueva pesquisa teórica. En esta especie de plataforma artística, Paz enuncia 18 puntos que conceptúan su visión sobre el teatro callejero. El primero de ellos dice: “Definimos el teatro callejero como todo aquel que se atiene a las siguientes premisas fundamentales: desarrollo de las representaciones a cielo abierto, y reconocimiento por parte del teatrista de la apropiación de un espacio que pertenece a los espectadores, no al teatro.” Le siguen aspectos relacionados no solo con una concepción estilística, espacial, actoral y de producción del teatro callejero; sino también con una mirada ética, social y política de la función y papel del teatro de calle en el mundo contemporáneo y en especial en nuestro país, donde el entorno público es un espacio de poderosos símbolos sociales, políticos, populares y culturales.

Las penas que a mí me matan y otras obras de teatro constituye, sin embargo, una pequeñísima ventana por donde asomarnos a una vida que durante más de cuarenta años se ha reinventado y negado a sí misma en permanente desafío a gigantes y no  molinos.

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